jueves, 12 de enero de 2012

A parte 48

18 de Marzo, 9531 A.C.


El clima cálido llegó milagrosamente como Perséfone debería haber vuelto al pecho de su madre. Toda mi vida, he preferido la primavera. El renacimiento de la tierra y la belleza. En particular, nuestra isla estaba encantadora mientras los trabajadores venían a plantar semillas y a cantar.
Pero este año, sentí pavor mientras esperaba noticias de Boraxis. Me había enviado una misiva sólo algunos días antes, diciendo que podría haber un lugar en el reino de Kiza para Acheron. Tenían una reina que se rumoreaba era anciana y amable. Sus propios hijos estaban muertos, y quizás podría dar la bienvenida a un príncipe exiliado.
Esperaba con todo mi corazón que fuera así.
Y con cada día que pasa, temo que Padre extienda su búsqueda hacia nuestro oasis. Pero cada vez tengo la esperanza de que en cambio pudiera encontrarme un marido, y entonces fuera posible traer a Acheron a nuestra casa para que así pudiera protegerlo. Entonces estaría por siempre más allá del toque de mi padre o mi tío.
No quiero pensar en eso por ahora.
La mejor parte de estar aquí ha sido que los sirvientes han aceptado del todo a Acheron y sus peculiaridades, y hemos formado una particular familia cercana. En Acheron, he encontrado al hermano que siempre quise. Mientras Styxx es petulante, Acheron finalmente había aprendido a reír sin miedo de atraer una atención indeseada.
Hoy, lo encontré con Maia afuera en el jardín. Ella había estado escribiendo letras en la tierra con una vara y enseñándoselas a Acheron.
Fue entonces que recordé lo que me había dicho en la Atlántida acerca de ser analfabeto, la vergüenza que le había causado esa confesión.
—¿Podría ayudar? —Pregunté mientras me acercaba a ellos.
Maia se inclinó hacia Acheron y habló ese fuerte susurro tan típico de ella que era tan encantador como dulce.
—Será una mejor maestra que yo. Sabe todas las letras y como formar palabras con ellas. Yo sólo sé unas cuantas.
Acheron me sonrió.
—¿Podrías por favor?
Su petición me impresionó hasta el corazón. Nunca había pedido por nada antes.
—Absolutamente —tomando la vara de Maia, comencé las lecciones para ambos para que así pudieran leer.
Acheron era un estudiante listo y absorbía todo lo que le enseñaba con una aptitud que era completamente milagrosa.
—¿Las letras Atlantes son diferentes de las Griegas? —Preguntó mientras observaba del alfabeto.
—Algunas lo son. Tienen varias vocales diptongas de las que carecemos.
Maia frunció el ceño.
—¿Su lengua es como nuestro griego?
Sonreí ante su inocente pregunta.
—Su lenguaje puede ser muy similar al nuestro. Tanto que a veces puedes entenderlo sin saber el significado de las palabras. Pero es un lenguaje aparte. Personalmente, sé muy poco, pero Acheron lo habla fluidamente.
Su cara se iluminó mientras lo encaraba.
—¿Puedes enseñármelo?
La reserva resplandeció en lo profundo de sus ojos.
—Si quieres. Pero no es un lenguaje bonito.
No estuve completamente de acuerdo. A diferencia del griego, había una armoniosa calidad melódica en la lengua Atlante que los hacía parecer como si cantaran cada vez que hablaban. Era un placer escuchar, pero claro, dada la experiencia de Acheron en la Atlántida, podía entender muy bien su sentimiento sobre la fealdad de la gente y su idioma.
Acheron dirigió su atención de nuevo hacia mí.
—¿Los Atlantes y los griegos comparten dioses también?
Maia rió.
—¿No sabes acerca de los dioses, Acheron?
Sacudió la cabeza.
—Sólo sé el nombre de Zeus porque muchos lo usan para jurar y otros llaman a Archon y Apollymi.
Fruncí el ceño ante los nombres del rey y la reina del panteón Atlante.
—¿Cómo sabes sus nombres?
No me respondió, pero la apariencia de su cara me hizo sospechar que debían ser algunos de los que podía escuchar en su cabeza.
—Bien —dije, tratando de aligerar el repentino malestar—, Zeus es el rey de los dioses Olímpicos y su reina es Hera.
—Me gusta Artemisa —dijo Maia más alto—. Es la diosa de la caza y del parto. Es una de las que salvó la vida de mi madre cuando nací y estábamos enfermas. La comadrona juró que ambas moriríamos, pero mi padre hizo sacrificios y ofrendas a Artemisa y nos salvó.
Acheron sonrió.
—Ciertamente debe de ser una gran diosa y le debo mucho porque te dejó nacer.
Maia sonrió de oreja a oreja con feliz satisfacción.
En el transcurso de la tarde, repasé una rápida lección de los dioses Griegos, pero a diferencia de la escritura, Acheron había tenido un rato difícil comprendiendo todos los nombres y sus títulos. Era como si ellos fueran tan ajenos a él que no podía diferenciar uno de otro. Constantemente los confundía.
Pasamos muchas horas ahí hasta que Maia cayó dormida sentada al lado de Acheron.
Sus facciones se suavizaron mientras la miraba y la acunaba en sus brazos.
—Hace mucho esto. Está hablando un momento y después cae profundamente dormida al siguiente. Nunca había visto algo así.
Sonreí ante la calidez que se filtró en mí. Se veía tan mono sosteniéndola como un padre protector. Dada la brutalidad de su pasado, su habilidad para todavía sentir compasión y mostrar ternura nunca dejaba de asombrarme.
—¿La amas, no?
Su expresión fue una de horror puro y luego de descarada rabia.
Nunca la tocaría de esa forma.
Su rencor me desconcertó hasta que me di cuenta de por qué estaba tan enojado. En su mundo, el amor era un acto físico y no una emoción. Sólo de pensarlo hacía doler a mi corazón.
—El amor no tiene que ser sexual, Acheron. En su forma más pura no tiene nada que ver con un acto físico.
La confusión arrugó su frente.
—¿Qué quieres decir?
Gesticulé hacia la niña que sostenía tan protectoramente en el refugio de sus brazos musculosos.
—¿Cuándo miras a Maia, tu corazón se suaviza, no?
Asintió.
—La miras y todo lo que quieres hacer es mantenerla a salvo del daño y cuidar de ella.
—Sí.
Le sonreí.
—No quieres nada de ella excepto hacerla feliz.
Alzó su cabeza curiosamente y estudió mi cara.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es así como me siento hacia ti, hermanito. El amor que sientes por ella es el mismo que siento cada vez que pienso en ti. Si alguna vez me necesitaras, no habría penuria que no resistiera para estar a tu lado tan pronto como pudiese.
Tragó mientras una mirada atormentada llegó a sus arremolinantes ojos plateados.
—¿Me quieres?
—Con cada parte de mi corazón. Haría cualquier cosa por mantenerte a salvo.
Por primera vez desde que llegamos aquí sentí como si finalmente lo hubiera alcanzado. Y entonces la cosa más milagrosa de todas sucedió.
Acheron tomó mi mano.
—Entonces te quiero, Ryssa.
Las lágrimas nublaron mis ojos mientras las emociones me ahogaban.
—Yo también te quiero, akribos. Y no quiero que lo dudes nunca.
—No lo haré —apretó mi mano—. Gracias por ir a buscarme.
Ninguna palabra había significado tanto para mi, ni tocado tan profundamente. Mi garganta estaba tan apretada que ni siquiera pude hablar mientras soltaba mi mano para levantarse con Maia en sus brazos para poder dársela a su madre. Lo observé marcharse y deseé con cada parte de mi alma que siempre se sintiera de esa manera hacia mí. Podría soportar cualquier cosa excepto el odio de mi hermano.

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