jueves, 12 de enero de 2012

A parte 49

15 de Febrero, 9531 A.C.

El tiempo había volado mientras observaba crecer a Acheron de un niño tímido y asustadizo,  a un hombre más seguro de expresar sus propias opiniones. Ya no se abate ni mantiene la cabeza baja. Cuando le hablo, ahora encuentra mi mirada directamente. Realmente, su transformación ha sido la cosa más hermosa que alguna vez haya visto.
No estoy segura
Si ha sido por influencia mía, o si ha sido Maia quien finalmente lo ha alcanzado y sacado su nuevo lado. Los dos son inseparables.
Hoy estaban en la cocina mientras Petra guisaba. Estuve de pie en la entrada observándolos atentamente.
—Tienes que golpear el pan así —Maia lo troceó con sus diminutas manos mientras se arrodillaba sobre un taburete alto para poder alcanzar la mesa—. Pretende que es alguien que no te agrada —susurró fuerte como si compartiera un gran secreto.
La expresión de Acheron brilló con calidez.
—No creo que haya alguien que no te agrade.
—Bueno, no, pero probablemente hay alguien que no te gusta.
No perdí el tormento en sus ojos mientras apartaba la mirada. Me pregunté quién encabezaba su lista. ¿Nuestro padre o nuestro tío?
—Necesitamos más leche.
Acheron obedientemente se la dio.
Petra les echó una ojeada, sonrió y sacudió la cabeza ante ellos mientras Maia agregaba mucha más sal de la necesaria.
Maia se limpió la nariz, que moqueaba, antes de poner sus manos de vuelta en la masa. Me encogí, haciendo una nota mental de no comer cualquier pan que hubieran cocinado, pero Acheron no parecía ser tan receloso. Incluso comió un pedazo de pastel de lodo varios días antes para hacer a Maia feliz.
—Ahora debemos darles forma de pan. Vamos a hacerlos pequeñitos porque son mis favoritos.
Acheron obedientemente lo hizo.
Los perros comenzaron a ladrar.
—¡Shh! —dijo Maia mientras separaba un pedazo de masa y se lo acercaba a Acheron para que pudiera hacer un bollo—. Estamos trabajando.
El perro saltó y empujó a Maia, quien perdió el equilibrio. Acheron la cogió al mismo tiempo que el perro saltaba sobre su pierna, desequilibrándolo. En un instante, estaban derechos, y al siguiente estaban en el suelo, con Acheron sobre su espalda y Maia en su pecho. El perro ladró y bailó a su alrededor, chocando contra la mesa.
El cuenco de harina que habían estado usando cayó del borde y aterrizó sobre ellos. Cubrí mi boca mientras los veía, llenos de masa, harina y leche. Sólo eran visibles los amplios ojos asustados.
Maia chilló de risa y para mi completo asombro, Acheron rió también.
Su sonido, combinado con una honesta sonrisa, me dejó atónita. Era absolutamente hermoso cuando sonreía… incluso cuando estaba cubierto de harina y masa.
Sus ojos brillaban mientras se limpiaba la harina de la cara y ayudaba a Maia a quitar algo de sus mejillas.
Petra dejó salir un sonido de disgusto mientras sacaba al perro de la cocina.
—Parecen fantasmas listos para asustarme hasta una temprana muerte. ¡Qué lío!
—Lo limpiaremos, Petra, lo prometo —dijo Acheron mientras ponía a Maia de pie—. ¿No estás lastimada, o si?
Maia sacudió la cabeza.
—Pero temo que nuestros bollos están todos arruinados —su tono era calamitoso de verdad.
—Cierto. Pero siempre podemos hacer más.
—Pero no serán tan buenos.
Contuve una risa. Sí, era verdad, el toque de la nariz mocosa de Maia había sido la especia necesaria para todo buen pan. Sin eso, estaba segura de que la próxima horneada no estaría ni cerca de ser tan buena. Sin embargo, guardé ese comentario para mí misma mientras Acheron consolaba a la pequeña niña.
Acheron llevó a Maia fuera para que así pudieran sacudir la harina de sus ropas y cabellos mientras Petra se ponía a limpiar la cocina. Después de unos minutos, regresaron para ayudar.
Observé con pavor que un príncipe pudiera ser tan considerado. Pero Acheron nunca se encogía al ayudar a Petra en donde quiera que él y Maia estuvieran en la cocina con ella. Era sólo su naturaleza.
Y siempre adoraría a Maia como un paciente hermano mayor.
—¿Acheron? —Preguntó Maia mientras colocaba un nuevo tazón para ella— ¿Por qué tienes esas cosas plateadas en la lengua?
Miró hacia otro lado.
—Fueron puestas ahí cuando no era mucho mayor que tú.
—¿Por qué?
Aparentó una expresión amenazadora.
—Para poder asustar a las niñas pequeñas que me molestasen.
Soltó unas risitas mientras le hacía cosquillas ligeramente.
—No creo que alguna vez puedas asustar a alguien. Eres demasiado agradable para eso.
No hizo ningún comentario mientras la ayudaba a medir la harina.
Maia se rascó la cabeza mientras lo observaba con inocente curiosidad.
—¿Las esferas duelen alguna vez?
—No.
—Oh —alzó la cabeza para estudiar sus labios—. ¿Alguna vez te las has quitado?
—Maia —dijo Petra suavemente mientras regresaba hacia el cordero que estaba sazonando—. De verdad, no creo que Acheron quiera hablar sobre ellas.
—¿Por qué no? Creo que son bonitas. ¿Puedo tener unas?
—No —dijeron Acheron y Petra simultáneamente.
Maia se enfurruñó.
—Bien, no veo por qué no. La princesa Ryssa tiene unas pequeñas bolas plateadas en sus orejas y las de Acheron son muy bonitas también.
Acheron pellizcó la punta de su nariz.
—Te dolerán cuando te las pongan, akribos. Es un dolor que no querrás conocer nunca y es por eso que no quiero quitármelas. No quiero que nadie me lastime así otra vez.
—Oh. ¿Es cómo la quemadura en la mano de la que me contaste?
Petras se giró hacia ellos.
—¿Qué quemadura en la mano?
—La que se hizo Acheron cuando era pequeño. Es muy bonita, también, como una pirámide. Dijo que la obtuvo porque no escuchó a su madre.
Una luz reveladora llegó a los ojos de Petra. Acheron no la pasó por alto. Bajando su cabeza sumisamente, murmuró una disculpa para Maia antes de irse.
Lo seguí.
—¿Acheron?
Se detuvo para volverse hacia mí.
—¿Sí?
—No pretendió decir nada con sus preguntas.
—Lo sé —respiró—. Pero no lo hace menos doloroso, ¿o sí?
Quería abrazarlo tan desesperadamente. Si sólo me lo permitiera. Pero sólo Maia con su inocencia era capaz de alcanzarlo.
—Te puedes quitar las bolas y podemos disfrazar tu mano. Nadie lo sabrá nunca.
Yo todavía lo sabré —rió agriamente—. No puedes deshacer el pasado, Ryssa. Con marcas o no en mi cuerpo, siempre está ahí y siempre es brutal —sus ojos me quemaron y en ellos vi al angustioso niño no tan joven que siempre conocí—. Porque de la manera en que sano, ¿tienes idea de cuántas veces y cuán profundo tuvieron que quemar mi mano para marcarla?
Las náuseas surgieron en mi interior. Era algo que nunca había considerado.
—Tu pasado terminó, Acheron. Todo lo que queda son las dos partes que no quieres dejar ir.
Sacudió la cabeza negando antes de que ondeara la mano hacia el palacio.
—Esto… todo esto es un sueño y lo sabes. Un día, muy pronto, voy a despertar y terminará. Volveré a ser lo que era. Haciendo cosas que no quiero. Andando a tientas, siendo empujado y golpeado. No hay necesidad de pretender lo contrario.
¿Cómo podría hacerlo sentir a salvo y seguro?
—¿Por qué no tomas mi palabra y me crees? El pasado terminó. Ahora tienes un nuevo futuro. Boraxis va camino a Sumer a entregar una carta a mi mejor amiga. Una vez que tenga su palabra, tendremos un lugar seguro a donde podrás ir y nadie volverá a dañarte de nuevo.
Su expresión era desoladora y fría.
—No sé cómo confiar, Ryssa. Ni en ti ni en nadie más. La gente es impredecible. Los dioses lo son más. Las cosas que pasan están fuera de nuestro control. Quiero creerte, lo hago. Pero todo lo que oigo son las voces de los dioses, y la tuya. Y luego veo cosas… cosas que no quiero ver.
—¿Qué clase de cosas?
Se giró y se dirigió a su habitación.
Corrí detrás de él y lo cogí para que se detuviera.
—Dime. ¿Qué es lo que ves?
—Me veo pidiendo por una misericordia que nunca llega. Me veo abandonado en las calles sin un lugar para descansar y nadie a mí alrededor dispuesto a ayudarme a no ser que sea  a cambio de algo que no quiero dar.
Dioses, cómo quería hacerlo confiar en mí y en el futuro que me iba a asegurar que tuviera.
—Esto no es un sueño, Acheron. Es real y no voy a dejarte regresar a la Atlántida. Vamos a encontrarte una casa que sea segura.
Miró hacia otra parte, sus ojos tormentosos.
—¿Por qué no ha venido Padre? Si me quiere como dices, ¿por qué no ha venido en todos estos meses a verme? ¿Y por qué estás tratando de encontrarme otra casa?
—Está ocupado —no podía soportar, incluso ahora, decirle la dura verdad.
—Sigue diciendo eso y intentaré creerte. ¿Pero sabes que recuerdo de él?
Casi tenía miedo de preguntar.
—¿Qué?
—Lo veo manteniéndote lejos de mí mientras Idikos me sacaba de la habitación. Nunca olvidé el odio que encendió los ojos de Padre mientras me miraba. He tenido pesadillas durante años por esa mirada.  ¿Y ahora dices que lo ha olvidado? —Un músculo trabajó en su mandíbula—. ¿Debo creerte realmente?
No, no debería. Estaba mintiendo, pero no podía dejar que supiera la verdad.
—Un día vas a creer en mí, Acheron.
—Eso espero, Ryssa. De verdad. Quiero creer desesperadamente, pero no puedo permitirme que me decepcionen nuevamente. Estoy cansado de eso.
Lo observé mientras giraba y me dejaba parada ahí. Era tan hermoso. Alto. Orgulloso. A pesar de todo, aún mantenía una dignidad que no podía entender.
—Te quiero, Acheron —susurré, deseando que no fuera la única en mi familia que se sintiera de esa manera hacia él.
¿Por qué no podían ver lo que yo veía?
Y dentro estaba el dolor de saber cuánta razón tenía Acheron. Tarde o temprano, nuestro padre vendría. Cuando ese día llegara, Padre nunca me perdonaría por sacar a Acheron de la Atlántida. Nunca me perdonaría por las cartas embusteras que le había escrito acerca de dónde estaba o de la gente que Boraxis pagaba en su travesía para engañarlo. No tenía duda de que ambos, Padre y Estes, nos buscaban mientras Boraxis buscaba un refugio seguro para Acheron en otro país o reino.
Pero estaba haciendo lo que creía mejor para mi hermano. Todo lo que podía esperar era que pudiera garantizar su liberta y felicidad, mantener mis promesas. Una vez seguro lejos de aquí, regresaría a Didymos y enfrentaría a mi padre y su ira.
Por Acheron, haría cualquier cosa, incluso poner en peligro mi propia libertad. Sólo esperaba que Boraxis regresara antes que mi padre pensara en buscarnos aquí.
Puede que los dioses tuvieran misericordia de nosotros en caso de que eso ocurriera.

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