20 de Noviembre, 9529 A .C.
Acheron continuó acostado, inmóvil, en su cama. Miraba fijamente al techo como siempre, ignorándome mientras intentaba hablar con él.
—Desearía que me hablaras, Acheron. Extraño la manera en que conversábamos juntos. Eras mi mejor amigo. La única persona con quien yo podría hablar en la vida, quien no diría cada palabra que dije a Padre.
Otra vez, no hubo respuesta.
¿Qué lo haría reconocerme? Ciertamente él no podría continuar echado en la cama así. Entonces de nuevo, dado el hecho que él había estado sentándose en un agujero diminuto estos pasados meses, él probablemente se había más que acostumbrado a no moverse.
Mi corazón sufría por él, empecé salir de la cama cuando noté algo extraño. Frunciendo el entrecejo, me acerqué a la columna de la cama dónde su tobillo estaba asegurado por un grillete de metal. Me tomó un segundo en comprender lo que estaba mirando. Sangre fresca y seca cubría el metal.
Yo me encogí cuando vi su piel en carne viva y sangrante que estaba mayormente oculta de mi vista por las esposas. Así que Acheron no estaba de ese modo siempre inerte. De las heridas que marcaban cada brazo y pierna, podía decir que había estado luchando furiosamente por su libertad siempre que él estaba solo.
Cuando observé la sangre, mi propia visión se puso roja. Ya había tenido bastante de este abuso.
Mi furia ardiendo lentamente, dejé su cuarto para encontrar a nuestro padre.
Después de una búsqueda rápida, me enteré que él estaba fuera en el área de entrenamiento mirando como Styxx practicaba lucha con la espada.
—¿Padre?
Él me lanzó una mirada agitada por haber osado interrumpir sus estímulos a Styxx.
—¿Hay algún problema?
—Si lo hay, de hecho. Quiero a Acheron liberado Lo exijo.
Él sonrió con desprecio a mi pedido. —¿Por qué? ¿Qué haría él con eso?
Yo quería que él entendiera lo que estaba haciendo a alguien que nunca le causó daño. Alguien que era su propia carne y sangre. —No puedes dejarle atado como una bestia, Padre. Es cruel. Él no puede ni siquiera asistir a sus necesidades básicas.
—Ni él puede avergonzarnos.
—¿Avergonzarnos cómo?
—Mujeres— gruñó—. Tú estás siempre ciega. ¿No puedes ver lo qué es él?
Yo sabía exactamente quién y lo que mi hermano era.
—Es un muchacho, Padre.
—Es una puta.
Había más veneno en esas palabras que en el hoyo de la serpiente dónde mi padre arrojaba a sus enemigos.
Esto hizo mi ira hervir.
—Era un esclavo torturado que tú echaste a la calle. ¿Qué se suponía que iba a hacer?
Me contestó con un gruñido salvaje.
Pero me negué a ceder.
—No permitiré esto, Padre. No soportaré esto otro minuto más. Así que ayúdame, si no lo liberas de esos grilletes, me esquilaré el pelo y me marcaré la cara al extremo de que ya no le serviré de utilidad ni a Apolo ni a nadie.
—No te atreverías.
Por primera vez en mi vida, lo miré fijamente como a un igual. No había ninguna duda dentro de mí que podría llevar a cabo la amenaza.
—Por la vida de Acheron, yo lo haría. Merece ser tratado mejor de lo que lo es.
—¡No merece nada!
—Entonces puedes buscar a otra mujer para puta de Apolo.
Sus ojos se oscurecieron de tal manera que yo estaba segura que me golpearía por mi intrepidez.
Pero finalmente, yo gané esta batalla.
Esa misma tarde Acheron fue liberado de su cama. Él permanecía allí cuando las cadenas se abrieron y vi la sospecha en sus ojos. Estaba esperando que algo peor sucediera.
Una vez los grilletes se fueron, ordené a los guardias que dejaran el cuarto. Acheron no se movió hasta que estuvimos solos. Despacio, enojadamente, se empujó a mirarme. Estaba inseguro, sus músculos débiles de la falta de uso.
Su largo cabello rubio estaba enmarañado y grasiento. Su piel enfermizamente pálida por la oscuridad que había sido su hogar. Una barba espesa cubría sus mejillas. Había círculos profundos debajo sus ojos, pero no estaba tan demacrado, la atroz alimentación le había agregado bastante peso por lo que él parecía por lo menos humano.
—No puedes dejar este cuarto —le advertí—. Padre fue explícito en sus condiciones que te permiten estar libre solo aquí siempre y cuando te mantengas oculto.
Acheron se heló ante mis palabras y me dio un aguda y fría mirada.
—Por lo menos ya no estás atado.
No me habló. Ya no lo hacía. Pero sus turbulentos ojos color plata decían mucho. Me hablaron del dolor y la agonía que constituía su vida. Acusaban y se dolían.
—Mis habitaciones están dos puertas abajo deberías.
—No puedo salir —gruñó—. ¿No es lo que dijiste?
Abrí la boca, entonces hice una pausa. Él tenía razón. Me había olvidado de eso.
—Entonces yo vendré a visitarte.
—No te molestes.
—Acheron.
Él interrumpió mis palabras con una cortante mirada enfurecida.
—¿Recuerdas lo me dijiste en tu última visita a mi celda?
Me esforcé en recordar. Había estado enfadada con él por no hablarme, pero eso era todo lo que recordaba.
—No.
—Ve y muere, para lo que me importa. Ya no puedo preocuparme más por ti.
Hice una mueca de dolor ante las palabras que nunca debí de haber pronunciado. Me cortaron el alma profundamente, que no era nada comparado a cómo debieron hacerlo sentir. Si sólo hubiera sabido la miseria en la que se encontraba...
—Estaba enfadada.
Él torció sus labios.
—Y yo estaba demasiado débil para responderte. Es difícil hablar cuando pasas los días con nada más que la oscuridad y ratas por compañía. Pero claro, tú no sabes cómo es tener ratas y pulgas mordiéndote, ¿no es verdad? Lo que es sentarte en tu propia mierda.
—Acheron.
Sus fosas nasales se dilataron.
—Déjame, Ryssa. No necesito tu caridad. No necesito nada de ti.
—Pero…
Él me sacó de la habitación y me cerró la puerta de golpe en la cara.
La miré fijamente hasta que un movimiento junto a mí capturó mi atención. Los guardias de Acheron. Tenía dos de ellos para asegurarse que no infringiría ningún mandato de Padre.
Así que éste era su destino. Yo solo había cambiado la ubicación de su prisión. Todavía no era libre.
Mi alma sufría en lo más profundo por él. ¿Él estaba vivo, pero con qué propósito? Quizás habría sido más amable permitirle morirse después de todo. ¿Pero cómo podía hacerlo? Él era mi hermano y yo lo quería incluso cuando él me odiaba.
Enferma, me volví y regresé a mis aposentos, pero allí no encontré ninguna paz. Había sido poco caritativa con Acheron, dura. Irreflexiva. Con razón no quería hablarme.
Pero yo no podría dejarlo con esto. Le daría tiempo. Quizás él regresara en el futuro.
Por lo menos, esperaba en lo más profundo que lo encontrara por sí mismo y me perdonara por ser como todos los demás. Por herirlo cuando yo debía de haber luchando por él.
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