jueves, 12 de enero de 2012

A parte 33

1 de Diciembre, 9529 AC

A medida que pasaban los días, yo aprendí más cosas acerca de las órdenes de mi padre hacia el trato de Acheron. No le estaba permitido entrar a nadie en el cuarto de Acheron, a excepción de mí misma, a quien él se negaba a ver, y todo lo que él tocaba era destrozado y quemado.
Todo.
Sus platos, sus sábanas. Incluso sus ropas. Esta era la humillación pública de Padre para Acheron.
Aquello me enfermaba.
Hasta el día en que hice el descubrimiento más asombroso de todos.
Había ido con varias amigas a ver una representación a mediodía. No era algo que soliese hacer normalmente, pero Zateria estaba completamente desesperada por uno de los actores y había insistido en que yo lo juzgara por mí misma.
Estuvimos riéndonos entre nosotras cuando de repente reparé en alguien que estaba sentado dos filas más debajo de nosotras en la sección campesina. Estaba sentado solo con un peplo que lo protegía. Tenía la capucha puesta sobre la cabeza de modo que no podía decir nada acerca de sus facciones y aún así había algo extrañamente familiar en él.
No fue hasta que acabó la representación y el hombre se levantó que me di cuenta de por qué me era familiar.
Era Acheron.
Se bajó la capucha, pero yo ya había vislumbrado la belleza de su cara y sabía que Styxx nunca se habría rebajado a venir a algo tan común como un juego de mediodía. Incluso si lo hacía, él nunca estaría en los asientos de esa sección.
Me disculpé de mis amigos para ir tras él.
—¿Acheron?
Él vaciló un instante antes de bajar aún más la capucha y continuar su camino.
Apresurándome para darle alcance, tiré de él para que se detuviera.
Él me miró fríamente.
—¿Vas a decírselo a él?
—No —jadeé, sabiendo que “él” era nuestro padre—, ¿Por qué lo haría?
Él empezó a alejarse, pero yo lo detuve otra vez.
Su expresión era exasperada.
—¿Qué Ryssa?
—¿Cómo has venido aquí? Los guardias…
—Los soborné —dijo él en un tono contenido.
—¿Con qué? No tienes dinero.
La mirada que me dedicó respondió esa respuesta de forma contundente. Sentí náuseas con el simple pensamiento de lo que había usado para escapar de palacio.
Él entrecerró los ojos sobre mí.
—No parezcas tan horrorizada, Ryssa. He sido golpeado por mucho menos que una tarde de libertad. Al menos ellos son amables conmigo.
Las lágrimas aguijonearon mis ojos.
—No puedes continuar haciendo eso.
—¿Por qué no? Es todo lo que quieren de mí.
—Eso no es verdad.
—¿No?
Lo observé mientras se arrancaba la capucha. Podía sentir la onda travesó a todo el mundo alrededor nuestro como la gente fijaba la mirada en él.
El repentino ensordecedor silencio. Era tan tangible y no había error en la atención que estaba inmediatamente enfocada sobre él.
Solamente en él.
Las cabezas de las mujeres se juntaban mientras se reían tontamente y trataban de pasar desapercibidas en su ávido mirar. Los hombres no eran tan sutiles. No había duda en el hecho de que cada uno de ellos se lo quedaba mirando con anhelo. Con deseo.
Yo no era más inmune a su nada natural atracción de lo que lo eran ellos, pero la mía estaba temperada por el hecho de que éramos familia.
—¿Quieres saber realmente por qué me odia tu padre?
Yo sacudí la cabeza. Conocía la respuesta. Acheron lo había dicho el día en que Padre lo había desterrado. Por que él, también, se sentía atraído por Acheron y despreciaba al chico por ello.
Acheron me empujó para pasar, saliendo del estadio. Con cada paso que daba, le asediaban con ofrecimientos e invitaciones. Incluso una vez que volvió a colocarse la capucha, la gente no paraba de llamarle y perseguirle a través de la calle.
Me apresuré tras él.
—No seas así —dijo un hombre mientras se arrastraba detrás de Acheron—. Sería un mentor muy beneficioso.
—No tengo necesidad de un mentor, —dijo Acheron mientras continuaba caminando.
El hombre lo agarró con rudeza.
—¿Qué quieres?
—Quiero que me dejen solo.
El hombre bajó la capucha de Acheron.
—Dime tu precio. Pagaré cualquier cosa para tenerte.
Esa hundida y vacía mirada apareció en los ojos de Acheron haciendo que el hombre se apartara de él.
—¿Qué es esto?
Mi sangre se congeló cuando reconocí la hostil y demandante voz de mi padre. Había estado tan concentrada en Acheron y el desconocido que no me había dado cuenta de que Padre y sus allegados estaban paseando.
Ahora la atención de padre cayó completamente en Acheron cuya cara se volvió de piedra.
Padre le arrebató brutalmente a Acheron la capucha de la cabeza y lo empujó hacia sus guardias a quienes se les ordenó lo tomaran en custodia. Acheron fue escoltado de regreso al palacio donde Padre lo golpeó por su desobediencia.
Intenté mitigar el castigo, pero Padre no escuchaba. Ellos arrastraron a Acheron al interior del patio fuera de la sala del trono de mi padre que estaba reservado para los castigos. Los guardias le rasgaron la ropa dejándolo desnudo y le propinaron sesenta y cinco latigazos en la espalda. No podía mirar, pero oía cada silbido del látigo cuando viajaba a través del aire y cada latigazo que cortaba a través de su piel.
Acheron gruñía y varias veces lo oí caer, sólo para que mi padre ordenara a los guardias que lo pusieran de nuevo en pie. Ni una sola vez gritó.
Cuando finalmente se terminó, me volví para ver a Acheron inclinado contra el poste, sangrando, sus manos todavía firmemente atadas. Los guardias le lanzaron una tosca manta por encima antes de que sus cuerdas fueran cortadas y fuese arrastrado de regreso a su habitación y encerrado dentro.
Todo lo que pude hacer fue sostener después a Acheron. Por una vez, él no me hizo a un lado. Permanecía tendido con la cabeza en mi regazo como solía hacer cuando éramos niños. Cuando me rogaba que le dijera por que nuestros padres le odiaban.
Esperé a que alguien viniera y atendiera su destrozada espalda.
Nadie lo hizo.
Sólo después me di cuenta de que Padre lo había prohibido. Así que me senté con Acheron durante horas, sosteniendo su cabeza mientras él lloraba silenciosamente por el dolor.
Si lloraba por el hiriente latido de su espalda o el profundo dolor en su corazón, eso no lo sabía. Dioses, cómo deseaba llevarle de regreso al día en el huerto cuando habíamos estado solo los tres jugando y riendo. Lejos a algún lugar donde pudiera ser libre y apático, donde fuese un chico normal de diecinueve años como debería haberlo sido.
Cuando finalmente se durmió, continué pasando mi mano a través de su cabello dorado, mientras observaba los horribles verdugones en su espalda. No podía imaginarme un dolor tan fuerte.
—Te quiero, Acheron —susurré, deseando que mi amor fuera bastante para protegerlo de esto.

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