1 de Noviembre, 9529 A .C.
Hoy Padre trasladó a Acheron a una nueva habitación en el mismo corredor que la mía. Una vez más, él estaba atado con los brazos y piernas extendidos en la cama, pero al menos esta vez estaba vestido. Los alimentos continuaron, pero ahora sólo ocurrían cinco veces al día.
Yo me esmeré en ver a Acheron en cada oportunidad que podía y cada vez que lo veía mi corazón se rompía más.
Acheron nunca se movió o me habló durante mis visitas. Yacía allí, mirando fijamente al techo como si fuera inmune a lo que estaba pasando a su alrededor.
—Desearía que me hablaras, Acheron.
Él actuaba como que si no estuviera allí.
—Tienes que saber que yo te quiero. No quiero verte de esta manera. Por favor, hermanito. ¿Podrías mirarme por lo menos?
Él ni siquiera pestañeó.
Su falta de respuesta me encolerizó y una parte de mí quería atacarlo verbalmente. Pero sostuve mi lengua. Él había sido despreciado lo suficiente por los insultos de mi padre y los guardias y sirvientes que lo alimentaron.
No había nada más que pudiera hacer. Enferma por reconocerlo, lo dejé y continué mis preparativos para Apolo.
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