Velkan aterrizó sobre el balcón de su mansión que miraba hacia el silencioso valle, y cambió a su forma humana. Hacía quinientos años, este lugar había sido accesible por un sucio camino que llevaba a la ladera de su patio de atrás. Ese era un camino que él había cerrado y dejado que se cubriera de maleza hacía doscientos años cuando se dio cuenta cuan a menudo lo miraba, esperando el regreso de Esperetta.
Ahora ese camino esta completamente cubierto por zarzas y lianas que el bosque había reclamado. La única manera de aventurarse allí era volar o tele transportarse. Dos cosas que ayudaban a mantener alejado a todo el que no tuviese negocios allí.
Velkan se detuvo sobre el balcón tallado en piedra que miraba hacia el pueblo. El ya había se había encargado de los Daimons que venían al pueblo a cazar a los turistas y todavía tenía horas hasta el amanecer. Su casa era completamente oscura y silenciosa en la noche. Víctor había elegido quedarse en el hotel con su familia – habiendo dudado por temor al humor de Velkan.
Y el hombre tenía toda la razón en estar asustado. A Velkan no le gustaban las sorpresas y la llegada de Esperetta definitivamente se había calificado como eso. Los Were deberían haberle dicho que la esperaban. Lo que habían hecho era imperdonable para él.
Las doradas puertas francesas de su habitación se abrieron silenciosamente cuando se acercó, después se cerraron detrás de él. Hacía mucho tiempo, su esposa había estado aterrada de sus poderes sobrenaturales. Los que tenía ahora hacían burla de los que había tenido como un hombre mortal. Volviendo a entonces, él había estado limitado a simples premoniciones, maldiciones, pociones y hechizos que tenían que ser hechos con sangre y ritual.
Ahora sus poderes eran verdaderamente feroces. Telequinesia, transformismo, y piroquinesis. Con el paso de los siglos, el se había vuelto el monstruo que Esperetta había temido. Él tendió su mano y la botella de bourbon voló hasta él. Descorchándola, bebió el bourbon directamente de la botella mientras pasaba ante un espejo que no había mostrado su reflejo.
Él se rió ante eso. Hasta que se acercó a la chimenea dónde colgaba un cuadro de Esperetta. La mirada en su rostro lo congeló en el sitio. Y como siempre, le dejó sin respiración. Él lo había encargado justo antes de su boda. Había contratado a Gentile Bellini y se había prácticamente visto forzado a secuestrar al hombre en Venecia para el trabajo. Pero Velkan había sabido que ningún otro que no fuese ese artista hubiese sido capaz de capturar su juventud e inocencia.
Bellini no le había decepcionado. Si algo había hecho fue sobrepasar todas las expectaciones de Velkan.
Esperetta había estado tan nerviosa ese día. Con brillantes flores de verano en su pelo marrón oscuro y ataviada con un ligero vestido dorado, ella había sido una absoluta visión. Bellini la había colocado en el jardín fuera de la residencia de Velkan—un jardín que era ahora un nudoso, inteligible lío por falta de cuidado. Ella había estado despiadadamente inquieta hasta que había descubierto a Velkan sentado sobre el muro, observándola.
Sus ojos se habían encontrado y se habían mantenido, y la más tímida, bella sonrisa que jamás había agraciado la cara de una mujer había sido capturada por el artista. Esta era una mirada que todavía podía poner a Velkan de rodillas.
Gruñendo al cuadro, se obligó a si mismo a continuar hacia delante, alejándose de el. Debería haberlo quemado hacía siglos. Todavía no estaba seguro de por qué no lo hacía.
De hecho, el podía incluso enviar una ráfaga ahora y hacerla estallar en llamas…
Su mano se calentó en expectación. Pero él acabó cerrándola en un puño mientras dejaba su habitación, entonces descendió las escaleras a la primera planta donde Bram y Stoker esperaban su regreso. Haciendo salir a sus Mastines Tibetanos, él se dirigió a su estudio, dónde su fuego se había extinguido.
Él disparó una ráfaga de fuego en su interior, haciéndolo cobrar vida. Esto bañó el cuarto en una embotada luz anaranjada y causó que las sombras bailasen a través de las frías paredes de piedra. Él acarició a los perros mientras ellos le daban la bienvenida a casa con joviales ladridos y lametones. Después se limitaron a tomar asiento a ambos lados de su silla. Suspirando, Velkan tomó asiento de modo que pudiese mirar el fuego que no hacía nada por calentarlo. La luz era dolorosa para sus ojos, pero honestamente no le importaba. Él miró a los perros sentados a cada lado de él. “Alegraos de estar ambos castrados. Ojalá yo fuera tan afortunado.” Porque entonces, su cuerpo no estaría duro y doliendo por la única mujer que nunca se sometería otra vez a sus caricias.
Su rabia remontó, tomó otro trago solo para maldecir el hecho de que él alcohol no pudiera hacer nada por él. Como Dark-Hunter él nunca podría emborracharse. No había escape para su dolor.
Gruñendo, lanzó la botella al interior del fuego, dónde esta se rompió en mil pedazos. Las llamas chisporrotearon ante la codiciosa consumición del alcohol. Los perros alzaron sus cabezas con curiosidad mientras Velkan pasaba su mano a través de su pelo.
Si antes había sido malo, ahora era mucho peor sabiendo que ella estaba solo a una corta distancia de allí. Su esencia todavía persistía en su nariz, haciéndole incluso más salvaje de lo que había sido antes.
Deberías ir a por ella y obligarla a regresar a ti.
Eso era lo que el Señor de la Guerra Moldavio Velkan Danesti habría hecho. Él nunca habría permitido que una resbalosa mujer lo manejase.
Pero ese hombre había muerto la noche en que una inocente mujer le había mirado con esos ojos tan azules. Tan confiados, que le habían robado instantáneamente el corazón. Quizás este fue su castigo por haber vivido la vida con tal brutalidad. Quería la única cosa que no podría tener. El pacífico, suave toque de Esperetta.
Agitado con sus pensamientos, se puso en pie. Bram se levantó también hasta que se dio cuenta que Velkan solo iba a pasearse por la habitación. El perro volvió a sentarse mientras Velkan se esforzaba por desvanecer sus recuerdos.
Pero desafortunadamente, no había manera de arrancar su corazón del pecho y hasta que hiciera eso él sabía que nunca escaparía a la prisión a la que su esposa le había condenado.
Retta despertó con un punzante dolor de cabeza y se encontró atada a una silla de hierro. La habitación, la cual era industrial, igual a un viejo almacén, era oscura y húmeda, con un tremendo hedor parecido a un par de viejos calcetines de gimnasia mezclados con el olor de huevos podridos. Esto era todo lo que ella podía hacer para respirar más allá del hedor mientras intentaba liberar sus manos de las cuerdas que la mantenían sujeta.
Ella podía oír débiles voces procedentes de una habitación adyacente.
“¡Muerte a los Danesti!”
Magníficos victorees, especialmente desde que ella era técnicamente uno de ellos. Fantástico, no es que ella quisiese gritar su parentesco, pero sobre el papel…
“Está despierta”
Retta volvió la cabeza para ver un hombre alto y desgarbado en la puerta. Vestido de pantalones negros y un suéter de cuello vuelto, él le recordaba a un simple traficante de la ciudad, el cual se completaba con un diente de oro. Y la miraba como si ella fuese la más baja forma de vida sobre el planeta.
“Gracias, George,” un hombre mayor vestido con pantalones negros y una camisa azul abotonada y dicho suéter pasó a su lado. Había algo innatamente diabólico acerca de ese anciano. El era definitivamente el tipo de tío a quien le gustaba arrancar alas a las mariposas cuando era niño. Solo por diversión.
Y irguiéndose cerca de la parte de atrás estaba su “buen” amigo Stephen, alto y rubio.
A ella le había gustado en un principio por que era la completa antítesis de su marido. Mientras que las facciones de Velkan eran hoscas e intentas, las de Stephen eran sanas y dulces. Él le había recordado a un muy joven Robert Redford.
Si solo hubiese sabido que Stephen no era el chico de la puerta de al lado. Pero ni eso, no a menos que resultara que estabas viviendo en la puerta contigua a la de los Monsters.
Ella lo miró con cada onza de odio que ella sentía. “¿Dónde estoy y que estoy haciendo aquí?
Fue el hombre mayor el que respondió. “Eres nuestra rehén y estás en nuestros… dominios”
Gee, él era de tanta ayuda. “¿Rehén de qué?”
Fue Stephen quien respondió. “Para conseguir que tu marido venga a nosotros”
Ella rompió a reír ante lo absurdo de su petición. “¿Es una broma?”
“Nada de broma,” dijo el hombre de edad. “Durante siglos mi familia ha estado cazándole, intentando matar la maldita, innatural criatura en la que se ha convertido.”
“Y nosotros hemos estado cazándote a ti”, “Slim” dijo cuando caminó hacia ella desde la entrada.
El hombre de edad asintió. “Pero tú y él siempre escapabais de nosotros”
“Wow, eso no dice mucho acerca de tus habilidades, ya que yo ni siquiera he sabido que estaba siendo perseguida.”
Él se movió como si fuese a golpearla, pero Stephen lo detuvo. “No lo haga, Dieter. Ella solo está intentando provocarle.
“Lo está consiguiendo”.
Retta aclaró la garganta para atraer la atención de vuelta a ella. “Solo por curiosidad, ¿Porqué me estabais cazando?”
Stephen se acercó a ella y le ofreció una engreída sonrisa. “Por que tú eres la única cosa que sabemos que haría salir a Velkan. Nunca responde a ninguno de los señuelos que le hemos echado…todavía.”
“Yeah, bueno, malas noticias para ti, tío. Él tampoco vendrá a por mí.”
Dieter bufó ante ella. “Por supuesto que lo hará”
Ella negó con la cabeza. “Difícilmente. Noticias de última hora, tíos. Todos vosotros habéis cometido un crimen sin ninguna buena razón. Vi a mi maridito esta noche y me ha dejado claro que no quiere volver a verme otra vez.”
Los hombres intercambiaron confundidas miradas.
“¿Está mintiendo?” preguntó el hombre de edad en alemán.
Retta tuvo que forzarse a no rodar sus ojos. ¿Seguramente ellos no eran tan estúpidos para pensar que ella no podía hablar alemán, verdad?
“Tiene que estarlo”, respondió Stephen con brusquedad. “Buen dios, el hombre fue empalado por ella. En todos los siglos que los nuestros lo han visto, él nunca ha estado con otra mujer o la habríamos usado para atraerle. No hay ningún reporte de escapadas de una noche, y él mantiene a Esperetta vigilada constantemente. Afrontémoslo, los were-lobos nunca habrían sacrificado una hija para que se quedara con ella si él no estuviese absolutamente seguro de que ella estaría protegida. Esas no son las acciones de un hombre que la odia”
Slim estuvo de acuerdo. “El were-lobo que torturé y asesiné dijo que él mantuvo la habitación de ella justo como estaba hace quinientos años. Incluso está el vestido que ella llevaba cuando se casaron. Hay un cuadro de cuando ella era humana en su dormitorio y fotografías que le han sido enviadas para comprobar que ella vive y es feliz. Él se queda mirando las fotografías cada noche. No hay manera de que no la considere sagrada. Si la odiase, habría destruido toda traza de ella hacía siglos.
“Igualmente”, dijo Stephen con un golpe de rencor en su voz, “ella vive como una monja. No he podido siquiera obtener un beso suyo en todo el tiempo que la conozco. Ella solo intenta protegerla. Estoy seguro de ello.”
Retta no podía respirar cuando oyó todas esas palabras. Eso era verdad. Ella nunca había tocado otro hombre. Nunca había estado interesada en ninguno. Por supuesto, ella se había dicho a si misma quien se quema una vez, se quema mil.
Y ella no podría citarse, mucho menos casarse, con un humano que se preguntaría por que ella no envejecía. Después de todo, había solo algunas maneras de mentir acerca de la cirugía plástica antes de que se hiciese obvio que ella era inmortal.
Y en todo este tiempo, ella se había convencido a si misma que Velkan no le había sido fiel como ella se lo había sido a él. Durante su época, ninguna mujer debería haber esperado fidelidad de su marido. Era absurdo. Incluso a su padre, quien había estado tan firme acerca de su Cristianismo y quien demandaba absoluta fidelidad de sus súbditos, se le habían conocido mujeres.
Así que ella se había convencido a si misma que Velkan nunca la había extrañado realmente. Que él había tomado lo que quería y la había usado para asesinar a su padre.
¿Podría ser que Velkan realmente la amase? Que la extrañase.
Si eso era verdad, entonces ella merecía morir en las manos de ellos. Porque si esto era verdad, entonces ella había estado castigando a un hombre durante siglos por ningún otro crimen que amarla.
Nadie debería ser herido por eso.
Seguramente ella no había sido tan estúpida, ¿Lo fue?
Soy igual que una perra rabiosa. No era de extrañar que Velkan le dijese que se perdiera. Tuvo suerte de que no la hubiese estrangulado. Apretando sus dientes para contener el dolor que la destrozaba por dentro, ella intentó recordar lo que él le había dicho la noche que ella se marchó de Rumania. Ella podía ver la luz de la luna sobre su cara, la sangre sobre su armadura.
Ellos habían discutido, pero ahora no podía recordar ninguna otra cosa que su confusión y temor de él. Ella había estado absolutamente convencida de que él había intentado matarla por enterrarla en su tumba. Que había mentido acerca de la poción que él le había dado.
¿Pero lo hizo?
Por favor no dejes que esté equivocada. Por favor. “Él no vendrá a por mí,” dijo Retta entre los apretados dientes. “Sé que no lo hará.”
Dieter entrecerró sus maliciosos ojos en ella. “Ya lo veremos. No es que eso importe. De todas maneras, te mataremos”
Eran casi las cinco de la mañana cuando Velkan se encontró a si mismo solo en su dormitorio. Otra vez, estaba solo en su dormitorio. Dios, era tan estúpido. Cualquier hombre digno de su estatus encontraría una hembra dispuesta y saciaría el dolor en sus ijadas con el cuerpo de una mujer.
Pero Velkan se negaba a traicionar el juramento que le había hecho a Esperetta. Él había jurado ante Dios Padre honrarla y reservarse a si mismo solo para ella, y él había hecho honor a ese juramento.
Incluso aunque se odiaba a si mismo por ello.
Solo había una mujer que captase su atención y era por ello qué la despreciaba tanto. Ella le había dejado sin nada. Incluso sin su hombría.
Maldita fuese.
De repente llamaron a la puerta. “Te dije que me dejaras solo, Viktor.”, gruñó él, pensando que sería su Escudero.
“No soy Viktor,” dijo Raluca desde el otro lado de la puerta.
Cómo se atrevía ella a aventurarse allí tan cerca del amanecer. No es que el amanecer supusiese algún problema para ella, pero Normalmente Velkan estaría preparándose para irse a la cama.
Frunciendo el ceño, él abrió la puerta pensando encontrarla allí, retorciéndose las manos. Sus hijos y Francesca estaban detrás de ella y todos echaban miradas preocupadas a su madre. Su estómago se encogió. “¿Qué ha pasado?”
Raluca tragó. “Ellos la han cogido”
Él supo al instante que Esperetta era esa ella. “¿Quién la ha cogido?”
“La Orden del Dragón”, dijo Andrei, su voz teñida por la rabia. “Una vez que nos informaron que la tenían intentamos liberarla, pero…”
“¿Pero?” lo interrumpió Velkan.
Francesca se adelantó. “Ellos la ataron dentro de una jaula. Una eléctrica. No hay manera de que nosotros podamos sacarla sin que esto nos inmovilice.”
Velkan les dedicó una chistosa mirada. “Bien, dejemos que ella se guise allí, pensando en lo mucho que me ha traicionado. Cuando el sol se ponga, iré a por ella.”
Los Weres intercambiaron una nerviosa mirada antes de que Raluca hablara. “No es tan simple, mi príncipe. Ellos la han puesto sobre un pequeño taburete sin peldaños. Y dicho taburete está sobre un suelo electrificado. Si ella pone sus pies en el suelo o se desliza del taburete, esto la matará instantáneamente.”
Francesca asintió. “Tienen suficiente electricidad en ese suelo como para iluminar la ciudad de Nueva York.”
Él quería decirle que le traía sin cuidado, pero el temor en su corazón le dijo exactamente que tal mentira era esa.
Antes de que él pudiera moverse, Raluca estuvo a su lado, con sus manos sobre su brazo. “Sé que no podéis ir, de cualquier manera”
Él entrecerró los ojos al mirarla. “No les tengo miedo”
“Está demasiado cerca el amanecer,” insistió Raluca. “Acabareis igual que Illie si vais. Ellos conocen vuestra debilidad.”
Velkan tomó su mano en las suyas y le dio un amable apretón. Illie había sido el compañero de ella, quien había muerto a manos de la Orden. Quinientos años atrás, él había sido capturado cuando uno de aquella Orden había usado un Taser sobre él. La electricidad había impactado a través de sus células, convirtiéndolo de hombre a lobo una y otra vez. Era la única cosa que dejaba totalmente incapacitado a un Were-Hunter. Demasiada electricidad acabaría matándolos al final.
Y si la Orden tenía a Esperetta, entonces ellos ya conocían la debilidad de Velkan.
“¿Permitirías su muerte?” preguntó Raluca.
Él vio la pena en la cara de Raluca. Ella había sido la niñera de Esperetta antes de que su esposa hubiese sido enviada al convento.
“No por elección. Pero mejor ella que vos”.
“¡Mamá! Protestó Francesca. “Sin ofender, pero yo metí a Retta en esto. Ella es una víctima inocente.”
Su madre se volvió a ella con un gruñido. “Y el príncipe ha cuidado de nosotros durante siglos. Así que por él, yo moriría ahora y también lo harían tus hermanos.”
“Estamos perdiendo el tiempo,” dijo Velkan, cortándolos. “Necesito que me lleves hasta ella de modo que pueda liberarla antes de que salga el sol.” Él vio la reserva en los ojos de Raluca. “Esto era para lo que tú has venido, ¿no es verdad?”
Ella negó con la cabeza. “Vine solo porque yo sabía que vos os enfadaríais si fallaba en deciros qué está sucediendo.”
Ella tenía razón acerca de eso. El nunca habría permanecido allí y ver como lastimaban a Esperetta—incluso si el la odiaba. “No temas. Puedes tele transportarme allí y yo puedo cortar la electricidad, entonces puedes tele transportarnos a ambos de vuelta, mucho antes de que salga el sol.”
Francesca hizo un mohín. “Eso no es tan fácil. El interruptor está dentro de la jaula. Te electrocutarías intentando apagarlo”.
Él suspiró ante la perspectiva, pero eso no cambiaba nada. Él solo deseaba poder usas su telequinesia en esto. Pero la electricidad era la única cosa que él no podía mover con su mente. Esa corriente natural la hacía altamente impredecible, y él podría herirse accidentalmente o herir a alguien intentando manipularla mentalmente. Debería tener que manejar esto manualmente. “Bueno, esto no me matará.” Solo lo lastimaría como el infierno.
“Hay más” dijo Viktor lentamente.
No podía esperar a oírlo. “¿Qué es?”
“Tienen un generador adosado y otro interruptor que está también en el interior de otra caja eléctrica. Si lo apagáis, no nos dará suficiente tiempo para llegar a ella antes de que nos friamos, y al contrario que vos, nosotros no somos inmunes.”
Raluca asintió. “Y ellos la tienen fuera en un patio. Las paredes las cuales están rodeadas por espejos para reflejar la luz del sol directamente sobre ti deberían ir a ella. Ellos intentan que ninguno de los dos sobreviváis.”
Y habían hecho un buen trabajo colocando esta trampa.
Velkan dejó escapar un cansado suspiro mientras consideró lo que iba a suceder. Pero no le importaba.
“Mi esposa está en peligro. Llévame a ella.”
Retta apretó los sientes cuando cada músculo en sus piernas se dolía desde el taburete que las mantenía alejada del suelo. El esfuerzo se mostraba en pequeñas lágrimas en sus ojos. Este era el más tortuoso dolor que ella había experimentado nunca. Honestamente, no sabía cuanto más podría permanecer allí y no fallarle las piernas.
El seco restallido de la electricidad era un frío recuerdo de lo que le sucedería si no se mantenía en pie…
“Puedes hacerlo,” murmuró ella.
¿Pero de que serviría? Ellos estaban decididos a matarla de todas maneras. ¿Por qué estaba luchando contra lo inevitable? Ella debería solo bajar sus pies al suelo y acabar con esto. Acabar con su miseria.
Velkan no vendría a por ella. Francesca no podía. Se había acabado. No había necesidad de negar lo inevitable, y aún así Retta no podía hacerse eso a si misma. Eso solo no estaba en ella.
“¿Qué pasa contigo y con este país que siempre te encuentras en peligro cada vez que estás aquí?”
Ella alzó la cabeza de golpe al oír esa profunda, resonante voz que bajaba por su espina dorsal como una suave caricia. “¿Velkan?”
El salió de las sombras y se acercó al borde del electrificado suelo que los separaba a los dos. Su cara estaba inundada por sombras y aún así a ella nunca le había parecido tan guapo. “¿Hay alguien lo bastante estúpido para estar aquí?”
Ella miró al cielo que estaba empezando a iluminarse por segundos. “No puedes quedarte. Tienes que irte.”
Él no dijo nada cuando se convirtió en un murciélago y voló hacia ella. Su corazón latiendo acelerado, ella observó como él se acercaba a la jaula, pero los barrotes estaban demasiado unidos como para que pudiese volar al interior de la jaula con ella.
Ella podía jurar que lo oyó maldecir antes de volver a convertirse en un hombre. Y tan pronto como lo hizo, la fuerza de la corriente eléctrica lo lanzó diez pies hacia atrás, sobre el césped. Esta vez no hubo error en su enfadada maldición.
“¡Olvídalo!” dijo ella, mirando otra vez hacia el cielo. Estaba demasiado cercano a amanecer. “No hay necesidad de que ambos muramos”
Sacudiendo su cabeza, él corrió hacia la jaula y agarró los barrotes. Retta se encogió ante el sonido de su piel friéndose cuando él se aferró a esto. Todo su cuerpo se sacudía por la fuerza de la electricidad. Eso tenía que ser insoportable. Y aún así él aguantaba, tirando de los barrotes hasta que consiguió atravesarlos. Asombrada por su fuerza y valentía, ella estaba llorando para el momento en que alcanzó el interruptor y apagó la electricidad.
“Hay otro—“Antes de que ella pudiese decir una palabra más la electricidad regresó. Ella levantó sus pies de un tirón al tiempo que mil maldiciones acudían a su mente para las personas quienes habían levantado ese maldito lugar.
Velkan se agarró a la jaula y gruñó un instante antes de dar un puñetazo directamente a través del suelo de metal. Dos segundos más tarde, él sacó un grueso cable y lo rompió a la mitad.
El crepiteo cesó cuando la electricidad se desvaneció otra vez.
Demasiado asustada para poner su fe en eso, espero a que esta volviese. Y cada segundo que pasaba mientras ella miraba el destrozado aspecto de Velkan, la verdad de lo ocurrido la golpeó.
Lo había hecho. Sus lágrimas cayeron por sus mejillas mientras la gratitud se hinchaba en su corazón. A pesar del hecho de que ella no era digna de ello, él fue hacia ella. Y en un momento, ella recordó exactamente por qué amaba a ese hombre. Recordó todas las razones por las que había querido pasar su vida a su lado.
Velkan se acercó a ella.
Hasta que la luz del sol cruzó su cuerpo. Siseando, se echó atrás de un tirón, cubriéndose instintivamente la cara. Entonces dio otro paso hacia ella solo para tener más espejos volviéndose a él.
Incluso así, él se arrastró hacia ella, mientras Stephen y los otros mantenían los espejos sobre él, de modo que pudiera soltarle las manos. Ella se liberó rápidamente.
Su rabia remontando, Retta intentó envolverse a si misma alrededor de su marido, pero ella no era lo bastante grande para cubrirle de los mortales rayos que hacían que su piel se ampollase y quemase. Todo su cuerpo humeaba mientras intentaba retroceder a la pared donde todavía había sombras.
Él tropezó al mismo tiempo que Stephen y los otros dejaban la casa. Ellos habían venido a acabar con Velkan, pero maldita fuese ella si les dejaba conseguirle sin luchar.
Retta se puso en pie, lista para luchar hasta que ella sintió que alguien la agarraba desde atrás. Ella se volvió para luchar hasta que se detuvo a si misma al ver una cara amigable.
“Soy yo”, dijo Francesca cuando los sacó destellando del jardín.
En un segundo Retta estaba a un pelo de la muerte, y al próximo estaba en una habitación que no había visto en siglos…
El dormitorio de Velkan.
El corazón de Retta se sobresaltó con miedo. “No podemos dejarle allí.”
“No lo hicimos.”
Ella se volvió para ver a Viktor aparecer en la habitación con Velkan a cuestas antes de que se hundiese en el suelo entre Andrei y Viktor. El horror la invadió cuando se quedó mirando lo que quedaba de él. Él estaba ensangrentado y chamuscado. El olor a pelo y carne quemada invadió sus sentidos, haciéndola sentir náuseas.
Pero eso no le importaba. Aterrada de que él se estuviera muriendo, se deslizó al lado de Velkan y lo giró sobre si mismo.
Las lágrimas le hacían un nudo en la garganta mientras veía el daño que le habían hecho. “¿Velkan?”
Él no habló. Él apenas la miró y parpadeó.
Haciéndola a un lado, Viktor y Andrei levantaron a Velkan del suelo y lo llevaron a la cama.
Retta les siguió queriendo ayudar.
“Deberías irte,” le dijo Viktor fríamente mientras Andrei luchaba por despegar la camiseta de Velkan que parecía haberse fundido con su piel. “Ya has hecho bastante daño.”
“Él es mi marido.”
Viktor entrecerró sus fríos ojos azules en ella. “Y lo abandonaste hace quinientos años, ¿Recuerdas? Hazle un favor y deja que la historia se repita.
“¡Viktor!” jadeó Francesca. “Cómo te atreves”
“Está bien,” dijo Retta, calmando a su amiga. “Él solo está haciendo su trabajo”
Entonces Retta se movió hasta quedarse al lado de Viktor. Esta vez cuando ella habló, bajó la voz y dejó que sus emociones se mostraran en cada sílaba. “Interponte en mi camino, chico, y vas a aprender que Velkan no es el único en esta familia que tiene colmillos.” Dicho eso, se movió alejándose de él para alcanzar la cama dónde estaba tendido Velkan.
Ella no estuvo segura si estaba todavía consciente hasta que se detuvo a su lado. Su estómago se encogió ante la vista de su piel ampollada y carbonizada.
Pero era el dolor en sus ojos el que la dejaba sin respiración. A pesar de la parte de ella que quería correr a ocultarse de la horrible visión de él, se acercó y colocó su mano en una parte que no había sido dañada de su pecho.
Él cerró los ojos como si saborease su contacto.
“Gracias, Velkan,” susurró ella.
Él tomó aire como si quisiera responder, pero antes de que lo hiciera, se desmayó sobre la cama.
Viktor se movió hasta quedar cerca de ella. “¿Vas a quedarte ahí mirándole o vas a ayudarnos a atenderle?”
Ella miró a Viktor, cuyas facciones eran parejas al rencor de su voz. “Eres un asno, Viktor”
Él abrió su boca para responder, pero Francesca le la cubrió con la mano. “Despídete, hermanito. Ambos han pasado por mucho el día de hoy.”
Frunciendo sus labios, se movió al otro lado de la cama, donde Andrei estaba todavía intentando sacarle la camiseta. Retta le ayudó a desvestir a Velkan, pero cuando vio una horrible cicatriz en el centro del pecho de Velkan, justo sobre su corazón, se detuvo. Eso no había estado ahí cuando había sido mortal. Esta se veía literalmente como si alguien le hubiese estacado el corazón.
“¿Qué cielos?” dijo ella, acariciándola. Era de al menos quince centímetros de ancho y diez de profundidad “¿Cómo sucedió esto?”
Viktor la miró con ironía. “¿No puedes reconocer a primera vista la obra de tu padre?”
Ella frunció el ceño ante Viktor. “¿De qué estás hablando?”
“La cicatriz,” dijo Andrei lentamente. “Es por donde la lanza salió de su cuerpo después de que tu padre ordenase que lo empalaran.”
Retta retiró de un tirón su mano, sin querer creerlo. “No encuentro tu humor divertido”
“No estoy bromeando”
Las nauseas la atravesaron cuando volvió a mirar la carrera de ampollas de Velkan. Entonces se volvió a Raluca, quien asintió secamente.
“No lo entiendo,” susurró Retta.
Los ojos de Raluca eran compasivos cuando explicó. “Después que vuestro padre os asesinara, Princesa, él se volvió maliciosamente contra Velkan. Lo torturó durante semanas hasta que finalmente lo empaló en la plaza Tìrgoviste. Fue enconces cuando murió y fue capaz de convertirse en Dark Hunter.”
Todavía le costaba creer eso. Su padre la había amado muchísimo. ¿Había realmente, incluso en la rabia, la habría matado? Él había odiado al mundo, pero para él, sus hijos habían sido siempre sagrados. “¿Por qué Velkan no me lo dijo?”
Viktor bufó. “Oh, no lo sé. Quizás por que tú huiste de él cuando lo intentó y no dejaste de huir.”
“Dejad todos de “Viktorizarme”. Digo la verdad que todos vosotros tenéis demasiado miedo a decir. Ella tiene que entender por todo que ha pasado él para mantenerla a salvo. Lo que sufrió como un humano. Por Ella.” Viktor se volvió hacia Retta. “A él no le importaba su propia muerte—lo había planeado así. Fue la tuya lo que lo destruyó. Él se había entregado a tu padre, sabiendo que el bastardo iba a empalarle. Él pensaba que por haberte hecho beber la poción de sueño tú padre te vería amortajada para enterrarte y te dejaría ir. Su plan era que mi madre te llevase a Alemania, donde Francesca estaba viviendo, y te mantuviese a salvo mientras tu padre lo torturaba. Él nunca soñó que tu padre fuese a apuñalarte en el corazón mientras permanecías como muerta.”
Ese no había sido el plan que Velkan le había dado. Ellos iban a fingir por ambos lados que morirían y entonces despertaría una vez que su padre se hubiese ido y se hubiese convencido de sus muertes. Se suponía que Velkan la llevaría a Paris, donde podrían estar juntos sin temor de que su padre tomase represalias contra Velkan. Libres de la guerra que se había emprendido entre sus familias.
Ella miró a Francesca buscando la verdad, pero por una vez su amiga estaba sin habla. “¿Velkan se entregó a mi padre?”
“¿Por qué crees que iba a hacerlo?” preguntó Viktor airadamente.
“Él me dijo que ambos beberíamos la poción y que mi padre al vernos muertos, entonces nos dejaría en paz.
Viktor asintió. “Y tú lo bebiste primero.”
“Por supuesto, y después vi como él se lo bebía justo después que yo.”
Viktor negó con la cabeza. “Él nunca lo tragó. Una vez que estuviste inconsciente, él lo escupió y te dejó en un lugar en tu estado para que te vieran. Él temía que si ambos estabais inconscientes tu padre os decapitaría a ambos. Así que él permaneció consciente y le dijo a tu padre que tú habías muerto de enfermedad. Tu padre le prometió que una vez que te viese, estaría conforme de tomar a Velkan y marcharse. Velkan se sometió a él y tuvo que presenciar como te mataba.
Y ella había corrido huyendo de él…
Otra vez, su mirada fue a Francesca en busca de confirmación. “¿Por qué no me lo dijiste?”
Con mirada triste, Francesca suspiró. “Tú no querías oírlo. Si intentaba ponerme de su lado, tú me gritabas, así que aprendí a dejar el tema.”
Eso era verdad y Retta lo sabía. Ella no podía culpar a nadie más que a si misma.
El corazón de Retta se dolió cuando pensó en todos esos años…no, siglos, que se había privado a si misma y a Velkan a causa de su estupidez y su negativa a perdonar. No era de extrañar que Victor la odiase. Se lo merecía.
Apretando los dientes, levantó la mirada hacia el cuadro que estaba sobre la chimenea—el único que había sido su retrato de bodas. Las lágrimas anegaron sus ojos cuando recordó el día en que había sido dibujado. La visión de Velkan sobre el muro, mirándola con nada más que adoración en su cara. Él había parecido un espíritu del bosque que había cobrado vida para protegerla.
Ella parpadeó para alejar las lágrimas antes de echar una mirada a la cama en donde estaba tendido su marido. “Tenemos que conseguir que se cure”.
“¿Por qué?” preguntó Viktor.
“Para que pueda disculparme”
Pero hacer que Velkan sanase era más fácil decirlo que hacerlo. Las heridas causadas por el sol eran graves incluso para un inmortal. Por no mencionar que ellos todavía tenían la amenaza de la Orden allí fuera esperando para matarlos. Al menos allí en casa de Velkan la Orden no podía llegar a ellos.
“Deberíais iros a descansar”
Retta levantó la Mirada ante la voz de Raluca. La mujer mayor permanecía en el umbral de la puerta con una regañona mirada en su cara.
Retta se estiró en su silla para desperezarse y estirar los músculos. Había estado al lado de Velkan los últimos cuatro días mientras él dormía. Al principio su continuo sueño la había preocupado seriamente, pero Raluca y Victor le habían asegurado que era natural para un Dark Hunter dormir de esa manera cuando estaba herido. Eso era lo que le permitía a su cuerpo sanar.
Confirmando sus palabras, cada día la piel de Velkan parecía estar mejor que el día anterior. Ahora apenas se veía como si se hubiese quemado bastante con el sol y todas las contusiones y golpes se habían ido.
“No estoy cansada,” dijo Retta lentamente.
“Apenas habéis comido o dormido”
“Como si pudiera enfermarme o morir”
Raluca chasqueó la lengua y se volvió murmurando. “Bien. Os traeré la comida aquí, pero creedme. Si el príncipe se despierta estará agradecido de no tener el sentido del olfato súper desarrollado.”
Profundamente ofendida, Retta se olió a si misma para cerciorarse que no apestaba.
“Relájate. Ella solo estaba bromeando.”
Su corazón dejó de latir cuando oyó esa profunda voz. “¿Velkan?” Ella salió disparada de la silla hacia la cama para ver sus ojos abiertos.
“Pensaba que ya te habrías ido”
Ella tragó a través del apretado nudo de su garganta. “Difícilmente. Tengo mucho que hacer.”
“¿Cómo qué?”
Retta tragó saliva antes de responder. “Disculparme contigo”
“¿Por qué deberías hacer eso?”
“Por que soy una estúpida y cabezona. Criticona. Terca. Desconfiada—puedes detenerme en cualquier momento, ¿Sabes?”
Una esquina de sus labios se elevó burlona. “¿Por qué debería? Estabas enrollándote bastante. Además, de olvidaste del peor defecto.”
“¿Y ese cual es?”
“Impulsiva”
“Eso lo aprendí de ti”
“¿Cómo?”
“¿Recuerdas aquella vez cuando lanzaste tus botas al fuego por que tenías problemas para sacarlas?”
Velkan frunció el ceño ante sus palabras. “Nunca hice eso”
“Sí, lo hiciste. También le diste tu silla de montar favorita al maestro de establos por que te arañó la pierna cuando desmontaste y le dijiste que podía quedársela pero, personalmente, también la habrías quemado.”
Eso lo recordaba bien. Todavía llevaba la cicatriz de ello. Pero lo que lo sorprendía era el hecho de que ella recordase esos incidentes. “Pensaba que habías desvanecido todo rastro de mí de tus recuerdos”
Ella apartó la mirada avergonzada. “Dios sabe que lo intenté, pero tu eres un hombre difícil de olvidar.” Cuando ella volvió a mirarle, sus miradas se encontraron y se mantuvieron. “He sido tan estúpida, Velkan. Realmente lo siento.”
Él se quedó allí totalmente atónito por la sentida emoción en su tono de voz. Había habido una vez cuando rezó por oír esas palabras de sus labios. Una vez cuando él había imaginado este momento.
“¿Puedes perdonarme?” preguntó ella.
“Puedo perdonártelo todo, Esperetta, pero nunca podré volver a confiar en ti otra vez.
Retta frunció el ceño ante sus palabras. “¿Qué quieres decir?”
“Cuando te fuiste y no regresaste, me probaste que no tenías fe en mí como hombre o como marido. Tú has sospechado tanto de mí que honestamente pensaste que yo podría matarte. Obviamente, tuvimos un montón de problemas en nuestro matrimonio de los que yo no he sabido.”
“Eso no es verdad”
“¿Entonces por qué no volviste a casa?”
Porque pensaba que él la mataría. Ella realmente lo había pensado. “Yo era joven. Nosotros vivíamos en tiempos turbulentos. Nuestras familias habían pasado generaciones matándose los unos a los otros—”
“Y tú pensaste que la única razón por la que yo me casé contigo era para matarte.” Él negó con la cabeza.” Tú sabes tan bien como yo que fui repudiado por mi familia cuando ellos descubrieron que nos habíamos casado.”
Eso era verdad. Su familia se había vuelto contra ellos. Su padre había enviado un ejército para saquear su casa y asegurarse que Velkan no entraría nunca en ella otra vez.
Pero peor que la muerte había sido que su padre incendiase todo lo que había tenido el símbolo y el nombre de Velkan. Incluso el libro de familia que contenía el linaje de los Danesti había sido quemado y había sido creado uno nuevo que no dejaba traza del nacimiento de Velkan.
“Pensé que habías tenido bastante de huir de nuestras familias. Y ambos sabemos que si hubieses vuelto a casa después de matarme a mí y a mi padre, tu padre te debería haber dado la bienvenida.”
Esos ojos negros la quemaron. “Yo tomé mi decisión de a quién mantener mi lealtad el día que me casé contigo, Esperetta. Yo sabía el coste y el dolor que nuestra unión causaría a mi familia y aún así pensé que tú lo valías. Tú escupiste sobre mí y escupiste sobre el amor que yo quería darte”.
“Sé que te hice daño.”
“No.” murmuró él. “Tú no me hiciste daño. Me destrozaste.”
Las lágrimas manaron de sus ojos. “Lo siento tanto.”
“ ‘Sentirlo’ no sirve para comenzar a arreglar quinientos años”
El tenía razón y ella lo sabía. “¿Por qué uniste nuestras almas sin decírmelo?
Sus ojos la quemaron con tristeza. “Yo no quise vivir sin ti… ni en esta vida ni en la próxima. Había intentado decirte lo que había hecho, pero tu padre nos mandó a la tumba antes de que tuviera ocasión. Lo poco que sé es que cuando vendí mi alma a Artemisa a cambio de venganza tu alma fue con la mía.”
Lo que él no había dicho era que ella le había hecho sufrir la misma cosa que él más había querido evitar… pasar la vida sin ella.
En ese momento, ella se odiaba a sí misma por lo que había hecho. Y no le condenaba por no perdonarla.
Él le había dado el mundo y ella lo había despreciado. Incapaz de afrontar el error que ella había cometido, se levantó. “¿Tienes hambre?”
“Sí.”
“Te traeré algo de comer. Aguarda un segundo.” Retta se detuvo ante la puerta volviendo a mirar hacia donde él estaba tendido en la enorme cama. Esa era la cama en la que ella había perdido su virginidad. Ella todavía podía ver esa noche con total claridad. Ella había estado aterrada y excitada. Velkan con toda su crueldad la había dejado intacta y en una habitación bajo el vestíbulo.
Él le había prometido llevarla al día siguiente a los agentes de su padre y librarse de ella. Esa había sido la última cosa que ella había querido. Su padre la habría enviado de vuelta al convento a vivir una vida de oración y duro trabajo—no es que hubiera habido nada malo en ninguna de esas cosas. Pero ella ya se había enamorado del oscuro señor de la guerra y no quería regresar sin una pequeña prenda.
Su intención no había sido nada más que un inocente beso. Pero en el momento en que sus labios se tocaron, Velkan la había atraído a sus brazos y ella se había rendido a él dispuesta—incluso más impaciente por probarlo de lo que él estaba por tenerla.
Cerrando sus ojos, ella todavía podía recordar la sensación de él en su interior cuando pasó las piernas de ella rodeando sus caderas y la penetró. “Nunca te dejaré ir, Esperetta,” le había susurrado con fiereza al oído.
Y entonces le dio un beso tan caliente que los labios de ella todavía vibraban por él.
¿Cómo se habría podido volver contra eso? Una lágrima se deslizó por su mejilla antes de que la secara y se dirigiera escaleras abajo a la cocina. Ella acarició a Bram en la cabeza cuando pasó el enorme animal que le recordaba más una vaca que un perro.
“Es bueno verla fuera de esa habitación,” dijo Raluca después de bajar la bandeja que estaba llena con comida.
“Solo vine por que Velkan está despierto y hambriento”.
Francesca bufó cuando entró en la cocina detrás de ella. “¿Y estás aquí buscando comida? ¿Qué clase de estúpida eres? Yo estaría en la cama con él.”
“¡Frankie!” la reprendió Raluca. “Por favor. Soy tu madre”
“Lo siento,” dijo ella, pero su tono era menos que de disculpa.
Retta suspiró cuando enderezó la flor del vaso que Raluca había puesto en la bandeja. “No es que no lo desee. Eché a volar eso con él hace mucho tiempo.”
Francesca negó con la cabeza. “No puedes echar a volar esto con alguien a quien amas tanto.”
“Creo que estás equivocada. Solo deseo que tus chicos me dejen ir a casa.”
“La Orden estaría sobre ti ahora que saben de hecho que eres real. Ya no puedes volver a casa.”
Y ella no podía quedarse allí. ¿Cuán perfecto era eso?
Raluca le dedicó una simpática sonrisa. “Él os ama, Princesa. Está herido, pero bajo eso es el hombre que pasó a través de un destino lejos de ser peor que la muerte para intentar salvaros. Él no dejará que algo tan frío como el orgullo os aparte de él.”
“No es orgullo, Raluca. Es la ruptura de la confianza. ¿Cómo se puede reparar eso?
“Eso es para voz, Princesa. Tenéis que demostrarle que queréis quedaros con él”.
“¿Y cómo lo hago?
“Cierra tu oficina y haz que Andrei y Viktor traigan todas tus cosas aquí.”
“¿Qué si no me deja?”
“¿Cómo puede detenerte? Tú eres la Lady Danesti. La mitad de esta casa es tuya.”
Retta sonrió al considerar eso. Pero para quedarse allí, ella tendría que darlo todo.
No, no darlo. Así ella no podría ser una abogada de divorcios en Rumania. Ella no podría continuar ejerciendo durante mucho más de todas maneras. Algunas personas ya empezaban a sospechar por que no envejecía.
Ella miró alrededor las paredes de piedra que parecían de alguna manera ser cálidas e invitadoras. Quedarse con Velkan…
Eso era casi tan espantoso como había sido esto. Pero para quedarse, ella tendría que reclamar el corazón que su marido había cerrado para ella. Vamos, Ret, has hecho de esto un duro trabajo. Y lo sería, pronto. No iba a alejarse de él otra vez.
Pero como Raluca dijera, ella tenía que encontrar una manera de mostrarle a su marido solo cuan enserio iba.
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