jueves, 16 de febrero de 2012

DSM cap 16


- ¿Cael?

Cael se detuvo cuando oyó la voz de Acheron detrás de él. Se volvió sobre la acera para verle paseando en medio de la niebla de la noche. Había algo realmente espeluznante acerca de Acheron. Siempre lo había habido.

Él conoció por primera vez a Acheron el 15 de septiembre, del 904, en una fría noche parecida a esta, en Cornwall. Cael había estado cubierto con la sangre de una fiesta invasora de que los Vikingos realizaron esa noche. El incendio que él había iniciado había chamuscado su pelo y producido ampollas en su piel.

Pero eso le había dado igual. Todo lo que había importado era vengar a su esposa, su hermano, su madre, y su hermana quienes habían que sido asesinados por los vikingos.

Aun después de todos estos siglos, él todavía podría ver hermosa cara llena de pecas de Morag, oír la gentil cadencia de su voz cuando decía su nombre. Con el pelo más rojo que el sol y una sonrisa igual de radiante, ella había sido todo su mundo.

Ella y su hermana pequeña quien había estado al borde de edad adulta.

Corynna había tenido los ojos tan azules que rivalizaban con el cielo y una risa tan musical que debería haber pertenecido a un pájaro cantor.

Y su padre los había vendido a todos ellos como esclavos para salvar su propia vida. Pero los vikingos no querían esclavos. Querían víctimas con las que practicar. Atado con cadenas, Cael había observado impotentemente como cada uno de ellos había sido torturado y asesinado por diversión mientras sus gritos de dolor y súplicas por su muerte habían hecho eco en sus oídos.

Ni siquiera su propia muerte había sido capaz de silenciar sus angustiadas voces. No había borrado la imagen de ellos siendo golpeados y desmembrados. Había veces incluso ahora en las que él se despertaba, sacudido por esos recuerdos.

Acheron había aparecido ante él después de que él hubiera cobrado su venganza en esos que habían hecho presa de su familia, y le había mostrado a él, un simple bastardo campesino, cómo oponerse a los Daimons y cómo vivir otra vez cuando ya no le quedaba nada en este mundo por lo que vivir.

Él le debía todo al atlante líder de los Dark-Hunters. Si Acheron no le hubiese mostrado como dejar el pasado a un lado y seguir adelante con su vida, él nunca habría hecho eso en ese momento y lugar.

Nunca habría conocido a Amaranda.

A través de ella, él había encontrado lo único que él había pensado que había perdido para siempre.

El amor.

Sobre todo, ella le dio tranquilidad, paz, y aceptación. Ella fue su refugio en una vida dura que no había sido otra cosa que violencia y lucha hasta el día que ella había aparecido. Y él haría cualquier cosa para mantener eso y a ella.

Excepto herir a Acheron herido. Cael no era nada sin lealtad, y él odiaba estar dividido entre las dos personas a las que más quería en este mundo.

Él le ofreció a Acheron una sonrisa de medio lado y usó el saludo de uno de los dibujos animados favoritos de Acheron.

- Saludos, O Gran Gazoo. Qué tan agradable que vuelvas a unirte a nosotros en el Planeta Tierra otra vez.

Ash comenzó a rodar sus ojos.

- Gracias, Barney. ¿Cómo están Betty y Bam Bam?
- Genial, si puedo mantenerlos apartados de Wilma y Pebbles. Esas mujeres no dan más que problemas.
- Nah, ellas son buenas mujeres. Es la de rojo la única que hace caer a los buenos hombres.

Riéndose, Cael extendió su mano a Acheron.

- ¿No es verdad, mi braither?

Ash extendió su mano y se la estrechó. Cael iba a darle una palmada en la espalda, solo para hacer que él se apartara.

Cael no se perdió la mueca de incomodidad que Acheron ocultó rápidamente.

 - ¿Estás bien?

Acheron se encogió de hombros si tratara de aliviar alguna incomodidad.

            - Me lastimé antes en la espalda. Pronto estaré bien.

Cael asintió.

- Es bueno ser inmortal, ¿huh?
- Algunos días, de ninguna manera.

Se quedaron en silencio mientras bajaban hacia calle abierta, en frente de una pequeña cafetería donde un grupo de estudiantes de universidad holgazaneaban, estudiaban y hablaban mientras la música se filtraba fuera de la tienda. Cael no estaba lejos de casa, pero no tenía intención de llevar a Ash allí. Él siempre había mantenido tanta distancia como fuera posible entre su jefe y su esposa.

Acheron sabía cosas que nadie tenía derecho a saber y eso siempre le daba escalofríos.

- ¿Necesitas algo?- preguntó Cael.

Ash no habló cuando miles de pensamientos atravesaron su mente. Él quería advertir a este hombre y sabía que si lo hacía, cambiaría muchos más destinos que el de Cael. La interminable cadena de cambios se escapaba de su mente.

Unas mil vidas se reescribirían por una simple palabra…

No hables.

Era más fácil de decir que de hacer. Cómo odiaba saber lo que iba a pasar y estar sometido por una conciencia humana que lo refrenaba. No obstante, si no fuese por esa conciencia, no que le sucediese a Cael o a otra persona no le importaría lo más mínimo. No se preocuparía de nada excepto de si mismo.

Él se había convertido en Savitar…

Ash se sobresaltó ante ese pensamiento. Recobrándose ante Cael se dio cuenta de lo que él estaba haciendo, Ash se restregó su mejilla.

- No, solo quería desearte buenas noches.

Por la cara de Cael él podía asegurar que el celta no le creía.

- Sí, vale. Te veré después.

Él se volvió y comenzó a dirigirse hacia su casa.

Ash se quedó allí en la calle, viendo como se marchaba. Cada parte de él quería hacer volver a Cael y advertirle.

Y cada parte de él sabía por qué no podía.
Él no sabía si maldecir o darle las gracias a Artemisa por ese regalo.

Pero entonces la única cosa peor que conocer el futuro era no conocerlo, lo cual ocurría cada vez que el futuro lo involucraba a él o alguien cuyo futuro influenciaba directamente el suyo.

-Hola, guapo.

Él volteó su cabeza para encontrar a un estudiante de universidad sumamente atractiva a su lado. Con encrespado pelo negro, ella vestía pantalones vaqueros y un top verde tan ajustado que exhibía sus curvas a la perfección.

-Hola.
- ¿Quieres entrar a beber algo? Yo invito.

Ash se detuvo cuando vio su pasado, presente y futuro simultáneamente en su mente. Su nombre era Tracy Phillips. Una estudiante de ciencias políticas, ella iba a acabar en la Escuela de Medicina en Harvard y entonces sería una de las principales los investigadores  que ayudarían a aislar un genoma mutado que la raza humana todavía no sabía ni que existía.

El descubrimiento de ese genoma salvaría la vida de su hija menor y sería la causa de que su propia hija fuese a la Escuela de Medicina. Esa hija, con la ayuda y la guía de su madre, un día llevaría a cabo reformas médicas que cambiarían la forma del mundo de la medicina y de los gobiernos que trataban la asistencia médica para la salud. Dos de ellos formarían generaciones de médicos y salvarían miles de vidas permitiéndoles tener a la gente tratamientos médicos avanzados que de otra manera no habrían podido pagar.

Y ahora mismo, todo Tracy podría pensar era en lo bien que se veía su culo en los pantalones de cuero, y en lo mucho que le gustaría sacárselos.

En pocos segundos, ella entraría en la cafetería y se encontraría con una camarera llamada Gina Torres. El sueño de Gina era ir a la universidad por sí misma para ser médico y salvar las vidas de los trabajadores marginales que no podían permitirse asistencia médica, pero por problemas familiares no había podido ir a clases este año. Aún así Gina le diría a Tracy cómo planeaba ir el año que viene con una beca.

Esa noche, tarde, después de que la mayor parte de los estudiantes de universidad se marchasen, las dos charlarían acerca de los planes y sueños de Gina.

Y en un mes desde ahora, Gina moriría en un atípico accidente de coche que Tracy vería en las noticias. Ese trágico evento combinado con la casual reunión de esta noche conduciría a Tracy a su destino. En un instante, ella se daría cuenta de lo superficial que había sido su vida, y trataría de cambiar eso y sería más consciente de las personas alrededor de ella y de sus necesidades. Su hija pequeña se llamaría Gina Tory en honor de la Gina que ahora mismo pasaba el paño sobre una mesa mientras se imaginaba una vida mejor para todo el mundo.

Así en efecto, Gina lograría su sueño. Por que al morir salvaría miles de vidas y que habría traído asistencia médica para aquellos que no podían permitirse el lujo de pagarla.

La raza humana era una cosa asombrosa. Pocas personas se daban cuenta cuantas vidas cambiaban con solo un inadvertido contacto. Cómo la palabra correcta o equivocada dicha casualmente podía impulsar o destruir la vida de otro.

Si Ash aceptara la invitación de Tracy a un café, su destino se cambiaría y ella terminaría como una bien pagada directora de banco. Decidiría que el matrimonio no era para ella y se iría a vivir con un compañero y nunca tendría hijos.

Todo cambiaría. Todas las vidas debería haber salvado estarían perdidas.

Y conocer cada palabra dicha y cada gesto hecho era la más pesada de las cargas que Ash llevaba. 

Sonriendo amablemente, él negó con la cabeza.

- Tengo que irme. Que pases una buena noche.

Ella le dedicó una ardiente mirada.

- Bueno, pero si cambias de idea, estaré aquí dentro estudiando durante algunas horas.

Ash la observó cuando lo dejó y entró en la tienda. Ella colocó sobre mochila en el suelo bajo la mesa y comenzó a desempacar sus libros. Suspirando de cansancio, Gina tomó un vaso de agua y se dirigió hacia ella…

Y mientras él los observaba a través del pintado cristal, las dos mujeres entablaron una conversación y pusieron sus destinados futuros en movimiento.

Con el corazón dolorido, él volvió a mirar hacia la dirección en que Cael se había ido y el odioso futuro que le esperaba a su amigo. Pero era el destino de Cael.

Su propio destino.

-Imora thea mi savur,- susurró Ash en Atlantean.

Dios sálveme de amar.




Susan se recostaba contra la pared mientras buscaba a través de los archivos de Jimmy.

- Demonios, Jim. Solo soy periodista, no lectora de mentes. – dijo ella, imitando a Bones McCoy en una frase de StarTrek. - ¿No podías dejarme algunas obvias migas que seguir? ¿Una barra entera de pan es demasiado pedir?

Con el estómago dolorido, ella decidió tomarse un descanso y cliqueó sobre la carpeta de fotos.

Un dolor agridulce laceró su pecho como ella pasó las fotos de Angie y él en una fiesta el año pasado. Dios mío, lo que ella no daría por oírle decir a Angie “Cinco por cinco” otra vez. Por oír la voz raspante de Jimmy bromeando con ella acerca de que era demasiado tensa todo el tiempo.

- ¿Estás bien?

Sobresaltada, saltó ante la profunda voz de Ravyn cuando él entró en la habitación con ese silencioso paso gatuno suyo.

- Me asustaste…- ella se detuvo para mirarlo de cerca.

Honestamente, él era la mejor cosa que ella hubiese visto alguna vez en su vida. Él tenía su pelo recogido en una cola de caballo y aunque su camisa estaba arrugada, esta no disimulaba sus marcados músculos. Distrayéndose a ella de ese pensamiento, indicó la computadora portátil con un gesto de su barbilla.

- Solo curioseaba en las fotos de Jimmy.

Él le dio el café que había subido a buscar para ella.

- Quizás deberías cerrar el archivo.

Él se sentó al lado de ella de modo que pudiese ver también la pantalla.

- No, está bien. Es solo que encontré este set de fotos de la fiesta de Halloween del año pasado de Jimmy. Él fue de Frankenstein y Angie fue –-
- ¿De la Prometida de Frankenstein?
- No… ella fue de Vaca Sagrada -. Susan sonrió ante el recuerdo - Ella siempre fue un poco excéntrica de esa manera.

Ravyn se rió como le enseñó la foto de Angie en un traje de vaca con un halo suspendido por encima de su cabeza y una cruz de madera gigante colgando de su cuello. Él sólo la había visto un par de veces en el refugio mientras lo tenían cautivo, pero la mujer había parecido bastante decente.

Pero su sonrisa murió cuando Susan abrió la siguiente foto y vio a las personas en ella.

No podía ser. Seguramente estaba equivocado…

Susan pasó a otra

-¡Espera! Vuelve atrás.

Susan frunció el ceño.

- ¿Por qué?

Él dejó a un lado su café y frunció el ceño mientras examinaba la foto de una mujer rubia alta que vestía como un clásico vampiro de Hollywood, completando su aspecto con unos demasiado reales colmillos, de pie con su brazo alrededor de Angie.

– La conozco.

Susan le dedicó mirada que no tenía nada de contenta.

- Para que conste, Gato con Botas, espero que no hables en el sentido bíblico de la palabra, por que si tú has--
- No,- dijo él, cortándole el hilo a su acalorada perorata, aunque una parte de él estaba halagada de que ella se sintiese así. - Ella es un daimon… o era. Yo la maté.

Susan se mofó de él.

- No, a ella no.

Ravyn miró de nuevo y estudió las facciones patricias bien definidas de la mujer. En una parte de su mente, él todavía podía verla vestida con un par de pantalones negros sueltos y una blusa roja cuando la encontró de pie sobre sus víctimas. La visión de verla cuando ella se había limpiado la sangre de la boca y se había reído por ello, lo había disgustado.

- Fue ella, estoy seguro de eso.

Aún así había duda en esos ojos azules de Susan.

- ¿Cómo podrías saberlo? ¿Memorizas la cara de cada Daimon que te cargas?
Él le dedicó una mirada graciosa.

- No, pero la recuerdo.
- ¿Porqué era un bollito?

Él negó con la cabeza.

- Porque ella no huyó de mí. Ella realmente me desafió a que la matara. Ella dijo que tenía una tarjeta que la libraba de prisión y que a menos que quisiese que cada Dark-Hunter en Seattle muriera, la dejaría en paz.

A Susan no le hacía gracia.

- Así que naturalmente tuviste que matarla.

Si una mirada seca mirada pudiera mutilar, ella estaría descuartizada en el suelo.

- Ella acababa de arrebatar las vidas de una mujer embarazada y su hijo pequeño fuera de una lavandería. Tuve que matarla para liberar esas dos almas o ambas almas habrían muerto.
- Fascinante y grotesco, pero ella no puede ser esta mujer.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque ella es la esposa de Paul Heilig, el jefe de policía. Y murió en un accidente de coche en Europa. Yo vi las fotos de eso.

Ravyn se volvió frío ante sus palabras como si confirmasen sus sospechas.

- ¿Qué?
- Ya me has oído.

Ella pasó las fotos hasta que llegó a una del Daimon con dos rubios muy altos vestidos como vampiros a lo Bela Lugosi y un hombre bajo, rellenito con pelo oscuro, resaltado con gris, y gafas, que vestía como un explorador. El hombre parecía rondar  aproximadamente los cincuenta, con pelo lacio y afilados ojos grises.

- Esos son ella, sus hijos, y su marido.

Ravyn entrecerró su mirada en ellos antes de volverse a mirar a Susan.

- ¿No crees que es raro que el jefe de policía esté casado con una mujer que parece tener la misma edad de sus hijos?
- Cirugía plástica, bebé. Algunos de los mejores cirujanos del país viven aquí mismo.
- Ya, así como también lo hacen algunos de los mejores Daimons.


Susan se quedó helada cuando clavó los ojos en la mujer, y sus emociones se desbordaron. Todo eso ahora tenía sentido.

- ¿Es justo como tú dices, verdad? Él se casó con una Apolita que se convirtió en Daimon, y ahora él está usando su posición para mantenerles a salvo.
- Salvo por su esposa a quién yo maté. No es extraño que quisieron torturarme en la…-Su voz se desvaneció cuando recordó algo que el veterinario medio apolita había dicho.- Paul quiere ver sufrir a este…

Como no sabía quien era Paul, lo había olvidado completamente. Pero ahora lo entendía. Paul era Paul Heilig. Jefe de policía y padre de dos hijos Daimon.

Estaban jodidos.

- ¿Cuándo la mataste?-preguntó Susan.
- No lo sé. Hace aproximadamente dos meses, tal vez.

Esa era la misma época en que la esposa del jefe había muerto. Susan recordaba los artículos acerca de ello claramente. No había vuelto ningún cuerpo a los Estados Unidos para enterrar, pero ellos habían hecho una ceremonia en su memoria.

Por supuesto que si ella era un Daimon, no habría habido ningún cuerpo para enterrar. Por raro que pareciera, lo hacía la tapadera perfecta.

Oh jeez, ahora estás pensando igual que Leo. Pero entonces Leo no era el chiflado por quien ella lo había tomado…

- ¿Recuerdas algo acerca de ella?
- Claro,- jadeó él. – Era una sucia perra con un gancho de derechas tremendo.
- Eso no,- chasqueó Susan. -Algo que pudiera ayudarnos a identificarla como la esposa del jefe de policía.
- Las palabras la tarjeta que me libra de la cárcel –-
- Tal vez ella jugaba mucho al Monopoly. Quien sabe que rarezas tengan los Daimons para pasar el tiempo.

Ante la desdeñosa mirada de Ravyn ella sostuvo sus manos en alto a modo de rendición.

– Está bien, mala puñalada de mi parte. Por favor continúa.
- Asocia eso con la paranoia de Jimmy acerca de que alguien importante en su departamento estaba cubriendo las muertes y las desapariciones. Vamos, Susan, es demasiado para ser coincidencia.
- Sé que estoy jugando al abogado del diablo. Tenemos que tener una prueba concreta antes de que acusemos a este hombre de tendernos una trampa y ocultar asesinatos.
- Susan…- dijo él en tono de regaño.
- Mira, Ravyn, ya arruiné mi vida porque algo que parecía un pato y graznaba como un pato resultó ser un tigre con un batallón de abogados que se encargaron de quitarme todo lo que tenía o pudiera llegar incluso a tener. Todas las evidencias estaban allí, bien definidas y perfectas, y salté sobre ellas, para que a la mañana, todo lo que decía que él era culpable fuese solo una mala coincidencia para mí. No quiero cometer ese error otra vez -. Ella sostuvo en alto su muñeca para mostrarle las cicatrices que ella todavía llevaba. -Yo realmente no quiero revivir mi pasado.

El estómago de Ravyn se encogió con fuerza ante la vista de las cicatrices dónde, ella se había cortado la muñeca.

- Susan…
- ¿No me compadezcas, vale? Sé que fue estúpido. Pero estaba completamente sola. Todo en lo que alguna vez había creído me calló encima y tuve que pasar juicio tras juicio hasta que se asentaran los escombros y me dejaran sin hogar, sin amigos y desesperada. Me obligaba a levantarme de la cama cada mañana de modo que pudiesen patearme otra vez. Y entonces decidí que aunque estaba arruinada, no estaba muerta, y que mi vida, tal como era, era mía y me negué a dejarles que me arrebataran eso, también. Había recorrido un largo camino, pero eso había sido duro y brutal, y lo último que quiero es acusar un honrado oficial, altamente condecorado y volver a vivir esa pesadilla una vez más. ¿Lo entiendes?

La garganta de Ravyn estaba apretada con el dolor que oía en su voz, la agonía que ella mantenía en sus ojos. Él besó su muñeca, y la sujetó en su mano mientras enganchaba su mirada en la de ella.

- Nunca volverás a vivir eso, Susan. Te lo prometo.
-No hagas promesas que no puedes mantener.
- Puedo mantener esta. Y si estoy equivocado, yo cargaré solo con mi error. Pero si tengo razón…
-Jimmy será vengado.





Cael acaba de llegar a la puerta trasera del Happy Hunting Ground cuando su teléfono móvil comenzó a sonar. Él lo sacó de su cinturón para ver el número de Amaranda. Abriendo la tapa, lo sostuvo contra su oreja.

- ¿Dime, nena?
- No regreses a casa.
- ¿Qué?- dijo él, Él dijo, no estaba seguro de lo que había oído con la música tan alta.
- NO. VENGAS. A CASA.- ella lo repitió ligeramente más alto que la última vez.
- ¿Es una broma?- preguntó enfadado. Amaranda nunca le habría dicho que no volviese a casa. -Si eres tú, Stryker, ve a joderte tu mismo.- Él cerró de golpe el teléfono, luego abrió la puerta.

Como siempre, el club estaba concurrido y bullicioso con los chicos de la universidad girando en la pista de baile y bebiendo alcohol en abundancia en las mesas que rodeaban el local. Él saludó con un movimiento de cabeza al primo de Amaranda que estaba esperando mesas cuando él pasó.

Nada parecía fuera de lo normal.

Cael cerró sus ojos y registró el edificio mentalmente para localizar alguna detección de Daimons. Nada alertó su radar. Queriendo hacer una doble comprobación en caso de que todavía estuviese mermado por la anterior pelea, el sacó su teléfono y echó a andar el programa de rastreo de Daimons que llevaba en él.

Esto, también, le dio negativo.

Fantástico, no había nada allí que necesitase su atención…excepto su esposa.

Cael se quitó la chaqueta y se la echó al hombre mientras bajaba las escaleras hacia el sótano. Deseando pasar algún tiempo con Amaranda, él se dirigió hacia su cuarto al tiempo que empezaba a silbar.

Hasta que abrió la puerta.

Su silbido se detuvo a media tonada. Kerri estaba en su habitación, atada y amordazada. Sus ojos eran grandes y llenos de terror cuando le rogó con la mirada que la pusiese en libertad.

Y en ese instante, él se encontró cara a cara con su pasado. El dolor de eso era casi lisiante. Y sobre todo, podía sentir sus poderes de Dark Hunter debilitarse.

¿Era eso alguna clase de broma? Si lo era, él estaba jodidamente seguro de que no le hacía gracia.

- ¿Qué diablos está pasando, Kerri?

Él sólo había dado un paso hacia ella cuando la puerta se cerró de golpe detrás de él.

Él se giró para encontrar allí a un varón humano, taladrándole con la mirada. En la mitad de los cincuenta, el hombre bajito y rellenito tenía astutos ojos grises que traslucían su locura.

- ¿Qué diablos significa todo esto?- exigió Cael.
- ¿Dónde está Ravyn Kontis?

Cael se obligó a no dejar traslucir nada.

- ¿Quién?
- No te hagas el estúpido conmigo.- gruñó el hombre, escupiendo en su rabia. –Responde la pregunta.
- No puedo. No conozco a nadie llamado Ravyn.

La incredulidad disfrazó sus facciones.

- ¿No?
- No.

El hombre chasqueó cuando se movió hacia la silla de Kerri.

- Lástima. Supongo que tendré que mataros a ti y a tu puta entonces -. Él se dirigió hacia Kerri, cuyos ojos se ensancharon aun más cuando comenzó a gritar a través de su mordaza.
- Ella es inocente.

El hombre le dedicó una cruel mirada.

- Nadie es inocente. Y aun si ella fuera, no me importa -. Él sacó un cuchillo de caza de su chaqueta y lo apuntó contra la garganta de Kerri. -Díme donde está ese bastardo o vela morir.

- Pero yo no sé— -él se calló cuando el hombre presionó el cuchillo tan cerca que pinchó el cuello de Kerri.

Ella gritó, tratando de apartar su cuello de la hoja.

- Vale, vale,- dijo Cael, tratando de buscar una manera de evadirlo al tiempo que sus poderes se debilitaban aún más.

Pero lo que más le preocupaba era, ¿A dónde se había ido Amaranda? Obviamente, ella fue la que le había llamado y este idiota las había confundido a las dos Aun así, si cualquier cosa le ocurriese a Kerri, Amaranda nunca se lo perdonaría.

Ni se perdonaría él a si mismo.

Y entonces él lo sintió… esa sensación de picazón ante la presencia de un Daimon.

Solo que allí había dos.

La puerta se abrió y el mundo entero de Cael se vino abajo. Amaranda estaba entre los dos Daimons con sus manos atadas a la espalda. Ella estaba pálida y temblando mientras sangraba por una herida en su cuello.

Habían estado alimentándose de ella y por su apariencia, casi la habían dejado seca.

- Mira a quién encontramos tratando de advertirle, Papá.
- ¡Maldito! - gruñó Cael. Sin pensarlo, se abalanzó sobre ellos.

Aunque sus poderes casi se habían extinguido, él atrapó al primero por la cintura y ambos cayeron desgarbadamente en el pasillo. El daimon no soltó a Amaranda, quien aterrizó encima de Cael.

Él se tomó un segundo para asegurarse de que ella estaba bien antes de hacer pedazos la cuerda que le ataba las manos a ella y patear entonces al segundo daimon alejándolo de ellos. Gruñendo, Cael trató de alcanzar al que había abordado sólo a para oír un disparo de un arma.

Él se impulsó hacia atrás cuando las balas impactaron en su cuerpo en una rápida sucesión. El dolor de ello le robó el aliento mientras caía desangrándose al suelo.

El daimon lo levantó y le asestó un puñetazo en la mandíbula. El impacto lo envió de vuelta a la pared de modo que el otro daimon pudiera patearle en el estómago.

Cuando el Daimon se movió para patear a Cael otra vez, él agarró su pierna y lo empujó de regreso. El Daimon resbaló sobre la sangre de Cael y golpeó el suelo con un ruido sordo. Él pateó al Daimon en las costillas y se volvió a agarrar el otro.

- Quédate quieto, cabrón, o le meteré a tu pequeña compañera de juegos una bala en el cerebro. Y desde que ella es apolita, esto acortará incluso más su reducida vida.

Cael se congeló instantáneamente.

- Date la vuelta.

Él lo hizo y vio que el hombre mayor tenía a Amaranda delante de él con su arma apuntando a su cabeza. El corazón de Cael dio un salto al ver el terror en los ojos de ella mientras su propia cólera nublaba su vista. Maldito fuese ese bastardo por asustarla.

- Todo irá bien, nena.
- No si no contestas a mi pregunta-. Él cargó el gatillo contra la sien de ella.

Cael oyó a Amaranda rezando en atlante en apenas un susurro.
Si le daba la localización de Ravyn, lo matarían. Si no lo hacía, matarían a Amaranda.

Su mejor amigo o su esposa. ¿Cómo podía decidir?

- Bien,- gruñó el hombre. –Que sea a tu manera -. Él comenzó a apretar el gatillo.
- ¡No!- gritó Cael, dando un paso adelante. – Él está...

No podía decirlo. Él simplemente no podía hacerlo. Habiendo sido traicionado, ¿Cómo podía él traicionar a alguien más?

- No juegues conmigo, chico.

Cael aspiró profundamente apuntó una sincera mirada de odio hacia el bastardo.

- Él está en The Last Super Club en Pioneer Square-.

El hombre estrechó una dudosa mirada en él.

Uno de los daimons agarró a Cael por el pelo y jaló de su cabeza hacia atrás.

- ¿Estás mintiéndonos, Dark-Hunter?
- No,- él mintió con convicción. - No me atrevería.
- ¿Tú que piensas, Papá?- preguntó el daimon que le sujetaba al hombre que llevaba el arma.
- O nos está diciendo la verdad o es un maldito buen mentiroso. Desde que no se cual, creo que deberíamos mantenerlos vivos, por si acaso.

Imágenes de su familia muriendo mientras había estado impotente para detenerse su tortura rasgaron a través de su mente. Él miró a Amaranda y a su hermana y vio el terror en sus ojos.

No había manera en el infierno en que él volvería a vivir ese momento. Él estaba por la labor de dejar que fuesen torturados mientras él estaba impotente para detenerlo. Y con ese pensamiento, el último de sus poderes de Dark Hunter se evaporó.

El hombre le lanzó un par de esposas al Daimon, quien las atrapó y aplicó una sobre la muñeca de Cael. Él se balanceó y codeó al Daimon directamente en la cara.

- ¡Derrick! – gritó el hombre antes de que comenzase a disparar sobre Cael otra vez.


Cael se negó a detenerse. Sacó su daga y se volvió para matar al Daimon.

Se oyó otro disparo, un instante antes de Cael sintió algo afilado y caliente perforar su espalda. Era el cuchillo que el hombre había usado para amenazar a Kerri. Cael lo supo en el instante en que la hoja no se proyectó fuera del frente de su pecho. El hombre retorció la hoja lateralmente y luego la rompió completamente en la empuñadura para dejar la hoja sepultada profundamente en el corazón de Cael.

Los oídos de Cael zumbaron cuando mientras saboreaba su propia sangre. Él oyó los gritos de Amaranda a través de la neblina cunando su vista se oscureció.

Se estaba muriendo…

Incapaz de respirar por el dolor, cayó de rodillas.

Amaranda dejó escapar un grito ante la vista de Cael cayendo. La agonía y la pena la atacaron y despertó la luchadora que había dentro de ella. Su furia enraizó, lanzándose contra el hombre que le había apuñalado. Antes de que pudiese alcanzarle, su hijo Daimon se volvió para luchar con ella. Él la agarró y la abofeteó con dureza. Ella giró para enfrentarle otra vez y luego actuó por puro instinto apolita.

Ella se lanzó a su garganta y hundió sus colmillos en la carne. Su padre maldijo como la arrancó alejándola de su hijo, pero en el proceso él mismo causó que ella seccionase la yugular del Daimon. En lugar de morir rápidamente, él cayó al suelo y yació allí mientras su sangre se derramaba sobre él y se estremecía incontrolablemente.

Su padre dejó escapar un angustiado grito antes de que él disparase contra Amaranda y su hermana.

Con su vista perdiendo intensidad por dolor, Amaranda cayó al suelo y no pudo moverse. Era como si estuviese completamente paralizada.

- Así es como me ayudas,- gritó el hombre, - ¡Os veré a todos vosotros muertos! ¡Muertos!.

Él la pisoteó repetidamente en su pequeña espalda antes de que el otro Daimon lo separase de ella.

- Vamos, Papá, llevaremos luto por Derrick más tarde. Tenemos que salir de aquí antes que los Apolitas se den cuenta de estamos aquí y de lo que hemos hecho.
- Tengo una orden de registro.
- Y acabas de matar a dos miembros de su familia. Las órdenes de registro no son para tu gente, no la mía. Nos matarán a ambos.

Él la pisoteó una última vez antes de marcharse.

Amaranda apenas podría ver por las lágrimas en sus ojos. Ella nunca había conocido un dolor físico o mental como el que parecía estar padeciendo ahora.

- Cael,- lloriqueó ella, necesitando tocarle. Incluso aunque todo lo que ella quería hacer era cerrar sus ojos y dejar que la muerte la alejase de la agonía de su cuerpo, ella se negó a irse sin sostener su mano.

Eso era lo que él le había prometido a ella la noche en que se habían casado.

- No dejaré que mueras a solas. Yo estaré allí contigo, tu mano en mi mano, hasta el fin.

Ella no le dejaría morir sin que saber que ella estaba allí para él. Su mano en la de ella él.

Con todo el cuerpo tembloroso, ella se arrastró a través del piso resbaladizo hasta que ella llegar hasta él. Para su sorpresa, él estaba todavía vivo, pero sólo apenas. Había lágrimas en sus ojos mientras respiraba imperceptibles jadeos. Ya no más del color negro de un Dark Hunter, sus ojos ahora eran de un bello ámbar.

- ¿Cael?

Ella vio el fuego en sus ojos como él cuando clavó los ojos en ella.

- Sunshine – jadeó él.

Ella ahogó un sollozo como él la llamó por el apodo que le había dado a ella durante sus votos matrimoniales… votos que él había escrito solamente para ella.

- Incluso aunque camine sólo en la noche, nunca conoceré oscuridad mientras que tú, mi Sunshine usted, estés a mi lado.

Él tragó mientras extendía la mano para tocar su mejilla.

- Lamento no haberte escuchado.

Amaranda se lamió los labios, volviendo a saborear la sangre del Daimon.

- Está bien, cariño.- Ella colocó la cabeza sobre su pecho y lo sostuvo mientras él jugaba con su pelo.

Ella esperaba morir totalmente de esa manera. Cerrando sus ojos, ella esperó a que la muerte se la llevara.

O así pensaba ella. Pero cuando los segundos pasaban y la respiración de Cael se iba haciendo más débil, la de ella solo se hacía más fuerte.

Y más fuerte.

El dolor de su cuerpo se retiró cuando algo comenzó a arder en el centro de su pecho.

No era excesivamente doloroso, pero no era muy cómodo.

Era…

Ella sintió que su vista se hacía más sensible. Jadeando, ella se levantó cuando se dio cuenta de lo que ocurría.

Se estaba convirtiendo en Daimon.

¿Pero cómo? Ella no había…

Su mirada cayó al Daimon que ella había asesinado.

- Oh Dios – jadeó ella cuando se dio cuenta.

Ella había bebido la sangre de un Daimon y en esa sangre estaban las almas humanas que él había robado. Ahora esto estaba convirtiendo su cuerpo.

Y estaba salvando su vida…

Ella bajó la mirada a su pecho para ver la pequeña mancha negra sobre su corazón—el lugar donde las almas humanas se reunían a fin de nutrir su sangre daimon y evitar que su cuerpo apolita decayese. Y cuando observaba, su cuerpo expulsó las balas fuera de su carne y se sanó a si mismo.

Con su corazón latiendo apresuradamente, ella miró hacia el daimon cuya sangr todavía salía a raudales de él. Había sólo tres formas de matar a un Daimon. La luz del sol, perforando su marca Daimon sobre su corazón, y seccionándole la yugular.

El Daimon no estaba muerto todavía. Una vez que su sangre fuese completamente expulsada de su cuerpo, él se convertiría en polvo.

Pero ella podría salvar a Cael…

Él nunca te perdonará.

Tal vez, pero moría, él se convertiría en una Sombra y pasaría el resto de la eternidad sufriendo un perpetuo infierno. No habría diosa que le ofreciese clemencia. Ningún trato con Artemis que le devolviese la vida. Su cuerpo se desharía en polvo y él estaría atrapado sin su alma. Por siempre. Ninguna forma de que descansara. Ninguna forma de regenerarse o reencarnarse.

Solo una eternidad de dolor.

Más que nada, él estaría solo.

- Perdóname, Cael,- susurró ella, extendiendo sus labios sobre los de él para besarle suavemente.

Sin otro pensamiento, agarró el brazo del Daimon y tiró de él hacia ella. Agarrando un cuchillo del cinturón del Daimon, le abrió la muñeca. Ella vaciló. La sangre del Dark Hunter era venenosa para los Daimons, ¿Sería la de los Daimons venenosa para los Dark Hunters? ¿Por intentar salvar a Cael, acabaría destruyéndolo? ¿Pero que elección tenía? Si no hacía nada, él ciertamente moriría. Decidiendo que debería afrontar el riesgo, ella sujetó la muñeca del Daimon sobre los labios de Cael.

Demasiado débil para apartarse, él no tuvo más opción que dejar que la sangre entrase en su cuerpo.

Sus ojos se abrieron repentinamente cuando gritó de dolor. Él se contorsionó en el suelo como si estuviese en absoluta agonía.

Amaranda retrocedió, apartando el brazo del daimon.

Él rodó de lado, maldiciendo y sacudiéndose como si algo estuviese intentando hacerlo pedazos.

- No,- jadeó ella, aterrorizada de que solo hubiese conseguido lastimarlo aún más. Ella depositó la cabeza de él en su regazo y le sujetó cerca mientras él agarraba su camisa con tanta fuerza que los huesos de sus nudillos sobresalieron.

Y entonces lo vio…

El cuchillo estaba saliendo de su espalda. Lentamente, dolorosamente, poquito a poco, salió hasta aterrizar en el suelo con un sonoro golpe.

Amaranda clavó los ojos en eso mientras sentía que la respiración de Cael se estabilizaba. Él aflojó su asidero en ella.

Ella bajó la mirada y vio algo que de acuerdo con las leyes de los Dark Hunter no se suponía que ocurriese. Los ojos de Cael eran ahora una sombra antinatural de ámbar con vetas negras corriendo a través de ellos.

- ¿Qué me has hecho, Amaranda?- preguntó en un rabioso, demoníaco tono.
- Te he salvado, Cael.

Pero incluso cuando esas palabras abandonaron sus labios, ella sabía la verdad. Ella no lo había salvado.

Ella les había condenado a ambos directamente al infierno.

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