Prólogo
SANTORINI. GRECIA, 1990
Completamente inmóvil en el borde del acantilado, Megeara Saatsakis contemplaba las aguas, de un azul tan perfecto que era casi doloroso mirarlas. El fragante aire salado, el aceite de oliva de los carros mercantes, y la brillante luz del sol, formaban una escena hogareña única en la región. El cálido sol acariciaba su bronceada piel, mientras la fuerte brisa azotaba su vestido blanco contra su cuerpo. Los barcos se deslizaban por las olas de una manera casi irreal, lo que le hizo recordar los días de su niñez, ella había caminado con su padre y su madre por esos acantilados y playas mientras estos hacían todo lo posible por inculcarle lo que significaba ser Griego.
Era realmente una de las escenas más hermosas del mundo, y a cualquier otra persona de veinticuatro años le encantaría estar aquí.
Ella sólo deseaba poder ser una de ellas.
En lugar de eso, odiaba este lugar con un fervor casi irracional. Para ella, Grecia era muerte y dolor, sufrimiento absoluto, preferiría tener mil anzuelos clavados en el cuerpo que volver a poner un pie en esta tierra otra vez.
Su largo cabello rubio que llevaba recogido en una cola de caballo golpeó su piel, como si buscase algo de paz para sus turbulentos pensamientos. Pero no había nada que hacer.
Ya que en su interior sólo encontró furia reprimida.
Su padre, del cual se había distanciado, estaba muerto. Él había muerto igual que había vivido….persiguiendo un estúpido y descabellado sueño, que no sólo acabó con su vida, también con la de su madre, su hermano, su tía y su tío.
“La Atlántida es real, Geary. Puedo sentirlo rezumando hacía mí incluso mientras hablo. Está asentada en el Egeo justo debajo de nosotros, como una gema perdida, brillante, que está esperando que la encontremos y mostremos al mundo la belleza que una vez tuvo.” Incluso ahora, podía oír la hipnótica voz de su padre mientras le sostenía la mano encima del agua para que pudiera sentir la suavidad de las olas que acariciaban su diminuta palma. Todavía podía ver su hermosa y entusiasmada cara, cuando le contó por primera vez porque pasaban tanto tiempo en Grecia.
“Vamos a encontrar la Atlántida y a mostrar la maravilla a todos los demás. Recuerda mis palabras, bebé. Está ahí y nuestra familia ha sido escogida para descubrir su magia.”
Ese había sido su loco sueño. Un sueño que durante toda su vida había intentado venderle a ella, pero a diferencia de su alocada familia, no fue tan estúpida como para comprarlo.
Ahora su padre yacía en una tumba en la isla que tanto había amado. Había muerto amargado y arruinado, una cáscara vacía de un hombre que había enterrado a su hermano, a su hijo, a su esposa....
¿Y para qué? Todo el mundo se había reído de él. Ridiculizándolo. Había perdido su trabajo, junto con su respetabilidad como profesor años atrás, y sólo consiguió publicar su investigación en la prensa sensacionalista.
¡Demonios!, incluso algunos editores sensacionalistas se habían reído de él, y varios le habían rechazado, rehusándose a gastar dinero para publicar su ridículo trabajo. Y todavía él había continuado con su febril deseo dándole a la gente más motivos para reírse de él, cosa que habían hecho con ganas.
Pero aun así, al final había logrado verlo una vez más antes de que falleciera, y n había muerto solo como temía. De algún modo, y en contra de lo que decía el médico, su padre logró aguantar hasta que ella cogió un avión desde los Estados Unidos y fue al hospital a verle. Aunque su encuentro fue breve, hizo todo lo posible por darle algo de paz para que pudiera morir tranquilo, sin sentirse culpable por haberla abandonado para continuar su búsqueda.
Ojala ella hubiera podido encontrar un poco de esa paz para sí misma. Todavía no había conseguido olvidarlo y perdonar. Por más que su abuelo intentó justificar las acciones de su padre, ella sabía la verdad. La única cosa que alguna vez su padre había amado era su sueño, y por él sacrificó a su familia entera.....su familia entera.
Ahora con veinticuatro años, gracias a él, ella no tenía ni hermano ni padres.
Estaba completamente sola en el mundo.
Le había prometido a su padre en su lecho de muerte que continuaría con su trabajo, y eso la estaba quemando por dentro. Fue en uno de esos raros momentos de debilidad. Al verlo tan frágil, tumbado en una fría cama de hospital mientras se aferraba desesperadamente a la vida, la había destrozado, y aunque apenas habían hablado en los últimos ocho años, ella no había tenido corazón para herirle, cuando él todo lo que buscaba era morir en paz.
Ella frunció los labios mientras observaba como las olas llegaban hasta la blanca orilla. “Encontrar la Atlántida , mi trasero. No me arruinaré como hiciste tú, papa. No soy tan estúpida.”
“¿Dr. Kafieri?”
Ella se giró al oír el sonido de una voz con un fuerte acento griego, y se encontró con un hombre bajo, rechoncho de unos cincuenta años clavando los ojos en ella. Era un primo de su padre, Cosmo Tsiaris, había sido el abogado de su familia en Grecia. Un pseudo-socio de la compañía de salvamento de su padre, además fue quien ayudó a su padre en su búsqueda antediluviana, consiguiendo permisos e inversionistas.
Aunque conocía a Cosmo desde que tenía uso de razón, se asustó cuando la saludó. Kafieri había sido el nombre de su padre—un nombre que había desechado hace años, después de que sus solicitudes de trabajo en la universidad fueran rechazadas, a pesar de que cumplía de sobra con los requisitos de admisión. Ningún respetable departamento de clásicas, historia o antropología aceptaría en sus filas a un Kafieri por miedo a manchar su reputación. Así que ella había aprendido a usar el apellido de soltera de su madre, para conservar su credibilidad y su reputación.
Como el resto de su familia inmediata, Gaery Kafieri había muerto en estas playas.
“Soy la Dr. Megeara Saatsakis”
Una brillante sonrisa curvó sus labios. “¡Te casaste!”
“No”, dijo ella, lo cual hizo que él literalmente se desinflara ante sus ojos. “Cambié legalmente mi nombre de Kafieri hace ocho años, cuando me fui a los Estados Unidos y solicité la emancipación de mi padre.”
Ella podía decir por la cara de Cosmo que esté no entendía su razonamiento, pero le daba igual. Sabía que con su mentalidad patriarcal, él nunca lo comprendería.
Frunciendo el ceño, él no hizo ningún comentario sobre sus palabras y le tendió una pequeña caja. “Eneas dijo que si le sucedía algo, debía asegurarme de que le fuera entregada a su hija. ¿Esa todavía serías tú, no?
“Si”, dijo ella, ignorando su sarcástico comentario. ¿Quién más sería lo suficientemente tonto como para reclamar algo a un hazmerreír como su progenitor?
Megeara se sobresaltó ante ese pensamiento. Con toda sinceridad, ella amaba a su padre. Incluso cuando su pena y su búsqueda le privaron de todo, hasta de su cordura y su salud, ella todavía le había seguido queriendo. ¿Cómo podía no hacerlo? Él había sido un padre amable y cariñoso cuando ella era niña. Esto solo había cambiado cuando ella entró en la adolescencia y empezó a cuestionar su investigación y fervor, por que al crecer ellos la habían apartado.
“La Atlántida es una chorrada, papá. Toda esta investigación también. No quiero subir más a ese estúpido barco. Soy joven y quiero amigos. Quiero ir a la escuela y ser normal. ¡Tú estás desperdiciando tú tiempo y mi vida!”. En su decimoquinto cumpleaños la había abofeteado tan fuerte que ella todavía podía sentir el dolor punzante.
“No te atrevas a insultar la memoria de tu madre. O la de mi hermano. Ellos dieron su vida por esto.”
Seis meses más tarde, el hermano de Megeara también la dio, cuando su equipo de buceo se enredó, y su tanque se quedó sin oxígeno. Ese había sido el punto de inflexión entre su padre y ella. Ella no iba a ser como Jason. Ella no iba a dar su vida por los sueños de otra persona....jamás.
Así que, ¿qué importaba si le había hecho una promesa a su padre? Él estaba muerto. Nunca sabría que ella la había incumplido. Él había muerto feliz y ella finalmente podría dejar el pasado atrás y seguir adelante con su vida en América.
Como su abuelo, tenía la intención de dejar el país y no volver a poner a poner un pie en él otra vez.
Cosmo le entregó la blanca caja, y luego la dejó sola para que la abriera.
Megeara clavó los ojos en ella un par de minutos, asustada por lo que podría encontrar. ¿Habría algún objeto personal que le hiciera volver a llorar? Sinceramente ella no quería volver a llorar por un hombre que le había roto el corazón tantas veces que no podía ni empezar a contarlas.
Pero al final, la curiosidad ganó y abrió la caja. Al principio, parecía que sólo había un klínex arrugado. Tuvo que escarbar hasta el fondo para encontrar lo que contenía.
Y lo que encontró la dejó pasmada. Ella clavó los ojos en la palma de sus manos, incapaz de entenderlo.
Había dos cosas. Una parecía ser un Komboloi— una cuerda de cuentas parecido a un rosario pequeño que algunos griegos utilizaban cuando estaban tensos o preocupados, sólo que ella nunca había visto uno como éste antes. El diseño y la edad parecían anteriores al de cualquier otro kolomboi del que ella hubiera tenido noticias. Tenía quince cuentas de un verde iridiscente, realizadas con un tipo de piedra desconocida en la cual habían grabado pequeñas e intrincadas escenas familiares de gente con un tipo de ropa que ella no había visto antes en sus investigaciones. Las tallas estaban intercaladas con cinco cuentas de oro, que llevaban tres rayos atravesando un sol. Donde un Kolomboi debería tener una pequeña pieza griega parecida a una medalla del tamaño de una moneda de diez céntimos, éste tenía un círculo con una escritura parecida al griego antiguo pero a la vez muy diferente. Tan diferente que ella que se había criado con el griego antiguo no podía descifrarlo.
Como muchos artefactos descubiertos sacados de una excavación, el kolomboi tenía una pequeña etiqueta blanca colgada de un hilo rojo, donde su padre habría escrito notas sobre el hallazgo:
9/1/87
Datación absoluta: 9529 a .C.
Piedra verde desconocida/sin verificar
Escritura desconocida/sin verificar
El antropólogo en ella se emocionó ante lo que podría significar históricamente este descubrimiento. Si la datación era verdaderamente absoluta...
Esto mostraba una sofisticación y una metalurgia previamente desconocidas. En aquel entonces, los griegos no deberían haber tenido ese nivel de habilidad. De hecho, la precisión de las tallas y los grabados hacía pensar que estaban hechas por una máquina y no a mano. Hace once mil años, el género humano simplemente no poseía las herramientas necesarias para realizar algo tan intrincado.
¿Cómo podía ser?
Intrigada, se fijó en una pequeña bolsita de cuero que había en el fondo de la caja. Ésta, también estaba etiquetada.
7/10/85
Metal desconocido/sin verificar
Frunciendo el ceño, abrió la bolsita y encontró cinco monedas de diferentes tamaños. Eran viejas... muy viejas y revestidas de una gruesa pátina. Otra vez, no había monedas tan viejas. Ciertamente no habían existido en ese período de tiempo y especialmente, no en Grecia. Como el Kolomboi, las monedas tenían el mismo tipo de escritura, pero bajo dicha escritura había algo que ella sí podía entender. Eran palabras del griego antiguo que decían “Provincia Atlante de Kirebar”.
¡Dios mió!
Otra vez, las monedas no parecían estar hechas a mano, y el metal no era mezcla típica que ella hubiera visto antes. No eran de un color anaranjado, no eran de plata, ni de oro, ni de bronce, cobre o hierro—tal vez era una extraña combinación de esos metales, aunque tampoco lo parecía.
¿Qué diablos era?
Aun con la pátina recubriéndolas, las imágenes y la escritura eran nítidas y precisas, como en las monedas modernas.
Con el corazón acelerado, ella giró la moneda más grande para mirar el reverso. Éste tenía el mismo símbolo extraño grabado en el kolomboi, un sol atravesado por tres rayos. Y con el grabado había unas palabras desconocidas y encima otras en griego: “Apollymi protégenos”
Megeara miró la moneda con incredulidad. ¿Apollymi? ¿Quién era esa?
Ella no había oído ese nombre antes.
“Es una falsificación”. Tiene que serlo, y pesar de cómo la percibía, ella sabía la verdad. No eran falsificaciones. Su padre probablemente los había encontrado en una de sus muchas excavaciones en el Egeo.
Esto era lo que había mantenido a su padre investigando mientras el resto del mundo se reía de él. Él lo sabía, una verdad que ella había rechazado.
Y si esto era así, su padre había sido cuestionado por todo el mundo...incluso por ella sin motivo. El dolor y la pena la desgarraron cuando recordó todas las discusiones que habían tenido durante años. Ella no era mejor que los demás.
Dios, las peleas que habían tenido al respecto. ¿Por qué nunca se lo contó? ¿Por qué le ocultaría un descubrimiento de tal magnitud?
Desgraciadamente, ella sabía la respuesta. Porque no le habría creído. Aunque me hubiera mostrado el lugar donde lo había encontrado. Me habría reído de él, también, se lo habría echado en cara.
Sin duda él había querido ahorrarse el dolor de que yo lo ridiculizara.
Cerrando la caja, Megeara la mantuvo cerca de su corazón mientras lamentaba cada horrible palabra y crítica que había pensado sobre él. ¿Cuánto daño le hicieron sus palabras? La única persona que debería haber tenido fe en él había sido tan cruel como todos los demás.
Ahora era demasiado tarde para arrepentirse.
“Lo siento, papi”. Respiró con dificultad a través de las lágrimas. Como todos los demás, ella había asumido que él estaba chiflado. Equivocado. Que era estúpido.
Pero de alguna manera él había encontrado esos artefactos. Y de alguna manera eran reales.
“Está allí, Geary Sé que la encontrarás y entonces lo verás. Tú. Lo harás. Me conocerás por lo que soy, y no por lo pensaste que era”. Entonces él se durmió y pocas horas después murió mientras ella le sujetaba la mano.
En ese momento, ella se había sentido como una niña, y no como la mujer adulta que era. Una niña que sólo quería recuperar a su papá. Que deseaba con todas sus fuerzas que alguien la reconfortara y le dijera que todo estaría bien.
Pero no había nadie en su vida que pudiera hacer eso. Y ahora, después de todo, la apresurada promesa que había hecho cobraba sentido para ella.
“Te oigo, papá”. Le susurró a la brisa cargada de aceite de oliva, con la esperanza de que ésta llevara su voz hasta dondequiera que él hubiera ido. “Y no te dejaré morir en vano. Voy a probar que la Atlántida existe. Por ti. Por mama y por el tío Theron y la tía Athena...por Jason. Aunque tarde el resto de mi vida, cumpliré mi palabra. Encontraremos la Atlántida. Lo juro.”
Pero igual que había dicho esas palabras con mucha convicción, no pudo evitar preguntarse si sería capaz de soportar el ridículo que su padre había aguantado durante toda su vida profesional. Justamente hace seis semanas ella había conseguido su doctorado en Yale y había supuesto que empezaría a dar clases en Nueva York este otoño. Era joven para haber logrado algo así, y todos esperaban grandes cosas de ella...., las instituciones, los profesores que le habían otorgado el doctorado y ella misma.
Seguir por este camino sería una estupidez. Ella lo perdería todo. T-O-D-O. Era un paso difícil de dar. Uno del que nunca se recuperaría.
Mi padre creía en él.
Y su tío y su madre.
Habían dado sus vidas por eso aun cuando todo el mundo se había reído de ellos. Ahora una segunda generación de tontos iba a seguir el camino hacia la ruina de la primera.
Megeara sólo esperaba que al final su destino fuera mejor que el que había tenido la primera generación.
Como padre, como hija.
Ella no tenía otra opción, salvo completar la búsqueda que él había comenzado, hasta que no lo hiciera su nombre no valdría nada, como el de su padre.
“Que empiecen los golpes…”
[1] Grimorio, libro mágico ficticio creado por el escritor Howard Phillips Lovecraft, uno de los maestro de literatura de terror y ciencia ficción.
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