Ash escuchó tranquilamente mientras el sacerdote pronunciaba palabras de consuelo a los pies de la tumba en el cementerio St. Louis, donde Cherise Gautier había sido puesta a descansar. Julian, Grace, Kyrian, Amanda, Tabitha y Valerius estaban de pie a su derecha, mientras que Talon, Sunshine y los Peltiers formaban una línea a su izquierda, para presentar sus respetos a una de las mujeres más excelentes que Ash había tenido el privilegio de conocer. Vestía la misma ropa que llevaba el día en que la había conocido. Un par de flojos pantalones negros, un enorme suéter negro y un largo abrigo de cuero. Cherise lo había mirado una vez y había chasqueado la lengua.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste? —le había preguntado.
—Hace una hora.
Sus palabras no la habían engañado. Convencida que estaba mintiendo para salvar su orgullo, lo había sentado prontamente en una silla, y había procedido a hacerle un plato Cajun de patata fritas, mientras que Nick intentaba no reírse de ellos.
En los últimos once mil años, ella había sido una de los pocos humanos que había tratado a Ash como un ser humano. No lo había visto como otra cosa más que un joven que necesitaba el amor de una madre y un amigo.
Y la extrañaba más que a nada.
Mientras estaba allí parado, con el frío viento atravesándolo, podía oír su propia alma gritando de furia por haber sido el causante de esto. ¿Cómo podía una frase expresada en un momento de enfado causar tanto daño? Pero, podía. Los cortes y los moratones siempre sanaban, pero las palabras dichas con furia eran con frecuencia más permanentes. No dañaban el cuerpo, destruían el espíritu.
—Conocí a Cherise el día en que su madre la dio a luz —les contó el viejo sacerdote—. Y estuve allí la noche en que trajo a su propio hijo al mundo. Nick era su orgullo, y todos vosotros, que la conocísteis, sabeis que si alguna vez le preguntaban cuál era su posesión más preciada, ella hubiese respondido con el nombre de Nick.
Kyrian miró de lado a Ash, quien escuchó los pensamientos del antiguo General griego. Como el cuerpo de Nick no había sido encontrado luego del violento asesinato de Cherise, el consenso entre los Dark-Hunters y Escuderos de Nueva Orleáns, tanto antiguos como actuales, era que el mismo Nick se había convertido en un Dark-Hunter.
Todos sabían que no les convenía preguntarle la verdad a Ash.
Los humanos que no sabían nada acerca de su mundo habían asumido que Nick había sido otra víctima del destino que había acontecido a su madre, mientras que las autoridades creían que Nick la había matado.
Esa era la razón por la que Ash sabía que no podía traer de regreso a Nick a Nueva Orleáns. Al menos no durante un largo tiempo. La policía estaba buscándolo, y lo condenarían en un abrir y cerrar de ojos.
Sin mencionar que, en realidad, no quería que nadie supiera de Nick. Al menos no hasta que Nick estuviera listo para enfrentar al mundo.
Una vez que el sacerdote terminó, Amanda y Tabitha colocaron las rosas que tenían en la mano en la puerta de la bóveda de Cherise, mientras el sacerdote y los Peltiers se iban.
Amanda se detuvo junto a Ash.
—Más tarde tendremos una ceremonia conmemorativa para Nick, en nuestra casa. Sólo Dark-Hunters y Escuderos.
Ash asintió, pero se negó a mirarla a los ojos. Si lo hacía, estaba seguro de que sabría la verdad.
No se movió hasta estar solo. Suspirando, observó los monumentos de piedra que formaban el cementerio. Había tantos aquí a quienes había conocido personalmente. Tantos que había visto vivir y morir.
Podía oír el sonido de sus voces en su mente, recordar sus caras, sus vidas.
—Lo siento, Cherise —susurró.
Dando un paso adelante, creó una mavyllo, la sagrada rosa negra que había sido creada por su madre, y la depositó junto a las rojas. A diferencia de las rojas, echaría raíces allí y crecería en su memoria.
Era el honor más grande que alguien de su especie podía concederle a nadie.
—No te preocupes, Cherise. No permitiré que nada malo le suceda a tu hijo… lo prometo.
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