jueves, 12 de enero de 2012

A parte 8

25 de Junio, 9527 AC
Medianoche



Xiamara estaba de pie ante un viejo y nudoso roble que había crecido en la ladera de la montaña. Desde el principio de los tiempos, se asociaba a los árboles con los dioses. Las raíces se hundían profundamente en el corazón de la tierra extendiéndose hacia su centro con las ramas remontándose hacia el cielo.
Llevaban la vida de la tierra en su núcleo y cada árbol portaba un pedazo del espíritu universal que vinculaba a todos los mundos y a todas las criaturas.
Estaban compuestos de tres de los cuatro elementos básicos. Aire, agua y tierra. Y cuando se quemaban, se unían todos.
Pero la parte más importante de un árbol era que, cuando se mezclaba con sangre humana y con la suya, podía convocar a una de las criaturas más poderosas del universo.
Al Baraka.
Jaden.
Nadie sabía de dónde venía ni cuando había sido creado, engendrado o traído al mundo. Si era humano, demonio o de qué clase. Pero si un demonio necesitaba algo, él era el único con quien negociar.
Con el corazón acelerado, derramó en las raíces del árbol la sangre humana que una de las sacerdotisas de Apollymi había dado. Después se hizo un corte en su propia mano y susurro las palabras para llamar al negociador.
Te convoco con la voz y la sangre. Con el peso de la luna y la fuerza de la madera sagrada. Ven a mí, Oscuridad. Así dicen los dioses, que así sea.
Brilló un rayo y se levantó un pesado viento. Xiamara plegó las alas para que no se le dañaran con la tormenta.
Una niebla negra se arremolinaba levantándose de la tierra, espesa y pesada al enrollarse en el árbol.
Jaden era muy teatral.
Retrocedió un paso y vio que la niebla tomaba la forma del cuerpo de un hombre. Lentamente se solidificó en un par de ojos inhumanos. Uno era marrón oscuro y profundo y el otro de un verde vibrante. A partir de esos ojos se formó un rostro tan hermoso como cualquier hombre pudiera desear. El pelo negro reposaba sobre unos hombros anchos y musculosos. El poder inmisericorde y la intolerancia rezumaban de cada fibra del ser.
Estaba quieto sobre una rama alta, mirándola desde arriba. Un pantalón de cuero marrón oscuro y una capa marrón le camuflaban perfectamente con el árbol.
—Hermosa Caronte —dijo utilizando la lengua nativa de ella con una voz tan profunda que resonaba en sus huesos—. Dime por qué has venido en nombre de tu señora cuando sabes que no hago tratos para los dioses.
Xiamara dejó que sus alas batieran hacia atrás abriéndolas como signo de confianza. Aun teniéndolas pegadas al cuerpo, Jaden podría arrancárselas si le apetecía.
—Porque amo a Apollymi y estoy aquí no en representación suya, sino para hacer un trato contigo para mí misma.
Arqueó una ceja ante sus palabras.
—¿Cómo es eso?
—Sé que no puedes tomar su vida o hacer tratos con ella. Así pues, vengo a ti como demonio libre, por mí misma y por mi propia voluntad para negociar contigo por lo que ella desea.
Se recostó contra el árbol con una rodilla doblada y cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Qué me ofreces, demonio?
—Mi alma. Mi vida. Lo que sea necesario para unir a Apollymi con su hijo. Lo que sea menos la vida o la libertad de uno de mis hijos.
Él entornó los ojos estudiando su oferta.
—Estás vinculada a Apollymi.
—Sí y no. Estoy vinculada por amistad y amor. No por esclavitud. Hemos estado juntas desde la niñez y eso fue antes de que mi raza fuera esclavizada por la suya.
Jaden dejó escapar un largo suspiro.
—¿Y qué pasa con tu Simi? ¿No temes por ella si la dejas sin su madre para protegerla?
Xiamara parpadeó para quitarse las lágrimas ante el pensamiento de su hija más joven creciendo sin ella.
—Sé que Apollymi se ocupará de que tenga todo lo mejor de este mundo. He criado a dos pequeños hasta la edad adulta. Apollymi sólo tiene un hijo. Ninguna madre debería estar sin su simi, ni siquiera una diosa. Le daría lo que más desea.
Jaden saltó desde el árbol para aterrizar con gracia ante ella. Era tan alto que tenía que doblar el cuello ligeramente para mirarle.
—¿Sabes cuán raro es que me pidan que haga un trato tan altruista, especialmente en nombre de la amistad y no por parentesco? —Pasó un dedo helado por su mejilla—. ¿Estás verdaderamente dispuesta a morir para darle a tu amiga cinco minutos con su hijo?
—Si eso es lo que pides, sí.
Él dejó caer la mano. Sus ojos sin alma no traicionaban ninguna emoción ni indicación ninguna de su estado de ánimo.
—Debo considerar todo esto. Dame hasta mañana por la noche para decidirme. Tendrás mi respuesta entonces.
Se dejó caer sobre una rodilla ante él.
—Gracias, akri. Xiamara esperará tu decisión.
Él se desvaneció en el viento.
Xiamara se levantó y volvió con Apollymi para hacerla saber que Jaden estaban considerando el trato. Lo que nunca le diría eran los términos exactos con los que estaban negociando.

Acheron inclinó el vaso, lo vació y maldijo tirándolo contra la pared. Había bebido tanto que debería estar ciego de intoxicación. Aún así, estaba completamente sobrio. Ni siquiera las drogas le funcionaban.
Todo su ser había sido alterado.
Maldita sea.
Sintió el aire moverse por su piel. Frunciendo el ceño, vio a Artemisa materializarse ante él.
Acheron levantó una ceja sorprendido.
—No esperaba volver a verte... nunca más.
Una sonrisita jugueteaba en la comisura de los labios cuando le miró con timidez.
—Lo sé. Quiero disculparme por lo que te dije antes. Estaba equivocada.
Cada sentido de su cuerpo se puso en alerta.
—¿Te estás disculpando conmigo?
Ella asintió mientras se acercaba a la cama. Se subió y se tumbó junto a él.
—Incluso te he traído una ofrenda de paz.
—¿Una ofrenda de paz?
Le tendió un pequeño cuenco cubierto.
Frunciendo aún más el ceño, destapó el cuenco y encontró una sustancia pegajosa y amarilla que parecía fruta. Nunca había visto nada parecido.
—¿Qué es esto?
—Ambrosía. El alimento de los dioses.
Levantó el cuenco y lo olió. Era ácido y fuerte con algo más que lo hacía tentadoramente deleitable.
—¿Por qué me traes esto?
—Ahora eres un dios. Deberías comer lo que comemos nosotros. —Su expresión era tierna. Le acarició el muslo y le miró por entre las pestañas—. Incluso yo lo como. Es delicioso.
Impulsado por algo que no podía explicar ni negar, cogió un poco y lo probó. Era mucho más dulce de lo que olía. Artemisa tenía razón. Nunca había probado nada mejor.
Al menos, eso pensaba hasta que la habitación empezó a dar vueltas. Los párpados le pesaban y los músculos se le aflojaron; la respiración se le volvió trabajosa. Al instante, reconoció los efectos biológicos. La rabia encendió su sangre mientras todos esos años de ser drogado contra su voluntad desfilaban por su mente.
—¡Me has drogado!
Ella saltó de la cama.
—Perdóname, Acheron.
De todas las cosas que le había hecho, esta traición fue la que le hirió más duramente.
—¿Qué has hecho?
Artemisa no contestó mientras le veía cambiar de humano a azul y a humano otra vez.
Intentó alcanzarla pero ella se aseguró de mantenerse a distancia hasta que se desmayó. No sabía lo que habría hecho con ella si la hubiera alcanzado. Cuando cayó sobre la cama, soltó un suspiro de alivio.
Había dejado que Hypnos preparara un brebaje al que ni los dioses fueran inmunes. Estaba aterrorizada pensando que no funcionara con Acheron.
Gracias a Zeus que había funcionado.
Temblándole las manos, sacó la daga de la vaina que llevaba oculta en el muslo. Hefaistos la había forjado en el Olimpo y, como la droga, también funcionaría con un dios. Incluso había cubierto la hoja con sangre de Titán para estar segura. Un corte y Acheron estaría muerto.
Mordiéndose el labio se inclinó sobre su cuerpo perfecto y desnudo que estaba repantigado, mirándole mientras respiraba suavemente. El pelo rubio caía sobre los hermosos rasgos de su cara haciéndole parecer casi infantil y desvalido en su reposo.
Recordaba las veces que esos labios la habían dado placer. La ráfaga de felicidad en los ojos plateados cuando la miraba. Pero eso había sido cuando era humano. Ahora era una amenaza, no sólo para ella sino para cada uno de los dioses del Olimpo.
Un solo corte...
Tenía la garganta expuesta, como esperándola. Pero cuando se acercó para cortar la carótida, la imagen de él riéndose con ella se apareció en su mente.
“Te quiero, Arti.”
Nadie la había querido nunca. No como él. Acheron nunca la había herido. Nunca exigía. Sólo pedía.
Y se daba libremente a ella...
Mátale, maldita sea. ¡Hazlo!
Artemisa apretó con fuerza el cuchillo. Lo levantó con la intención de apuñalarle. Pero no pudo. Una y otra vez, imágenes suyas le pasaban por la mente.
Acheron amándola y ella amándole a él.
Sollozando, dejó caer el cuchillo y puso la cabeza en su pecho. Como hombre la había expuesto y amenazado como nadie más había hecho. Como dios, amenazaba la misma existencia de todo su panteón. Tenía que deshacerse de él.
Pero no podía.
Furiosa por su debilidad, volvió a colocarle en la cama. Trazó con los dedos la línea de su mandíbula y quiso llorar. Tendría que haber hecho algo.
Quizás podría encontrar otro dios que le matara...


Acheron oyó a alguien gritando. El sonido era horrible y le encogía las tripas. Resonaba por toda la habitación. Rodando por la cama, intentó levantarse pero no pudo. Estaba todavía bajo el efecto de la droga que le había dado Artemisa. No tenía control sobre su cuerpo en absoluto.
Entonces oyó a Apollodorus llorando.
¡Theo! ¡Api necesita a Theo! ¡Mamá! ¡Mamá ven con Api! ¡Mamá!
Acheron quería ir hacia el pequeño, pero no podía. La cabeza se le iba de una manera atroz e incluso el más leve movimiento le hacía marearse.
—Te veré mañana, akribos —susurró a su sobrino antes de desmayarse otra vez.
Aún así, seguía oyendo los gritos en su drogado estupor.

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