jueves, 12 de enero de 2012

A parte 7

25 de Junio, 9527 A.C.
Mediodía

Acheron se despertó con el sonido de la pena absoluta. Alguien lloraba como si el corazón se le estuviera destrozando. Parpadeando, vio que la luz brillante del sol entraba por las ventanas abiertas.
La cabeza le latía atrozmente al levantarse de la cama y casi se cayó cuando el estómago le dio un agudo vuelco. No se había levantado tan mareado desde que abandonó la casa de Estes. Se sentía como si le hubieran metido una sobredosis de algo.
Artemisa.
En la cegadora luz, recordó su “regalo”. Más que eso, la recordó sosteniendo un cuchillo sobre él mientras debatía si le mataba o no.
—Jodida puta —gruñó.
Un instante después las puertas se abrieron de golpe. El sonido le resonó tan fuerte en la cabeza que le hizo encogerse y la cabeza le latió aún más.
—No tan fuerte —susurró.
Lo siguiente que supo era que Styxx le agarraba de la garganta. Le empujaba contra la cama y se ponía a horcajadas sobre él.
—¿Estás borracho?
Acheron negó con la cabeza.
Styxx le abofeteó. Cogió la bolsa de hierbas que había sobre la mesilla y se la tiró a Acheron a la cara.
—Puta inútil. Yaciendo ahí, bebiendo y drogándote mientras asesinaban a mi hermana. —Styxx le golpeaba una y otra vez.
Acheron intentó bloquear los golpes pero tenía los músculos y las reacciones agarrotadas por las drogas de Artemisa. Le llevó todo un minuto que aquellas palabras atravesaran la niebla de su mente.
—¿Qué has dicho?
—¡Ryssa está muerta, cabrón!
¡No! La negación resonaba en su cabeza. No había oído bien. Styxx era un gilipollas.
Seguramente ni siquiera los dioses que le odiaban le habrían hecho algo así.
Olvidándose de Styxx, Acheron se forzó a salir de la cama y se dirigió a trompicones hacia las habitaciones de Ryssa. Ignorante del hecho de que estaba desnudo, anduvo hasta que se encontró con el rey que sostenía a Ryssa en los brazos. Parecía una muñeca. Tenía la cara azul y su cuerpo...
Se atragantó ante lo que vio. La habían hecho pedazos. La cara y el cuerpo estaban lacerados por algo que parecían garras. Había sangre por toda la cama y el suelo. Cayendo de rodillas, Acheron no podía respirar ni pensar salvo en la agonía de lo que estaba viendo.
Ryssa estaba muerta.
Y fue entonces, cuando allí en el suelo ante él, vio a Apollodorus y a la niñera. Ambos ensangrentados. Ambos muertos.
Acheron golpeó la cabeza contra el suelo de piedra, intentando lo mejor que podía aclararse la niebla que tenía en la mente. Intentando sentir algo que no fuera el corazón destrozado.
—Les oí... —susurró cuando la realidad de la noche anterior le golpeó con puños más poderosos que cualquiera de los que le hubieran golpeado antes.
¡Maldita seas, Artemisa! Tenía los poderes de un dios pero no el poder de volver atrás y salvar a las dos únicas personas que le habían amado como nunca. ¿Y por qué? ¡Por qué esa puta le había drogado!
Gritó de angustia.
En ese instante, en su mente, vio desarrollarse todos los acontecimientos. Vio a los que entraron en la habitación por la ventana asesinándolos. Oyó a Ryssa llamándole pidiendo socorro.
Oyó a Apollodorus gritar otra vez llamando a su tío...
De repente, algo le golpeó en las costillas. La fuerza del golpe le lanzó de costado. Al levantar la vista vio la cara furiosa de Styxx mientras le pateaba el estómago. Y después su gemelo estaba encima, golpeándole la cabeza contra el suelo una y otra vez.
—¿Por qué no te ha pasado a ti, gusano insignificante?
Acheron ni siquiera pensaba en protegerse. En ese momento quería morirse también. Ya no tenía ninguna razón para seguir viviendo. Ryssa y Apollodorus se habían ido.
Incluso Artemisa había querido matarle.
Una rabia impotente le recorrió. Rugiendo de rabia, apartó a Styxx pero antes de que pudiera ponerse de pie, una luz brillante explotó por toda la habitación. Acheron levantó el brazo para protegerse los ojos cuando Apolo se manifestó.
Hubo un completo silencio mientras el dios miraba lentamente por toda la habitación, absorbiendo cada detalle. Incluso el rey había dejado de llorar esperando la reacción del dios.
Apolo no habló cuando vio que Ryssa yacía muerta en los brazos de su padre y el cuerpo sin vida de su hijo todavía en los brazos de la niñera asesinada salvajemente.
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó Apolo entre los dientes apretados.
Styxx señaló a Acheron.
—Él les ha dejado morir.
Antes de que Acheron pudiera pensar en negar las palabras, Apolo se giró y le dio tan fuerte con el puño que lo levantó y lo estrelló contra la pared a tres metros del suelo.
A Acheron le dolía todo el cuerpo cuando cayó al suelo. Apolo le cogió del pelo y tiró de la cabeza. Acheron intentó alejarse pero todavía tenía demasiado débiles los músculos.
El dios le abofeteó con el revés de la mano. La sangre y el dolor explotaron al romperle la nariz y partirle los labios. Apolo le cayó encima con tanta furia que Acheron no podía recobrarse de un golpe antes de que le diera otros dos.
—¡Artemisa! —gritó Acheron necesitando su ayuda para calmar a su hermano.
—No te atrevas a pronunciar el nombre de mi hermana, puta rastrera. —Apolo sacó una daga de su cintura y agarrando la lengua de Acheron, se la cortó.
Acheron se atragantó al llenársele la boca de sangre. Un dolor inimaginable lo inundó, hasta el punto de que todo en lo que podía pensar era en intentar arrastrarse lejos del alcance de Apolo.
Pero Apolo le cogió de la garganta en un apretón tan fuerte que dejó una quemadura de la palma de su mano en la piel.
—¡Akri! ¡Ni! —los gritos de Xiamara llenaron la habitación cuando apareció sobre él y se lanzó sobre Apolo. Apartó al dios de un golpe y se colocó entre ellos.
—Fuera de mi camino, demonio —exigió Apolo.
Su respuesta fue lanzarse hacia el dios. Ambos se enredaron en un borrón de luz y plumas mientras se golpeaban el uno al otro.
Las lágrimas se deslizaban de los ojos de Acheron mientras luchaba contra el dolor que le arrastraba a la inconsciencia. Con el único pensamiento de matar a Apolo, se arrastró hasta donde el cuchillo había caído. Su propia sangre cubría la hoja. Con una furia nacida de la pena y de todos los años de abusos, Acheron lo cogió y se volvió hacia los combatientes.
Ryssa no había significado nada para Apolo. No más de lo que él significaba para Artemisa. Su hermana aborrecía al dios y ahora el cabrón actuaba como si su muerte significara algo para él.
No era justo y por los dioses que le habían engendrado no iba a dejar que el dios siguiera atacando a la demonio de su madre. Su furia prendió fuego a la hoja haciendo que brillara mientras corría hacia ellos.
Acheron fijó la vista en Apolo y se olvidó de la pelea. Todo lo que podía pensar era en acuchillar el cruel corazón del dios. Pero al alcanzar a Apolo, el dios empujó hacia atrás a Xiamara contra Acheron. Se volvió hacia él con los ojos desorbitados y se le encogió el estómago cuando se dio cuenta de que Apolo había empujado a la demonio contra el cuchillo.
Acheron sintió que su sangre le empapaba la mano. Mirándose la herida ella retrocedió con un gritito de dolor. Quería decirle algo, pero era imposible sin lengua. La abrazó contra él mientras ella luchaba por respirar.
Ella levantó una mano ensangrentada y se la puso sobre la mejilla.
—Apollymi te quiere —le susurró en Caronte, una lengua que de alguna manera, entendía aunque no la había oído hablar antes—. Protege a tu madre, Apostolos. Sé fuerte por ella y por mí —entonces la luz se apagó en sus ojos y su último aliento salió de su cuerpo.
Acheron echó atrás la cabeza e intentó desahogar la furia de su interior. Pero sólo exhaló un grito estrangulado. Cogiendo el cuchillo, se giró hacia Apolo.
Apolo cogió su mano y le arrancó el cuchillo. El dios le cogió de la garganta otra vez y le tiró al suelo. Acheron le dio una patada y se alejó rodando.
Entonces captó una sombra en un rincón. Se quedó congelado cuando vio a Artemisa allí, de pie, mirando la pelea con las manos sobre la boca. Tenía los ojos llenos de horror.
Necesitándola, alargó la mano hacia ella.
Negó con la cabeza y dio un paso atrás, fuera de la vista de su hermano.
En ese instante, algo dentro de él murió. La frialdad llenó cada centímetro de su cuerpo.
Artemisa se negaba a intervenir. Incluso ahora que estaba herido más dolorosamente de lo que cualquier humano pudiera estar, su amor no era suficiente. Él no le importaba.
Cansado, abatido por la pena y derrotado, rodó sobre su espalda en el mismo momento en que Apolo apareció ante él. Enfrentó la mirada airada del dios. Gruñendo de rabia, Apolo hundió la daga profundamente en el corazón de Acheron y le acuchilló hasta el ombligo.
Una agonía imposible de mitigar le quemó por todo el cuerpo mientras el dios le destripaba lentamente sobre el suelo a menos de un metro del cuerpo de Ryssa, allí mismo, frente a Artemisa.
Con las lágrimas cayéndole de los ojos, la luz y el dolor empezaron a desvanecerse.

Artemisa permaneció en las sombras, llorando silenciosamente mientras veía como su hermano apartaba el cuerpo de Acheron de una patada. No fue hasta que Apolo se aproximó al rey que estaba sobre la cama cuando éste se dio cuenta de que Styxx también yacía muerto en la puerta.
No es que a Artemisa le importara el príncipe.
Con el corazón dolorido, se deslizó por la pared hasta acurrucarse en un rincón con la llorosa mirada fija en Acheron y lo que quedaba de él.
Pensaba que su muerte la aliviaría. La agonía por su pérdida, la desgarró con una finalidad que la dejó privada de cualquier pensamiento.
Sólo emociones desnudas.
Dolía a un nivel que no creía posible.
Los gritos de dolor del rey igualaban los de su alma, cuando Apolo recogió a Ryssa de sus brazos y se dio cuenta de que su heredero estaba muerto.
A pesar de toda su dignidad y su poder, el rey se arrastraba por el suelo hacia Styxx y gritaba mientras mecía a su hijo contra sí.
Nadie lloraba a Acheron.
Nadie salvo ella.
Incapaz de seguir mirando volvió a su templo donde destrozó cada espejo, cada pieza de cristal y porcelana. Su rabia atravesó la habitación, destrozando todo a su alrededor.
¿Qué había hecho?
—Le he dejado morir.
No, había intentado matarle. La noche pasada había querido matarlo. Pero nunca había soñado lo mucho que él significaba para ella.
Su contacto, su amistad…
Ahora él se había ido. Para siempre.
—Te amo, Acheron —sollozó, tirándose del pelo.
Se acabó. Nadie sabrá de vosotros dos ahora. Estás a salvo.
Parecía una preocupación tan insignificante comparada con el hecho de que viviría toda la eternidad sin ver otra vez su rostro…

Apollymi jadeó cuando sintió que el peso en su pecho se liberaba. Sin que se lo dijeran, supo que ahora tenía la habilidad para abandonar Kalosis.
Abandonar…
—¡No! —gritó ella cuando se dio cuenta del significado. Sólo había una manera de obtener su liberación.
Apostolos estaba muerto.
Esas tres palabras rondaban por su cabeza hasta ponerla enferma.
No queriendo creerlo corrió hacia el estanque y convocó el ojo del universo. Allí, en el agua, vio a Xiamara yaciendo muerta en el suelo del palacio y a Apostolos…
¡No!
Desde lo más profundo de su ser, un aullido de rabia y pena empezó a acumularse y cuando le dio rienda suelta, destrozó el estanque y estremeció todo el jardín.
—¡Soy Apollymi Thanata Deia Fonia! —hasta que tuvo la garganta sangrando y en carne viva.
Era la destrucción final.
E iba a traer a su hijo a casa.
Que los dioses tuvieran piedad los unos de los otros porque ella no iba a tener ninguna.

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