11 de Diciembre, 9529 A.C.
Acheron se alejó del templo de Apolo. Una cólera de impotencia le carcomía las entrañas. Estaba cansado de que le recordaran su lugar en este mundo.
Que le recordaran que él no era nada.
Sin duda, su padre lo castigaría después por esto. No, le preocupaba.
Ya no sentía el dolor físico como el resto del mundo. Demasiados días de ser usado y abusado le habían dejado vacío e incapaz de sentir gran cosa excepto odio e ira.
Esas dos emociones le quemaban por dentro constantemente.
Había sido una puta contra su voluntad y ahora eso era usado en su contra, como si él hubiera tenido elección sobre el asunto. Como si hubiera disfrutado al ser manoseado y golpeado.
Entonces así será.
Buscando alguna forma de venganza sobre aquellos que lo habían maldecido a su destino, se encontró a sí mismo cruzando la calle para dirigirse al templo de Apolo.
Estaba vacío. Lo más probable era que los ocupantes y cuidadores hubieran cruzado la calle para ser testigos del sacrificio de su hermana.
Cerdos de mierda.
No había nada que a la gente le gustara más que ver a alguien más siendo humillado, especialmente a la nobleza. Les daba un sentimiento de poder. Un sentido de superioridad. Pero en lo profundo de sus mentes, todos sabían la verdad. Sólo estaban agradecidos de no ser ellos los degradados.
El caminó hacia la nave central que estaba enmarcada por inmensas columnas que se estrechaban hacia el cielo. Columnas que se dirigían hacia la estatua de una mujer. El nunca había estado dentro de un templo antes. Las putas no eran bienvenidas, puesto que los dioses las habían abandonado y la raza humana las había condenado.
Insolentemente, bajó su capucha mientras dirigía la mirada hacia arriba a la imagen tallada de la diosa. Hecha de oro sólido, ella era hermosa. El peplo parecía mecerse por un viento invisible y sostenía un arco en una mano y un carcaj de flechas a la espalda. La mano izquierda descansaba en un alto y garboso ciervo que estaba frotándose contra su pierna.
Miró fijamente la escritura de la placa que había a sus pies, pero no podía leerla.
Vagamente recordaba a Ryssa tratando de enseñarle a leer hacia muchos años, cuando lo había rescatado. No había visto un pergamino o una palabra desde entonces.
Mientras trazaba la primera letra del nombre de la diosa, creyó reconocerla.
Era una A. Ryssa le había dicho que su propio nombre comenzaba con esa letra.
Él recorrió mentalmente su limitado conocimiento de los dioses y lo que sabía de ellos, mientras intentaba recordar a uno cuyo nombre sonara similar al suyo.
—Tú debes ser Atenea —dijo en voz alta.
Tenía sentido, Atenea era la diosa de la guerra y sostenía un arco en su mano.
—¿Disculpa? ¿Atenea?
Se giró rápidamente hacia la voz enojada detrás de él. La mujer era increíblemente voluptuosa con largo y rizado cabello rojizo y oscuros ojos verdes. Su belleza era natural y penetrante. Si fuera capaz de sentirse sexualmente atraído por alguien, pudiera incluso desearla. Pero honestamente, había follado con tanta gente que podría vivir el resto de su vida sin ningún otro cuerpo bajo, sobre o cerca de él.
Vestida con un traje blanco vaporoso, colocó las manos sobre las caderas curvilíneas.
—¿Estas ciego? ¿O sólo eres estúpido?
El gruño ante los insultos.
—Nada de eso.
Se aproximó hacia él con una mirada aguda antes de gesticular hacia la estatua detrás de él.
—¿Entonces cómo es que no reconoces una imagen de Artemisa cuando la ves?
Acheron puso los ojos en blanco ante la mención de la hermana gemela de Apolo. Debería haberlo sabido ya que los templos estaban tan juntos.
—¿Es ella tan inútil como su hermano?
La boca de la mujer cayó abierta. Parecía asombrada por su pregunta.
—¿Disculpa?
La cólera quemó dentro de él mientras veía los tributos colocados en el altar ante la imperial diosa. Él lanzó el brazo contra ellos, haciéndolos volar. Las fuentes se partieron contra el suelo mientras pequeñas flores, juguetes y otras ofrendas se diseminaron y rodaron sobre el mármol.
—¿Por qué se molestan cuando nadie en el Olimpo los escucha y si lo hacen, es obvio que no les importa?
—¿Éstas loco?
—Si, lo estoy —dijo entre dientes—. Loco por este mundo donde no somos nada para los Dioses. Loco por los Destinos que nos pusieron aquí sin otro propósito excepto el de jugar con nosotros para su pequeño entretenimiento. Desearía que todos los dioses estuvieran muertos y desaparecidos.
La mujer gruñó, dirigiéndose hacia él. Acheron capturó su mano antes de que pudiera abofetearlo.
Ella gritó y algo lo golpeó desde dentro, lanzándolo directamente al suelo. El dolor se extendió a través del cuerpo.
Una fuerza invisible lo levantó del suelo y lo arrojó contra la pared. El aliento lo abandonó mientras era fijado al tabique, a unos buenos tres metros sobre el suelo.
La mujer lo miró.
—¡Debería matarte!
—Por favor, hazlo.
Artemisa retuvo el último rayo de energía que hubiera mandado a este humano directo al Tártaro donde pertenecía y lo dejó caer al suelo. Nunca había conocido a nadie que no la reconociera al verla. Nunca había conocido a nadie que pudiera sentir su presencia sobrenatural y sus poderes de diosa y sin embargo, éste humano parecía inmune a ellos.
Miró como se incorporaba y permanecía de pie, insolentemente ante ella. Era un joven muy guapo. Le concedía eso. Su rostro era perfecto en su belleza, oscuras pestañas rubias enmarcaban unos remolinantes ojos plateados que quemaban con odio. Nadie la había desafiado con tal mirada.
Su largo y ondulado cabello rubio enmarcaba sus formas a la perfección. Parecía ser suave y era como poco, tentador.
Y su cuerpo... era plano y musculoso. Bronceado. Hermoso. Había algo en él que provocaba que la boca se la hiciera agua por probarle. Nunca en su vida había sentido un deseo tan increíble hacia ningún hombre.
Una cosa más. Era más alto que ella, una rareza mortal que apreciaba.
—¿Tienes idea de quién soy? —le preguntó.
—Juzgando por tu enfado y lo que acabas de hacerme, asumiré que eres Artemisa.
Entonces no era tan estúpido después de todo.
—Entonces inclínate y discúlpate.
En lugar de eso, la ofreció una intensa mirada que causó que su estómago se agitara. Caminó hacia ella con un elegante pavoneo que hizo que su cuerpo entero se ondulara como el de una pantera. Una extraña necesidad la atravesó. No entendía lo que estaba sintiendo, fuera lo que fuese, la dejaba sin aliento y débil.
Él colocó una cálida mano contra su mejilla mientras miraba fijamente su rostro con esos cautivadores ojos que parecían hipnotizarla.
—Entonces eres una diosa —dijo, con una voz gruesa mientras la examinaba audazmente. Las pupilas se dilataron...
El estómago de ella se encogió incluso más. Su cercanía la abrasaba. Sus ojos la fascinaban.
Ella nunca había sentido algo como esto.
Antes de que ella se diera cuenta de sus intenciones, él la coloco entre los brazos y la besó.
Artemisa no podía respirar mientras lo saboreaba. Una parte de ella estaba ultrajada de que él se atreviera a esto, pero otra extraña parte estaba encantada por la inesperada sensación de sus labios sobre los suyos. De su lengua explorando la boca.
Los brazos la rodearon mientras la atraía más cerca de él.
Le daba vueltas la cabeza cuando él la retiró ligeramente y arrastró sus labios desde la boca al cuello. Los escalofríos la recorrían y al mismo tiempo un increíble calor bullía por dentro. Todo lo que quería era colocarlo más cerca…
Sentir cada centímetro de su cuerpo.
Él hizo un ruido apreciativo contra la piel que le causó estragos.
—Sabes divinamente.
El cayó de rodillas ante ella.
—¿Qué estás haciendo? —Preguntó mientras él levantaba uno de los pies en sus manos. No entendía que estaba pasando. Parecía como si no tuviera control de sí misma. Esta… criatura la forzaba de una manera que era totalmente sobrenatural.
Ante la mirada de él, sintió como si su estómago se quisiera salir.
—Besando tus pies, diosa. ¿No es eso lo que se supone que debo hacer?
Bueno, sí, pero mientras él mordisqueaba el empeine ella no pudo suprimir un profundo gemido de placer. Artemisa se apoyó contra la pared mientras su boca trabajaba mágicamente sobre los sensibles tendones del pie.
Ella nunca había conocido algo tan rico, un calor tan abrasador recorriendo su sangre. Y él no se detuvo en el pie, deslizó sus labios sobre la pierna, hacia la parte de atrás de la rodilla.
Artemisa luchaba por respirar.
Entonces él movió su boca más arriba.
—¿Qué estás haciendo?
Suspiró mientras su cálido aliento caía sobre sus nalgas.
—Te estoy besando el culo. ¿No se supone que la gente tiene que hacer eso?
—No de esa manera.
Ella gruñó cuando él la mordisqueó la parte alta de las nalgas. Debería detenerlo. El no tenía ningún derecho a tocarla de esta manera y sin embargo, no quería que se detuviera. Se sentía tan bien.
Él la separó las piernas suavemente.
Con una mente propia, las piernas le obedecieron. Artemisa miró hacia abajo y lo vio con los ojos cerrados mientras la atormentaba con placer.
Sintió sus manos sobre ella mientras la tocaba donde ningún otro hombre la había tocado antes. Sus dedos recorrieron la hendidura, haciéndola quemarse incluso más antes de tomarla con la boca.
Bajando el brazo, ella enterró la mano entre su cabello mientras la saboreaba.
Sus sentidos se volvieron locos mientras se entregaba totalmente a él y las lamidas que le daba la enviaban a una altura inimaginable. Cada una de ellas enviaba un caliente escalofrió a través de ella. La garganta se secó un instante antes de que su cuerpo se calcinara.
Artemisa lloró mientras experimentaba su primer orgasmo.
Aterrorizada y avergonzada, se desvaneció.
Acheron se sentó en el suelo aturdido por la incredulidad. El gusto y el olor de Artemisa traspasaron sus sentidos. Su cuerpo quemaba con dolorosa necesidad.
Él nunca había experimentado el deseo antes. Su cuerpo siempre había reaccionado al ser estimulado por otros o por las drogas, pero realmente él nunca quiso tocar a nadie.
Hasta ahora.
Ahora deseaba a una mujer... no, deseaba a una diosa y eso no tenía sentido para él.
Rió amargamente.
—Lo menos que pudiste haber hecho era matarme, Artemisa —gritó. Ese había sido su único objetivo cuando se había aproximado a ella por primera vez.
Pero en el momento que la había tocado, había sentido deseo real.
Incapaz de olvidar eso, se limpió la boca y se puso de pie. Girando, miró a la estatua que de ninguna manera tenía un parecido con ella. Le dirigió un sarcástico saludo.
Su cuerpo tenía un hambre extraña, abandonó el templo e hizo la larga caminata de regreso al palacio solo. Y con cada paso que daba, su rabia crecía incluso más de lo que había crecido antes.
Había un inquietante silencio mientras caminaba a través de los corredores de mármol de la casa de su padre sin destino en mente. Todos habían ido a ver el sacrificio de Ryssa. Se preguntaba ociosamente si serviría de algo. Si el favor de Apolo por los Atlantes podría ser cambiado hacia los Griegos.
No es que le importara. Ni los Atlantes ni los Apolitas habían sido más gentiles hacia él de lo que habían sido los griegos.
Todo lo que ellos querían hacerle era follarlo.
Suspirando, se encontró a sí mismo en el grande e impresionante salón del trono de su padre. Era la primera vez que entraba caminando, debido a que las veces anteriores había sido arrastrado por la puerta encadenado.
Entornó la mirada sobre los dos tronos dorados colocados al final. Tronos que debían haber pertenecido a su madre y a su padre, pero como su madre había sido desterrada por su nacimiento, Styxx había ocupado su lugar. Demasiado malo que la vieja bruja hubiera muerto en su aislamiento. La habría gustado ver a su precioso Styxx coronado Rey.
Styxx. Su hermanito.
Acheron maldijo. Si no fuera por los ojos, el habría sido quien estuviera sentado a la derecha de su padre.
Nadie se atrevería a molestarlo. Nadie jamás lo hubiera forzado a arrodillarse para...
Gruñó ante los recuerdos.
Era tan injusto.
No había pedido esta vida. Nunca había pedido nacer. Nunca había pedido ser un semidiós.
Podía escuchar la voz de Estes en la cabeza “Míradlo. Hijo de un Olímpico ¿Cuánto pagaría por una probadita a un dios Griego?”
Acheron ni siquiera sabía quién era su padre. Su madre siempre se había declarado inocente sobre las circunstancias de su nacimiento y ningún dios había dado un paso adelante para reconocerle.
Enojado por ese hecho, cruzó la habitación para sentarse en el trono de su padre. El hombre moriría si lo viera pertrechado sobre él y eso le dio un instantáneo momento de satisfacción. Su padre lo haría quemar.
Tal vez debería dejar que su padre lo encontrara aquí. Al rey le estaría bien empleado saber que una puta había profanado su amado trono.
Una puta... se estremeció con el mero pensamiento.
Por derecho de nacimiento, todo esto debería haber sido suyo. Cerrando los ojos, Acheron trató de imaginarse como hubiera sido el mundo si él tuviera ojos azules como Styxx.
La gente lo respetaría.
Respeto.
La palabra colgaba como un fantasma en su mente. Esa era la única cosa por la que había rogado.
—¿No quieres ser amado?
Él abrió los ojos para ver que Artemisa estaba parada en el centro de la habitación, estudiándolo.
—Todo el mundo afirma amarme —por lo menos mientras lo follaban. Desafortunadamente, esa afirmación terminaba en el minuto que lograban la satisfacción—. He tenido más que suficiente del amor de otras personas. Prefiero no tenerlo por un rato.
Ella frunció el ceño. Era una expresión delicada que él encontró dulce.
—Tú eres un ser humano extraño.
Él se burló de eso.
—Soy un semidiós. ¿No lo puedes ver?
Su ceño se pronunció más mientras se acercaba a él.
—¿De quién eres?
—Me han dicho que de Zeus.
Ella negó con la cabeza al escuchar eso.
—Tú no eres hijo de un Olímpico. Yo lo sabría si lo fueras. Nosotros siempre podemos sentir a los nuestros.
Esas palabras penetraron en el corazón como un cuchillo.
—¿Entonces de quien soy hijo?
Ella tomó su barbilla en la cálida y suave mano para que él alzase la vista y poder mirar fijamente sus inusuales ojos. Ojos que él había odiado toda su vida. Ojos que lo habían traicionado.
—Tú eres humano.
—Pero mis ojos...
—Son extraños, pero los defectos de nacimiento son comunes entre tu especie. No hay poderes de dios dentro de ti. Nada que te marque como divinidad. Eres humano.
Acheron cerró los ojos mientras el dolor lo asediaba. Entonces era el hijo de su padre después de todo.
Era la última cosa que quería oír. Un defecto de nacimiento. Un simple accidente de nacimiento lo había privado de todo. Quería gritar de cólera.
—¿Por qué estás aquí? —Preguntó, abriendo los ojos para encontrar a Artemisa mirándole fijamente.
Ella ignoró la pregunta.
—¿Por qué no me temes?
—¿Debería?
—Podría matarte.
—Te pedí que lo hicieras, pero no lo hiciste.
Ella ladeó la cabeza como si la hubiera sorprendido completamente.
—Tú eres muy guapo para ser humano.
—Lo sé.
Artemisa frunció el ceño ante sus palabras. No habían sido dichas arrogantemente. Al contrario, las había dicho con ira, como si su belleza le molestara. Era diferente a cualquier humano que ella hubiera conocido.
Si no estuviera segura, ella hubiera creído en su historia de divinidad. Había algo sobrenatural acerca del deseo que él la provocaba.
Pero los dioses y su descendencia tenían una esencia que era fácilmente identificable. Todo lo que ella sentía dentro de este humano era odio, desprecio. Y esto la hacia daño y la lastimaba tanto que era casi doloroso estar cerca de él.
—¿Por qué estas tan triste?
—Tú nunca lo entenderías.
Probablemente no. La tristeza no era algo que normalmente sintiera. En cuanto al desprecio...
Era completamente extraño para ella.
En toda su existencia, ella jamás había deseado consolar a un humano. Hoy ella lo hizo y no sabía por qué.
—¿Alguna vez sonríes? —Le preguntó.
Él negó con la cabeza.
—¿Nunca?
—No. Todo lo que provoca es que la gente se arrastré hacía mí. Los hace desearme más.
—Pero pensé que todos los humanos rogaban por ser deseados.
Nuevamente él frunció el ceño.
—¿Conoces el termino Atlante tsoulus?
—¿Esclavo sexual?
La dedicó una mirada fija en blanco.
Artemisa inhaló mientras captaba su significado.
—¿Tú eres uno de ellos?
—Lo era.
Su visión se oscureció ante la información.
—¿Y osaste tocarme?
—¿Entonces, me mataras ahora?
Eso hizo que su cólera disminuyera bajo otra ola de confusión. ¿Quién era este hombre que la desafiaba como ningún otro lo había hecho antes?
—Si tanto deseas morir ¿Por qué no te matas tú mismo?
Sus labios se curvaron mientras sus ojos flameaban con furia.
—Cada vez que lo he intentado, he sido devuelto y castigado por ello. Parece ser que los dioses no me quieren muerto, entonces me imaginé que si uno de los suyos me mataba, entonces encontraría finalmente la paz.
—Entonces no está destinado que mueras.
Él se puso de pie con un gruñido tan fiero que Artemisa de hecho retrocedió un paso por miedo.
—No te atrevas a decir esa palabra frente a mí. Me niego a creer que este era mi destino. No estaba destinado a ser esto. Nunca quise ser...
El dolor en sus ojos la taladró.
—Esto no puede ser para lo que nací.
—Es el destino de la raza humana sufrir. ¿Por qué tú deberías ser diferente?
Acheron no podía respirar mientras sus palabras penetraban profundamente en él. Una y otra vez en su mente se veía a sí mismo y su pasado. Veía los horrores y degradaciones que había sufrido.
Pero los pensamientos más terroríficos eran aquellos del futuro. Por siempre solo, sin nadie excepto el desdén y el abuso por compañía. Siendo forzado a comer contra su voluntad o peor, vendido como un saco de avena.
Demasiado enojado para hablar, salió rápidamente del salón y se dirigió a su “prisión”. Reconocía que era mejor que el hueco en el que su padre lo había confinado inicialmente, pero aún era una prisión.
Era todo lo que él conocería y si su padre lograba su objetivo, seria confinado en ese lugar para el resto de su vida.
Al menos hoy no había guardias fuera. Incluso a ellos se les había dado un día de libertad. Un día para hacer lo que quisieran.
—¿Por qué te fuiste?
Se detuvo en seco mientras Artemisa aparecía ante él.
—¿Por qué me sigues?
—Me dejaste curiosa.
—¿Curiosa sobre qué?
—Sobre ti.
Él se rió amargamente ante eso. Incluso una diosa no era mejor que los humanos que lo cazaban.
—¿Me quieres desnudo para que puedas explorarme?
Sus mejillas se oscurecieron, pero aún así él vio la caliente mirada en sus ojos.
También se percató que ella no lo contradijo. Entonces así será.
Artemisa miraba como su recién descubierto humano lentamente soltaba el broche de su peplo. Debería detenerlo, lo sabía pero no podía obligarse a sí misma a decir las palabras.
Tembló por la expectación de cómo se vería desnudo. No era asombroso que su hermano pasara tanto tiempo con las hembras humanas. Si ellas eran la mitad de provocativas...
Él dejó caer su peplo al suelo.
Sus pensamientos se diseminaron, ella tragó cuando vio su desnudez, era incluso más guapo de lo que sospechaba.
Su piel era leonada, tentadora y se estiraba sobre un cuerpo que estaba finamente puesto a punto y bien musculoso.
Contra su voluntad, su mirada bajó hacia la parte de él que era únicamente masculina. Estaba bien dotado y mientras lo miraba, su pene creció, engrosándose mientras lentamente se levantaba para curvarse contra su cuerpo. Sus pelotas apretadas.
Nunca había visto a un hombre como este. Lleno de deseo. Tan atrevido y sin inhibición por miedo a ella.
Él cerró la distancia entre ellos.
—¿No quieres tocarme?
Si lo deseaba, pero no podía moverse. No podía respirar. Ella sentía el calor de su cuerpo el conmovedor paso de su aliento contra la cara.
Su cercanía era intoxicante.
La tomó una mano con la suya y la dirigió hacia su erección. Su agarre era firme mientras él deslizaba su palma contra la punta del pene. Estaba tan suave y sin embargo tan duro.
Ella tragó mientras él la dirigía lentamente a lo largo de toda su longitud hasta que la hizo frotar contra el suave saco. Ella se mordió el labio mientras él se frotaba a sí mismo acompañando su palma. Su cuerpo era tan diferente al suyo. Tan increíble y seductor.
Él liberó su mano.
Su primer instinto fue retirarse, pero no era tímida. En vez de eso, recorrió con la parte posterior de los dedos la parte baja de su saco, permitiendo que sus testículos se curvaran a su alrededor. Ella sentía su cuerpo tan extraño.
Ella levantó la mano para una sosegada exploración sobre su estomago hacia su pecho.
Él no se movió para tocarla. Sólo permaneció junto a ella en silencio mientras exploraba cada centímetro de su cuerpo. Sus inquietantes ojos plateados eran increíbles. Ella nunca había visto otros iguales. Nunca había sentido nada mejor que su piel masculina bajo su mano.
Oh, pero él era exquisito.
—¿Quieres que te folle?
Ella se estremeció ante la pregunta que debería haberla ofendido hasta lo más profundo de su ser. Ante el profundo acento de su voz. Lo deseaba con una locura que la consumía.
Si sólo pudiera.
—No —dijo ella en voz baja. Miró hacia él. Su mirada la abrasaba—. Quiero que me hagas lo que me hiciste antes. Hazme sentir eso de nuevo.
La cogió de la mano y la dirigió hacia una cama donde podrían estar a solas. Sin ser molestados.
Ella no debería estar haciendo eso. Era una diosa virgen. Intocada por hombre o dios alguno.
Por lo menos hasta hoy.
Nadie la había besado antes. Nadie la había poseído. Era conocida por matar a hombres sólo porque la habían visto desnuda y sin embargo con éste, ella estaba más que dispuesta a dejarse seducir.
No sabía por qué al igual que tampoco comprendía la compulsión dentro de ella de estar con él.
Él sólo la hacía sentir extrañamente feliz. Cálida. Decadente. Deseable.
Acheron la colocó de espalda contra el colchón. Ella estaba nerviosa; eso era algo a lo que él estaba acostumbrado en mujeres sin experiencia. Aún así, ella era hermosa. Su cabello rojizo se desparramó sobre las almohadas, provocando que se pusiera aún más duro. Y no era un sentimiento al que estuviera acostumbrado.
La esencia de rosas se unió a su piel. La besó suavemente sobre los labios mientras deslizaba la mano hacia arriba por su pierna, levantando el borde del vestido. Ella se tensó un poco pero rápidamente se relajó. Era tímida.
No queriendo avergonzarla, el dejó que su labios se arrastraran lentamente por su cuerpo.
Artemisa estaba desconcertada mientras lo veía desaparecer bajo los pliegues de su vestido blanco. Aun así ella podía sentirlo moverse. Sentir sus patillas rozando contra la pantorrilla mientras trazaba una caliente línea de besos hacia arriba por la parte interna del muslo hasta alcanzar la parte de ella que dolía por él.
Ella gimió en el instante que sus labios y lengua encontraron ese punto. Mordiendo la palma de la mano se rindió al placer que la daba. Era deslumbrante y excitante. No había duda porque los otros dioses y humanos arriesgaban tanto por esto.
Esta vez, cuando culminó, ella comprendió claramente lo que le estaba pasando a su cuerpo. Por lo menos lo hizo hasta que él la hizo venirse una y otra vez.
Acheron gruñó ante el sabor de Artemisa. Ante el sonido de los gritos que llenaban sus oídos. Él amaba la forma en la que ronroneaba. La sensación de su mano en el cabello, tirando.
Ella golpeó con la otra mano el colchón.
—Tienes que parar. Por favor. No puedo soportar más.
Él le dio un largo lametón final antes de separarse.
—¿Estás segura?
Ella asintió.
De mala gana, hizo lo que ella le pidió y se movió para estirarse junto a ella a pesar de que su propio cuerpo estaba lejos de ser saciado.
Artemisa se colocó sobre su pecho, escuchando su respiración entrecortada. El todavía estaba duro y rígido.
—¿No te duele permanecer así? —Preguntó ella, deslizando la mano sobre su pene.
El tomó una aguda respiración como si su caricia le doliese.
—Sí.
—¿No puedes darte placer a ti mismo?
—Puedo —estudió su cara—. ¿Te gustaría verlo?
Antes de que ella pudiera contestar, la cogió una mano colocando su palma contra él.
Acheron cerró los ojos ante el calor de su mano contra el pene. El sexo no significaba nada para él. Nunca lo había hecho, era sólo algo que se esperaba de él.
Se había masturbado ante multitudes y con amantes muchas más veces de las que podía recordar. Por alguna razón parecía que la gente obtenía placer al verlo correrse. Apenas sentía la descarga momentánea de hormonas. Era un penetrante placer, que rápidamente se evaporaba.
Hacía mucho tiempo que aprendió a desear algo más que esto.
Pero no estaba destinado a lograrlo y de todas maneras él no sabía qué era lo que realmente quería. Artemisa estaba aquí porque, al igual que muchos otros antes que ella, tenía curiosidad acerca de su cuerpo. Ella podría volver a visitarlo. O podría no hacerlo.
En el pasado lo golpeaban si un amante no regresaba por él.
En la Atlántida, todo lo que tenía dependía de su habilidad para hacer que la gente lo deseara. Cuanto le permitían dormir. Cuanta comida.
Cuanta dignidad.
Si sus amantes no se sentían satisfechos después de dejarle, era golpeado por eso.
Ahora su padre lo golpearía si se enteraba de esto. El rey demandaba celibato de un hombre que nunca había conocido. Pero de verdad, había disfrutado estar con Artemisa. Su toque era gentil. Su piel suave y cremosa.
Inhalando, se imaginó lo que sería deslizarse dentro de su cuerpo. No, mejor aún, se imaginó como sería que lo sostuviera cerca de su cuerpo como si le importara. Sólo pensar en alguien preocupándose por él, realmente preocupándose por él fue suficiente para casi hacerlo sonreír. Pero era consciente.
Lo que tenía era un estúpido sueño que había sido alimentado por Ryssa y Maia tiempo atrás, cuando había sido crédulo. Esas ilusiones habían sido destrozadas hacía tiempo.
Artemisa era una diosa. Tenía suerte de que ella no se indignara por estar en la misma habitación con él. La complacería porque era lo que estaba entrenado a hacer.
No podía haber ningún tipo de relación entre ellos. Sin duda desaparecería tan pronto como acabara. Y estaría solo de nuevo.
Nada en su vida había cambiado realmente.
Artemisa miró el rostro de Acheron mientras el usaba su mano para acariciarse. Era extraño tocar a un hombre de esta manera y se preguntaba que pensamientos rondaban por su cabeza. Normalmente ella podía escuchar los pensamientos de los mortales en el momento que deseara, pero por una vez, no pudo.
Qué extraño...
El se endureció incluso más antes de que su caliente semilla fuera disparada a través de sus dedos. En lugar de llorar, como ella lo había hecho, el apenas suspiro entrecortadamente, después la liberó.
Ella recorrió con la mano su cálida humedad, estudiándola.
—Entonces, esto es lo que hace que una mujer quede embarazada.
—En la mayoría de los casos.
—¿En la mayoría?
El frunció el ceño.
—La mía es lo suficientemente inofensiva.
—¿Cómo es eso?
—Fui esterilizado en la pubertad. Diosa. Mi clase siempre lo es. Nadie desea quedar embarazada por una puta.
Artemisa arqueo sus cejas ante su discurso.
—¿Pueden los humanos hacer eso?
—No, pero los Atlantes pueden. Aprendieron el procedimiento de los Apolitas.
Ella estudio su fluido de nuevo.
—Es una lástima lo que te hicieron —dijo Artemisa en voz baja—. Eres demasiado hermoso para ser estéril. ¿Quieres que te arregle?
—No, no hay razón para hacerlo. Te lo he dicho, nadie le daría la bienvenida a un niño concebido por mí.
Fue el dolor en sus plateados ojos mientras hablaba lo que la provocó un dolor tan poco familiar en el pecho.
Su pobre humano.
Él lucía espectacular descansando contra las sábanas blancas que hacían destacar la ancha extensión de bronceada piel masculina. Cada músculo de su cuerpo era un ejemplo de perfección. Era tan tentador. Cálido. Y era completamente descarado acerca de su sexualidad desnuda. Acerca de lo que habían hecho. No se pavoneaba o era arrogante por haberla tocado.
La trataba como si ella fuera...
Humana.
La mayoría de su familia no podía soportarla. Los humanos la temían, incluso sus siervas se reían entre ellas, pero se ponían en guardia en el momento que ella se acercaba.
Pero este hombre...
Era diferente. No tenía miedo a nada o a nadie. Como una bestia poderosa y agresiva, era desafiante y osado. Implacable ante su presencia. Era dócil ahora, pero el poder en él era innegable. Eso la asustaba incluso a ella.
—¿Tienes amigos? —Preguntó ella.
Él negó con la cabeza.
—¿Por qué no?
—Supongo que no valgo.
Artemisa frunció el ceño ante su razonamiento.
—Yo puedo ser una. Tampoco tengo ninguno y soy más que valiosa. Tal vez hay un defecto en nosotros.
Ella hizo una pausa mientras pensaba en eso.
—No, eso tampoco puede ser cierto. Yo no tengo defectos y sin embargo estoy tan sola como lo estás tú.
Nunca antes se había percatado Artemisa de que tan sola estaba realmente. Su hermano gemelo tenía amigos. Tenía amantes. Apolo era la cosa más cercana a un amigo que había conocido pero incluso él era reservado a su alrededor. Apolo nunca la invitaba a hacer cosas a menos que involucraran destrucción o castigo. No reía con ella o la invitaba a entretenerse o jugar.
Por primera vez en su vida, se percataba que tan sola realmente estaba.
—¿Te gustaría ser mi amigo?
Acheron se quedó completamente atónito ante la inesperada pregunta.
—¿Serías mi amiga?
Ella ladeó la cabeza mientras lo miraba con un pequeño fruncimiento del divino ceño. Era brillante y etérea, muy lejos del alcance de alguien como él.
—Bueno, sí. Es decir, no podemos dejar que los otros lo sepan, pero me gustaría ver lo que puedes mostrarme. Quiero aprender más de este mundo y de ti.
Sonrío cálidamente ante él como si fuera realmente sincera con su oferta. Le recordó que tan raro era la sinceridad para él. Y la amistad...
Era un sueño elusivo que no se permitía a sí mismo. La gente como él no tenía amigos. Al igual que no tenían amor o gentileza. Aun así, encontró que una parte desconocida de sí mismo dolía de deseo por ello.
Doliendo de deseo por ella.
—Entonces ¿somos amigos? Te prometo que jamás te arrepentirás.
Tenía que ser el momento más extraño de su vida y dado lo poco común de su existencia, eso era decir mucho. ¿Cómo podía una puta ser amigo de una Diosa?
Acheron tiró de la sábana de la cama y se limpio a sí mismo.
—Creo que te arrepentirás de ser mi amiga.
Ella se encogió de hombros.
—Lo dudo. Tú eres humano. Sólo estarás vivo… ¿qué? ¿Otros veintitantos años? Es tan poco tiempo que apenas si importa y dudo que continuemos siendo amigos una vez que estés viejo y poco atractivo. Además arrepentimiento no es algo que un olímpico sienta.
Ella sonrió mientras acariciaba sus labios.
—Bésame. Bésame y déjame saber que somos amigos.
Era un pensamiento ridículo e incluso así se encontró haciendo exactamente lo que ella le pedía.
Amigos.
Los dos. Él quería reír ante el pensamiento. En lugar de eso, cerró los ojos y la inhaló. Sus manos se sentían sublimes en el cabello. Y mientras se besaban, él quería su amistad con una desesperación que dolía. Su única esperanza era ser merecedor de ella.
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