miércoles, 4 de enero de 2012

Cap 9

 

Sam maldijo mientras usaba sus poderes telequinéticos para abrir la puerta del dormitorio y empujar a Dev hacia el otro lado para poder enfrentarse a los Daimons.
Con un grito de rabia, Dev abrió la puerta de una patada y regresó de nuevo a la pelea.
Levantando la mano para conseguir más fuerza detrás de sus poderes mentales, ella le tiró nuevamente y, esta vez, puso la cama delante de la puerta para mantenerle fuera.
Dev estaba de pie en el pasillo vacío, boquiabierto. ¿Qué demonios? Trató de volver a su habitación, pero no pudo. Escuchó cosas romperse y personas maldiciendo, pero estaba cerrada eficazmente.
La ira estalló en él.
—Ah, no, no lo harás.
Sus poderes se alzaron, los utilizó para teletransportarse al cuarto donde Sam estaba rodeada por Daimons. Manifestó dos cuchillos KA-BAR y después persiguió a los Daimons con todo lo que tenía.
Sam se volvió al sentir una nueva presencia en la habitación. Esperando que fuera otro Daimon, se quedó inmóvil al ver a Dev noquear a dos Daimons con un poderoso golpe. El corazón le martilleaba y en ese instante sintió sus poderes de Dark‑Hunter disminuir, mientras que los viejos recuerdos la destrozaban y sacaban su ferocidad.
No era a Dev a quien veía ahora. Era a Ioel.
La luz del fuego había parpadeado contra su piel oscura y su pelo cuando Ioel la había empujado hacia la habitación de su hija.
—Toma a Ree y poneos a salvo.
Ella se había negado obstinadamente.
—No sin ti.
Había puesto la mano sobre su vientre, donde el bebé estaba pateando y la besó en los labios mientras los atacantes Daimons irrumpían en la casa.
—Vete, Samia. Ahora. Piensa en nuestros hijos, no en la batalla.
Las Amazonas nunca retroceden. No se retiran.
Luchan.
El sonido de madera astillada hizo eco por toda la casa mientras los Daimons invadieron, gritando la victoria.
—¡Mami!
El grito aterrorizado de su hija la había alejado de su esposo y corrió a la habitación con todas sus fuerzas. Sin embargo, su avanzado embarazo la había dejado sin aliento y tambaleándose. Temblando, había cogido a su asustada hija en los brazos abrazándola contra ella, mientras la cólera hervía en su interior.
Quería sangre por esto.
El sonido de los muebles destrozándose y el choque de acero resonaba en los oídos mientras buscaba una vía de escape.
No había ninguna.
Tenía que conseguir poner a salvo a su bebé...
Sam se dirigió a la sala, pero fue detenida por un destello en la habitación iluminada por el fuego.
Y entonces lo vio. Una espada stroke había atravesado el pecho de Ioel y le había hecho tambalearse hacia atrás. La sangre manaba sobre él cuando el Daimon se movió para tomar su alma.
Su propio grito se había atascado en la garganta mientras aferraba a su hija y sentía la vida de su bebé nonato en el vientre. En esta condición, no era lo suficientemente fuerte como para llevar a su hija a través de la sala ‑no si quería dejar atrás a los Daimons.
Regresó corriendo a la habitación de su hija.
—Debajo de la cama, Ree. Ahora.
Puso a su hija en el suelo y la vio correr para esconderse.
—Ni un sonido, bebé, lo que nunca haces.
Sam apenas había agarrado la lámpara de la mesilla antes de que los Daimons irrumpieran en la habitación. Había arrojado el aceite y el fuego al primero que llegó a ella.
Arremetiendo contra él, había tomado su espada y se volvió, apuñalando a uno justo detrás de él. Pero el vientre hinchado había desequilibrado un movimiento que había hecho una y mil veces en batalla.
Había tropezado hacia atrás y habían caído sobre ella en tal número que había sido incapaz de luchar contra ellos.
Lo último que había visto antes de su muerte había sido el rostro de su propia hermana detrás de los Daimons.
—Hay una criada más para matar. No quiero que la dejéis vivir. Tiene que estar por aquí. Encontradla y aseguraos que no pueda heredar nada más que un entierro.
Rabia atroz, impotencia y traición la habían rasgado en pedazos. Incluso ahora Sam podía oír el grito cuando salió de su interior. Tan feroz. Tan terrible, que había convocado a la diosa Artemisa a su lado. Y antes de que los Daimons hubieran tenido la oportunidad de capturar su alma, Sam la había vendido.
Pero había llegado demasiado tarde para salvar a su hija...
La agonía desgarradora de eso le destrozaba ahora y la dejó mareada mientras observaba Dev. Luchando para protegerla.
¡No! ¡Nunca más!
Echando la cabeza atrás, soltó un grito feroz de batalla antes de atacar a los Daimons.
Dev se detuvo al oír el sonido que hacía una banshee cuando sepultaban a un ser querido. Fascinante y desgarrador, ese chillido siniestro le bajó por la espalda como una trituradora. En un abrir y cerrar de ojos, Sam saltó hacia adelante, golpeando y atravesando Daimons con una fuerza y una habilidad que no tenían rival. Nunca en su vida había visto nada igual.
Nunca.
Maldita sea, mujer...
¿Y él le había cabreado? ¿Qué demonios había estado pensando?
Más Daimons llegaron a través del portal para atacar a Dev. Éste capturó a uno que iba por la espalda de Sam y sucumbió donde estaba. Aún así seguían llegando.
Justo cuando estaba seguro de que él y Sam caerían, la cama contra la puerta fue deslizándose hacia los lados. Agarró a Sam y saltó sobre ella un instante antes de que la puerta fuera astillada.
Ethon y Chi, junto con Fang, entraron corriendo para ayudar en la lucha.
Con el brazo alrededor de Sam, Dev trató de guiarla por el pasillo para alejarla de lo más reñido de la misma. Pero ella tenía una idea diferente.
Se dio la vuelta para pelear.
Aumentó la presión sobre ella y la obligó a moverse a través de la puerta.
—¿Qué estás haciendo? —le miró.
Dev se quedó sin aliento al ver sus ojos verdes. Por eso, supo que había perdido sus poderes de Dark‑Hunter. Podían matarla.
—Ponerte fuera de peligro.
—No huyo de nadie.
—No estamos huyendo —dijo.
Uno de los Daimons rompió la ventana y se derramó la luz del día por todo el cuarto.
—Estamos reagrupándonos para luchar otro día.
Sam quería estrangularle cuando la lanzó por encima del hombro y se dirigió a las escaleras. Si todavía tuviera sus poderes, lo habría hecho, pero sin ellos estaba relegada a esperar de la misma forma que una patética niña exploradora ‑algo que encendió su genio aún más.
Un segundo estaban en la casa Peltier, al siguiente estaban dentro de un almacén de aspecto extraño, un lugar que nunca antes había visto. Letreros de neón apagados formando un intrincado dibujo colgaban en las paredes. A la izquierda estaba un bar industrial que estaba bien provisto de alcohol. Un gran espejo, también envuelto en luces de neón apagadas, estaba detrás de ella. Parecía ser otro club, sólo que no estaba abierto. Y no había nadie aquí. Ni siquiera el susurro de un sonido.
Dev la bajó.
Sam inmediatamente le dio una palmada en las manos.
—¡Aléjate de mí! ¡Estoy tan enfadada contigo que podría sacarte los ojos!
Dio un paso atrás para ofrecerle una mirada airada.
—No hay de qué.
—¿Por qué? ¿Por cabrearme?
—Salvé tu vida.
Se burló de eso.
—No. No lo hiciste. Tú me sacaste de una pelea que tenía que terminar. ¡Gah! No puedo creer que dejaras a Chi y Ethon allí mientras me sacabas como a una niña indefensa. ¿Cómo te atreves?
Dev respiró hondo para calmarse antes de que esta lucha escalara a proporciones nucleares. Uno de ellos tenía que tener la cabeza tranquila hasta que descubrieran lo que estaba pasando. Algo durante la pelea había desencadenado una profunda e inesperada consecuencia para Sam. Lo único que sabía de los Dark‑Hunters era que sólo perdían sus poderes cada vez que se enfrentaban al recuerdo del evento que les había hecho vender sus almas.
Sam estaba en problemas y lo único que quería era ayudarla. Su chillido sobrenatural le había dicho eso. Nadie hacía aquel sonido a menos que estuvieran rotos por completo.
—Los vi dirigirse a las ventanas y sabía que tenía que alejarte de la luz del día antes de que las hicieran añicos. Cosa que hicieron. Si no te hubiera agarrado cuando lo hice, te habrían asesinado o por lo menos causado quemaduras graves.
Incluso con sus poderes de Dark‑Hunter intactos, no habría sido capaz de soportar la luz del día.
Ella emitió un sonido de profunda irritación mientras recorría el sitio. La luz azul, con paredes de metal remachado, a su alrededor.
—¿Dónde estamos de todos modos? ¿En el infierno?
Él esbozó una sonrisa encantadora.
—Es mucho más frío que eso. El club Charonte.
—¿Qué es qué?
No respondió. En su lugar, sacó el teléfono e hizo una llamada.
Cruzando los brazos sobre el pecho, Sam le fulminó con la mirada.
Dev irreflexivamente ignoró su furia hirviente cuando Ethon cogió el teléfono. Quería asegurarse de que su familia estaba bien antes de que llevara esta conversación más allá. Al menos Ethon respondió –ya de por sí era una buena señal de que el Santuario estaba todavía en pie.
—Hey, ¿qué pasó cuando nos fuimos?
—Los bastardos cobardes abandonaron justo después de vosotros. Chi y yo tratamos de mantenerlos cuanto pudimos, pero teníamos que salir del campo de acción de esa bola amarilla seriamente molesta en el cielo que estaba bailando por toda la habitación. Sabes, oso, deberías tener unas ventanas más pequeñas. Fang fue tras ellos, pero desaparecieron de nuevo en su agujero y se retiró para proteger a la familia en caso de que regresaran a otra zona en busca de venganza. De todos modos, la brigada colmilluda está probablemente siguiéndoos en este momento, así que cuida tu espalda.
¿Que le importaba a Dev?
—Que vengan si se atreven, que lo dudo.
De cualquier manera, su familia estaba bien y eso le hizo delirantemente feliz. Su malvado plan había funcionado y los Daimons se habían retirado ‑al menos por el momento.
—No seas tan arrogante, Oso. No estaban dispuestos a negociar. —El humor desapareció del tono—. ¿Está Samia bien? No la hirieron, ¿verdad?
Había una nota de desasosiego en la voz de Ethon que parecía más profundo que la de sólo un Dark‑Hunter preocupado por otro.
Dev no podía poner el dedo sobre ello, pero hizo que el oso en él se incorporara con la sospecha del porqué Ethon sentiría tan profundamente por un colega.
—Ella está bien. Conseguí sacarla de allí antes de que alguno la tostara. ¿Qué pasa con vosotros, chicos? ¿Alguien de mi familia resultó herido?
—Fang esta bien. En cuanto a nosotros, nada que no se cure —luego Ethon cambió de tema—. Entonces, ¿dónde estás ahora?
—Club Charonte.
Ethan se echó a reír.
—Bonito. Muy bonito. Alabo tu elección.
Los Charontes eran los enemigos mortales de los Daimons y los Daimons no se atreverían a acercarse a este lugar. Por lo menos, no de inmediato. Una cosa sobre los Charontes, estaban perpetuamente hambrientos y vivían para comer cosas que no obtendrían comúnmente.
Los Daimons eran una de las cosas de las que podían darse un banquete con inmunidad.
Ethon se puso serio antes de hablar de nuevo.
—¿Estás seguro de que Sam estará a salvo ahí?
—Oh sí. Pero yo podría no estarlo en unos minutos. Parece que está a punto de arrancarme los ojos y golpear mi culo hasta que sea una alfombra de oso temblorosa.
—Pobre de ti.
—Dímelo a mí. No me envidiáis ahora mismo.
Ethon habló a Fang en un tono amortiguado que le sugirió que tenía la mano ahuecada sobre el receptor.
—No es importante. Voy a estar bien —luego volvió a Dev—. Llegaremos allí tan pronto como podamos.
—Me parece bien. Por cierto... ¿que ocurrió con Gautier?
—¿Nick? ¿Qué tiene que ver con esto?
¿Qué tiene que ver con esto? El pequeño bastardo tendrá suerte de vivir la próxima vez que me topé con él.
—Fue él quien convocó a los Daimons.
—¿Nick? —repitió Ethon.
—Nick —Dev devolvió la sílaba.
Se estaba cansando de la torpeza del Espartano.
—¿Nick?
—Ethon. Detente.
—Lo siento, hombre. No puedo entender nada de esto. Odia a los Daimons con una pasión que rivaliza con sus amigos Charonte. Confía en mí. Dices esa palabra y el hombre gira. Tuve que bajarle del techo hace sólo unos días, cuando surgió el tema. No puedo imaginarlo convocando uno a menos que sea para matarlo.
—Sí, bueno, yo sé lo que vi. Nick estaba confabulado con ellos.
Ethon dejó escapar un silbido.
—Entonces se lo notificaré a Acheron e iremos contigo de inmediato. Por si acaso.
Dev miró a Sam, que seguía mirándole fijamente, como si quisiera trincharle alguna pieza vital de su anatomía. Lo extraño era que estaba extrañamente atractiva, con ese fuego en sus ojos y le excitaba.
Estoy metido en un buen lío.
—Tu gente debe moverse con cuidado durante el día. Hasta pronto —Dev colgó el teléfono.
Sam hizo un gesto alrededor de la habitación.
—¿Me trajiste a un club vacío? ¿Por qué?
Dev la giró el cuerpo rígido hacia la izquierda y arriba, hacia las vigas de acero en las que dos docenas de demonios colgaban como murciélagos vampiro. El resto estaría durmiendo en posiciones incómodas en las habitaciones de arriba. No tenía idea de por qué los Charonte dormían así, pero lo hacían.
La mandíbula de Sam se aflojó cuando vio a los demonios, cuya carne era un remolino bicolor de rojos, naranjas y azules. Sus ojos amarillos, blancos y rojos brillaban en el techo, mientras los observaban en silencio, como tratando de decidir si eran amigos o enemigos. Sabía que eran demonios, pero no tenía ni idea de a qué clasificación o panteón pertenecían.
—¿Qué son esos?
—Charontes —le dijo Dev al oído—. ¿Has estado alguna vez a su alrededor?
—No.
Su aliento le hizo cosquillas en la oreja y, aunque ella no podía verlo, tuvo la clara impresión de que estaba sonriéndole.
—No son exactamente sociables y no particularmente cariñosos conmigo.
Eso despertó su curiosidad por la elección de ese lugar.
—Entonces, ¿por qué estamos aquí?
—Porque estoy apostando a que Dev tiene un poco de mierda en la que quiere arrastrarme y puedes olvidarlo, maldito oso —no había perdido el veneno en ese profundo tono masculino —. Ya he terminado contigo y tu hermana, por no mencionar el nombre de ese lobo inútil, no me importa, no soy tu perra y no saldré de aquí. Clava un tenedor en mi, Oso, porque repito, Ya he terminado. De la T a la O ya sabes el resto, por eso saca el infierno de mi club, antes de que alimente contigo a mis niños.
Dev se echó a reír cuando se volvió para encontrarse cara a cara con el demonio que había pasado como un rayo hacia sus espaldas.
—También es un placer verte Xedrix. Siempre un placer.
—Sí, para ti. Nunca para mí.
Sam tuvo que esforzarse para no mirar boquiabierta el espectáculo que tenía delante.
Con un remolino de piel azul y pelo negro, Xedrix empequeñecía la altura de Dev. Algo que no era fácil de hacer. Vestido con una camiseta y pantalones vaqueros, Xedrix tenía un par de alas extra grandes, que se agitaban tras él. Ya fuera por la necesidad de atacar o volar, o estrictamente por irritación, no estaba segura. Pero no había dejado de percibir la maldad en sus brillantes ojos.
Lo cosa mas extraña, sin embargo, era que incluso con un pequeño par de cuernos que sobresalían de su cabeza y su corto pelo negro que estaba alborotado por el sueño, el demonio era increíblemente bello y muy masculino. Había algo en él que hizo que deseara extender la mano y tocarle.
Curioso.
Xedrix estrechó la mirada en ella.
—¿Por qué traes a una Dark‑Hunter aquí, Oso? Sabes cómo nos sentimos acerca de ellos y ni siquiera están en el menú, lo que es doble mierda para nosotros.
—Tenemos a los Daimons detrás de nosotros.
Eso consiguió que Xedrix ensanchara los ojos. Varios de los demonios cayeron desde el techo. Enroscándose en el aire con el propósito de aterrizar con gracia sobre los pies alrededor de Xedrix.
Las expresiones felices eran casi cómicas.
—¡La cena!
El más alto empezó a lamerse los labios con ansiosa anticipación mientras chocaba la mano de los otros demonios.
El más bajo sacudió la cabeza.
—No. Hora de la merienda. A menos que haya un montón de ellos. Esperemos que sí.
—Necesitamos un poco de salsa —dijo el demonio de color naranja a los otros dos. Empujó a uno pequeño de color rojo—. Ceres, agarra una botella. Extra caliente.
Xedrix levantó la mano para hacerles callar.
—No somos lo suficientemente suertudos como para recibir una entrega a domicilio, chicos. Confiad en mí. No van a venir aquí.
Los demonios alrededor de él en realidad hicieron un mohín.
Ceres no parecía estar de acuerdo con su argumento.
—Uno de ellos podría ser estúpido. Los Daimons no son realmente brillantes. ¿Si ellos vienen aquí, tal vez podríamos atraerlos adentro con un turista o dos?
El alto se iluminó.
—Podríamos atar algunos Dark‑Hunters fuera como cebo.
A todos parecía gustarle la idea.
Salvo Xedrix, quien puso los ojos en blanco.
—No son tan tontos. Creedme, y si atas a un Dark‑Hunter afuera, el Atlante, Acheron se lanzará sobre nosotros y lo último que queremos es ser enviados a casa con mamá. ¿O es que realmente queréis volver a la esclavitud bajo el-puño-no-tan-delicado de la Destructora?
—Bien —dijo Ceres con mal humor, las alas caídas—. Debería haber sabido que era demasiado bueno para ser verdad.
Suspiró.
Los demonios se dispararon de nuevo a sus lugares en las vigas del techo, pero no antes de que murmuraran algunos insultos elegidos para Dev por alimentar sus esperanzas.
Sam les miró mientras envolvían las alas a su alrededor pareciendo un "capullo" en el techo. Eso fue interesante... Raro, pero intrigante.
Xedrix estaba con las manos en las caderas.
—¿Por qué estás aquí, Oso?
—Los Daimons quieren a Sam. No sé por qué.
—Daaaa —Xedrix hizo un gesto hacia ella—. Es su enemigo mortal. Por supuesto que la quieren. En piezas, estoy seguro.
Dev negó con la cabeza.
—De eso se trata. No la quieren muerta. Han intentado secuestrarla dos veces.
—Os dais cuenta de que estoy aquí y no necesito que ninguno de los dos este hablando de mí como si yo fuera deficiente mental, ¿verdad? Puedo hablar por mí.
Al menos Dev tuvo la decencia de parecer avergonzado.
—Lo siento, Sam. Ya lo sabemos. Sólo estoy tratando de conseguir que Xedrix esté de nuestro lado —volvió la mirada hacia el demonio—. La quieren viva. ¿Tienes alguna idea de por qué?
—¿Porque sería más sabrosa de esa manera?
Sam ignoró al demonio y frunció el ceño a Dev.
—¿Por qué le preguntas a él eso? No es un Daimon.
Dev le lanzó una mirada cómica.
—Antes vivía con Stryker y servía a Stryker como su maestro en el infierno, por lo que podría tener alguna idea de por qué están tras de ti.
Xedrix hizo un ruido grosero.
—No son exactamente mis personas favoritas y no tengo ni idea de por qué estarían tras ella. ¿Mala suerte?
—Xed...
—No me gruñas, Oso. Es temprano y no he comido todavía.
Pasó una mirada deliberada sobre ellos, como si tomara las medidas para su olla.
Dev lanzó un hondo suspiro.
—Que ellos la quieran para algo, deberías entender que no es bueno, para ninguno de nosotros. Necesito un lugar seguro para mantenerla hasta la noche.
Xedrix señaló por encima del hombro con el pulgar.
—La puerta está por ahí.
—Enseñadle el cuarto de huéspedes.
Xedrix destelló los colmillos hacia la voz suave y apacible.
Sam miró detrás de él a una mujer pequeña, etérea. Sus facciones eran pálidas y hermosas, muy hermosas. Su cabello rubio parecía brillar y sus ojos... blancos y vibrantes, eran verdaderamente espeluznantes.
Xedrix no parecía del todo feliz de verla.
—Kerryna... ¿no deberías aún estar dormida?
Se le acercó lentamente y le colocó una mano en el hombro antes de que ella se levantara de puntillas para besarle la mejilla con cariño.
—Mi feroz protector. No te preocupes. Estoy bien —tendió la mano a Sam—. Soy la compañera de Xedrix, Kerryna.
—Sam —bajó la mirada hacia el signo de paz que ofrecía Kerryna y se encogió. A pesar de que sus poderes estaban fuera de servicio, todavía no quería arriesgarse a captar algo del pasado de la demonio—. Lo siento, no puedo tocarte. No es una ofensa. Mis poderes no permitirían eso.
Kerryna dejó caer el brazo.
—Entendido y no hay ninguna ofensa.
Xedrix apretó la mano Kerryna entre las suyas y la sujetó contra su corazón mientras miraba furioso a Sam y Dev.
—Si traes la guerra hasta mi familia me voy a comer vuestros corazones... sin salsa.
Por la forma en que lo dijo, Sam tenía la sensación de que quería decir algo.
Dev inclinó la cabeza ante Xedrix.
—Lo capto.
Sam titubeó cuando tuvo un disparo de recuerdos en su mente de la noche en que los padres de Dev habían muerto. Fue breve, desapareció en un instante, pero claro. Frunció el ceño ante Xedrix.
—Luchasteis con nosotros cuando los lobos atacaron el Santuario. Pero eras humano entonces.
¿Por qué no le había reconocido? Sus rasgos habían sido similares, pero las diferencias sin la piel azul marmórea eran notables.
En un latido de corazón, Xedrix pasó de ser un demonio a ser el humano hermoso con el pelo negro y sin alas que ella recordaba de la batalla.
—No soy humano. Solo parecía uno. Es un poco difícil caminar por las calles con mi forma real. En Halloween puede pasar. Tiende a asustar a los humanos y no quiero tratar con su basura.
—A menos que los hagas barbacoa —gritó Ceres desde el techo—. Entonces, los humanos están totalmente buenísimos.
Xedrix le miró.
—Los Charontes se meten en sus propios asuntos.
Ceres se cubrió completamente con sus alas.
Xedrix volvió su atención a Sam y Dev.
—Y si mato a los humanos, infrinjo el tratado que permite que nos quedemos aquí y todos seremos enviados de vuelta al infierno Daimon para servir a la diosa-perra más grande que jamás hayas conocido —se dirigió hacia la escalera que se encontraba en el extremo de la barra—. Ahora seguidme.
Mientras avanzaban, Sam se dio cuenta de algo. Estaba caminando descalza y no captaba nada del suelo.
Qué extraño.
Su cabeza estaba completamente tranquila. ¿Era algo de Dev, o algo que el Charonte había hecho? No tenía ni idea, pero estaba agradecida por ello. Era muy bonito vivir como un ser humano normal de nuevo.
Incluso durante unos minutos. Sólo por eso, valía la pena ser un imán para los Daimon. Pero la demencia necesitaba cesar pronto ‑estaba cansada de ellos apareciendo sin invitación.
Hijos de puta descorteses e insensibles.
Xedrix les llevó a una pequeña habitación de madera a mitad de camino por el pasillo de arriba, donde había una cama, una cómoda y una pequeña mesilla con una lámpara eléctrica de estilo antiguo. Una, que estaba decorada en tonos rosas y adornos victorianos ‑muy femenina y dulce‑ una dicotomía completa para el demonio irritable y abiertamente masculino.
Deteniéndose en el marco de la puerta, Kerryna hizo un gesto hacia la puerta por encima del hombro.
—Nuestra habitación está al otro lado de la sala si necesitas algo.
Xedrix hizo un ruido de protesta, pero Kerryna hizo caso omiso de él.
Sam se puso tensa al oír el repentino llanto de un pequeño que quería a su madre procedente de la habitación contigua a la suya.
Kerryna desapareció inmediatamente mientras la mirada de Xedrix se volvía aún más feroz.
—Como he dicho, Oso, trae la guerra a mi familia y me aseguraré de que sea el último error que cometas.
Dev levantó las manos.
—Paz, hermano. Nunca haría daño a la familia de nadie. Lo sabes.
Con las facciones severas, Xedrix cerró la puerta y desapareció.
Sam empujó el dolor dentro de ella cuando el niño dejó de llorar. Recuerdos buenos y malos se colaban a través de ella, haciéndola desear de nuevo unos segundos más de tiempo con su hija. Dioses, ¡qué exasperantes habían parecido esos gritos en ese entonces!, sobre todo cuando Agaria había tenido cólicos. Sam había temido perder la cabeza mientras soñaba con un momento sin oír ese sonido otra vez.
Ahora daría cualquier cosa por oírlo una vez más. Para poder arrullar a su bebé llorando y mecerla toda la noche, incluso a pesar de los nervios crispados y la privación del sueño.
Si tan sólo hubiera sabido en ese momento cuán precioso era, habría saboreado cada latido del corazón, cada dolor de cabeza, cada pañal sucio...
Dio un respingo, deseando que los errores pudieran corregirse. Era el acto más cruel del destino que no existiera la posibilidad de un rebobinado.
Y pensando en el pasado no conseguiría nada. Así que se obligó a concentrarse en el presente y lo que era importante ahora.
—Kerryna no es un Charonte, ¿o sí?
Dev negó con la cabeza mientras se aseguraba de que no había ninguna ventana bajo la cortina falsa que daba a una pared de ladrillos.
—No. El Charonte es Atlante. Kerryna es un demonio Dimme de Sumeria.
Vale, esa era una combinación que no se encontraba a menudo y tenía que ser una historia el cómo los dos se habían conocido y terminado como una pareja con un niño.
—¿Cómo llegó a Nueva Orleáns? Es un largo camino hasta aquí desde la antigua Sumeria.
Dev se volvió para mirarla.
—Al igual que tú, estaba siendo perseguida por sus enemigos y terminó aquí. En realidad eso es una simplificación excesiva. Kerryna y sus hermanas son máquinas feroces de matar que fueron maldecidas y encerradas.
Ah, ahora eso no sonaba bien.
—¿Dónde están sus hermanas?
—Todavía están atrapadas. Ella escapó sola.
—¿Y está de acuerdo con eso?
Dev se echó a reír.
—Sí, extraño, ¿no? Al parecer la unidad familiar no era su fuerte. No estoy seguro de lo que la atrajo a Nueva Orleáns, pero una vez aquí, se encontró con los Charonte más exactamente, con Xedrix. De alguna manera se adaptaron y decidieron protegerla. Lo que me hace feliz de no ser un demonio. Porque no quiero saber qué tipo de cosas Funky Monkey permiten en su… ya sabes lo que quiero decir y sé que lo haces.
Sam dejó escapar un "Heh" ante sus palabras semi-jocosas.
—Y sus enemigos, ¿aún están tras ella?
—Probablemente, pero sólo un tonto trataría de sacarla de un hogar lleno de Charontes dispuestos a dar su vida por ella.
Eso no tenía el menor sentido para ella.
—¿De dónde vienen? ¿Por qué los Charonte están aquí en el centro de la ciudad?
Se echó a reír.
—Mardi Gras, nena. Mardi Gras. El tiempo en que toda clase de cosas raras se desatan y se lo pasan bien.
—Dev...
Se puso serio antes de darle una verdadera respuesta.
—Hace algunos años, uno de los dioses abrió el portal entre su reino y éste, queriendo dar rienda suelta a la destrucción en el mundo. Se escaparon y Acheron lo selló, permitiéndoles quedarse. Han estado viviendo aquí felizmente desde entonces.
—¿A pesar de que nos iban a destruir?
—Bueno, no ellos por sí mismos. Simplemente estaban cumpliendo órdenes y ahora que están aquí, obedecen a Acheron, que estableció las normas que han de seguir, como la de no comer seres humanos, o los devolverá a su reino. Llevan aquí algún tiempo por lo que el acuerdo parece estar funcionando.
Él le lanzó una linda sonrisa.
Sacudiendo la cabeza, Sam todavía estaba tratando de desenredar todo esto.
—¿Y cómo es que los conoces?
—Trataron de comerse a mi hermano pequeño, Kyle, quien les convenció de lo contrario. Les mostró cómo iniciar un club y funcionar en el mundo humano como ciudadanos normales ‑lo de colgar en el techo no. Han sido amistosos con nosotros desde entonces... al menos la mayor parte del tiempo.
Sam suspiró.
—Esta ciudad es tan extraña.
Dev rió mientras la atrajo hacia sí.
—Sí, pero... no hay otro lugar tan excitante.
Verdadero. Muy cierto.
Trazó la línea de sus labios con el dedo.
—Tenemos que averiguar lo que los Daimons quieren de ti.
—Bueno, los dos sabemos que no es la paz mundial.
—Definitivamente no —Dev trazó la línea de su boca hasta la esquina de sus ojos—. ¿Eres consciente del hecho de que tus ojos son verdes?
Sam jadeó.
—¿Qué?
—Tus ojos son verdes.
Se apartó de él para correr al espejo. Efectivamente, tenía razón. No le extrañó que no hubiera podido extraer nada del suelo. No tenía los poderes de Dark‑Hunter. El hecho mismo de que podía verse en el espejo era testimonio de ello. Para ayudarles a conservar su sigilo, mientras cazaban, los Dark‑Hunter no tenían reflejo, a menos que usaran sus poderes para hacerlo.
Y ahora mismo, era humana. Por lo menos, temporalmente.
—¿Es por eso que me sacaste de la pelea?
Asintió con la cabeza.
Porque sabía la verdad de lo que era. En esta forma, podían asesinarla.

Ethon Stark había hincado los dientes en la batalla. Era lo que le había protegido como ser humano. Como Dark‑Hunter, esa necesidad de sangre corría siempre a fuego lento justo bajo la superficie. Nada le daba más placer que pisotear a sus adversarios en el suelo y verlos sangrar sobre sus zapatos caros. Era para lo que el guerrero en él vivía.
Todo para lo que vivía.
Sus amigos se contaban con los dedos de la mano y en este momento uno de ellos estaba en serios problemas.
Sam.
Le odiaba, sabía eso. Pero no la culpaba. Era un monstruo y había visto la oscuridad que vivía dentro de él. La oscuridad que le volvía loco en su mejor día.
Aun así, todavía la contaba como amiga. Siempre, no importaba cómo fueran sus sentimientos hacia él. Así que él daría su vida para mantenerla a salvo ‑incluso si eso significaba la condenación eterna y una existencia tan horrible que iba a pasar el resto del tiempo gritando en la completa miseria.
Ella era digna de eso.
Con esa importante idea en la mente, se teletransportó desde el Santuario a la casa de Nick en Bourbon Street. Era un poder que no utilizaba a menudo, ya que no le gustaba que nadie supiera de lo que era capaz. El conocimiento era poder y si la menor cantidad de gente sabía sobre sus poderes, menos gente tendría que matar para mantenerlos en secreto.
Se materializó a los pies de una escalera tallada a mano.
—¡¡¡Nick!!! —gritó, acechando por las escaleras y a través de la casa en busca de aquel que les había traicionado y puesto en peligro la vida de Samia.
Nadie respondió.
—¡¡¡Nick!!!
Una vez más, sólo silencio.
Cerrando los ojos, Ethon usó los poderes para extenderse a través de la casa.
No había nadie aquí.
Nick aún debía estar con los Daimons, tramando quién sabe qué en su contra. La rabia se desató abriendo las heridas que Ethon luchaba cada día por mantener cerradas.
—Muy bien, pequeño bastardo. Mejor quédate escondido.
Tarde o temprano, Nick estaría de vuelta y Ethon le mataría.

Dev miró cuando finalmente Sam se durmió. A pesar de que era alta y un combatiente feroz, algo en ella se veía increíblemente vulnerable mientras dormía.
¿Por qué estoy tan atraído por ti?
Lo único que quería era mantenerla a salvo y eso no tenía sentido alguno. Era como si la tuviera bajo la piel y sólo estar cerca de ella le hacía sentir más vivo de lo que nunca antes se había sentido. A decir verdad, le estaba costando toda su fuerza de voluntad no quitarse la ropa, acostarse a su lado y envolverla con los brazos.
Esto no era propio de él. Por lo general, estaba más que contento con sus rollos de una noche y luego continuar con su camino tan pronto como podía.
Escuchó un ligero golpe en la puerta.
Salió de la cama y abrió para encontrarse a Ethon al otro lado.
—Chi y yo estamos en la planta baja. Los Charontes están empezando a moverse para poder tener el club listo para abrir. ¿Necesitáis algo?
—No, Gracias.
Ethon inclinó la cabeza ante él.
—Acheron ordenó retenerla aquí incluso si protesta.
—Y lo hará.
Ethon se echó a reír.
—Sí, probablemente.
Se movió para cerrar la puerta.
Dev le detuvo antes de que se retirara por completo.
—Tú y Sam parecéis algo unidos. ¿Sabes cómo se convirtió en una Dark‑Hunters?
La expresión de Ethon fue tan seca como su tono.
—Vendió su alma a Artemisa.
Dev dejó escapar un suspiro irritado por su comentario culo-inteligente.
—Estoy hablando en serio, Ethon.
Echó una mirada a la cama cuando la indecisión marcó su oscura mirada. Por último, volvió a mirar Dev y respondió:
—Su hermana le traicionó. Sam acababa de ser elegida como reina y su hermana quería la corona. Así que hizo un pacto con un grupo de Daimons para que mataran a Sam y a su familia inmediata con la intención de eliminarlos de la línea de sucesión.
Esa noticia le cayó como un golpe en el estómago. La crueldad de eso era insondable.
¿Qué clase de puta haría tal cosa?
—Tienes que estar bromeando.
—Nunca acerca de esto, niño. Creo que ese es el porqué Sam tiene el poder de la psicometría.
Dev frunció el ceño.
—No te sigo.
Ethon tragó saliva antes de bajar la voz.
—Si hubiera sabido lo que estaba pensando su hermana y lo que planeaba habría sido capaz de salvar a su familia.
De un modo extraño, eso tenía sentido.
—Entonces, ¿a quiénes hizo asesinar su hermana? ¿Sam y sus otras hermanas?
—Sam sólo tenía una hermana —las facciones de Ethon se tornaron severas. Mortales—. Mataron a su esposo, Dev, y a su hija de tres años de edad, justo frente a sus ojos mientras ella se estaba muriendo.
El dolor se estrelló contra él con esas palabras. Durante un minuto entero, no pudo respirar. ¿Cómo lo había soportado? Quería la sangre de su hermana para ella. ¿Qué clase de puta podía hacerle eso a su propia familia?
¿Su propia hermana? Su sobrina.
Y esperaba con cada parte de él que Sam hubiera ido a por el cuello de su hermana y se lo hubiera arrancado.
—No me extraña la forma que tiene de pelear.
Ethon asintió con la cabeza.
—Es por eso que no soporta sentirse impotente. Si no hubiera estado embarazada, a punto de dar a luz a su próximo niño, nunca habrían…
—¿Qué?
El corazón de Dev dejó de latir.
La expresión de Ethon le dijo que el Espartano estaba tan cabreado con lo que le había sucedido a ella como Dev lo estaba.
—Estaba embarazada cuando la mataron. Pensé que lo sabías.
—¿Cómo iba yo a saber eso? —frunció el ceño a Ethon—. ¿Cómo sabes eso?
No cabía duda de la agonía en los ojos oscuros de Ethon. El dolor y la culpa.
—Su marido era mi hermano menor.
Justo cuando pensaba que nada mas podía sorprenderlo... le envió al suelo.
—¿Qué?
Un tic empezó en la mandíbula de Ethon.
—Ioel, su marido, era mi hermano.
Dev estaba boquiabierto. No es de extrañar que Ethon la protegiera como lo hacía. Tenía completo sentido ahora.
Ethon guardó silencio mientras sus emociones se revolvieron. Había estado tan celoso de la felicidad de Ioel con su novia Amazona. Los dos habían tenido la relación más increíble. Y aunque él estaba feliz por su hermano, había estado amargado. Ioel había sido criado por su madre lejos de la cultura espartana. Mientras que él era un feroz guerrero, Ioel había llevado una vida de lujo y cariñosos mimos.
Todo lo que siempre había querido Ioel le había sido dado. Y Ethon se había visto obligado a clavar las uñas y luchar por cada pedazo de pan que podía encontrar en la cuneta. Y hasta el día de hoy, todavía podía recordar la primera vez que había conocido a Sam.
Con su armadura completa, había estado impresionante. Su entusiasmo por la vida era contagioso mientras bromeaba con sus amigos y su hermano.
Pero ella sólo tenía ojos para Ioel.
Así que había enterrado los sentimientos hacia ella y aguantó, expectante, viendo cómo se casaban y comenzaban una familia. Todo lo que habían necesitado, se lo había dado, para hacer su vida más fácil y más feliz. Su hermano no tenía que saber las duras lecciones que le habían sido embutidas por la garganta.
Y cuando Agaria había nacido, había amado a su sobrina tanto... había tenido la misma mirada de su madre. No había nada que no hubiera hecho por cualquiera de ellos.
Nada.
Hasta la noche en que habían muerto. Había estado en una batalla cuando la noticia de su muerte le había llegado. Herido y sangrando, se había dirigido directamente a su caballo en lugar de al médico. Estúpidamente, pensó que si sólo pudiera llegar a ellos sería capaz de cambiarlo.
Salvarlos. Quizás, fuera una mentira y que no estaban realmente muertos.
Para cuando les había alcanzado, Ioel y Ree habían sido incinerados y el cuerpo de Sam estaba desaparecido.
Habían encontrado los restos masacrados de su hermana al día siguiente. El salvajismo de ese acto le había dicho que Sam había tenido su venganza. Sin embargo, la verdad era que su hermana se lo había tomado con calma. Lo que Sam le había hecho había sido una muerte misericordiosa comparada con lo que Ethon le habría hecho si la hubiera encontrado primero.
Había buscado a Sam después de eso, pero nunca la había encontrado. No fue sino hasta siglos después de su propia muerte cuando ambos habían sido establecidos en Atenas.
Se habían encontrado en una batalla contra los Daimons y luego, al llegar el amanecer, le había llevado a su casa.
La sed de sangre y sus vínculos pasados les habían abrumado. Se parecía tanto a su hermano que Sam le había dado la bienvenida en su cama.
Durante sólo un instante había tenido un momento de paz.
Hasta que ella había recobrado el sentido.
Y él.
Para entonces ya era demasiado tarde. La culpa y el dolor habían sido más de lo que cualquiera de ellos podía soportar. De modo que habían seguido su propio camino, cruzando sus vidas de vez en cuando.
Sin embargo, Ethon la amaba. Aunque ella no podía soportarle. A pesar de que no tenía derecho a hacerlo. Él la amaba.
Lo haría siempre. Pero eso era el pasado. Y ahora mismo, Sam le necesitaba.
Ethon no la iba a fallar de nuevo.
Se reunió con la mirada de Dev.
—Voy a estar abajo por si me necesitas.
Dev no habló cuando Ethon se retiró. Su cabeza aún estaba conmocionada por lo que había aprendido de Sam. Dioses, lo doloroso que debió haber sido para ella ver el vínculo que compartía con su familia a sabiendas de que su hermana había tomado todo de ella.
Incluso su vida.
Sintiendo un nudo en el estómago, se sentó en la cama junto a ella y le rozó sus rizos con la mano. Su pobre Amazona. Tan feroz y orgullosa.
No había podido proteger lo que más amaba.
Ahora comprendía por qué se había asustado en la pelea y le echó al pasillo. Probablemente recordó la noche en que había muerto reaccionando por instinto. Pero él no era un ser humano.
Él era un oso.
Y se necesitaba más de un Daimon para matarle. Mucho más.
—No les dejaré lastimarte Sam —susurró mientras tiraba de sus rizos con los dedos. Hebras de seda se le enredaron alrededor de la piel del mismo modo que las extrañas emociones le envolvían el corazón.
Si los Daimons la querían, estaban a punto de conseguir la lucha de sus vidas. Y sin embargo, cuando ese pensamiento pasó por él, fue seguido por otro.
Una imagen de su muerte frente a él de la misma forma que la de su madre, mientras estaba impotente para pararlo. El dolor le laceró.
No se trataba de miedo, lo sabía.
Era una premonición.

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