Sam ahogó un bostezo mientras se sentaba frente al ordenador. Había enviado notas a todo el tablón de mensajes, foro, cuenta de Twitter, de MySpace y Facebook de Dark‑Hunters y Escuderos que se le ocurrieron. Incluso sitios que en la superficie parecían ser juegos de rol pero en realidad eran su gente escondiéndose a plena vista. Había estado escribiendo y mandando mensajes durante horas, advirtiendo a sus hermanos y sus empleados lo que se estaba gestando.
Los Daimons irían a por ellos. Y estarían enfadados.
Por un lado, podía entender su enfado. Los Daimons nacían como Apolitas, una raza de súper humanos que había sido creada por el dios Apolo. Luego, debido a las acciones de su celosa reina que ordenó la muerte de su amante humana y su hijo, habían sido maldecidos por él a morir horriblemente a la edad de veintisiete años, la misma edad que había tenido su amante cuando la reina la había matado. Su única esperanza para vivir mas allá de esa fecha era comenzar a chupar las almas humanas de sus cuerpos, pero el problema era que esas almas no estaban hechas para vivir en ellos. Tan pronto como un Daimon tomaba el alma, ésta comenzaba a marchitarse y morir y si un Dark‑Hunter no encontraba y mataba al Daimon antes de que el alma expirara, dejaría de existir.
Para siempre.
Pero, por otra parte, habiendo visto la masacre que los Daimons hicieron con toda su familia, Sam les quería completamente eliminados de la tierra. Eran repugnantes animales sin ninguna consideración por la vida humana y merecían el exterminio total. Y si fuera por sus propias manos, mejor que mejor.
—Quieres una guerra, Stryker… estoy lista para darte una.
Pero no hasta que el sol se pusiera. Malditos los dioses por esa restricción sobre los Dark‑Hunters y los Daimons por igual. Durante las próximas horas, no había nada que pudiera hacer excepto esperar.
Sam apretó los dientes mientras miraba los diminutos rayos atravesando las láminas de las persianas. Estaba en el lado opuesto de la habitación, a salvo de su alcance.
Por ahora. Pero un ladrillo bien lanzado o una pelota de béisbol y esos peligrosos rayos podrían plantear la amenaza definitiva para ella. Si le tocaban la piel, ardería como un vampiro de una película de serie B.
No queriendo pensar en eso, miró el reloj y suspiró. Era justo después de mediodía. Se había más que pasado su hora de acostarse.
No puedes matar Daimons si estás demasiado cansada para pensar. Vete a la cama, Sam. No hay nada más que puedas hacer hasta el anochecer.
Odiaba eso. No estaba en ella retirarse. Como soldado, su mentora se lo había inculcado profundamente. Las Amazonas no retroceden. A veces era posible que lo desearan. A veces deberían. Pero las Amazonas nunca se echaban atrás.
Excepto por la luz solar.
Agraviada, miró al techo.
—Sabes, Apolo, si querías mantener a la humanidad a salvo, no deberías habernos expulsado de la luz del día también.
Entonces la ventaja estaría con ellos, no con su raza maldita.
¿Por qué estás gastando aliento? Incluso si el dios griego la oía, no le importaría. Lo sabía mejor que nadie. Los dioses tenían cosas más importantes que hacer que escuchar las quejas de los humanos.
Aún así, se sentía mejor por haberlo dicho.
Cogió el vaso de agua y se dirigió hacia las escaleras que la llevarían al dormitorio en el tercer piso de su casa. La única cosa que realmente odiaba de vivir en Nueva Orleáns era que no podía tener un sótano, que era mucho más seguro que una habitación en el segundo piso. Desafortunadamente, el nivel del mar aquí era tal que un sótano se inundaba constantemente. Puesto que vivía sola, en caso de incendio o huracán, estaría a su merced.
Por esa razón la mayoría de los Dark‑Hunters tenían un Escudero humano que se quedaba en sus casas como secretario personal y guardián durante el día.
Sam no lo tenía.
Deberías haber dejado que Dev se quedara contigo.
Eso habría sido un error en más de un sentido. Mas ella no sabía si su escudo ‑lo que quiera que fuera‑ aguantaría igual si estaba dormida. Desde el momento en que se había convertido en Dark‑Hunter, no podía permitir a nadie a su lado mientras dormía. Una vez que estaba inconsciente, no tenía manera de bloquearles. Los sueños se enredaban con los pensamientos de ellos y pasaba el resto del día agitada y oyendo todo lo que habían hecho.
Había tratado una vez de tener un perro de mascota y luego un gato, pero sus pensamientos eran incluso más extraños que los de los humanos. Así que estaba relegada a la soledad eterna. No es que importara. Después de todos esos siglos, estaba acostumbrada a ella.
Al menos, eso era lo que se decía.
Bostezando de nuevo, entró en la habitación y dejó caer la bata. Unas pocas horas de sueño y estaría tan bien como nueva.
Y si ese maldito pájaro seguía pensando en comer gusanos posado en el alféizar otra vez hoy mientras dormía, le iba a disparar incluso si aquello inundaba de luz de sol la habitación.
Dev se despertó con un sobresalto. Con el corazón desbocado, usó la alta audición para escuchar cuidadosamente y ver qué le había despertado. Oyó el suave ronquido de Aimee desde su habitación por el pasillo. La actividad normal durante el día del personal trabajando…
Nada fuera de lo común. Sólo otro día normal.
Después del infierno de una increíble mañana que había terminado con él siendo mentalmente abofeteado con el dorso de la mano de una mujer.
No queriendo pensar en eso, se volvió a mirar el reloj. Eran justo después de las dos de la tarde. Maldijo. Sólo había tenido tres horas de sueño.
Vuelve a la cama.
Se dio la vuelta y cerró los ojos. Pero no importaba lo mucho que se esforzara, no lograba volver a dormir. Lo que era peor, estaba siendo perseguido por el aroma de la frustración de cierta Amazona.
—¿Qué hay de malo en mí?
Sam había dejado claro que había terminado con él. Su juguete había sido empujado de nuevo en el cajón y no quería volver a verle de nuevo. Y sin embargo, no podía dejar de pensar en ella.
Es irritante. Frustrante. Prohibida.
Y sexy como el infierno.
Nunca debería haberla imaginado desnuda… nunca debería haber ido a su casa y pasado la maldita mejor mañana de mi vida con ella.
Eso era como obligarse a no respirar. Un tío hace algunas cosas sólo automáticamente y cuando una mujer como ella le ofrece una mañana completa de sexo desenfrenado, él lo acepta.
Gimiendo, se sacó la almohada de debajo de la cabeza y se la puso sobre la cara.
Vuelve a dormir.
Apriétala, asfíxiate.
Al menos entonces saldría de su miseria.
Pero era inútil. No podría hacer nada. Se levantó. Completamente despierto. Así como la polla… maldito sea el infierno. Estaría de mal humor durante el resto del día y la noche.
No había nada que pudiera hacer. El cuerpo se negaba a volver a dormir.
Estaba todavía zumbando por el increíble sexo que había tenido, la carga de sus poderes y un insaciable deseo de repetir lo que habían hecho toda la mañana. Había tenido suerte de haber sido capaz de dormir la primera vez.
Ahora…
Inútil.
Disgustado, se levantó y fue al cuarto de baño a vestirse y tratar de meter un poco de cordura en el cerebro.
¿Cuándo has estado cuerdo?
Bueno, había que…
No le tomó demasiado tiempo ducharse, afeitarse y vestirse. Bajó las escaleras para encontrar a su hermano idéntico Quinn en la cocina, quejándose de Remi por la noche anterior. Era un sonido familiar y una perorata que había tenido una o dos veces consigo mismo.
Dev le ofreció una sonrisa ladeada.
—Sabes, podría derribarlo mientras está durmiendo si eso te hace sentir mejor.
Riendo, Quinn puso una brazada de platos al lado del fregadero.
—No me tientes. No es como si yo mismo no hubiera tenido la misma idea. Bastardo inútil.
Dev se detuvo al lado de la pila.
—¿Qué hizo?
—Volvió a fastidiar el papeleo de la noche pasada —Quinn gruñó bajo en la garganta—. ¿Cómo puede no haber leído un recibo después de todos estos años? Lo juro por los dioses… Maman tendría un accidente cardiovascular si lo viera.
Ambos se quedaron en silencio mientras las palabras quedaron colgando entre ellos y tuvieron que enfrentarse con la realidad de que a su madre no le daría un ataque de nada nunca más.
Gah, ¿cuándo esa pena dejaría de doler tanto? Durante un solo segundo la culpa le poseyó por no haber protegido a sus padres. Si hubiera sido más rápido durante el combate, podría haber salvado la vida de su madre.
Apartando a un lado ese lamento inútil, Dev enrolló la mano en la correa de la barbilla del casco que tenía en la mano.
—Deja que Aimee lo arregle. Es mejor en eso que nosotros de todos modos.
—Le diré que has dicho eso.
Probablemente Quinn lo exageraría, y Aimee se ofendería mucho incluso aunque Dev no quería decir nada con eso, excepto que ella tenía más sentido para los negocios que el resto de ellos. Mujeres. Siempre se estaban cabreando por nada.
Al igual que Sam echándole de su cama sin una buena razón real. Sólo los dioses sabían qué había dicho para que ella le echara.
Quinn comenzó a enjuagar los platos sucios antes de ponerlos en el lavavajillas.
—Entonces, ¿qué haces despierto? Normalmente no te levantas hasta la hora de la cena.
—No podía dormir.
Quinn se pasó el antebrazo por la frente para apartar un mechón perdido de cabello rubio.
—Has estado fuera esta noche, ¿verdad?
—Sí.
Su hermano dejó escapar un largo aliento de simpatía.
—Hombre, apesta ser tú.
Dev no hizo ningún comentario sobre su sarcasmo mientras salía de la zona del fregadero y se dirigía hacia la puerta que daba al club. Su hermano mayor, Alain, controlaba la barra para el lugar casi vacío. Sólo había un pequeño número de personas jugando al billar en la parte de atrás y comiendo en las mesas en la parte delantera del club.
Alain se detuvo cuando captó un vislumbre de él.
—¿Qué estás haciendo en pie?
Ese era el inconveniente de ser nocturno. Si alguna vez se levantaba antes del atardecer, su familia le tomaba el pelo con ello.
—Se avecina el Apocalipsis. Pensé que debía estar despierto para él.
Alain soltó un bufido.
—Sabes, para la mayoría de la gente, eso sería una broma. Pero por aquí…
Tenía razón. Dev probablemente no debería bromear sobre ese probable escenario.
—No muy ocupado, ¿eh?
—Te perdiste la multitud del almuerzo. Estábamos realmente cortos de mano de obra.
—¿Por qué no llamaste pidiendo ayuda?
Alain se encogió de hombros con indiferencia.
—Vosotros, chicos, estuvisteis hasta demasiado tarde tratando con el lío del demonio. No quería molestaros. Los hemos manejado sin demasiada tragedia.
—No te comiste a ninguno de los turistas, ¿verdad?
Alain gruñó.
—Nah, pero Aimee probablemente lo habría hecho de haber estado aquí.
Dev sonrió al pensar en lo irritable que podía ser su hermana cuando la gente se ponía difícil. Aimee definitivamente tenía sus momentos.
—Entonces, es cosa buena que la dejaras dormir.
—Absolutamente —Alain miró hacia el casco de moto en la mano de Dev—. ¿Montas?
—No. Estoy de pie.
Alain hizo un sonido de supremo disgusto.
—Sabes lo que quise decir.
—Sí —Dev se puso el casco bajo el brazo—. Me siento inquieto. Pensé que podía pulirme las aristas.
Alain esbozó una sonrisa maliciosa.
—Sé de algo más que podría pulir las aristas.
Dev soltó un bufido.
—Sí, bueno, no he tenido nada de eso durante un tiempo tampoco.
No iba a contarle ni siquiera a su hermano dónde había pasado la mañana. Cuanta menos gente supiera eso, mejor para él.
—Me he dado cuenta que no has estado avasallando a las chicas que vienen aquí como solías hacer. ¿Te sientes bien?
—No he muerto todavía.
Pero deseaba estarlo, en lugar de estar aquí anhelando algo que no podía tener.
Dev inclinó la cabeza hacia su hermano.
—Nos vemos en un rato.
Sin otra palabra, se dirigió hacia la puerta trasera donde guardaban escondidas sus motos. La suya era una pulcra Suzuki GSX-R 600 negra, plateada y roja del 2007. Furiosamente rápida, peligrosa y curvilínea…
Justo como prefería a sus mujeres.
Pero la verdad era que la gixxer no era lo que realmente quería estar montando. Habría preferido con mucho algo más alta y rubia, y que caminara como si fuera la dueña del mundo.
No vayas por ahí, Oso.
Si sólo pudiera detener los pensamientos con tanta facilidad. Maldición, ¿qué le pasaba con Sam que no podía enfocarse en otra cosa? Arrancó la moto, luego se puso el casco mientras se calentaba. Con la adrenalina bombeando, salió disparado del aparcamiento y se dirigió a la calle sin un verdadero destino en mente. Solo necesitaba estar lejos de su gente y los animales durante un tiempo.
Fue como una exhalación por la I-10 a más de ciento sesenta kilómetros por hora, un ritmo suicida para un humano. No era realmente inteligente para un Were tampoco. Y al final, no hizo nada para aplacar su estado de ánimo. Todavía se sentía como si estuviera al límite.
Después de una hora, se encontró bajando por la avenida St. Charles. Algunas de las más hermosas casas de Nueva Orleáns se encontraban aquí, pero era una en particular la que lo condujo a esta calle.
Sam probablemente le mataría si supiera que estaba fuera de su puerta negra de hierro forjado como un acosador loco. Él sería el primero en admitir que era espeluznante. Malditamente seguro que no le gustaría que nadie se lo hiciera a él.
Sin embargo, se sentó allí como un adolescente enfermo de amor con la esperanza de captar un vistazo de su último enamoramiento.
Necesito ayuda seriamente.
Tal vez Grace Alexander sería capaz de incluirle en su lista de clientes. Era una psicóloga que atendía a la multitud sobrenatural, seguramente podría ayudarle.
Oso, no hay ayuda para ti. Eres patético. Persiguiendo a la mujer que te echó de su cama…
No iba a discutir eso.
Dev se cerró la visera del casco, con la intención de volver a casa. Pero mientras agarraba el acelerador, una extraña sensación le bajó por la espina dorsal.
Daimons.
No cabía duda en la sensación. Era caliente y aguijoneante. Apagando la moto, puso la pata y escuchó cuidadosamente. Si conociera a Sam mejor, destellaría en su casa para ver cómo estaba. Pero ella probablemente le apuñalaría mientras le daba las gracias por ello.
Estás siendo estúpido. Aquí no hay nada.
Sólo su patético subconsciente buscando una excusa para invitarse a su casa de nuevo.
Sin embargo, no podía evitar la sensación.
Suspirando por su propia idiotez, arrancó la moto y se fue.
Sam caminó a través de una bruma de recuerdos con los que no estaba familiarizada. Docenas de niños rubios y adultos. Estaban riendo, jugando…
Muriendo. Era horrible. Hombres y mujeres en la plenitud de su juventud fueron descomponiéndose en polvo. Gritando de dolor mientras sus cuerpos envejecían y después se desintegraban.
Estaba soñando, sabía que…
¿Por qué estoy viendo Apolitas y Daimons? Peor que eso, estaba asustada y enfadada con el mundo entero. La venganza la arrasaba casi tan profundamente como lo hacía cuando pensaba en su propia familia. Quería sangre tanto que podía saborearla. La ira impregnaba todos los rincones de su ser.
¡Despierta! le gritaba el subconsciente mientras se daba cuenta de que estaba canalizando las emociones de alguien cerca de ella.
Muy cerca.
¿Por qué no me puedo mover? Abrió los ojos para encontrarse en la cama, atrapada debajo de una red de oro brillante. ¿Qué porquería es esta?
Había un hermoso hombre rubio de pie a la derecha de la cama, mirando hacia ella con una mueca sarcástica.
—No luches, Dark‑Hunter. No hay nada que puedas hacer.
Ah, eso era como decirle a una serpiente que no atacara. Empujó con todo lo que tenía.
No pasó nada.
El macho Daimon que le había hablado se rió.
—Te lo dije, no puedes luchar. Tus poderes no funcionan contra la diktyon.
Sam se encogió cuando él identificó la red que la cubría. Era un arma de Artemisa y tenía razón. La dejaba impotente. Sólo un dios podía luchar o romper su dominio.
Y aun así, no sería fácil.
Él miró a la mujer al otro lado de la cama.
—Sophie, abre el portal.
Sam movió la mano bajo la red. Si sólo pudiera llegar hasta el cuchillo que siempre ponía bajo la almohada antes de irse a dormir…
Y todo el tiempo, los recuerdos y emociones de ellos se vertieron en ella con una ferocidad que era desconcertante y confusa. Pero al menos le daba alguna información sobre ellos y cómo atacarles con palabras.
Sam unió su mirada con la del hombre.
—Sabes, tienes razón, Karos. Sophie te ha estado engañando con tu mejor amigo… ¿cuál es su nombre? ¿Jarret? Ella no va realmente con su hermana como te dice. Te está traicionando, cariño, y disfrutando cada minuto de ello. Piensa que eres un patético desperdicio de Daimon.
La cabeza de él se disparó hacia la mujer.
—¿Qué?
Las hermosas facciones de Sophie palidecieron.
—No es cierto. Está mintiendo.
—¡Y una mierda!
—Te lo juro, Karos. No he estado cerca de él.
Sam resopló.
—No en las últimas seis horas de todos modos. Pero anoche… estaba definitivamente cerca, o sin nada si estás hablando de ropa.
Él apretó los labios hacia su esposa.
—Sabía que vosotros dos estabais tramando algo. Eres una puta mentirosa —rodeó la cama y la abofeteó con fuerza en la cara.
Ella se lo devolvió con un impresionante puñetazo.
Mientras ellos luchaban, Sam liberó la mano lo suficiente para poder usar su telequinesis para atraer el cuchillo hasta la mano. Trató de cortar la red, pero gran sorpresa, no funcionó.
De repente, el cuchillo salió volando de su mano.
Maldiciendo, Sam miró para encontrar otro Daimon, una mujer joven, de pie en las sombras.
—Buen intento, pero no va a funcionar —miró a los combatientes—. Si no os detenéis, voy a arrancaros a ambos las columnas vertebrales. Abrid el portal y llevemos esta basura a Stryker antes de que cause un conflicto mayor.
Stryker. Sam le recordaba de los recuerdos de los Daimons. Oh, dioses, estaban planeando llevarla a la Central Daimon.
La matarían allí. ¿Por qué más querrían a un Dark‑Hunter en sus dominios a menos que fuera en sus intestinos?
Voy a ser su entretenimiento.
Entró en pánico mientras luchaba contra la red. Una niebla verde brillante apareció en una esquina de la habitación. Se hizo más grande hasta que fue lo suficientemente amplia para que caminaran a través de ella.
Sophie entró primero mientras el hombre se acercaba para coger a Sam de la cama.
Sam se sacudía y luchaba tanto como podía, pero era inútil. La red no la dejaba moverse. Él la levantó como si no pesara nada en absoluto y la acunó en los brazos.
Voy a morir.
Lo sabía con todo lo que tenía. Nadie sabría jamás lo que pasó con ella. Los Daimons la llevarían a su reino y quién sabía qué harían con ella antes de terminar con su vida.
Así que así es como termina mi vida. No en combate conmigo llevándome a tantos como me fuera posible. No en un heroico acto de sacrificio.
Iba a ser llevada a su tumba en brazos de sus enemigos.
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