miércoles, 4 de enero de 2012

Cap 4

Tenemos un problema.
Sentado en el sillón de piel frente al fuego de su estudio, Stryker levantó la vista del libro que estaba leyendo para encontrarse con su más reciente Alto General, y segundo al mando, parado frente a él. No le gustaba que sus soldados se materializaran sin advertirle primero. Si no fuera su hija y si no se pareciera tanto a su madre a quien amaba más que a nada en el mundo, la mataría por la intromisión.
Irritado con ella giró la página lentamente antes de responder a su explosión emocional.
—Yo no tengo ningún problema, Medea. ¿Te molestaría decirme el tuyo?
Con una expresión irritada que retorció sus hermosas facciones en un ceño fiero, Medea le miró con furia, otro rasgo que compartía con su ardiente madre.
—¿El demonio que escapó de tu fiesta, al que Phrix atacó con tu juguete nuevo? De aquí se fue al santuario donde explotó sobre uno de los osos.
Tuvo que evitar alzar la comisura de la boca por lo gracioso de esa singularidad. Lástima que se perdiera ver al oso rociado con entrañas de demonio. Eso tuvo que haber sido divertido.
—Y eso me preocupa, ¿por qué?
—Los Dark‑Hunters no lo saben a ciencia cierta, pero creen que caminamos a la luz del día. El gato proverbial escapó de su bolsa y se ha cagado sobre tus cuidadosamente trazados planes… Padre.
Oh, eso era de verdad molesto e hizo que quisiera arrancarle el corazón a alguien. Por suerte para Medea, la amaba lo suficiente para frenar ese impulso
Por el momento.
Stryker maldijo la pérdida de la ventaja sobre sus enemigos. Eso era algo que no podía permitirse.
—¿Y cómo lo sabes?
—Tengo un espía en el club que escuchó a los osos y lobos hablar de ello. Felicidades, Padre. Estamos oficialmente jodidos.
Ignoró el sarcasmo.
—¿ tienes un espía en el Santuario? —Estaba impresionado por su impulso e iniciativa.
Esa era una de las muchas razones por las que había remplazado a Davyn por ella. Davyn tenía aún algo que decir acerca de ser remplazado. Por su puesto, no tenía más remedio que vivir con ello.
Si no, Stryker le mataría por atreverse a protestar. Aunque para ser honesto, Davyn había parecido más bien aliviado de ser quitado del mando. Pero eso no importaba aquí ni ahora.
Medea cruzó los brazos sobre el pecho.
—Tengo muchos amigos en los barrios bajos —le dedicó una mirada que definitivamente había sido heredada en su mayoría de la personalidad mordaz de su madre—. Familia también.
Y no podía estar más orgulloso a pesar de que era una acusación obvia. Otra de las razones por las que la había promovido. A diferencia de Davyn, no le daba la impresión de que fuera a mearse cada vez que tenía una audiencia con él.
—Buena chica. ¿El espía te dijo algo más que sea pertinente?
—La esposa de Acheron está embarazada de tres meses.
Stryker se paralizó mientras una ira cruda le alcanzaba.
Una de las causas eran los celos, pura y simple. No era justo que Acheron pudiera engendrar mientras esa capacidad había sido arrancada de él y sus compañeros Daimons por algo que ellos ni siquiera habían hecho o incluso participado. Como Apolitas, ellos podían tener hijos ‑durante un breve periodo en sus seriamente truncadas vidas. Pero en el momento en que se rehusaban a recostarse y sufrir una horripilante muerte a la edad de veintisiete, cuando ellos se convertían en Daimons, ese derecho terminaba.
Maldito Apolo. Por eso, entre muchas razones, quería sostener el corazón de Apolo en un puño y darse un festín con él.
La segunda razón del enfado era que no podía tocar a la esposa de Acheron sin importar lo mucho que lo deseara. Dioses, cómo apestaban las alianzas.
La madre de Acheron, la diosa Apollymi, era su benefactora y la madre adoptiva de Stryker. Pero por Apollymi, tenía una manera de paralizar a los Dark‑Hunters para siempre. Derrocar a su debilitada reina ‑la esposa de Acheron‑ y su rey le seguiría. Las mujeres embarazadas siempre eran un blanco fácil y Acheron la amaba en tal grado que nunca superaría el perderla. Era una doble oferta difícil de resistir.
Pero Stryker tenía suficiente autopreservación para dejarlo ir. Matar a Soteria enfurecería a la diosa a la que servía y nadie que tuviera cerebro enfurecía a Apollymi. Como la diosa atlante de la destrucción, esgrimía una desagradable tendencia a destripar a todo el que la irritaba.
Incluso a Stryker.
Maldición.
Sin embargo, no era del todo malo. Si Soteria estaba embarazada, Acheron estaría distraído y no se aventuraría lejos de casa. Estaría demasiado preocupado de que sus enemigos, especialmente Artemisa, fueran a por su esposa para hacerle daño a ella o al bebé. Y teniendo en cuenta lo que le había sucedido a la hermana y al sobrino de Acheron cuando les había dejado solos y su propia culpabilidad sobre sus muertes… el atlante estaría casi neutralizado por el miedo…
Stryker podría trabajar con eso.
—¿Qué significa esa sonrisa, Padre?
—Significa que se está tramando algo, querida. Algo sangriento y peligroso. La única pregunta es quién es el objetivo, y reza a los dioses que la respuesta no seas tú.
Stryker sonrió ampliamente mientras Zephyra se les unía. Era sin duda la mujer más hermosa que jamás haya vivido. La simple visión de ella o su olor le hacían ponerse tan duro que era todo lo que podía hacer para no desnudarla y tomarla sin importar la audiencia.
Esa mujer se movía como una brisa que fluye, graciosa y lenta. Seductora. Y a su vez tan rápida que podía tornarse viciosa sin previo aviso. Su largo cabello hacía que los dedos le picaran por tocarlo. Se detuvo junto a Medea para abrazarla y la visión de ellas juntas hizo que el corazón se precipitara. Sus chicas. Parecían más hermanas que madre e hija y eran la única cosa en el universo que significaba algo para él.
A excepción de su hijo.
El dolor laceró su felicidad mientras intentaba no pensar en lo mucho que Urian le odiaba y el porqué.
Pero eso no era el tema central de esto. Tenía asuntos mucho más urgentes que el odio abyecto de su hijo por algo que no podía cambiar.
—Los Dark‑Hunters son plenamente concientes de nuestros recién adquiridos poderes.
Zephyra gruñó con ira mientras se apartaba de Medea para colocarse frente a su sillón.
—Eso da un giro a nuestros planes. Se estarán fortaleciendo ahora mismo. Maldita escoria podrida.
Medea se burló.
—Sus protectores son humanos patéticos. ¿Desde cuándo nos preocupamos por el ganado? Yo digo que hagamos un festín con ellos y masacremos a los cazadores mientras duermen.
Ah, su espíritu de lucha sediento de sangre, le enorgulleció.
Pero Zephyra negó con la cabeza. Sabía la misma lección que Stryker.
—No te vuelvas muy engreída, niña. Nunca subestimes a un humano en modo supervivencia. Pueden ser bastante ingeniosos cuando están acorralados. Capaces de cualquier cosa.
Stryker estuvo de acuerdo.
—La clave es no atacarlos todavía. Lo están esperando en este momento. Mantenlos especulando y eventualmente, bajarán la guardia. Es demasiado agotador para ellos mantenerse tensos. Por no mencionar el hecho de que aún estamos en proceso de convertir a nuestro ejército.
Hablando de criaturas ingeniosas y altamente irritantes, los demonios que tenían que usar para hacer que su gente pudiera caminar a la luz del sol se estaban escondiendo de ellos.
Bastardos cobardes. ¿Por qué no podían recostarse y morir para ellos? No es como si los demonios tuvieran algo por lo cual vivir de todos modos. Eran repugnantes y no tenían un uso real en el mundo. Él y su gente les estaban haciendo un favor al sacrificarlos de modo que los feos insectos no tuvieran que mirarse al espejo.
Stryker volvió la atención a su hija.
—Una vez que nuestros números sean fuertes, bueno… —hizo una pausa cuando sus anteriores palabras le atravesaron nuevamente y le removían algo en el cerebro—. Medea… ¿cómo saben los Were‑Hunters sobre nosotros? ¿El demonio habló antes de explotar?
—No. Me dijeron que había una Dark‑Huntress que era capaz de tocar sus viscosos restos y ver lo que estaba sucediendo.
—¿En serio? —Ahora, eso era interesante. Stryker se quedó en silencio mientras la mente se ponía a toda marcha. Una Huntress con psicometría… ese era un talento extremadamente inusual. Tan raro, que nunca había oído hablar de un Dark‑Hunter que lo tuviera. Oh, esto podría ser una bendición disfrazada y algo más—. ¿Cuán profundos pueden ir sus poderes?
—No lo sé. ¿Por qué?
Se encontró con la mirada de Zephyra. Al igual que Medea, le estaba frunciendo el ceño.
—La necesitamos.
Los ojos de Phyra se oscurecieron con airada sospecha.
—¿Para qué la necesitas exactamente?
Se tragó la risa antes de que pudiera ofenderla y le atacara por ello. Su esposa siempre estaba celosa. No es que tuviera algo de qué preocuparse en lo que a él concernía. No había otra mujer en el universo que fuera su igual ante sus ojos.
—Si puede tocar a alguien o sus pertenencias y descubrir secretos, debería tener la habilidad de decirnos cómo capturar a Apolo. O mejor aún, descubrir una manera de romper la maldición y liberar a nuestra gente.
La nueva luz en sus ojos le dijo que no sólo lo entendía sino que estaba de acuerdo.
—Pondré a los mejores en ello.
Stryker asintió. Si lo que sospechaba era cierto… no sólo serían capaces de matar a todos los Dark‑Hunters, sino al padre de su raza.
Entonces, el mundo les pertenecería y nada podría detenerlos. Por fin, haría sangrar a Apolo de la misma manera en que Apolo le había hecho sangrar a él.
Y todos los Dark‑Hunters morirían.
Тω Ξίφει τον Δεσμόν Ελυσε. Por la espada, desataría el nudo.
Y los Apolitas y Daimons tomarían su lugar como gobernantes de todas las subespecies, lo que era todo el mundo.
No podía esperar.

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