miércoles, 4 de enero de 2012

Cap 2

Después de enviarles el mensaje a los otros Dark‑Hunters de Nueva Orleans acerca de lo que estaba pasando, Samia se pasó las siguientes ochos horas patrullando mientras se mantenía en contacto intermitente con Chi. Ninguna de ellas encontró nada inusual. Ni un solo Daimon parecía estar fuera esta noche. Los únicos depredadores en la calle eran los humanos y aunque Sam había ahuyentado a los que se había encontrado, ellos no eran la mayor amenaza del mundo.
Sólo creían que lo eran.
Como le gustaría alimentar con ellos a algunas de las cosas que había estado asesinando durante siglos. Mostrarles como eran los verdaderos malos. No tenían ni idea de cuán insignificantes y débiles eran realmente. Una dosis de la realidad podría irles bien.
Su teléfono vibró. Bajando la mirada, vio que era Chi. Lo abrió y respondió.
Chi dejó escapar un largo suspiro.
—Aún nada. Voy de regreso a casa para descansar mis pies y comer algo. Te alcanzo más tarde.
—Está bien —dijo Samia al móvil mientras miraba de nuevo hacia la siniestra luna. Un escalofrió le bajó por la espina dorsal—. Te veo mañana por la noche. Duerme bien y no dejes que te muerdan los Daimons—. Colgó el teléfono y miró la hora.
Las tres de la madrugada. Casi tres horas para el amanecer. Por un lado, Chi tenía razón y estaban perdiendo el tiempo en las calles. Por el otro…
Simplemente no podía irse.
Algo estaba ahí y quería agarrarlo por la garganta y golpearlo contra el suelo. La única pista sobre lo que podría ser había venido de Dev.
Decidiendo interrogar al oso nuevamente, Sam se dirigió de vuelta al Santuario.
No le tomó mucho tiempo llegar al edificio de ladrillos rojos donde el símbolo del Santuario ‑la silueta de una oscura colina con una motocicleta estacionada en ella y la luna llena de fondo‑ se cernía sobre las puertas. Una pareja de hombres humanos borrachos salieron tambaleándose y se metieron en un taxi mientras reían y bromeaban entre ellos.
Se detuvo en las sombras para observar a Dev apoyado contra el muro, ignorándolos. Tenía puesta una chaqueta con los brazos cruzados sobre el pecho. Un observador casual podría pensar que él estaba echándose una cabezada en el trabajo. Pero Sam distinguió que sus ojos estaban entrecerrados. Aún abiertos. Aún alerta. Era consciente de todo lo que sucedía a su alrededor y mientras parecía que estaba en reposo, estaba tenso y listo para saltar a la acción en un solo latido de corazón.
Impresionante. El guerrero en ella podía apreciar cuán difícil era mostrarse así de relajado mientras todos sus sentidos se encontraban en alerta. Pero no era solo eso lo que la impresionaba. Había una innegable aura de poder rodeándole. Una que le decía a cualquiera que entrara en contacto que era letal cruzarse con él. Dejando a un lado su carácter, Dev era un depredador desde el fondo de su alma.
Y uno desagradable. Era de la clase que podía asesinar sin sentir remordimientos.
Como ella.
Un músculo se flexionó en su esculpida mandíbula haciéndola preguntarse si él estaba escondiendo un bostezo. Más que eso, la señal de ese músculo trabajando envió un escalofrió de calor a través de ella. No sabía por qué él era tan irresistible, pero aún así algo en ella quería caminar hacia él y frotarse contra su largo y duro cuerpo.
Si tan solo pudiera…
Hubo momentos en el pasado cuando la soledad la había alcanzado. Momentos en los que había vencido a su sentido común y en los que había cedido a esa necesidad de compañía. Oh, ¿a quién engañaba? Sin compañía podía estar. Era el primitivo sexo animal lo que había anhelado.
Eso era lo que realmente extrañaba.
Pero cada vez había sido un error brutal. Estar así de cerca de otra persona la sobrecargaba con sus emociones, inseguridades y recuerdos. Vio cosas sobre ellos que no quería ver. Antiguas novias y esposas, bajo autoestima, egos narcisistas, fantasías pervertidas.
El sexo nunca funcionaba cuando se podían ver y oír con claridad los pensamientos de alguien.
Aún peor, a ella no le gustaba mentir para echar un polvo o tener que esconder los colmillos y sus otros hábitos nocturnos. Esa fue la verdad razón por la que se había acostado con Ethon. Él había sabido quién y qué era ella y honestamente, había sido agradable ser completamente abierta y honesta con un amante.
Si solo su ego no hubiese ocupado más de la mitad de la habitación.
Sin mencionar las otras cosas que ella había visto. Cosas que aún hoy la perseguían. Pobre Espartano. Nadie merecía su pasado. No era de extrañar que incluso como Dark‑Hunter fuese temerario hasta el suicidio. Como ser humano había amado de una manera en que pocas personas podían y de un modo que nadie que le conociera ahora podría sospechar.
Como sufría por él.
Pero el oso no era Ethon. Y ella no estaba aquí para conseguir un compañero de cama. Estaba aquí por información.
Dev sintió el vello de la nuca erizarse. Alguien estaba observándole. Podía sentirlo con cada instinto animal que poseía. Incluso cuando quería ir a buscarlos, se obligó a mantenerse perfectamente quieto. Que piensen que estaba totalmente desprevenido. Si decidían atacar, encontrarían el final del asunto en sus garras.
Al menos esos eran sus pensamientos hasta que capturó una esencia en el aire que lo puso instantáneamente duro como una roca.
Samia Savage.
Gah, ¿qué estaba mal con él que la simple esencia de su piel podría aumentarle la presión arterial? Probablemente el hecho de que ella estaba fuera de sus límites. La lujuria de la fruta prohibida. Había arruinado a muchos hombres y aún a más osos.
—Te veo, Dark‑Hunter —era mentira. No tenía idea de donde estaba ella, pero decir que la había olido podría ofenderla. Las mujeres podían ser así de raras.
—También te veo, Oso. Difícil no hacerlo ya que estas parado bajo una luz.
Ella estaba a la izquierda. Enderezándose, se alejó del muro mientras se acercaba lentamente hacia él. Que lo condenaran si no era la cosa más sexy que había visto en un largo tiempo. La manera en que se movía.
Era criminal.
De nuevo tenía puesta la chaqueta así como un par de gafas de sol opacas. A pesar de ello, recordaba lo bonitos que sus ojos habían sido y eso le hizo preguntarse cuál era su color real. Todos los Dark‑Hunters tenían ojos marrón oscuro. No importaba de qué color fueran los ojos con los que habían nacido, al momento en que renacían, además de ser extremadamente sensitivos a la luz, sus ojos eran tan oscuros que eran casi negros. Si alguna vez tenían la suerte suficiente para recuperar sus almas de Artemisa, el color de los ojos volvería a su color humano y se harían mortales de nuevo.
Por alguna razón, el tenía una imagen de Sam con brillantes ojos verdes.
Estas siendo tan estúpido.
Si, lo era. Nunca había sido del tipo de hombre romántico. Venía con el paquete de la mitad animal. El romance era para los hombres que tenían que rogar por mujeres. Algo que jamás había sido su problema. Parte de la bendición o maldición, dependiendo del punto de vista, de ser un Were era el intenso magnetismo animal que causaba que los humanos le buscaran y desearan acariciarle. Ese atractivo definitivamente era útil.
—Pensé que estarías en casa ahora —dijo mientras ella se acercaba. Entonces se dio cuenta de cuan estúpido era ese comentario ya que él estaba parado justo en frente de la motocicleta de ella.
Arr… bien podría llevar puesto una señal que dijera. Soy un idiota, por favor ayúdame a recordar donde vivo. Oh, sí, justo detrás de mí.
En mi defensa, era tarde y toda la sangre había escapado de mi cerebro a la parte central de mi cuerpo.
Ella no hizo comentario alguno sobre su flagrante estupidez mientras se detenía frente a él y le dirigía una sonrisa callada. Esas gafas mantenían sus ojos ocultos, pero podía sentir su mirada en el cuerpo como un contacto físico y le hizo ansiar que su mano le acariciara la piel.
—Quería hacerte más preguntas sobre tu alucinación.
—Por favor dime que es sobre esa en la que confundes mi cuerpo con un polo.
Ella dejó escapar una risa corta.
—¿De dónde vino eso?
Fácil. La imagen que tenía en la cabeza en este preciso momento de ella desnuda en su cama.
—Un oso puede soñar, ¿verdad?
—Un oso puede soñar. Pero esos sueños también pueden despellejarle.
—¿Estarás desnuda cuando me despellejes?
Ella negó con la cabeza.
—¿Todo regresa a lo de estar desnudo?
—No todo. Sólo cuando una hermosa mujer está involucrada y solamente si soy realmente suertudo… ¿alguna oportunidad de que pueda tener suerte esta noche?
Ella dejo escapar una breve exclamación de sorpresa.
—¿Estás seguro de que eres un oso y no un perro en celo?
El rió.
—Lo creas o no, normalmente no soy así de malo.
—¿Por qué será que no te creo?
—Probablemente porque he sido realmente malo esta noche —le guiñó el ojo—. Me detendré. ¿Dijiste que tenías una pregunta que desafortunadamente no involucra desnudez?
Sam tuvo que obligarse a mantener una expresión seria mientras el continuaba tomándole el pelo. No bajes la guardia. Los hombres como Dev sólo querían una mujer por unas pocas horas y entonces se acababa.
No importaba cuan lindo fuera él, no era su tipo y definitivamente no estaba interesada en conocer los fantasmas internos de su mente.
—El Daimon que crees que viste… ¿te dijo algo?
—No realmente. Sólo preguntó cuándo reabriríamos.
—¿Recuerdas su aspecto?
Él le dirigió una seca mirada antes de responder en tono bajo.
—Rubio y alto.
Samia puso los ojos en blanco. Todos los Daimons, a menos que se tiñeran el cabello, lo que era raro, eran rubios y altos.
—¿Algo más?
—Tenía colmillos y ojos oscuros.
Como cada Daimon que había visto.
—Realmente no eres de ayuda… ¿te importaría que te tocara?
Su ceja derecha se alzó antes de que esa familiar luz burlona viniera a sus ojos azules.
—¿Tocarme, donde?
—Deja de ser un pervertido durante tres segundos. Sólo quiero ver lo que viste ese día.
Se alejó de ella.
—No voy a dejarte entrar en mi mente, chica. Podrías robar mis contraseñas o algo.
—No quiero tus contraseñas.
—Ajá —la dudosa expresión del rostro era realmente adorable—. Eso es lo que dicen todos, entonces la siguiente cosa que sabes es que están en tus cuentas bancarias robándote el dinero y usando tu cuenta de Facebook para baspornear y hacer que te bloqueen de por vida. No gracias.
—¿Baspornear?
—Basura Porno. No pongas esa mirada inocente como si no supieses de qué estoy hablando. Sé todo sobre ti y tus compañeras Amazonas. He oído historias. He visto las noticias y todo eso. No te dejaré aproximarte a mi cerebro y eso es todo. La última cosa que quiero es olvidar como Miss Febrero luce en toda su gloria.
Sam quería estar molesta por lo ridículo de su arrebato, pero era muy gracioso.
—Deja de ser un bebé y dame tu mano.
Se alejó otro paso.
—No.
—¿Hablas en serio?
—Por supuesto que sí. No te quiero en mi mente. La última vez que una mujer leyó mis pensamientos salí abofeteado tan fuerte que mis oídos todavía silban por ello. Y como un oso guardián, necesito mi oído intacto. Podría ser fatal perderlo.
—Voy a abofetearte de nuevo si no dejas de ser un bebé.
Gruñó como un oso enjaulado. Impresionante sonido. Pero ella había llevado alguna vez zapatos hechos de la piel de animales más duros que él y eso había sido antes de que tuviera sus poderes de Dark‑Hunter para respaldar sus habilidades.
—No estoy intimidada.
—Deberías estarlo. Porque esa es la única advertencia que planeo dar —Dev realmente no quería hacer esto. Nunca había sido de los que dejaban que vieran dentro de él. Era una intromisión y era grosero—. No puedo hacer énfasis suficiente en lo mucho que no te quiero en mi mente.
—¿Qué es lo que tanto miedo tienes de compartir?
—Mi ropa interior sucia.
Mientras se burlaba trato de tocarle.
—No quiero eso. Vamos, Dev.
La rehuyó de nuevo.
—Vamos Dev, nada. Mis pensamientos son míos y no te veo dejando que mi mente se fusione con la tuya.
Siguió tratando de tocarle, pero él era realmente rápido y se precipitaba fuera de su agarre todo el tiempo.
—Eso es porque no tengo nada que mostrarte que sea importante para ti. Sólo quiero ver como era el Daimon. Es lo único que tomaré, te lo prometo.
—Sí, claro. Honestamente, ¿puedes controlar tus poderes así de bien?
Ella se sonrojó.
—Ah, ves. Lo sabía. Vas a ir a cavar allí y yo me voy a olvidar de cómo hacer origami o algo así. O peor, empezaré a orinar en las esquinas y a eructar en momentos inadecuados.
—Como si ya no lo hicieras, de todas formas.
—¿Estas describiéndome porque soy un tío o un oso? —el tono era bastante ofendido—. Señora, usted no me conoce lo suficientemente bien como para hacer esa observación, y para que conste, tengo un montón de hábitos no-oso. Incluso bebo té en una mierda de taza rosa y floreada.  ¿He mencionado lo mucho que me irrita mi hermana?
Hizo caso omiso de su diatriba mientras le traía de vuelta a su tarea.
—No te dolerá.
—Sí… y la cosa resplandeciente es sólo un examen de la vista.
¿De qué diablos estaba hablando ahora?
—¿La qué?
—¿La cosa resplandeciente? ¿Nunca viste a Will Smith en Hombres de Negro?
—Uh… no.
Él suspiró.
—Estás tan necesitada.
—Y tú eres tan raro. ¿Hay alguien más que haya visto el Daimon y que no me tenga miedo?
—No te tengo miedo. Estoy asustado del daño cerebral que vas a provocarme. Sin ofender pero necesito las últimas tres células cerebrales que me funcionan.
—Nunca le he provocado a nadie un daño cerebral haciendo esto.
—Ajá —arrugó la nariz—. Que tú sepas. ¿Le has sacado tomografías a cada persona a la que le has hecho esto? ¿Sabes si tomaste o no una porción del cerebro de la memoria a largo o corto plazo?
No, pero eso no era realmente un problema. Ella no iba a irradiarlo o algo por el estilo.
—¿Algo paranoico?
—Absolutamente. Si observaras esta puerta durante un par de cientos de años y vieras la mierda que pasa por aquí. Tú también estarías paranoica. No quiero ningún mojo abracadabra revolviéndome la cabeza. Si quiero jugar juegos mentales, descargaré sudokus en mi iPhone.
Sam sujetó las manos en alto en señal de rendición. No tenía sentido discutir con alguien que era tan terco.
—Muy bien. Lo haré sin tocarte.
—Ah, ahora eso es de mala educación. —Entornó los ojos hacia ella.
Sam sabía que tenía algo en mente y cuando volvió a hablar, se quedó boquiabierta con sus intenciones.
—Bien entonces, si eso es lo que quieres. Empieza a hurgar en mi cabeza y me quedaré aquí y te desvestiré con mis ojos hasta que estés totalmente desnuda. Para que lo sepas, te estoy imaginando simplemente con un tanga rojo. Sin sujetador… tal vez un par de adhesivos rojos… no, mejor aún, pintura para los pezones con sabor a fresa y estoy cubriéndote el cuerpo entero con miel.
Sam hizo una mueca.
—Eres un cerdo machista.
—Soy un oso galante y tienes suerte de que tolere que picotees a través de mi cerebro. La última persona que lo intentó me comí su cabeza y, además, debo sacar algo de esto antes que destruyas mi lóbulo frontal y hagas que se me caiga la baba y deba aprender cómo utilizar los utensilios para comer. ¿Alguna vez has tratado de hacer eso cuando eres un oso? No fue fácil la primera vez. Lo último que quiero hacer es volver a aprenderlo a mi vetusta edad.
Ella volvió a poner los ojos en blanco ante su histeria injustificada.
—No creo que esa sea la parte del cerebro que controla el babeo.
—Pero no lo sabes con seguridad, ¿verdad? No, no lo sabes. Porque eres una necrologista de Daimons, no una neuróloga de Were‑Hunters. No sabes el daño que puedes hacer hasta que sea demasiado tarde y entonces las palabras Lo-siento-Dev-he-quemado-tu-cerebro no servirán de nada. Probablemente ni entienda tus disculpas porque habrás enredado en ese área de Wernicke de mi cerebro y habré vuelto a la infancia.
Haciéndole caso omiso, cerró los ojos y se acercó a él con sus poderes.
—Si te hace sentir mejor, no me gusta hacer esto.
—Para que conste, a mí tampoco. Pero mientras que estás allí si encuentras mi iPod nano, házmelo saber. Lo he buscado durante días. Es lo menos que podrías hacer, señora Indiscreta, el decirme dónde encontrarlo.
Él era tan extraño.
Sam respiró profundamente y mientras estaba distraído, extendió la mano y envolvió la mano en su cabello antes de poner el puño en el cuello descubierto. Se rió triunfalmente mientras maldecía. Pero ya lo tenía y no podía separarse sin perder el pelo. No tenía la menor idea de porqué conseguir algo más de él la hacía sentir tan bien, pero lo hizo.
Hasta que se dio cuenta de que no leía nada de él.
Nada.
¿Qué...?
No era posible. Tocaba a alguien y los pensamientos desangraban. Pero no esta vez. Dev estaba completamente en blanco para ella.
No tenía nada.
Él le apartó la mano del cuello e hizo una mueca cuando perdió algo de pelo.
—Ese fue un truco sucio.
Hizo caso omiso de su ira.
—Estás vacío.
—Bueno, tú no eres tan genial, señora.
Negando con la cabeza por su tono ofendido.
—No, no es eso lo que quise decir. No puedo leerte. En absoluto. Es como… —como si ella fuera normal.
No es posible. Ella enterró la mano otra vez en el suave pelo.
Todavía nada.
Dev comenzó a empujarla, pero dos cosas le retuvieron. Una, que no quería que ella le arrancara un puñado de cabello y dos…
Que ella se sentía muy, pero que muy bien tan cerca suyo. El olor de su piel le llenó la cabeza y todo lo que pudo ver fue la imagen que le había dicho que se iba a imaginar. Todos los nervios del cuerpo se dispararon mientras miraba su propio reflejo en las gafas de sol y la vio desnuda justo enfrente. Antes de que pudiera detenerse, le quitó las gafas de sol oscuras y le levantó la barbilla.
No lo hagas.
Pedirle que se detuviera era como pedirle a una roca que flotara ‑una tarea imposible. Con el cuerpo hambriento por ella, bajó la cabeza y probó el cielo. Sus labios suaves encontraron los suyos y respiró dentro de él.
Los sentidos de Sam se dispararon mientras disfrutaba el calor del beso de Dev. Rudo y exigente, le saqueó la boca y la dejó sin aliento. Pero no fue sólo el beso lo que la encendió, también era el hecho de que no pudiera sentir sus emociones mientras la besaba. Oír sus pensamientos. Por un momento, y por primera vez en más de cinco mil años, no oyó nada más que los latidos de su propio corazón. Sintió sólo sus sensaciones.
No las de él. Ni siquiera un poquito.
La realidad estalló en ella y la puso más hambrienta de lo que había estado nunca. Podría acostarse con él y no estar angustiada por ello.
El corazón se desbocó, profundizó el beso, queriendo saborear cada lametazo y toque de la manera que había hecho cuando había sido humana.
Las hormonas de Dev patearon a toda marcha cuando ella deslizó las manos sobre él, atrayéndole cada vez más cerca… como si quisiera arrastrarse dentro de él. Extendió la mano entre ellos para ahuecarle entre los vaqueros. Nada podría haberle puesto más caliente. Bueno, no es del todo cierto. Si hubieran estado desnudos, con ella de rodillas, sin duda le habría vuelto más caliente. Pero esto estaba malditamente cerca.
Dio la vuelta con ella y la presionó contra la pared. Levantó las piernas para envolverlas alrededor de su cintura y apretarle estrechamente entre los fuertes muslos.
Oh sí… Si estuvieran desnudos, estaría en éxtasis total y en este momento lo único en lo que podía pensar era en estar dentro de ella.
—¡Dev! ¡Pelea!
Dev saltó al oír la voz del Colt en el auricular ‑a esta hora de la noche trabajaba un equipo mínimo, lo que quería decir que Colt y él eran los únicos músculos despiertos en el bar‑ el resto de los hombres estaban en su turno libre y muy probablemente durmiendo. El único personal en la barra era Aimee y la nueva camarera humana, que tenía el tamaño de un esquelético niño de doce años. Como no sabía si la amenaza era humana o sobrenatural, no podía ignorar la llamada.
Maldita sea. Podía matarles por el inoportuno momento.
Se encontró con la sorprendida mirada de Sam.
—Lo siento, amor. Tengo que irme.
Ella asintió con la cabeza, dejando caer las piernas y liberándole.
Quienquiera que hubiera hecho esto, mejor que se estuviera muriendo, porque si no pronto lo estaría. Rechinando los dientes por la frustración, esquivó las puertas para dirigirse a la trifulca.
Sam maldijo por la frustración mientras le seguía para ver qué estaba pasando.
Vale, realmente no soy así de mujerzuela. Sólo que hace tanto tiempo que no había tocado a un hombre sin tener que lidiar con sus problemas, que las hormonas se habían tragado el sentido común. Y honestamente, le quería de regreso para otra ronda…
Una que durara mucho más de tres minutos.
Tratando de no pensar en eso, se fue a ayudarle con todo lo que estaba sucediendo.
Efectivamente, había una gran pelea ante la barra entre dos humanos moteros. Dev cogió al más grande y le apartó del hombre más pequeño al que había estado dando de puñetazos mientras que otro macho Were se ponía entre los combatientes.
El humano más grande aporreó duro a Dev en la cara.
Dev ni se inmutó cuando cogió al humano por la camisa y le empujó hacia atrás.
—Chico, golpea la puerta del diablo y te enviará de cabeza contra la pared.
—Jódete —se movió para golpear otra vez a Dev.
Dev se agachó, giró en torno al hombre, y le lanzó con tanta fuerza hacia la pared que su cabeza dejó una marca en las placas de yeso. El hombre se tambaleó hacia atrás dos pasos, y luego cayó al suelo.
—¡Dev! —gritó Aimee Peltier, esquivando una de las mesa para comprobar el pulso del humano. Alta y esbelta, su pelo largo y rubio estaba recogido en una coleta. Levantó la vista para mirar con furia a su hermano.
El rostro de Dev era una máscara de inocencia.
—¿Qué? Fue advertido. No es culpa mía que sea demasiado estúpido para saber cuándo hay que cerrar la boca y guardar las manos. No es un santo, nena. Me golpeó. Y volvió a golpearme. Ya conoces el lema del Santuario.
El oso que había sujetado al otro humano se echó a reír.
—Así que Dev, ¿quiere escoltar a éste fuera?
El hombre levantó las manos en señal de rendición.
—Me voy. Ahora mismo. No necesito besar primero una pared. —Huyó hacia la puerta.
Aimee se incorporó con una mirada furiosa.
—Está respirando, pero maldición, Dev… tienes mejor criterio. Podrías haberlo matado.
Honestamente, Sam consideró justificado lo que Dev había hecho. Como dijo Dev, había advertido al humano.
Un gemido extraño salió del hombre antes de que se pusiera en pie. Entornó la mirada sobre Dev.
—Morirás por esto, Oso —recorrió con la mirada en torno al otro oso macho y Aimee y después volvió esa mirada sin alma sobre Sam—. Todos vosotros moriréis, incluyéndote a ti, Dark‑Hunter—. Echando la cabeza hacia atrás, se rió como un maníaco.
Este tipo definitivamente no era humano…
Dev le agarró.
—Basta ya de esa mierda. Estás…
El hombre explotó completamente sobre él.
Dev maldijo cuando fue rociado por alguna cosa amarillo brillante que tenía la viscosidad y propiedades de los mocos. Lo tenía por todo el cuerpo, incluso en la boca, ojos y orejas.
—Ah, gah, es un demonio babosa. Aimee, borra la mente a los humanos. Colt, dame una toalla, Lysol y Listerine —escupiendo parte del moco, sacudió los brazos, lo que causó que los mocos salieran volando en todas direcciones.
—¡Hey! —chasqueó Sam, evadiendo la metralla pegajosa—. Mantén tus mocos para ti.
Dev se burló de eso.
—Oh, así que ahora no quieres tocarme, ¿eh? —chasqueó la lengua—. ¿Qué pasa con las mujeres? En el instante en que les pones un poco de baba, se ponen remilgadas y ya no tienen ningún uso.
Cuando él dio un paso hacia ella, retrocedió.
—No me obligues a hacerte daño.
—Eres tan bromista. Lo sabía. Está bien, llevaré mi baboso ego arriba y me quitaré las babas. Definitivamente me cepillaré los dientes primero. Después haré gárgaras con agua hirviendo y me frotaré directamente con alcohol.
Ella negó con la cabeza hacia él. ¿Cómo podía bromear sobre estar cubierto con zumo de babosa que olía tan mal? No podía imaginar cómo un Were‑Hunter con los sentidos intensificados podía tolerarlo y no volverse loco. Aunque nunca había sido golpeada por moco de demonio, conocía de otros que les fue desagradable y les quemó.
—¿Me perdonarás por mi rudeza? —Dev se desvaneció al instante.
Sam se volvió para ver Aimee “visitando” al puñado de humanos en la barra para borrarles los recuerdos del demonio y de Dev. Se encontró con la mirada del otro oso y no pudo evitar preguntarle:
—¿Esto sucede a menudo?
—No es lo usual. Los demonios normalmente no vienen aquí, a excepción de Simi y en raras ocasiones su hermano Xed —miró hacia Aimee—. Que los dioses les ayuden. Aimee en realidad no es buena en eso. Espero que no se les queme algo que necesiten.
Ahhh, eso explicaba la paranoia de Dev. Le hizo preguntarse qué había tomado de él Aimee con su ineptitud.
El oso le tendió la mano.
—Me llamo Colt.
—Sam.
Dejó caer la mano cuando ella no la tomó y frunció el ceño por el lío en el suelo.
—¿Podrías decir que era un demonio antes de que explotara?
—Ni siquiera un poquito. ¿Y tú?
Colt negó con la cabeza.
—Acheron movilizándoos a todos vosotros aquí dentro. Tenemos un Daimon paseando dentro del bar a plena luz del día y ahora un demonio enfangando a Dev. No sé tú, pero a mí no me parece casualidad.
—Estoy de acuerdo. Moco divertido.
Colt puso los ojos en blanco.
—No puedo creer que volvieras.
—Yo tampoco, pero no me pude resistir. —Ella sacudió la barbilla hacia los restos del demonio en el suelo—. ¿Qué haría que un demonio nos amenazara para después suicidarse?
—¿La estupidez? Las babosas en realidad no son inteligentes. Tal vez pensó que estaba teletransportándose y explotó en lugar de eso. O tal vez incluso un caso grave de indigestión. Vete a saber que comió antes de venir aquí.
—¿Pero por qué nos amenazó?
—Diría que le dio cagadera de la risa tonta, pero estoy contigo. Algo sobre esto no está bien —Colt extendió el brazo hacia ella para que pudiera verle el antebrazo—. Mira… quemaduras frescas.
Sí, claro. Sam dejó escapar un suspiro irritado. No había una sola quemadura en él.
Fang llegó corriendo desde la puerta de la cocina con otro hombre rubio ‑un Were Dragón‑ un paso detrás de él. Fue directo a asegurarse que Aimee estaba bien, mientras que el dragón se hacía cargo de limpiar la mente de los humanos.
Sam frunció el ceño.
—¿El borrado mental sucede muy a menudo aquí?
—No tanto como crees. Hacemos un buen trabajo manteniendo una tapadera sobre lo antinatural alrededor de los humanos. Max es el residente experto en contención. Puede limpiar a cualquier sin que se enteren.
Por alguna razón logro oír a Dev hablando sobre robarle las contraseñas de nuevo. El recuerdo le hizo sonreír.
Colt frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada. —No quiso compartirlo. Le gustaba tenerlo como algo entre ella y Dev.
He perdido la cabeza. Dev era imposible y molesto. Y ahora mismo, estaba cubierto de moco de demonio.
Y aún así era sexy.
Soy una mujer gravemente enferma. Sólo las desquiciadas podrían pensar que un hombre cubierto de moco sobrenatural era ardiente.
Mira lo que sucede cuando pasas un par de cientos de años sin sexo. Pierdes la cabeza y toda perspectiva.
Volvió su atención hacia Colt.
—Sabes, antes le mencioné a Dev, me preguntaba si el Daimon que visteis podría ser un demonio encubierto…
—No —dijo Aimee cuando se unió a ellos—. Era un Daimon. Sin lugar a dudas. Aunque no lo creas, podemos ver la diferencia.
Sam todavía no estaba convencida. Los demonios y Daimons en realidad no estaban tan distantes en una escala de subespecies.
—Vamos a suponer por un momento que tengo razón y que era un demonio metiéndose con vosotros. ¿No tendría todo esto —gesticuló hacia los restos del demonio— más sentido?
Fang se rió por lo bajo como si tuviera un secreto que ninguno de ellos conociera.
—Sí, pero era un Daimon. Confía en mí. Conozco a mis demonios.
¿Por qué estaba siendo tan terco?
—Algunos no son tan fáciles de detectar.
Fang soltó un bufido.
—Para tu gente. Da la casualidad que soy un Hellchaser así que confía en mí cuando te digo que un demonio está cerca. La mancha de ahí es lo que me despertó del sueño profundo hace unos minutos. Supe el instante que cambió de humano poseído a demonio y manifestó sus poderes. Hace que mi piel arda y los Daimons no me provocan eso.
Sam no estaba familiarizada con el término que había utilizado para describirse a sí mismo a pesar de que lo había dicho como si debiera saberlo.
—¿Qué es un Hellchaser?
Fang esbozó una sonrisa arrogante.
—Los Dark‑Hunters cazan Daimons. Los Hellchasers cazan demonios. No importa lo que hagan para camuflarse, no pueden esconderse de uno de nosotros por mucho tiempo. En el momento que utilizan sus poderes en cualquier lugar cerca de nosotros, lo sentimos. Al igual que tus chicos con su presa.
Tenía razón acerca de eso. Como Dark‑Hunter, podía sentir en cualquier momento si un Daimon estaba en algún lugar próximo a ella. Por lo tanto, era lógico que él tuviera un poder similar con sus objetivos.
—Entonces, ¿sabes por qué Mancha estaba aquí?
—Mi trabajo es vigilarlos. No soy su terapeuta ni su oficial de la condicional. Pudo entrar para molestarme o simplemente para tomar una copa. Con un demonio no se sabe. Incluso pudo haber seguido a alguien hasta aquí para quién sabe con qué propósito.
Sam le dedicó a Fang una mirada jocosa mientras mentalmente aceptaba el hecho inevitable que había tratado de evitar. Los Daimons caminaban a la luz del día y Fang era un psicótico.
—Bien.
Disgustada con lo que estaba forzada a hacer, se quitó el guante y se acercó a los mocos que Max estaba en proceso de limpieza.
El agradable dragón limpiaba el suelo sin quejarse. Aunque hizo una pausa para ofrecerla una mirada desconcertada.
—No preguntes.
Ella se arrodilló y tocó una pequeña mancha de los restos del demonio. Era tan frío y viscoso… ¡aaaggghhh! Tratando de no pensar en eso ni en el hecho de que se estaba quemando la punta del dedo, cerró los ojos y usó sus poderes para conjurar una imagen del demonio en su auténtica forma.
Oh sí, esa era una cara que incluso su madre se encogería de miedo. Los demonios babosa no eran atractivos. Se parecían a gordos jabalís humanoides completados con colmillos saliendo de las barbillas y frentes.
Pero las cosas que vio reproducirse en la mente eran desconcertantes. No tenían ningún sentido…
Vio un lugar sin la luz del día. No una ciudad de este mundo, pero era una ciudad donde el sol no brillaba ‑tuvo que obligarse a ignorar ese juego obvio de palabras. Era como si el sol no existiera en ese reino… y tenía que ser un reino alterno. No había nada sobre ello que le dijera que era el mundo humano y parecía completamente diferente. Una extraña combinación de una civilización antigua y otra moderna.
De repente, el demonio estaba en una sala donde los Daimons se reunían en un número que nunca hubiera creído posible para ellos. Tenía que haber más de un millar de Daimons y hablaban en un idioma que no pudo identificar.
Escoria. Extendió su mano más profundamente en el ¡puaj! del suelo para conseguir una mejor inmersión en los últimos recuerdos del demonio.
La habitación giró a su alrededor hasta que estuvo en el cuerpo del demonio. Podía oír lo que él oía, sentir lo que él sentía, y ver todo a través de los ojos rojo sangre. El rugido de los Daimons le hirió los oídos mientras trataba de abrirse paso entre ellos.
Su amo estaba convocándole y estaba desesperada por llegar hasta él. Tenía mucho dolor. Lo sentía y sufría en su propio cuerpo. Era su deber liberarle. Luchar y protegerle…
Un Daimon macho la agarró brutalmente por el pescuezo y la empujó hacia delante a una tarima en la que dos tronos negros estaban colocados. Cada uno estaba pesadamente esculpido para parecerse a los huesos humanos ‑algo que sin duda tenía la intención de intimidar a todos los que lo vieran y sin duda alguna funcionó en el demonio cuando afrontó a los ocupantes de los tronos. Un hombre hermoso con el pelo negro corto que se sentaba en uno y en el otro estaba una bella mujer rubia, cuyos ojos eran tan fríos que parecían quebradizos.
—¿Podemos comernos este, mi señor? —preguntó el Daimon sujetándole.
El hombre en el trono negó con la cabeza.
—Las babosas no tienen alma. Sirvientes. No valen la pena nuestro tiempo. Además, te daría una indigestión.
El Daimon emitió un sonido de disgusto antes de arrojar lejos al demonio babosa. Fue entonces cuando el demonio vio a su amo…
Estaba en el suelo a unos metros de él, siendo drenado por dos Daimons.
—¡Ayúdame! —su amo le llamó mientras extendía la mano hacía él, pero supo que era inútil. No había nada que pudiera hacer contra tantos. Los Daimons estaban matando a su amo…
Él sería el siguiente.
La mujer en el trono se echó a reír.
—Mira la pobre criatura, Stryker. Creo que le has asustado de muerte.
Lo estaba, pero era más que eso. Su amo ya no llevaba una piel humana. Estaba en su verdadera forma de demonio alado y aún así no podía luchar contra los Daimons…
Los Daimons eran mucho más poderosos que todas las clases de demonio.
Aterrado, se teletransportó fuera de los Daimons, de vuelta al mundo humano y, en cierto aspecto de seguridad.
Tan pronto como llegó sintió el desencadenamiento ‑la sensación de la muerte de su amo.
Soy libre. Después de todos los siglos de servir bajo el puño cruel de su amo, era ahora su propio demonio. Libre para siempre. Lo llenó de alegría.
Hasta que un Daimon apareció a la derecha.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—Yo…
El Daimon se abalanzó sobre él, cortándole la palabra.
El demonio babosa corrió.
—¡Vuelve aquí, gusano! Muere como tu amo.
Aterrorizado, la babosa se teletransportó otra vez, pero justo cuando destelló, sintió un golpe en el pecho como un feroz ariete. Incapaz de respirar por el dolor, se dirigió al único lugar que se le ocurrió donde los Daimons no podrían matarle.
El Santuario. Era el único establecimiento que protegía a todas las clases sobrenaturales por igual. Los osos se asegurarían de que nadie le hiciera daño.
Destelló en el tercer piso del edificio donde los humanos tenían prohibido ir y bajó tropezando los dos niveles hasta la barra. A esta hora, sólo unos pocos clientes habituales se encontraban en el club, junto con un oso en la barra y una camarera osa. Parecía seguro. No había Daimons en absoluto. Con ese pensamiento ante todo en la mente, se fue a la barra para pedir una bebida a la vez que estaba pendiente de si el Daimon venía a por él y le remataba.
Los segundos pasaron lentamente.
Ningún Daimon. Nadie se acercó a él.
Estoy a salvo.
El ritmo cardíaco se calmó, cogió la copa y bebió, agradecido de haber escapado al borde de la muerte en Kalosis a manos de Stryker y su pandilla. Al menos hasta que el dolor se construyó dentro del pecho. Era insoportable. Agonizante.
¿Qué lo estaba causando? ¿Tenía algo que ver con el cuerpo que había robado antes de ir a Kalosis? ¿El ciclista tenía algún tipo de defecto interno?
Se tambaleó lejos de la barra, tratando de encontrar alguna manera para que dejara de doler. Accidentalmente se rozó contra un despreciable humano.
—¡Hey! ¡Mira por dónde vas, capullo!
Él le gruñó al patético desperdicio humano.
El hombre se levantó y le empujó.
—¿Quieres pelear?
¿Era una pregunta con trampa? El demonio se abalanzó mientras ellos forcejeaban…
Sam retrocedió emocionalmente de la visión, ya que se entrecruzaba con lo que ya sabía. Dev separándoles y el demonio muriendo después de que el dolor en el pecho explotara.
Ella abrió los ojos para encontrar a Fang, Max, Aimee, y Colt observándola con expresiones curiosas.
—Vino al Santuario porque estaba escapando de los Daimons. Pensó que aquí estaría a salvo.
Max soltó un bufido.
—Fallo épico.
Ignorándole, Fang se cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Por qué huía de los Daimons? ¿Alguna idea de lo que querían de él?
En realidad no, aparte de que los Daimons eran monstruos retorcidos.
—Se comieron a su amo y después le dispararon algo encima. Eso fue lo que le hizo estallar después de llegar aquí. Hubo un Daimon en concreto que quería matarle, pero no sé el porqué.
Aimee hizo una mueca.
—¿Por qué se comían a su amo? No pueden alimentarse de la sangre de un demonio… ¿o sí? —miró a su compañero.
Un tic empezó en la mandíbula de Fang mientras lo consideraba.
—Si un Daimon toma el alma de un Were‑Hunter conseguirá los poderes del Were‑Hunter para usarlos como propios.
—Pero es sólo temporal —dijo Colt—. Cuando el alma del Were‑Hunter muere, pierde sus poderes.
Max entornó la mirada donde el demonio había muerto.
—Pensé que mantenían sus poderes.
Fang se pasó la mano por la barbilla.
—Nunca. No importa. No estamos hablando de los Were‑Hunters. Hablamos sobre los demonios. Y esas reglas podrían ser completamente diferentes.
—El poder camina a la luz del día —susurró Aimee, trayéndoles de vuelta a la parte más importante de todo esto.
Fang asintió sombríamente antes de cruzar miradas con Sam.
—Ahora que no están atados a la noche, volverán a por vosotros cuando seáis más vulnerables.
Durante el día cuando no podían correr. Los Dark‑Hunters estarían atrapados en sus casas y si los Daimons rompían las ventanas de sus dormitorios para dejar pasar la luz del día…
Estarían muertos.
O peor, quemados en sus casas mientras dormían. Los Dark‑Hunters no estarían en condiciones para evacuar. Un incendio lo suficientemente malo les mataría también.
Con todos los Cazadores muertos, no habría nadie para impedir a los Daimons matar a cualquier humano que quisieran.
Sería la temporada de caza para la humanidad.
Bon appetit.

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