miércoles, 4 de enero de 2012

Cap 1

—¿Soy yo o el mundo entero se ha vuelto idiota?
Dev Peltier se rió cuando escuchó la voz de su hermano Remi mientras estaba en la parte de fuera de la puerta que daba al club Santuario que era propiedad de su familia. Remi y él eran la mitad de toda una serie de cuatrillizos idénticos… y aquel comentario estaba tan alejado del carácter de su maleducado hermano que Dev agitó la cabeza.
—¿Desde cuándo te pareces a Simi? —preguntó con los auriculares que había llevado tanto tiempo que se sentía como si siempre los hubiera llevado en la oreja.
Remi resopló.
—Claro... como si fuera una jodida demonio gótica vestida con corsé, falda de volantes y medias, tratando de abrirme paso a mordiscos a través del menú... y la gente.
Describía a Simi a la perfección.
Pero Dev no podía resistir mofarse de él.
—Siempre he sabido que eras un friki, mon frère. Esto sólo lo prueba. Quizá deberíamos darte como nuevo nombre Frank-N-Furter y lanzarte perritos calientes por donde vayas pasando.
—Cállate, Dev, antes de que salga de aquí y me haga a mí mismo un trillizo.
Como si Remi hubiese olvidado quién le había enseñado a luchar.
—Acércate, vándalo. Tengo un nuevo par de botas que están que se mueren por patear a alguien.
—¿Queréis parar los dos de pelear por el canal abierto? Y madurar mientras estéis en esto. Os juro que voy a hacer estofado de oso con vosotros dos esta noche si no paráis.
Aimee soltó una retahíla en francés, su lengua materna, de modo que pudiera seguir insultándolos y debilitándolos.
Dev se tragó una respuesta de sabelotodo al tono hostil de su hermana que fue valorado con numerosas aclamaciones de aprobación por el resto del equipo, cuyos auriculares permitieron que oyeran por casualidad cada palabra.
Para ser honesto, él y su familia no necesitaban los auriculares para comunicarse. Parte de ser Were‑osos era que podían proyectar sus pensamientos si estaban a una distancia razonable los unos de los otros, aunque algunos fueran mejores en eso. Pero esto tendía a levantar sospechas entre las personas normales que trabajaban para ellos y especialmente en los que frecuentaban su negocio. Así que llevaban eso como un intento de parecer al menos normales.
Sí, eso. La normalidad había dicho adiós a su familia y su especie hacía tiempo. Pero, ¿qué demonios?
Sacudió una mirada al auricular.
Aun así, Dev se los quitó de la oreja cuando el discurso enfático de su hermana en francés le recordó a su madre y una oleada inesperada de pena le atravesó. Cómo añoraba el sonido de su madre quejándose de él en francés…
¿Quién lo iba a pensar alguna vez? De todas las cosas a echar de menos.
Debo estar mal de la cabeza. Y aún la aguda voz de su madre le frecuentaba desde el pasado.
«Necesitas crecer, Deveraux… Ya no eres un niño pequeño. No has sido uno en más de doscientos años. ¿Por qué te cebas con tus hermanos y me haces a mí perder la razón? ¡Mon Dieu! Cada vez eres más mi cruz cuando te comportas mal. ¿Por una vez puedes callarte la boca y hacer lo que te pido? Como podemos confiar en ti si insistes en actuar como un crío? ¿No has aprendido nada?»
Dev se estremeció cuando vio la cara de ella en la mente mientras le increpaba su acto de desmadre diario.
Era una cara que no podría ver de nuevo y una voz que podría desvanecerse completamente de la memoria algún día.
Cómo odiaba el cambio.
Durante más de cien años, había hecho guardia en la puerta del Santuario, observando a todo tipo de personas ir y venir. Un guardián en más de un sentido, había dejado a los humanos pasar sin pararlos. Pero a los clientes sobrenaturales que iban allí, siempre les había explicado las reglas del Santuario y les había interrogado para determinar que amenaza serían si atacaban ‑así como para establecer quiénes eran sus aliados.
Por si acaso.
Ahora hacía guardia para estar seguro de que sus enemigos no terminaran de echar abajo el club que acababan de reconstruir juntos después de la lucha que había dejado una cicatriz en todos ellos.
Te echo de menos, Maman. Echaba igualmente de menos a su padre.
Había cosas que se podían sustituir. Los tablones podían ser clavados en su lugar y poner las barras nuevas. El daño del humo podía ser reparado.
Pero sus padres…
Se habían ido para siempre.
Y eso le ponía furioso mientras la pena le atormentaba cada vez más. Le había tomado todas las fuerzas no ir detrás del grupo de licántropos que les había atacado. Si no fuera por el aviso del Omegrion ‑el consejo gobernante de los Were‑ de perseguir a su familia restante y matarlos en venganza, no habría dudado. Pero eso no podría ocurrir jamás. No sería responsable de la muerte de un solo miembro de su familia.
Ni siquiera de su hermano Remi.
Había visto a demasiados miembros de su familia ser asesinados delante de él…
Realmente quiero irme.
Era un pensamiento que se estaba volviendo más y más atractivo. Desde que ellos habían vuelto a abrir el Santuario tras la batalla y el fuego, había sido golpeado con fuerza por la necesidad de viajar. La única razón por la que se había quedado aquí era porque su madre le había pedido que se quedara con la familia y protegiera a su hermana pequeña.
Ahora que su madre estaba muerta y Aimee estaba emparejada…
La permanencia no era necesaria como lo había sido antes. Cada día sentía el impulso de marcharse y recorrer su propio camino en el mundo. Era un oso y era la naturaleza de la mayor parte de los machos encontrar una compañera y comenzar su propia manada.
¿Que estoy haciendo aquí?
Realmente no le necesitaban. Cuando la batalla había llamado a su puerta, habían aprendido rápido de cuantos aliados disponían. Y ese número era impresionante. El Santuario continuaría en pie para siempre. No tenía que quedarse ahí para proteger la puerta.
Y aún…
Odio el cambio.
Sólo estás nervioso. Lo superaras. Ya lo verás. Además, no quería una compañera. Nunca. La vida era lo suficientemente difícil para tratar de complacerse a sí mismo. Que los dioses le ayudaran si alguna vez tuviera que intentarlo y complacer a alguien más.
Tan sólo lo mucho que había pasado durante los últimos meses había debilitado sus principios. Se sentía perdido… como si las amarras hubieran sido cortadas y lo abandonaran a su suerte sin un motor o remos. Nunca se había llevado bien con eso de cambiar y tantos cambios habían sido empujados hacia él, que sólo quería irse y empezar desde el principio en otro lugar.
Encontrar cualquier sitio donde sentirse que pertenecía allí ‑incluso si tenía que ir al pasado para hacerlo. Algún lugar donde no estuviera esperando que sus padres aparecieran por la esquina o estuvieran sentados en sus sillones favoritos. Donde los recuerdos no le acecharan.
O más exactamente, no le hicieran daño.
El ronroneante sonido de una motocicleta irrumpió a través de sus melancólicos pensamientos a medida que se aproximaba desde el fondo de la calle. Era una Busa. Podía adivinarlo por el ronco gemido del motor, era un sonido inequívoco para cualquiera que supiera de motos. Muchos de sus hermanos Were‑Hunters usaban motocicletas como medio de transporte, incluyéndole a él y sus hermanos.
Al contrario que un coche, ésta era más fácil de transportar con sus poderes y una vez en la calle, no había nada más rápido que pudiera maniobrar para salir del camino de sus enemigos.
O dejarlos atrás.
Pero ésta ronroneaba con un tono específico que decía que había sido modificada para la velocidad y máxima potencia.
Esperando ver a Acheron, el líder de los Dark‑Hunters sobre su negra Hyabusa dirigiéndose hacia allí, Dev frunció el ceño cuando una de color rojo venía por la calle a toda velocidad, le sorprendía que no la siguieran coches patrulla. El piloto pasó por la entrada, entonces clavó los frenos deslizando la moto de lado y dejando una nube de caucho quemado a su estela. La rueda delantera apareció dirigiéndose hacia él. Justo cuando alcanzó el freno, el neumático delantero se bloqueó y el piloto aparcó justo en frente de él con un salto que hizo que se levantara la rueda de atrás.
Incluso aunque el piloto era alto y de constitución fuerte, Dev podía decir por las proporcionadas curvas que estaban cubiertas en protector cuero que era una mujer.
Más que probablemente también, una mujer caliente, y eso definitivamente obtuvo su atención.
Poco dispuesto a mostrarse ante ella impresionado con sus habilidades como motorista, Dev se cruzó de brazos cuando ella se sacó el casco y dejó caer una cascada de rebeldes rizos dorados color miel que caían más allá de sus hombros. Rizos que enmarcaban un rostro adorable. No apabullante o perfecto, sino exótico. Diferente. Sobre todo, sus rasgos eran seductores y no podía evitar preguntarse cómo se vería ella a primera hora de la mañana con esa maraña de rizos extendidos alrededor de su desnudo cuerpo.
Mantenía un aire de “alegría de vivir” y era contagioso, como si ella saboreara cada latido que era tan afortunada de tener. Sin embargo, montaba la moto como una persona con deseos de morir.
—Sigue conduciendo de esa manera y vas a matar a alguien.
Ella deslizó una larga pierna alrededor del asiento antes de pasearse hasta él con un caliente y seductor andar que estaba seguro había enviado a algunos hombres a la tumba por ataques al corazón. Llevaba un par de botas de motera New Rock con llamas alzándose a los lados. Sus ojos marrón oscuro, casi almendra, brillaban con travesura cuando se bajó la cremallera de la chaqueta y le dedicó un ardiente vistazo.
—Sólo mato a quienes se lo merecen, y a esos los destripo con ganas.
Diablos, era más sexy que ninguna mujer que hubiese visto jamás. El cuerpo reaccionó a ella instantáneamente. Y esto le hizo preguntarse si sería tan abierta en el dormitorio.
Ella se quitó la chaqueta con un movimiento de hombros y la colgó sobre el hombro sosteniéndola con una mano enguantada, mostrándole una apretada camiseta negra antes de inclinarse más cerca de él. La cálida esencia de mujer y cuero hicieron que el oso en su interior se alzara y ronroneara, y aquello era todo lo que podía hacer para no hociquear ese suave cuello que parecía invitarle a que lo probara.
—Respondiendo a tu pregunta, Oso… soy tan fiera en la cama como lo soy en la calle. Sólo para que lo sepas —le guiñó el ojo.
Aquellas palabras hicieron que la polla saltara en contra de su voluntad mientras tomaba nota mental de que ella podía leerle los pensamientos. La mirada cayó de sus ojos a la profunda hendidura que se realzaba por su sujetador negro. Y en la curva de su seno derecho estaba la marca del doble arco y flecha que le decía exactamente quién y qué era ella ‑no es que no lo hubiese supuesto por sus poderes o por el pequeño brillo de sus colmillos cuando hablaba. Demonios, parecía que ni siquiera la Diosa Artemisa había sido capaz de resistirse a tocar ese caliente cuerpo cuando la trajo del otro lado.
—No estoy familiarizado contigo, Dark‑Huntress.
Ella enderezó el collar de calaveras negras que le colgaba alrededor del cuello.
—Nos conocimos antes. Muy brevemente. Ni siquiera el tiempo suficiente para intercambiar los nombres.
Dev frunció el ceño mientras intentaba situar aquello.
No, definitivamente no. Habría recordado a esta particular Cazadora si hubiese puesto los ojos antes sobre ella, incluso si hubiese sido hacía siglos. Incluso si hubiese estado muerto. No era el tipo de mujer que un hombre olvidaría conocer.
—Debes haber conocido a uno de mis hermanos —la mayoría de las personas no podían distinguirlos. Era por toda esa cosa de ser idénticos, además, tanto Cherif como Quinn cambiaban el turno en la puerta cuando Dev tenía tiempo libre. No dudaba que le había confundido con uno de ellos—. Somos cuatrillizos idénticos y también me parezco mucho a mis otros hermanos.
Ella sacudió la cabeza en negación.
—Lo sé. Os conozco a todos. Estaba aquí la noche en que los lobos atacaron —la mirada fue hacia el techo donde todavía se conservaba un pequeño trazo de los daños que habían causado el fuego y la lucha, y los ojos se le oscurecieron con compasión—. Siento mucho lo de tus padres… y que no hiciéramos un mejor trabajo para protegerlos.
No sabía por qué, pero eso le conmovió.
—Gracias por la ayuda. Sé que todos lo hicisteis lo mejor que pudisteis.
Todos lo habían hecho. Pero el número de enemigos había sido arrollador. Con total honestidad, era un milagro que cualquiera de ellos hubiese sobrevivido.
Sino fuera por los Dark‑Hunters y sus aliados, no lo habrían tenido.
Una sombra de dolor enmascaró su expresión como si ella tuviera sus propios demonios enterrados en esas palabras.
—Sí, pero a veces no es suficiente, por muchas disculpas sinceras que hagas. Una vez dicho esto, realmente lo siento. Por todo —miró en el interior del bar antes de recuperar su entusiasmo anterior—. Mi nombre es Sam Savage.
Samia Savage…
Había oído ese nombre difundido por otros Dark‑Hunters a lo largo de los siglos. Ella era uno de los más feroces, de ahí el apellido que los otros Dark‑Hunters le habían dado hacía varios cientos de años como un homenaje a su brutalidad cuando luchaba. Como asesinos inmortales que protegían a los humanos, todos los Dark‑Hunters venían de horribles orígenes. Cada uno diferente, todos tenían una cosa en común: Alguien los había engañado y matado de una manera tan sucia que vendieron sus almas a la diosa griega Artemisa para simplemente vengarse contra su traidor. No es algo que nadie emprendería a la ligera y no podía llegar a imaginarse qué le sucedió a Sam para hacerla vender su alma.
¿Quién la había matado y por qué eso la había convertido en algo tan brutal que hasta los cazadores machos más fuertes tendían a evitarla? Todas las historias que había oído sobre ella nunca habían respondido a eso. Sólo decían que esa mujer vivía para la emoción de la lucha.
Cuanto más sangrienta mejor.
—Fuiste una general Amazona al final de la guerra de Troya.
La nieta de la mayor de sus reinas, Hippolyta, Sam fue convocada a escoltar a Helena a casa después de la guerra. Algo que había sido extremadamente difícil dado el gran número de griegos que habían querido matar a Helena por causar la guerra que los había tenido lejos de casa durante más de una década.
Una comisura de la boca se elevó.
—Dices Amazona como si fuera algo malo.
Dev se rió.
—He oído algo de ti a lo largo de los siglos. No malo, sólo… interesante.
Las Amazonas eran el pueblo elegido por la diosa Artemisa. El motivo por el que había muchas que eran Dark‑Hunters. Cuando Artemisa estableció su ejército para luchar por la humanidad contra sus depredadores naturales, las Amazonas habían sido siempre su primera opción y había rumores de que se las pagaba diez veces más que al resto de los Dark‑Hunters. Un pequeño favoritismo que llevó al resentimiento de algunos Dark‑Hunters hacia cualquier Amazona que hubiera cerca.
Para Dev, eso sólo significaba que tenía que vigilarla dado que las Amazonas tendían a ser feroces juerguistas a las que les gustaba pelearse.
—Así que, ¿qué te trae por aquí esta noche? —Le preguntó, cambiando de tema a uno más apropiado.
Sam hizo una pausa antes de contestar.
—No lo sé realmente. Tuve la intuición de que había algo malo en esta zona. Así que pensé en dejarme caer por aquí a fin de agarrarlo por la garganta y hacerle daño antes de que causara ningún problema.
Él le preguntó.
—Ah, querida, ¿no sabes que yo soy la única cosa mala aquí?
Ella arrugó la nariz.
—¿Estás ligando conmigo?
—Depende. ¿Hay algún azote en el culo de por medio y estarás desnuda cuando lo hagas?
Ella arqueó la ceja y le miro fijamente.
—¿Entonces te gusta que te azoten el culo?
—Realmente no, pero mientras que estés desnuda cuando lo hagas, podría hacerlo felizmente.
Ella se rió.
—Pervertido. Me gusta.
Él no tenía ni idea de por qué estaba ligando con ella. Aunque era tan mujeriego como cualquiera de sus hermanos no apareados, normalmente no perdía su tiempo en las mujeres que conocía fuera de su menú. Y dormir con Dark‑Hunters era una opción prohibida en su mundo… por muchas, muchas razones.
Pero no podía parecer ayudarse a sí mismo. Había algo en ella que le invitaba directamente al suicidio.
—Más bien caliente. Ha sido un placer.
Ella aspiró bruscamente.
—Una honestidad brutal. Agradable cambio de ritmo. La gran mayoría de los hombres lo intentaría con los halagos primero.
Él se encogió de hombros.
—Yo diría que la vida es demasiado corta para darle vueltas a las cosas, pero viviré durante siglos y tú para toda la eternidad, así que para nosotros, no es una preocupación. Así que solamente diré que no me gusta jugar a juegos o a dorar la píldora, y dejarlo ahí.
—Un oso detrás de mi corazón, pero, ¿no sabes que no deberíamos relacionarnos?
Él se encogió de hombros.
—No me gusta seguir las reglas.
Ella bajó la vista hacia el cuerpo de él con una mirada acalorada que le prendió fuego a las hormonas.
—A mí tampoco.
—Yeah, puede decirse por la forma en que conduces.
Sam realmente no quería estar atraída por la bestia Were que tenía delante, pero honestamente no parecía conseguirlo. Había algo en él que la hacía sonreír. Y no era sólo que era más caliente que el infierno. O que tuviera una sonrisa que debería ser ilegal.
Simplemente parecía ser el tipo de persona con el que era divertido estar y, en su mundo, ese tipo de personas eran pocas y estaban lejos. Se retiró su largo, rubio y rizado pelo de la cara, que parecía ser esculpida en acero. Los azules ojos se burlaron de ella con inteligencia y humor.
Y su cuerpo…
Podría lamerlo durante toda una larga noche. Incluso más inquietante, había algo sobre él que le recordaba a Ioel y el modo en que siempre había sido capaz de hacerla sonreír sin importar cómo de malo hubiera sido el día. Incluso después de miles de años, todavía le echaba de menos.
Intentando no pensar mucho en eso, dejó caer la mirada hasta el brazo de Dev, del que sobresalían unos bien definidos músculos, y luego frunció el ceño cuando vio el tatuaje asomando bajo la manga corta.
Eso era…
No. Por supuesto que no.
Antes de poder detenerse, le levantó la manga con la mano enguantada para encontrar una marca de doble arco y flecha al igual que la que Artemisa le había dado la noche que había sido convertida en una Dark‑Huntress, y devuelta a la vida para pelear contra los Daimons vampíricos. La única diferencia era que la de Sam era una marca y la suya era definitivamente un tatuaje.
Le arqueó una ceja.
—¿Debería preguntar?
Él sonrió con picardía.
—Me gusta tirar de las cadenas de los dioses.
—Debes hacerlo. Por lo que he oído de Artemisa no tiene mucho sentido del humor.
—No me ha matado todavía.
Definitivamente tenía agallas.
—¿Eres muy valiente o muy estúpido?
—Mi madre solía decir que los dos caminaban de la mano.
Eso le divirtió. Su madre una vez le dijo algo muy parecido a ella también.
Sacudiendo la cabeza, buscó cambiar de tema a la verdadera razón por la que estaba aquí y para recordarse el porqué no debía encontrar a este hombre interesante en lo más mínimo.
—¿Se ha mostrado algún Daimon esta noche?
—Sabes que no tengo que decirte si lo hacen.
Ese código de honor entre los Daimons y los Were‑Hunters siempre la había irritado. Los Were‑Hunters fueron creados a partir de la misma raza que los Daimons y por lo tanto tendían a compartir un vínculo con sus “primos”.
—Vuestros chicos son tan humanos como Daimons.
—Y tampoco tengo que informarte de los humanos —le guiñó un ojo—. Pero para responder a tu pregunta, no. Los Daimons no han estado cerca del club en las últimas semanas.
Eso era difícil de creer. Los lugares turísticos como éste eran conocidos por los Daimons como tierra de caza y guarida.
—¿En serio?
—Sí, es raro, lo sé. Es como si estuvieran en pausa o algo así. Nunca hemos estado tanto tiempo sin que nos visite al menos uno o dos grupos. El último que vimos fue antes de que volviéramos a abrir… y ese hijo de puta se presentó aquí, a plena luz del día.
Ella se burló de sus palabras.
—Estás borracho —lo que decía era totalmente absurdo—. Los Daimons no pueden caminar bajo la luz del día, todo el mundo lo sabe.
—Lo sé, pero te digo que estaba aquí en carne y hueso y el sol estaba brillante y luminoso. Entró directamente como si no tuviera una sola preocupación en el mundo.
Todavía no estaba convencida sobre lo que le estaba contando. No tenía sentido.
—¿Y a ninguno de vosotros se lo ocurrió decírnoslo?
—Les presentamos un informe a los Escuderos —eran los empleados humanos que ayudaban a los Dark‑Hunters y les protegían durante el día cuando éstos no podían salir a la luz del día sin estallar en llamas—, y hemos informado a cada Dark‑Hunter que hemos visto. Pero como nadie más ha visto a un Daimon durante el día, creen que estamos flipando y descartamos la advertencia como una especie de alucinación colectiva causada por demasiada bebida dulce.
Sus palabras le divertían.
—¿Estás flipado?
—Sabes que esas cosas no funcionan conmigo más de lo que lo hacen contigo.
Los Dark‑Hunters y los Were‑Hunters eran inmunes a la mayoría de las drogas.
Sam todavía no podía creerlo.
—¿Se lo dijisteis a Acheron?
—Una vez más, dijo que sólo hubo un Daimon que pudiera caminar a la luz del día y que él personalmente le había destruido. No había ninguna maldita posibilidad en el infierno de que hubiera otro Caminante de Día.
Y, sin embargo, Dev creía sin ninguna duda que había visto un Daimon a la luz del día. Ella podía sentirlo con todo el poder que poseía.
—Tal vez fue un chico gótico con colmillos jodiendo contigo.
—Sí porque no puedo ver la diferencia entre un humano y un Daimon. En realidad soy un asco en este trabajo.
Ella se rió de su sarcasmo seco. ¿Cómo podía ser tan lindo y molesto a la vez?
—Está bien. Te creo. Pero…
Él levantó las manos en señal de rendición.
—Te entiendo y estoy de acuerdo que es raro. Sé que no tiene sentido. Sólo te estoy diciendo lo que hemos visto para que lo sepas. A partir de ahí puedes sacar tus propios conclusiones.
—Bueno, si estás en lo cierto, esperemos que esto fuera sólo una anomalía y que se quemara tres segundos después de salir de aquí.
—Sigue esperando milagros.
Cogió el auricular de los hombros y se lo puso de nuevo sobre las orejas. No era propio de ella que un hombre pudiera parecerle tan sexy con ese artilugio en la cabeza, pero de alguna forma lo hizo.
Totalmente extraño...
Dev hizo un gesto hacia la puerta.
—Es seguro si entras. No hay ningún otro Dark‑Hunter en el interior.
Ella apreció la advertencia. No es que la necesitara. Aunque estar alrededor de otro Dark‑Hunter podría drenarla los poderes, los de ella eran tan grandes que la reducción era básicamente una broma. Por no mencionar que tenía grandes habilidades en la batalla que pocos podían alcanzar con o sin sus poderes de Dark‑Hunter para respaldarles. Eso era lo que la convirtió en una de las machiskyli... los Perros de la Guerra. Los Daimons tenían a sus combatientes de élite y los Dark‑Hunters tenían a los Perros. Hombres y mujeres que vivían para la batalla y que tenían su única alegría en la eliminación de los corazones de sus enemigos.
Era una insignia que llevaba con honor. Y esta noche sentía la presencia Daimon profundamente en los huesos. Sólo tenía que precisarlo, agarrarlo por el cuello y estrangularlo hasta que se sintiera mejor. Lo que significaba dejar al tentador oso en la puerta y dirigirse a cumplir con su trabajo.
—Te veo luego, Oso.
Él inclinó la cabeza mientras ella caminaba por las puertas hacia el interior oscuro. Dado que eran sólo las siete de la tarde, no había mucha gente en el club. Unos pocos humanos comiendo en las mesas de delante. Dos más sentado en el bar que estaba siendo atendido por un Were‑lobo (llamado así porque era un lobo con forma humana) y otro Were‑oso que tenía un parecido sorprendente con Dev. Debía ser uno de sus hermanos idénticos.
Ella caminó hacia el lobo y le pidió una cerveza.
—¿Quieres comer algo para acompañarla? —preguntó mientras sacaba una y se la entregaba.
Sam negó con la cabeza e ignoró la mirada curiosa que le dirigió a las manos enguantadas. La comida no era realmente lo suyo y confiaba en que podría tomarse esta cerveza en paz. Empezó a sacar la cartera, pero el lobo se lo impidió.
—Te recuerdo de la lucha. Tu dinero no es aceptado aquí.
Su dolor se extendió hasta ella cuando tuvo un destello de su pasado en la mente. Un pasado que le dejó con un profundo sentido de culpa. Él fue al que Nicolette Peltier estaba protegiendo cuando murió y sintió que había matado a la madre de la mujer que amaba,  era un dolor amargo que quedó enterrado profundamente dentro de él y que quemaba como una brasa. Era un buen hombre por importarle tanto su esposa.
—Gracias... Fang.
Su nombre le vino a la cabeza con tanta claridad como las imágenes de su pasado. Imágenes que aumentarían a un nivel brutal si le tocaba de alguna manera.
Él inclinó la cabeza hacia ella.
—Cuando quieras.
Sam se alejó antes de que tomara cualquier otra emoción residual de él. Odiaba tanto poder. Tal vez no sería tan malo si tuviera algún tipo de control sobre él, pero no lo tenía. En cambio, las emociones de otras personas a menudo se enredaban con las propias hasta el punto que le era difícil separar los sentimientos de unos de los suyos. Era por eso que tendía a evitar a las personas tanto como le era posible. Y por eso no podía tocar a nadie con sus propias manos o piel.
Si lo hacía…
Era horrible.
¿Por qué no tengo la capacidad de volar? ¿O algo realmente útil como piroquinesis?
Pero no. Ella tenía el jodido poder de la empatía y psicometría…
Por ese “regalo”, le gustaría estrangular a Artemisa. Aunque también tenía la telequinesis, que sin duda era muy útil, sobre todo en una pelea. Así que no era un giro tan negro, ya que había tenido el control mucho antes de que Eugene McDonald en el Zenith hubiera concebido la primera televisión por control remoto.
Bebiendo su cerveza, Sam vagó por el agradable y oscuro club ‑mejor para los ojos sensibles a la luz. Y mientras paseaba, vislumbró un millar de diferentes eventos que tuvieron lugar aquí durante el último siglo y medio.
Aunque hubo momentos desagradables, la emoción básica en el Santuario era la de abrumadora calidez y la vuelta a casa. No es de extrañar que fuera tan popular entre la comunidad sobrenatural. Si bien la mayoría no tenía los poderes para ver lo que ella, todavía se recogía la sensación de amor y seguridad que emanaba de todos los objetos aquí. Este lugar estaba lleno de toda la atención y devoción del oso que lo había construido.
—Que los dioses te bendigan y te guarden, Nicolette —susurró.
Como madre misma, conocía la agonía absoluta de perder a sus hijos. El dolor que ninguna cantidad de tiempo puede curar. Era algo que nadie debería experimentar.
Hizo una mueca cuando una imagen de la cara de Agaria le pasó por la mente. Incluso ahora la idea de su hija podía ponerla de rodillas y le trajo una marea de furia tan potente que todavía ahora buscaba ser aliviada. Esa furia fue lo que la hizo una gran luchadora. Los Daimons se lo habían arrebatado todo y no importaba cuántos matara, simplemente no eran suficientes para compensar lo que habían hecho.
Para compensar la vida que había sido brutalmente interrumpida.
—Pareces enfadada esta noche.
Ella ladeó la cabeza cuando reconoció la voz con suave acento detrás de ella.
Chi Hu.
Sam se volvió lentamente para enfrentar a la delicada mujer china cuyo largo cabello negro estaba asegurado en una apretada trenza por la espalda. Pero esa fragilidad era sumamente engañosa. Aunque Chi apenas alcanzaba metro y medio de altura y era tan delgada como un lápiz, era una guerrera hábil que podía derribar a cualquier tonto que la confundiera con un blanco fácil. Vestida con un par de vaqueros ajustados, una camisa y un chaleco negro, Chi era exquisitamente bella. El tipo de belleza perfecta que Sam había envidiado cuando era humana. Pero a lo largo de los siglos, había aprendido que ese tipo de belleza era tanto una maldición como una bendición.
De ahí el porqué Chi era ahora una Dark‑Hunter.
Sam sonrió. Una colega en los Perros de Guerra, Chi era la única amiga que se había permitido a sí misma en los últimos cinco mil años. Todavía no estaba segura de cómo había sucedido, pero Chi era una persona difícil de no amar ‑una vez que rompías sus defensas de hielo.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Sabiendo que no debía tocarla, Chi hizo un gesto abarcando todo el club.
—Lo que tú. Delimitando a los Daimons. Buscando una buena pelea para llegar al límite. ¿Te ha contado el oso de la puerta lo de su gran alucinación sobre un Daimon de día?
—Lo hizo.
—¿Qué crees que fue?
Sam se encogió de hombros.
—Tal vez un demonio que confundieron con un Daimon.
Chi asintió con la cabeza.
—Tiene sentido. A veces son difíciles de diferenciar por personas sin habilidad —y Chi lo sabría ya que era una experta en demonología—. Hay varias subespecies de demonio que son muy similares a un Daimon. Una de esas podría ser confundida por un Were.
Tal vez, pero Dev le pareció bastante convencido. Por otra parte, Chi era la experta, lo que hizo que Sam se preguntara por qué Chi estaba aquí, en Nueva Orleáns.
—¿Cuándo llegaste?
—Hace tres semanas.
Sam arqueó la ceja.
—¿Por qué no me dijiste que habías sido trasladada también?
Chi chasqueó la lengua por su tono.
—Pasa de la sospecha. Quería darte una sorpresa, jie jie. Nada más. Nada menos. Si no quisiera cruzarme contigo esta noche, habría llamado. Este es mi primer viaje para ver el exterior y esperaba tropezarme contigo, lo que hice —sonrió—. Yo quería que fuera una sorpresa. Eso es todo.
Sam se sobresaltó cuando Chi la llamó su “hermana mayor”. En su mundo “hermana” era un insulto. Y ella sabía que Chi estaba siendo honesta y no la engañaba ‑otra bendición de sus poderes. Sam era un detector de mentiras ambulante.
—Es muy bueno volver a verte.
Chi arrugó la nariz.
—Esperemos que esta vez no sea tan sangrienta como la última.
Sam se echó a reír.
—Como si no te sedujera la lucha tanto como a mí. Algunos días pienso que más.
Chi se unió a su risa.
—Es cierto, muy cierto.
Sam entrecerró los ojos cuando se dio cuenta de los brillantes palillos plateados en la parte superior de la trenza de Chi. Extendiendo la mano, tocó uno con la punta del dedo enguantado. Fiel a su intuición, era fuerte como una garra, ya que le desgarró el cuero del guante.
—Bonito disfraz para un arma.
Chi tomó un sorbo de su propia bebida.
—Hay que ser creativos en estos días. Los humanos sospechan más que nunca. Si quieres, puedo darte un juego.
—Me encantaría. Pero probablemente debería pasar.
El uso de ellos en su cuerpo podría ser una molestia importante ya que recogería las emociones de quien los había creado. Era por eso que todo lo que llevaba, conducía o usaba, tenía que ser creado por Acheron específicamente para ella ‑sin ser tocado por las manos de otra criatura. Gracias a los dioses que su intrépido líder tuviera los poderes que tenía. De lo contrario, estaría totalmente jodida. Es por eso que no le gustaba la comida. Las bebidas no eran tan malas ya que la mayoría de ellas eran manipuladas por las máquinas.
La carne para ella estaba fuera de cuestión. Dioses, cómo echaba de menos comer carne…
Apartando el pensamiento, Sam tomó otro trago de cerveza mientras considera lo que Chi le había comentado de su última asignación.
—Entonces, ¿cuántos de nosotros han sido trasladados a Nueva Orleáns ahora?
—Lo último que supe es que Acheron cuenta con ocho Perros aquí.
El número fue impresionante.
—¿Ocho? ¿No es excesivo?
Chi se encogió de hombros.
—Supongo que el Atlante está esperando que algo grande suceda.
Todos habían sido enviados para proteger a un hombre en particular. Nick Gautier. Eso era todo lo que sabían.
Nick tenía que vivir, incluso si eso significaba que ellos tuvieran que morir.
—Pero, por supuesto Acheron no dice de qué se trata.
Había más veneno en la voz de Sam de lo que había previsto. Considerando todas las cosas, amaba a Acheron. Sólo deseaba que fuera un poco más claro con todos ellos.
Chi levantó la botella a modo de saludo en silencio.
—Exactamente.
Típico de Acheron. Mantenía el secreto y eso le hizo a Sam preguntarse qué estaba pasando en el reino sobrenatural para que el Atlante pusiera en peligro a tantos Perros de la Guerra a la vez. No eran precisamente amistosos y la mayoría de ellos eran muy territoriales. La última vez que se habían encontrado dos Perros en la misma ciudad, casi la habían destruido.
Y, contrariamente a los rumores, ella y Ethon no habían tenido nada que ver en el asunto.
Chi entornó la mirada curiosa como si le hubiera leído el pensamiento.
—¿Ya has visto a Ethon?
Sam hizo una mueca ante el recordatorio del antiguo general espartano quien, después de una noche de batalla, se había visto obligado a refugiarse en su casa hacía muchos siglos.
—Todavía no, pero sí vi a Roman en la calle hace un par de noches.
Escupió su nombre con todo el asco que sentía quemándole la garganta. Roman fue un gladiador y mientras ella podía apreciar su talento, despreciaba todo lo que representaba.
Chi la taladró con la mirada.
—¿Estás planeando una revancha con Ethon?
Sam se estremeció ante la idea.
—¿Tengo que sacar a relucir tus viejos líos amorosos?
—Él es realmente magnifico.
—Y por ello no es lo que estoy buscando. Incluso para una sola noche.
Por no mencionar que los Dark‑Hunters tenían completamente prohibido dormir juntos. Ella y Ethon habían conseguido ponerse al día en un momento, pasaron toda la noche juntos, y lo habían lamentado desde entonces. Si Acheron alguna vez averiguara lo que habían hecho, probablemente les mataría.
Definitivamente Artemisa querría.
Y esa noche le había enseñado a alejarse de amantes para siempre y de Ethon en particular. Todavía no podía conseguir sacar las imágenes del brutal pasado de Ethon de la mente. Nunca más quería ser asaltada por el daño de otra persona. Tenía suficiente con el suyo propio.
La culpa la atravesó. Se estremeció, empujándola lejos antes de que le hiciera más daño.
Chi echó un vistazo a la barra donde el gemelo de Dev estaba sirviéndole una bebida a otro cliente.
—¿Qué pasa con los osos?
Sam se forzó a sí misma a no reaccionar levemente.
—¿Qué pasa con los osos?
—Oh, vamos, no me digas que no has llegado a pensar sobre ser un sándwich de osito con ellos. Oh, dios mío, el que está en la puerta es absolutamente babeliciosos.
—¿Babeliciosos?
Chi se rozó alegremente contra ella, asegurándose de no tocar su piel.
—No te hagas la tímida. Te conozco mejor que eso. Dev definitivamente vale más que un montón de emociones.
Sam resopló.
—Sí, me conoces y sí, pensé en ello.
—¿Pero?
—Tengo flashbacks sobre Ethon y estoy a punto de vomitar por ello. No quiero volver a revivir aquel daño. Nunca.
Incluso por algo tan deliciosamente babeante como Dev.
Chi resopló.
—Una noche no te matará.
—¿No es eso lo que dijo Gitara justo antes de la batalla de Tortulla? Si no recuerdo mal, no le fue bien cuando la mataron y a todas sus tropas también —Sam sacudió la barbilla hacia el camarero—. Si tienes tanta hambre, ¿por qué no te llevas uno a casa?
—¿Uno? Cariño. Estoy esperando por el pack completo.
Sam se rió.
—Eres malvada.
Chi se despejó al instante cuando giró la cabeza a su derecha y exploró el club con la mirada.
—¿Sentiste eso?
Sam giró la cabeza y bajó la barbilla, escuchando. Hubo una extraña sensación que cortó el aire a su alrededor. Inhumana y salvaje. Se deslizó por la espalda como una navaja de afeitar.
—Lo sentí.
Era similar a un temblor Daimon, pero diferente. Más poderoso. Miro alrededor del club para ver si alguien más lo sentía.
Si lo habían hecho, no habían reaccionado.
Qué extraño.
Se encontró con la estrecha mirada de Chi.
—Iré a la parte trasera.
—Yo a la entrada.
Sam usó sus poderes para buscar el éter a su alrededor a la vez que se dirigía a la puerta trasera del Santuario. Los Dark‑Hunters tenían también un rastreador electrónico de Daimons, pero nunca había necesitado uno. Sus sentidos y poderes habían bastado siempre para llevarla al sitio correcto.
Pero no esta noche.
Esta noche, perdió el olor casi tan pronto como estuvo fuera.
¿Cómo era posible? Y aún así no había negación sobre lo que sintió. O más exactamente, no sintió. El aire estaba fresco con un toque de otoño. Olió el gumbo[1] y los filetes que se estaban cocinando en la cocina y el olor del río que sólo estaba a unos bloques de distancia. Pero no había nada que hacer allí con los Daimios.
Con todos los sentidos totalmente en alerta, se deslizó alrededor de todo el edificio, intentando localizar lo que las había alertado.
No había nada ahí. Todo parecía normal aunque en su interior supiera que no lo era.
Chi volvió sobre sus pasos para detenerla. Se encontró con la burlona mirada de Sam, y agitó la barbilla hacia el cielo.
Sam siguió la línea de su mirada. En el momento en que ella se concentró en el cielo, el estómago se le revolvió. Encima de sus cabezas se suspendía una luna tan roja y nublada que parecía haber sido lavada en sangre.
La luna de los Cazadores. Científicamente, sabía que no significaba más que la forma en que la luz del sol se inclinaba sobre la tierra para iluminar la superficie lunar. Pero había vivido el suficiente tiempo para saber que no era tan simple, que la ciencia no lo podía explicar todo. Sobre todo, porque la ciencia no lo sabía todo.
Definitivamente, no sabía sobre el velo protector que separaba los mundos los unos de los otros. Un velo que se diluía durante la luna de sangre. Sobre todo, no sabía que a veces hombres del pasado habían tenido malos presagios por esa causa.
En el corazón y en el alma,
el mal toma víctimas mortales de ambos.
Cuando la luz de la luna brilla de la misma manera que fluye la sangre,
sobre la tierra los demonios se abalanzaran.
El viejo poema Amazona le vino a la cabeza. Una luna justo como la que había brillado una vez sobre su casa. Lo había rechazado entonces como si fuera una superstición infundada.
Y había muerto lamentando aquella estupidez.
—Llamaré a Acheron —dijo Chi, sacando el teléfono móvil.
Sam sacudió la cabeza cuando sintió la sombra del miedo sobre ella. Algo venía hacia ellos, podía sentirlo. La única pregunta era, ¿el qué?

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