jueves, 12 de enero de 2012

A cap 12

Ash acababa de entrar en la habitación de Tory cuando su móvil volvió a sonar. Suspiró mirando el identificador de llamada. 
—Discúlpenme. Tengo que contestar otra ronda de llamadas  del tipo “Ayúdame, señor Mago”.
Tory movió la cabeza ante el pobre hombre, cuyo móvil parecía ser una fuente de irritación constante.
Pam se sentó en la silla donde Ash había estado sentado. 
—¿Cuántos amigos tiene?
 —Creo que son llamadas de trabajo.
 —Ah. ¿A qué se dedica?
 —Es domador.
 —Uh, uh… —la voz de Pam estaba llena de duda.
 —Ya lo sé. La verdad es que no me ha dicho a qué se dedica exactamente, pero parece que siempre le están llamando para lo que sea.
Los ojos de Pam brillaron de interés. 
—A lo mejor es un asesino internacional. Oooooh, sería guay.
 —Tenemos que hacer que dejes de ver pelis.

Ash se quedó callado en medio de una frase cuando una única fisura de poder le corrió por la columna vertebral. La sensación era inequívoca… había demonios en el hospital. Y se apostaba la vida a tras de quien iban.
Colgó la llamada y volvió a la habitación de Tory. 
—Tenemos que marcharnos.
 —Eh, hola.  —dijo Tory con sarcasmo—. Estoy enganchada a una sonda. No voy a ningún sitio en un futuro próximo.
Se acercó a la cama y le quitó la sonda  antes de que pudiera parpadear.
Tory estaba horrorizada por sus acciones y se quedó asombrada cuando el brazo le dejó de sangrar. 
—¿Qué pasa?
 —La gente que nos quiere muertos se está acercando. Y si no nos movemos, esto se va a poner feo.
Le martilleaba el corazón al pensar que alguien venía por ellos. 
—Sólo hay otro problema. Ropa. No tengo ropa.
Pam avanzó hacia ella. 
—Sí que tienes. Ash, vigila la puerta y danos un minuto.
 —Tienes veinte segundos. —Se acercó a la puerta y la cerró.
 —¿Puedes moverte? —preguntó Pam.
 —Sorprendentemente, sí.
 —Vale. Cambiémonos la ropa y hagámoslo rápido.
Tory se quitó la bata de hospital en un instante. Estaba un poco dolorida por el accidente pero no tanto como para alguien a quien acaban de operar. No tenía ni pizca de sentido.
Antes de pudiera pensarlo más, Ash estaba de nuevo en la puerta.
 —Nos estamos quedando sin tiempo. —le tendió la mano.
 —No tengo zapatos.
 —Ya nos apañaremos. Vamos.
Ella cogió su mano.
Sin más palabras, la arrastró por el pasillo hacia los ascensores. Cuando las puertas empezaron a abrirse, la empujó a un cuarto haciendo señas para que se estuviese quieta. Todo esto la horrorizaba. ¿Quién estaba ahí fuera?
 —Espera aquí. —le dijo articulando con los labios, abrió la puerta y se desvaneció en el pasillo.
Tory no estaba segura de qué estaba pasando. Sólo esperaba que Ash supiera lo que hacía.
Segundos más tarde, volvió y le hizo señas para que se moviera rápido. Prácticamente la empujó dentro del ascensor que había abierto. Pero al cerrarse las puertas, se volvió para mirar su habitación hacia donde se dirigían dos hombres muy altos. Vestidos de negro, parecían siniestros.
 —¿Qué pasa con Pam?
Ash la empujó hacia atrás para que las puertas pudieran cerrarse.
—Estará bien. Saben detrás de quien van.
 —¿Quiénes son?
Ash se encogió ante la pregunta que realmente no podía contestar. Demonios que venían a torturarla sonaba un poco inverosímil, especialmente cuando no estaba seguro de cómo Stryker había sabido dónde mandarles.
—No sé sus nombres. Aunque la verdad es que no me apetece nada presentarme en estos momentos.
 —¿Seguro que no le harán daño a Pam?
Le tendió su móvil. —Cuando estemos en el coche, puedes llamarla.
 —¿Qué coche?
No contestó puesto que estaba enfocando todo su poder en enmascarar su presencia a los demonios y en localizar al resto del equipo. Había por lo menos diez merodeando por el hospital. Podía escudarlos con su poder y alterar la apariencia de Tory.
Por lo menos de todos menos de un archidemonio. Nacidos de la unión de demonio y un dios, eran una raza única y altamente impredecible. Y uno de ellos estaba en el hospital liderando a los demás.
Ash la condujo por el aparcamiento hasta su Porsche 911 GT2 plata metalizada. Abrió la puerta del copiloto mientras reconocía el aparcamiento.
Ella se paró ante la puerta abierta.
—Por favor, dime no lo has robado.
 —Es mío. —balanceó las llaves del Porsche ante su cara.
Tory todavía sospechaba. Había dado clases de conducir para Porsches en la autoescuela, sólo por diversión y conocía los modelos y los precios. Este era la creme de la creme de los Porsche y se llevaba como un sueño. Había estado encaprichada de mala manera con tener uno que casi podía saborearlo pero el precio estaba fuera de su alcance.
—¿Tienes un coche de un cuarto de millón de dólares?
 —Diez mil dólares arriba o abajo, pero sí. Ahora entra.
Tory no estaba convencida del todo. ¿Cómo demonios podía permitirse un coche como éste? Aunque cuando vio el asiento del conductor se dio cuenta que, definitivamente, estaba diseñado para una persona muy alta, no podía negar lo obvio. Tenía que ser suyo. Entró en el coche y él se deslizó en el asiento del conductor.
Sí, el coche se le adaptaba como un guante y el hecho de que supiera que el encendido estaba a la izquierda le confirmó que había usado el coche lo bastante como para no dudar.
 —¡Acheron!
Cuando Ash cerraba la puerta, Tory vio al hombre que había gritado, grande y de pelo castaño, que corría hacia ellos.
 —Ponte el cinturón. —Ash metió la marcha atrás.
El hombre se encaramó en la trasera del coche de Ash.
 —Tú cabrón,  —dijo Ash cabreado— con que dejando huellas de zarpas en mi coche. Te juro que si le haces un arañazo, te mato. —Frenó de golpe y el tipo salió volando para aterrizar sobre un sedan azul.
Ash giró el volante bruscamente y enfiló derecho al hombre, que había rodado al suelo.
Tory se encogió esperando que le pasaran por encima. Pero cuando le alcanzaron, saltó hacia un lado con sorprendente agilidad.
 —Estás loco, ¿verdad?
Ash no contestó. Tomó una curva tan rápido que ella habría jurado que sintió un tirón de gravedad de 2G. En la calle un BMW blanco se colocó detrás de ellos.
 —Nos están siguiendo.
Ash soltó una maldición cuando los vio por el retrovisor. Más demonios. Pero estaba agradecido de que por lo menos intentaban pasar desapercibidos. Stryker debía haberles avisado  para que mantuvieran el anonimato en el mundo de los humanos. Su inhibición les igualaba en el terreno de juego puesto que tampoco él podía utilizar sus poderes abiertamente.
Reduciendo marchas, se metió por entre el tráfico, dirigiéndose a la interestatal. Tenía que alejarles de las zonas pobladas antes de que algún inocente resultara herido. Algo más fácil decir que hacer, puesto que aparecieron dos coches más y abrieron fuego sobre ellos.
Ash levantó un escudo para proteger el coche. Intentó usar sus poderes para que los coches que les perseguían volcaran o por lo menos pararles los motores. Pero puesto que los que iban dentro eran demonios y no humanos, contrarrestaron sus habilidades con las suyas propias.
¡Maldita sea!
 —Dios mío. —jadeó Tory—. ¿Son unos inútiles disparando o qué les pasa?
No hizo comentario alguno cuando captó 4 lustrosas Honda Blackbird negras cerrándoles el paso. Dos de las motos llevaban dos pasajeros y los de atrás iban cargados con KAC de 6x35 mm PDW que sacaron de debajo de las chaquetas.
Ash maldijo. 
—Parece que están dispuestos para unirse al baile.
Al menos eso era lo que pensaba hasta que una de las motos abrió fuego sobre los coches que los perseguían.
Tory arrugó el ceño ante la ayuda de los de las motos. 
—¿Amigos tuyos?
 —No que yo sepa. —Si no fuera porque estaban usando armas de fuego, hubiera sospechado que eran Were-Hunters puesto que muchos de ellos usaban motos para desplazarse cuando estaban en forma humana. Pero los Were-Hunters lucharían con magia.
Las motos se pusieron en formación forzando al BMW a estrellarse contra el muro de contención. Luego fueron por el otro Beamer y también dieron cuenta de él.
Ash mantuvo la marcha mientras se les aproximaban. Al menos hasta que comprendió  que estaban definitivamente de su lado. Se desvió bruscamente hasta el arcén y pisó los frenos.
 —Espera aquí. —le dijo saliendo para enfrentar a los de las motos.
Se pararon unos metros detrás del coche. Los dos que iban armados desmontaron primero y se pusieron de espaldas a él para vigilar por si aparecían más demonios. Pero lo que más le llamó la atención fue el símbolo del sol grabado en la espalda de sus trajes de cuero.
El símbolo de su madre.
Los conductores desmontaron al unísono y se acercaron a él como una unidad entrenada. Se pararon ante él con las piernas separadas, se llevaron el puño derecho al hombro izquierdo e inclinaron la cabeza. Después se dejaron caer sobre una rodilla allí mismo, en medio de la calle.
¿Qué coño era todo esto?
El líder del grupo se puso en pie y se quitó el casco. Era una belleza que quitaba el aliento, de pelo largo y rubio que caía en ondas sobre los hombros. Con el cuero, sus anchos hombros podrían hacer fácilmente que se la tomara por un hombre, pero no había nada masculino en ella. 
—Siento no haber podido arreglar una presentación mejor. Soy Katherine Zanakis, sacerdotisa principal de la Apollymachi.
Ash las miró y cayó en la cuenta de que todas eran mujeres humanas al servicio de su madre. 
—¿Qué hacéis aquí?
Katherine se hizo a un lado mientras las demás se levantaban y una de ellas avanzó y se quitó el casco. Muy mona y probablemente diez años mayor que Katherine, tenía el pelo negro corto y unos ojos cálidos.
 —¿Justina?
Se volvió al oír el tono confundido de Tory frunciendo el ceño cuando la muy diablillo echó a correr hacia ellas. 
—Te dije que te quedaras en el coche.
 —No te he oído. —dijo desdeñosa cuando se acercó a ellas.
Justina se adelantó y se quitó del hombro la bolsa de mensajero. 
—Me han dicho que te entregue esto. —le tendió la bolsa a Tory.
Tory parecía tan confusa como él ante el regalo. 
—¿Qué es?
 —Esto es por lo que murió Dimitri. —explicó Justina—. Yo estaba allí cuando la Atlantikoinonia irrumpió en su casa, conseguí escapar por la puerta de atrás con el diario y el sello mientras él los entretenía. —Justina se santiguó tres veces mientras sus ojos se llenaban de lágrimas por el amigo que habían perdido.
Ash maldijo al recordar haber visto a Justina en su visión. Solo que no se había dado cuenta de qué lado estaba. Asumió que estaba trabajando para el enemigo.
 —¿La Atlantikoinonia? —Tory preguntó a Justina.
 —Un grupo de lunáticos. —soltó Justina—. Nos han venido persiguiendo desde Grecia hasta Nueva Orleáns. Cada vez que nos dábamos la vuelta, allí estaban, intentando echarle el guante al diario.
Katherine asintió. 
—Son un grupo de hombres que han jurado proteger los secretos de la Atlántida y son implacables.
 —Destruyeron nuestro barco. —le dijo Justina a Tory—. Maté a uno mientras huía y eso fue lo que me hizo correr a casa de Dimitri por el diario. Hasta entonces no me había dado cuenta de lo importante que era nuestra búsqueda.
Tory movió la cabeza como si todo esto la estuviera haciendo marearse. 
—Estoy muy confundida.
Ash le puso el brazo alrededor para sujetarla. 
—También acaban de operarla y casi la matan esta mañana. Sin mencionar  que nuestros amigos podrían encontrarnos otra vez y cuando lo hagan no quiero estar al descubierto donde puedan coger o tener un blanco claro. Chicas, ¿sabéis donde está el Santuario en las Ursulinas?
 —Yo sí. —dijo  una de las mujeres de los KAC.
 —Nos encontraremos allí. —Ash le abrió la puerta a Tory que le miró con dureza.
 —Exactamente, ¿qué está pasando aquí, Ash?
 —No estoy seguro, pero creo que estamos a  punto de conseguir algunas respuestas.
 —Bien. Porque estoy harta de estar en la oscuridad.  —Tory entró en el coche  y empezó a abrir la bolsa en su regazo, pero Ash puso la mano sobre las suyas.
 —Yo que tú no haría eso.
Le miró ceñuda. 
—¿Por qué?
Porque me pondrás al descubierto. 
—Esperemos hasta que lleguemos al Santuario.
Y allí podré librarte de él sin peligro.
 —Vale. —su confianza ciega hizo que una oleada de culpabilidad le recorriera todo el cuerpo. Cruzó los brazos por delante de la bolsa y la sujetó fuerte sin saber que eran su vida y su dignidad lo que sujetaba cerca del corazón. Cada uno de los secretos por los que había trabajado tan duro para guardarlos estaban justo ahí...
Quería maldecir. Tenía un nudo en el estómago. Pasó al otro lado y se deslizó dentro del coche para conducirles de vuelta a al Barrio Francés.
Tory pasó la mano por el cuero color tierra del interior del coche como si admirar el estilo alemán. 
—¿Sabes lo que pienso que desentona en estos coches?
No tenía ni idea. No encontraba que nada desentonara. Adoraba su Porsche 
—¿Qué?
—Los posavasos.
Él se rió. Los posavasos estaban metidos en un compartimiento que había que girar hacia abajo para expulsarlos y poder desplegarlos. 
—Sí. Los Transformers son posavasos disfrazados.  Pero no es eso lo que tienes en la cabeza, ¿no?
 —No. Estoy intentando distraerme para no pensar en el hecho de que estoy sujetando en el regazo algo por lo que alguien está dispuesto a matar. De que uno de mis amigos más queridos pagó con su vida por este descubrimiento y de que si hubiéramos dejado estar lo de la Atlántida, Dimitri estaría vivo. Su esposa no sería viuda y su pobre madre no estaría enterrando a su único hijo. —se encogió—. No me puedo creer que mi estupidez egoísta le haya costado la vida a alguien. ¿Qué es lo que he hecho?
A Ash se le encogió el corazón al pensar en Nick. 
—Es fácil equivocarse. Lo difícil es vivir con las consecuencias.
—Dímelo a mí. ¿Tienes algún anillo espía secreto que me ayude con la pena?
—Me gustaría, pero no. Hay penas que van demasiado profundas para aliviarlas. Lo mejor que podemos hacer es recoger los pedazos y rogar por la fuerza necesaria para seguir adelante.
 —¿Eso es lo que haces tú?
 —No, yo me lío a hostias. Eso ayuda aún más.
Le lanzó una risa suave. 
—No te veo siendo tan duro.
No se daba idea pero le gustaba que no conociera la parte de él que era capaz de la destrucción total.
Tory apoyó la cabeza contra el cristal y miró por la ventanilla.
No hablaron más hasta que Ash se metió por la entrada de detrás del Santuario. Las sacerdotisas aparcaron en la calle mientras llevaba a Tory a la puerta principal.
Dev Peletier estaba de guardia en forma humana… mientras fuera de día. Había dos clases de Were-Hunters. Los nacidos como humanos que podían convertirse en animales y los que eran animales  que podían convertirse en humanos. Durante las horas diurnas los Were-Hunters preferían su forma original que para Dev era un oso. El hecho de que estuviera en su forma humana tenía asombrado a Ash puesto que sólo los más poderosos de su raza podían hacer algo así.
Como hombre, Dev no era mucho más bajo que Ash. Tenía el pelo rubio largo y ondulado y un hoyuelo que sólo se mostraba cuando hablaba puesto que los osos no sonríen a menudo. Llevaba vaqueros y la camiseta negra del personal del Santuario y estaba sentado con indiferencia engañosa. Incluso en forma humana podía entrar en materia con la rapidez suficiente como para darle a Ash un mal rato. Pero lo que más divertía a Ash era el doble arco de Cazador Oscuro en el brazo de Dev. No estaba seguro de por qué el oso pensaba que era divertido llevar la marca de Artemisa, pero Dev la llevaba con orgullo.
En cuanto vio a Ash sacó el mando a distancia del cinturón y  “Sweet Home Alabama” empezó a sonar dentro del bar, advirtiendo al resto de habitantes no humanos que Ash estaba a punto de entrar en el edificio. Era un juego. Puesto que los Were-Hunters eran primos de los Apolitas, a menudo daban cobijo a Apolitas y Daimons. Siendo Ash un Cazador Oscuro, estaba obligado a matar a cualquier Daimon que se cruzara en su camino, lo que quería decir  que cualquier Daimon que hubiera dentro estaba corriendo a esconderse en ese momento.
Los Apolitas preferían no cruzarse con los Cazadores Oscuros así que escasamente se mostraban cuando él estaba por allí.
 —¿Cómo lo llevas, Dev? —preguntó Ash.
 —Ahí vamos. —Dev arqueó una ceja cuando vio a Tory y a las otras mujeres que se acercaban—. Gracias por embellecernos el bar. Lo apreciamos mucho.
Ash sacudió la cabeza. 
—Necesitamos un rincón tranquilo.
 —Escalera arriba, a la derecha. Todo el área está acordonada a estas horas del día. Te mando a Aimee con las bebidas.
 —Gracias.
Tory sonrió al rubito que le guiñó el ojo al seguir a Ash. Había pasado por delante del bar docenas de veces pero, como el heavy metal no era lo suyo, nunca había entrado. Era un sitio enorme, mucho más grande de lo que parecía desde la calle.
Tenía tres pisos con secciones a parte de la zona del bar, un billar, un escenario y pista de baile y un restaurante. Era rústico y al mismo tiempo bastante hogareño, excepto por el ataúd en un rincón al lado del bar que tenía una placa en la que se leía “EL ÚLTIMO TÍO QUE LE PIDIÓ SALIR A AIMEE”, con un esqueleto desmembrado dentro.
Obviamente, Aimee era alguien a quien los visitantes no debían poner la mano encima.
Tory siguió a Ash escaleras arriba hasta una mesa redonda al fondo, contra la pared. Se colocó de forma que estaba contra la pared y esperó a que todas estuvieran sentadas antes de sentarse.
Una vez que todo el mundo estuvo colocado, inclinó la cabeza hacia ellas. 
—Bueno, señoritas, resolvamos este rompecabezas.
—No es difícil.  —dijo Katherine—. Desde que la familia de Tory empezó  a excavar  cerca de las ruinas de la Atlántida, la diosa nos asignó para vigilarlos y asegurarnos de que no la ofendía con sus actos.
—¿Vuestra diosa? —preguntó Tory.
Katherine sonrió. 
—Apollymi la Gran Destructora. Nuestra orden se remonta a los días en que la Atlántida gobernaba la tierra. Después que de la Atlántida fue destruida y bajo la protección de nuestra diosa que nos salvó de la destrucción, fuimos a Grecia y establecimos nuestra orden allí, donde se ha mantenido en secreto desde entonces.
—Éramos una de las grandes tribus de Amazonas  —dijo Justina—. Sólo que mientras el resto eran griegas, nosotras mantuvimos las costumbres atlantes.
Katherine sonrió con orgullo. 
—Y éramos las más fuertes de todas. Desde el momento en que nuestras antepasadas escaparon a Grecia, hemos sido perseguidas por la Atlantikoinonia. Un grupo creado por la diosa Artemisa. Su objetivo es erradicar  toda evidencia de que la Atlántida y Apollymi hayan existido nunca.
—Lo que significa mataros a todas. —susurró Tory.
Katherine asintió. 
—Otra de las razones por la que llevamos siglos escondiéndonos.
Justina se quitó la chupa y la colgó en el respaldo de la silla. 
—Si no fuera por la protección de Apollymi no habríamos sobrevivido tanto tiempo.
Tory admiró el modo en que hablaban, la lealtad que mostraban a su diosa. 
—Habláis como si fuera real.
Justina sonrió. 
—Para nosotras lo es.
—No —dijo Katherine con rapidez—. Por lo que sabemos, nadie sabe en que lengua está escrito. Nuestro Oráculo nos dijo que se lo trajéramos a Tory y eso hemos hecho. Se ha predicho que ella, al igual que la antigua atlante Soteria, será su guardiana.
A Tory la pilló con la guardia baja el uso de su nombre de pila. 
—¿Perdona?
—Es una antigua leyenda.  —dijo Ash—. Cuando la Atlántida fue destruida la bibliotecaria jefe de los archivos  nacionales intentó salvar tanto como pudo. Se cuenta que su Sombra vigila los tesoros de la Atlántida y los protege del saqueo.
Katherine abarcó con la mano a la totalidad del grupo. 
—Las Apollymachi somos su Sombra. Somos las guardianas y la Atlantikoinonia son los destructores.
Ash se quedó mirando la bolsa que Tory todavía apretaba contra su pecho. 
—Quizás en esto nosotros tengamos que ser los destructores.
 Tory negó con la cabeza. 
—Quiero saber qué dice el libro antes de destruirlo.
—Nadie sabe leerlo. —repitió Katherine.
Tory negó con la cabeza. 
—Ash sí sabe.
Las mujeres le miraron con la sorpresa grabada en los rostros.
Justina intercambió una mirada con Katherine antes de hablar. 
—¿Por eso el Oráculo nos dijo que se lo entregáramos al Elekti?
—¿Elekti?  —preguntó Tory que no conocía el significado de la palabra.
—Significa Elegido.  —le explicó Justina.
Tory las miró ceñuda, eso parecía bastante amenazador. 
—¿Elegido para qué?
Katherine se subió las mangas de la cazadora. 
—Nuestra orden habla de un hombre en cada generación que porta el signo de la gracia de la Destructora. Será conocido por su anillo, lo lleva en el pulgar derecho.
Tory bajó la vista y vio una banda de oro gruesa en el pulgar de Ash. Llevaba el mismo símbolo del sol que tenían las cazadoras  de las mujeres y que su mochila. 
—¿Qué no me estás contando? —le preguntó a Acheron.
—Mucho. —se volvió hacia Katherine—.  ¿Qué órdenes tenéis ahora que habéis entregado del diario?
—Debemos proteger a Soteria y seguir las órdenes del Elekti.
—¿Por qué? —insistió.
—Porque es la voluntad de la diosa.
Ash se burló de sus palabras. 
—No deberíais obedecer ciegamente a nadie. Te lo dice uno que lo sabe bien. Vuestra diosa no es infalible.
Katherine tomó aliento con brusquedad. 
—Eso es blasfemia.
Ash no contestó, pero algo en sus facciones le hizo creer a Tory que sabía mucho más sobre la diosa de lo que dejaba entrever. 
—Esos Atlantikoinonia, ¿son humanos?
Tory estaba confusa por la extraña pregunta.
—¿Qué otra cosa podrían ser? ¿Rábanos?
Ash sacudió la cabeza ante el sarcasmo. Aunque, para ser sincero, le divertía. De todas maneras, eso no cambiaba el apuro en que se encontraban.
—¿Sabe alguien que tenéis el diario?
—No —dijo Justina—. Dimitri no habría roto su promesa.
Tampoco él lo creía. 
—Entonces, por ahora tenemos que meter a Tory en la cama para que descanse.
—Estoy bien.
Arqueó una ceja ante la protesta. 
—Te acaban de operar. Tienes que estar en la cama, descansando.
Tory odiaba admitir que tenía razón. 
—Vale. Llévame a casa.
Miró la bolsa y negó con la cabeza. 
—No creo que sea prudente dadas las aventuras de hoy. Quien quiera que va tras de ti, sabe donde vives. Y no creo que debamos ponérselo fácil. Deja que los cabrones se lo curren para matarte. —Se puso de pie cuando una atractiva rubia se acercó. Vestía una camiseta del Santuario muy corta con un lobo aullando en la delantera y llevaba una bandeja.
Apartándola a un lado, le habló en voz baja.
 —Sin problema, —dijo la rubia—. Sígueme.
Ash cogió la bolsa. 
—Vamos.
Irritada por su despótica conducta y porque no le había pedido su opinión, Tory les siguió hasta una puerta cercana. Aimee, cuyo nombre estaba grabado en la espalda de la camiseta, sacó un juego de llaves y abrió la puerta. Llevaba a una habitación pequeña con otra puerta que estaba cerrada con un scanner de palma.
Tory estaba impresionada por la seguridad. 
—Llega fuera de la cuidad…
Sonriendo, Aimee abrió y les enseñó un dormitorio grande sin ventanas. 
—Hay un cuarto de baño tras esa puerta. Es de acero reforzado, nadie que no sea invitado puede entrar… con gran énfasis en lo de no invitado.
Ash le hizo una inclinación de cabeza. 
—Gracias, Aim.
 —De nada. —le tendió la llave de la puerta exterior—. Puedes dejar abierta esta puerta y así no tendrás que usar el scanner.
Ash se dirigió a Tory. 
—¿Quieres algo de beber?
—Zumo de manzana sería un regalo de los dioses.
Aimee asintió. 
—Te subiré un poco.
Tory se acercó a la cama cuando Aimee los dejó solos. 
—¿Ya puedo leer?
Ash hizo un ruidito de irritación. 
—¿Te importa si primero le echo un vistazo?
—Sí, me importa. —tendió la mano esperando que se lo diera inmediatamente. Estaba desesperada por que todo este follón se terminara.
—Yo leo más deprisa que tú. —le recordó Ash.
Hizo un ruido fuerte de irritación que competía con el suyo.
Ash hizo una pausa. En ese momento, quería decirle la verdad de lo que estaba pasando y por qué. Quería que supiera que la hermosa camarera Aimee era la hermana  pequeña de Dev y un oso en su otra forma. Tenía la fantasía de Tory agradeciéndoselo a pesar de todo. De ella aceptándolo todo sin asustarse y sin chillar.
De ella sin que le importara que fuera un dios maldito.
Pero ya se sabía. No era un adolescente con su primer enamoramiento. Había vivido lo suficiente para saber que la gente y sus reacciones ante cosas que eran radicalmente diferentes no solían ser positivas.
No importaba cuanto deseaba que le sonriera y le dijera que no importaba nada, ya había pasado por eso. ¿Cuántos siglos tendría que esperar para que lo le importara a Artemisa? Y ella era una diosa que no podía aceptarle.
¿Cómo podría una mortal tomárselo con calma? Además él vivía en un mundo peligros y ella no tenía los poderes necesarios para sobrevivir en él.
Se aclaró la garganta. Te recobraras de la decepción.
—Ash… —dijo con una nota de advertencia en la voz—, no me hagas salir de la cama.
Cogió la bolsa y salió de la habitación antes de que pudiera alcanzarle. Cerró la puerta y la selló.
—¿Eh! —El escándalo amortiguado le hizo encogerse al sentir su rabia dentro de él. Le habían tenido prisionero lo bastante como para que se odiara a sí mismo por lo que acababa de hacer.
Pero tenía que protegerse… y protegerla a ella.
Se detuvo en la habitación exterior  para abrir la bolsa. Había un sello atlante que tenía el sol de su madre con el martillo de Archon y los rayos formando una “x” sobre él. Había tres gargantillas de sacerdotisa que podían usarse para convocar los poderes de su madre en un cuerpo mortal y había una daga atlante.
Ash empezó a maldecir al darse cuenta de que todo esto era más destructivo que una bomba nuclear. Con esto, cualquiera en el planeta podría terminar con el mundo en un parpadeo.
—¿Hay alguna razón por la que deba estar encerrada?
La voz de Aimee le distrajo.
—Sí —dijo poniendo todas las cosas  en su propia mochila antes de levantarse—. Necesito que se quede aquí un rato.
Le echo una mirada tímida.
—Te gusta vivir peligrosamente, ¿eh?
Él ignoró la pregunta.
—Dile que volveré pronto y le traeré su ropa.
Aimee movió la cabeza cuando abrió la puerta y se enfrentó a una humana que parecía preparada para desafiar a un oso. Literalmente.
—¿No deberías estar en la cama? —preguntó Aimee.
Tory le lanzó una mirada a la mujer.
—¿Me vas a obligar?
—Con un poco de suerte no llegaremos a eso. Ash quiere que estés protegida y creía que tú estarías de acuerdo.
Tory levantó la barbilla en desafío.
—¿Haces siempre lo que él quiere?
—No, pero sé lo que es proteger a alguien por el que te preocupas, incluso cuando son tercos suicidas. No me hagas hacer algo por lo que luego me odies.
Eso le hizo bajar los humos un poco a Tory. Eso y el hecho de que Aimee era bastante corpulenta y no mucho más baja que ella.
—No me gusta que me digan lo que tengo que hacer y odio estar encerrada.
—Si me prometes que te quedarás aquí y te portarás bien, dejaré la puerta abierta. Pero no me hagas perseguirte. Te aseguro que soy mucho más rápida de lo que parezco.
Aunque seguía enfadada, Tory comprendió que no podía salir corriendo tras Ash. Todavía había gente buscándola y se estaba restableciendo. Así que fue hacia la cama y se metió dentro.
Sonriendo, Aimee le tendió el zumo. Abrió el cajón de la mesilla de noche y sacó un mando a distancia. Un momento después se abrió un panel en la pared que descubrió una tele grande de plasma.
—Esto no es una cárcel. Pulsa el botón amarillo si necesitas algo y subiré.
—Gracias.
—De nada. Intenta no matar al chico alto de negro. Puede parecer un gilipollas algunas veces, pero básicamente es un buen hombre y hay tan pocos en el mundo que no necesitamos empezar a eliminarlos.
Tory se rió ante la perfecta descripción de Ash. Aimee tenía razón. No había una plétora de gente buena.
—¿Hace mucho que conoces a Ash?
Se puso la bandeja debajo del brazo antes de contestar.
—Desde que era una cría... la verdad es que me salvó la vida.
Tory no sabía por qué, pero la sorprendió.
—¿Te salvó la vida?
Ella asintió.
—Mataron a mis hermanos mayores delante de mí. Los hombres que lo hicieron estaban borrachos de sangre y cuando vieron que me estaba escondiendo, me sacaron de donde estaba para matarme también. Lo siguiente que supe fue que Ash estaba allí y ellos estaban muertos. Me levantó y me devolvió a mi familia. Si no me hubiera encontrado, se que me habrían matado también.
Tory frunció el ceño ante las imágenes conflictivas que pasaban por su mente y que no tenían sentido.
—Pero eres mayor que él.
—No.
Su ceño se incrementó. Aimee parecía por lo menos diez años mayor que los veintipocos de Ash.
—¿Cuántos años tiene Ash?
—No lo sé exactamente. No conozco a nadie que lo sepa con exactitud pero sé que es mayor que yo. Él no lo dice y yo no pregunto. A propósito, me dijo que te dijera que te traerá algo de ropa. —Antes de que Tory pudiera decir una palabra más, Aimee se había ido.
Tory yacía en la cama con aquellas palabras dándole vueltas en la cabeza. Había mucho más en todo esto de lo que sabía y la molestaba que todos pensaran que era tan estúpida que no lo sabía.
¿Qué pasaba con Acheron? ¿Quién era en realidad?
Y ¿cuántos años tenía?
Una sombra se  posó sobre la cama. El corazón dejó de latirle un momento hasta que se dio cuenta de que la sombra era Justina.
—¡Me has asustado!
—Lo siento. Hay algo que he olvidado darte. Era tan pequeño que no lo puse en la bolsa con el resto. —Sacó una bolsita del bolsillo—. Creo que lo encontrarás realmente interesante.
Tory la miró ceñuda cogiendo la bolsita y sacó una moneda. No se sorprendió puesto que encontraban muchas monedas. El reverso era el mismo que en otras monedas de Didymus.
Pero cuando la volteó dio un grito ahogado.
El rostro que había en la moneda era el de Acheron.

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