jueves, 12 de enero de 2012

A cap 11

Los ojos de Kim se abrieron como platos ante las duras palabras de Ash.
—Un poquito sanguinario ¿no?
No para él, y por supuesto que, no cuando se lo merecía sobradamente. Le lanzó una sonrisa burlona.
—Con lo que le hicieron a Tory, creo que una muerte rápida es demasiado misericordiosa. Sin mencionar que han arruinado por completo una de mis cazadoras favoritas y han dejado mi moto para el desguace.
Pam resopló.
—Vale, atormentémosles y después bombardeamos a los cabrones. ¿Cómo se han atrevido?
Ash ignoró el sarcasmo y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Ahora piensas como yo. Les sacamos los ojos un poquito, les abrimos las fosas nasales... Podría cogerle el gusto seriamente a todo eso.
Kim se estremeció mientras hablaba con Tory.
—Creo que tu nuevo amiguito es un poco sanguinario.
Reprimió una sonrisa ante las palabras. Si supiera cuál era su alimento principal… Sí, definitivamente podría manejarse con un poco sangre dado que hacía más de una semana desde que se había alimentado por última vez.
El teléfono de Kim comenzó a sonar.
—Llamada del trabajo. Volveré enseguida.
Ash retrocedió hasta la cama para ver cómo se encontraba Tory.
—¿Cómo te sientes?
Le sonrió.
—Asombrosamente entera. ¿Y tú? Creí que el coche te había pasado por encima.
—Se desvió.
Entornó los ojos con suspicacia.
—No lo pareció desde mi perspectiva. Juraría que te pasó por encima de ambas piernas.
Se lo pensó antes de contestar.
—Obviamente no.
La expresión de Tory se tornó dulce y adorable y lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Le puso la mano suavemente en el brazo con lo que probablemente era la más cariñosa caricia que había recibido nunca.
—Gracias por traerme aquí. Kim dice que le indicaron que estabas sangrando de mala manera cuando me dejaste en urgencias.
Sintió que se ruborizaba ante su gratitud.
—No te preocupes. La próxima vez que me haga daño, me traes tú.
Rió de su buen humor.
—Creo que me haría falta un equipo entero de gente para llevarte.
—Volvemos a los insultos, ¿no?
Negó con la cabeza.
—No es un insulto. Eres un tío grande.
Ash abrió la boca como para decir algo, pero antes de que pudiera articular palabra, el médico entró para examinarla. Salió mientras el doctor charlaba con Tory.
—Eres una mujer con mucha suerte. Si tu amigo no te hubiera traído tan rápido, no hubiéramos podido hacer nada. Te dañaste seriamente el bazo en el accidente.
Todavía le asombraba lo que Ash había hecho por ella. Kim le había contado que tampoco él estaba en muy buena forma y que se alteró mucho cuando se le murió en los brazos. La sobrecogió la ternura que sintió.
Cuando la moto cayó, recordó que la había protegido. Había intentado mantenerla cerca de él, pero la fuerza del choque los había separado.
Hizo un gesto de dolor cuando el médico la tocó en un punto blando del abdomen.
Se apartó con una mirada incrédula.
—Te estás curando increíblemente rápido.
—Buenos genes y muchas vitaminas.
Se rió ella.
—Sigue con ese ánimo y te daremos de alta en unos tres días.
Ash se aclaró la garganta.
—¿Hay alguna posibilidad de que pueda marcharse antes?
Tory captó el significado de la pregunta de Ash.
—Sí, la verdad es que no puedo permitirme estar fuera de servicio tanto tiempo.
—Cariño —dijo el médico en tono tenso—. Moriste. Deberías pensarlo un poco y digerirlo. Tienes muchísima suerte de estar todavía con nosotros, así que déjanos cuidarte unos días antes de dejarte ir, ¿vale?
Resultaba difícil discutir cuando lo ponían así.
—Vale. Gracias, doctor.
Hizo una inclinación de cabeza y los dejó solos.
Miró a Ash, que estaba de pie contra la pared con ese estoicismo que utilizaba como un campo de fuerza para mantener al resto del mundo apartado. Sabía cuán fuerte se había golpeado contra el asfalto y la caída no había sido más suave para él. Y aún así se había arrastrado hasta ponerse en pie y la había levantado en brazos. Su fortaleza la desconcertaba.
—¿Cómo pudiste traerme hasta aquí?
—Tengo mis truquitos sucios de Jedi. —Dijo con tono indiferente. —La fuerza es fuerte en mí.
Rió otra vez. Podía ser tan encantador cuando quería… Y tan dulce.
—Bueno, si el médico dice que no me puedo ir, ¿qué vamos a hacer?
Se encogió de hombros con los brazos todavía cruzados sobre el pecho.
—Les echaremos un vistazo a nuestros nuevos amigos para asegurarnos que no deciden terminar lo que empezaron.
Asintió.
—Creen que tengo el diario, ¿verdad?
—Creo que sí. Eso o se aburren mucho y piensan que atropellarnos les calmará el hastío.
—Hablando de aburrimiento… ¿Qué voy a hacer mientras estoy aquí encerrada?
—¿Quieres leer algún manga?
Le miró con gesto adusto.
—¿Hablas en serio?
Asintió.
—Es como el crack. Una vez que empiezas, no puedes dejar de leer. Tengo algunos de Priest, Hellsing y Trinity Blood a mano. ¿Te interesa?
—La verdad es que quisiera leer el diario que encontramos. Una persona muy alta y varonil no ha terminado de enseñarme atlante.
—No es atlante. Es griego.
—Si tú lo dices…
Se descolgó la mochila del hombro gruñendo e hizo aparecer en su interior el diario. Una de las razones por las que siempre llevaba mochila era que podía teletransportar cantidad de cosas sin levantar sospechas en los mortales. Puesto que nadie sabía lo que llevaba en la mochila, no podían saber cuándo utilizaba sus poderes para conseguir lo que quería o necesitaba.
También llevaba las cosas que más significaban para él y que quería mantener a salvo. Los tres diarios de Ryssa que encontró después de la destrucción de Didymos, su peineta y el mordedor de Simi que Savitar le había regalado cuando era un bebé. Tenía las marcas de los colmillos de leche grabadas para siempre en la madera. También llevaba el medallón de su madre envuelto en una de las bufandas de seda que Simi había traído de una de sus muchas visitas a Kalosis.
Y el alma de Nick, por la que había negociado con Artemisa y ésta se la había entregado.
Sacó el diario de Ryssa y se lo tendió a Tory.
—¿Puedes leer sin gafas?
Suspiró irritada.
—Ni una palabra. Odio ser casi ciega. ¿Alguna posibilidad de que te pases por mi casa y me traigas las de repuesto?
—No puedo dejarte desprotegida. Ya lo sabes.
—Entonces, ¿me leerás?
Ash bajó los ojos y miró el cuero cuando un agudo dolor le llenó el pecho. Era difícil leer las palabras de Ryssa, porque que con cada una, la veía claramente en su mente y oía la dulce y calmada voz hablándole.
Y le destrozaba el corazón.
Tory le tocó el brazo otra vez.
—¿Por favor, Achimou?
Se le encogió el músculo de la mandíbula cuando la tierna voz hizo añicos su resolución.
—Eres la única que me ha llamado así.
—Bueno, podría llamarte galletita, pero creo que te ofendería todavía más.
Sonrió.
—Vale, deja de torturarme. Te leeré.
Vio a Ash como una mancha borrosa cuando tomó asiento junto a la cama y abrió el libro. Cuando empezó a leer, cerró los ojos y escuchó el tono resonante y profundo de su voz. Por la facilidad con que traducía mientras leía, se podría pensar que el diario estaba escrito en castellano. Ni siquiera dudaba con las palabras.
—Hoy he hablado con mi padre para visitar la Atlántida.
Se incorporó en la cama.
—¿La Atlántida?
Ash se encogió al darse cuenta de lo que había dicho. La verdad es que se había olvidado de que estaba leyendo para alguien más. Había llegado a ser tan parte suya que realmente quería confiar en ella…
—Sí, es lo que dice.
—¡Lo ves! Te dije que era real.
Tenía que tranquilizarla.
—No significa nada. A lo mejor, todo esto no es más que el Diario de Bridget Jones a la antigua.
Ella se mofó.
—Por aquel entonces no tenían novelas.
—La historia nos dice que no tenían libros pero ¿qué tengo en la mano? Cuadrado, papel encuadernado con escritura. A mí me parece un libro.
—Gracias, Capitán Sarcasmo. Qué amable por venir. ¿Podemos volver a la historia?
—Pero no me tires otro martillo —murmuró por lo bajo antes de volver al libro—. Hoy he hablado con mi padre para visitar la Atlántida y, como siempre, se ha enfadado. Las negociaciones no van bien. Tío dice que la guerra podría declararse en cualquier momento. Pero no entiendo por qué es tan peligroso para mí ir de visita mientras mi hermano y mi tío viven allí. Si no es seguro para…—Se detuvo cuando vio que ponía su nombre—. Mi hermano… No puedo soportar no verlo. Las cartas que manda no son suficientes. Quiero… —Se atragantó con las palabras de la página cuando el dolor le golpeó fuertemente en el pecho— …a mi hermano en casa conmigo. Alguien tiene que asegurarse de que Acheron está a salvo y, aunque tío jura que está bien, me gustaría asegurarme por mí misma.
—¿Ella quiere qué? —Le urgió Tory.
—Me duelen los ojos. —Mintió—. Creo que es la luz. ¿Podemos dejarlo para más tarde?
Frunció el ceño ante el tono extraño de su voz. Sonaba como si se estuviera ahogando en lágrimas, pero no tenía sentido.
—Como quieras.
—Genial. Lo volveré a meter en la mochila. —Se levantó y lo guardó haciendo crujir el papel.
—¿Ash? —Preguntó al cabo de unos segundos.
—¿Qué?
—¿Ha llamado alguien a mi familia?
—No lo sé. ¿Quieres que pregunte?
—Por favor. No quiero que mi familia nos invada estando bien, como estoy. Especialmente no con esos locos persiguiéndonos. Me muero si alguien cae en el fuego cruzado.
—Vale. Voy por Kim y me entero. Si necesitas algo… —Le puso en la mano el pulsador—. Sé que no ves bien así que si te asustas, llama a la enfermera y estaré aquí en un momento.
Su preocupación la conmovió.
—Vale.
Se sentó en silencio, procesando todo lo que le había pasado en un día. Lo que sabía y lo que aún sospechaba sobre Ash. Sin mencionar el hecho de que ahora sabía que había gente que quería terminar con su vida a cualquier precio para hacerse con algo que ni siquiera tenía.
¿Qué iba a hacer?
Ash volvió al cabo de unos minutos.
—Kim ha hablado con tu abuelo y con tu tía Del. Dice que quieren que les llames en cuanto puedas. —Se acercó para que pudiera verle.
—Gracias, Ash.
—De nada. Kim también ha dicho que Pam te va a traer las gafas de repuesto tan pronto como pueda.
Puso su mano sobre la mano que Ash tenía apoyada sobre la barandilla de la cama y le dio un ligero apretón.
—Gracias también por acordarte de las gafas. —Le tomó la mano y la puso contra la suya. Siempre había pensado que tenía manos de hombre puesto que eran mucho más grandes que las de la mayoría de las mujeres. Pero comparadas con las de él, las suyas eran delicadas. Tenía los dedos largos y elegantes con callos que también marcaban las palmas. Eran manos masculinas y no podía dejar de preguntarse cómo se sentiría si las deslizaba por su cuerpo…
—Tienes las manos grandes.
—Y tú pequeñas y suaves. —No le pasó desapercibida la sorpresa en su voz antes de que apartara la mano.
—Las mías son muy toscas —dijo como si se avergonzara.
—Me gustan tus manos. Creo que son hermosas.
—Eso no lo sé. Hacen lo que tienen que hacer la mayor parte de las veces, creo.
Movió la cabeza.
—Odias los cumplidos, ¿verdad?
Se le retorcieron las tripas ante los recuerdos indeseables que le provocaron su pregunta. Como humano, cada cumplido había ido seguido de que le metieran mano contra su voluntad o palizas brutales de la gente que no quería sentirse atraída hacia él. Como dios no recibía ninguno, lo que dado sus anteriores experiencias, estaba bien.
—¿Quieres que te traiga algo de comer?
Tory asintió.
—Siempre tengo hambre.
—Enseguida vuelvo.
No se movió mientras lo veía salir otra vez. Era tan extraño y tan seductor. Protector, arrogante y al mismo tiempo, inseguro de sí mismo. Lo que para ella no tenía sentido. ¿Cómo podía no sentirse seguro?
Ponderó la dicotomía allí tumbada durante varios minutos.
—Hola, chica.
Sonrió al borrón que debía ser Pam.
—Hola, cielo.
Pam se acercó y le puso las gafas. Soltó un suspiro de alivio cuando el mundo se enfocó de nuevo.
—Bendita seas.
—De nada. ¿Cómo te encuentras?
—Bastante bien considerando que me ha atropellado un coche y he muerto.
Pam gruñó.
—No tiene gracia. ¿Y dónde está tu delicioso guardaespaldas?
—Ha ido por comida para mí.
—Ooooh, está bueno y encima te busca comida cuando tienes hambre. Es un guardián. ¿Cuándo te vas a acostar con él?
Se quedó parado en la puerta de la habitación cuando oyó lo que Pam le preguntaba a Tory.
Dio un resoplido poco digno.
—¿Acostarme con él? Por favor. Como si no tuviera nada mejor que hacer. Te juro que tal y como piensas sólo en el sexo, deberías haber nacido chico.
—Sí, ya. Mira al tío. No hay modelo que esté más bueno. Créeme. Al contrario que tú, yo lo veo muy bien. Es, sin lugar a dudas, la cosa más buena que hay sobre dos piernas, o tres si juegas bien tus cartas.
Dejó escapar un sonido de total conmoción.
—Deja de hablar así de él. Se moriría de vergüenza si te oyera.
Pam chasqueó la lengua.
—Te lo digo, si dejas que se te escape sin acostarte con él lo vas a lamentar el resto de tu vida.
—Sí y por mi historial con los tíos, si intento acostarme con él, se morirá. El último tío con el que intenté acostarme acabó con escayola.
Pam rió.
—Mírame y dime con sinceridad que no lo has pensado.
—No estoy tan ciega. Pero no pienso en Ash de esa manera. Estoy mucho más interesada en su mente que en su cuerpo. Y ahora pasemos al siguiente tópico antes de que pulse el botón y les diga a todas las enfermeras que me está acechando una insana amiga acosadora.
—Serías capaz.
Ash hizo su entrada considerando que ahora era seguro. La cara de Pam se puso roja automáticamente y se puso al otro lado de la cama.
Puso la bolsa en la bandeja de Tory y se la acercó.
—No sabía seguro lo que te gusta, así que traigo un poco de todo.
Sonrió.
—No hay muchas cosas que no me gusten. La maldición de mi tía Del, que siempre me hablaba de los pobres niños que tenían que comer tierra para no morirse de hambre.
Ash ajustó la bandeja y le abrió una gaseosa.
—Eh, tíos. —Dijo Pam al desenvolver Tory una hamburguesa—. No creo que puedes comer eso recién operada. ¿No tienen los pacientes dietas líquidas o algo así? —Miró incómoda hacia la puerta. —¿Dónde está Kim cuando la necesito?
Tory no le hizo caso.
—Estoy bien.
Ash sacó las patatas y las extendió.
—No le traería nada que pudiera hacerle daño.
Sostuvo la hamburguesa ante él.
—¿Quieres un mordisco?
—No, gracias.
Mirando a Pam, le señaló con la hamburguesa.
—Te juro que es la prueba viviente de que el aire tiene calorías. Si no es así estaría seco del todo.
—Mira quién habla. Si hubiera justicia en este mundo, estarías más gorda que mi casa. Comes como un chico y estas como una espátula. —Sonrió falsamente a Ash—. Mi madre solía llamarla Zampabollos cuando éramos niñas. Gracias a dios que tenía una tienda de ultramarinos aunque te juro que Tory se comía las ganancias cuando trabajaba en la tienda.
Ash rió.
—Sólo porque Del hace los mejores koulourakias, kourabiethes y melomacarinas del mundo.
Pam le sonrió a Ash con afectación.
—¿Has entendido una palabra de lo que ha dicho?
—Pues claro que sí. Es griego. Y aunque no coma, conoce los pasteles. Apuesto a que su madre le llenaba de ellos cuando era pequeño.
Ash bufó ante la imagen de su madre cocinando otra cosa que no fuera la destrucción de mundo.
—La verdad es que no. Mi madre no era del tipo de las que cocinan. —Al menos no si la receta no incluía napalm o plagas.
Un jadeo agudo hizo que todos se volvieran y vieran a Kim en el umbral.
—¿Qué haces comiendo eso?
Tory y Pam señalaron a Ash.
—Él lo ha traído.
Con un sonido de angustia, Kim se lanzó hacia la cama y le quitó la hamburguesa de las manos.
Tory la apartó.
—Ni por tu vida, Kim y lo digo literalmente.
—No puedes comer eso después de una operación. Te pondrás mala.
—Mejor la vaca que tu mano, de la que voy a morder un trozo si intentas quitarme otra vez la hamburguesa. Tengo hambre. Todos vosotros sabéis bien que no debéis interponeros entre la comida y yo.
Se volvió hacia Ash con una mirada malévola.
—¿Cómo has podido traerle esto?
—Dijo que tenía hambre.
Kim le dio una fuerte palmada en el culo.
—No vuelvas a hacerlo. Comprueba su dieta con el médico o las enfermeras. No se trae comida a la gente hospitalizada. ¿Has perdido la cabeza?
Estaba demasiado asombrado para reaccionar cuando Kim cogió la bolsa de la bandeja y revolvió dentro.
—Vosotros dos sois malísimos, pero muy malos. —Empezó a enrollar el cierre de la bolsa.
Tory la miró como un león salvaje.
—Si te llevas esa bolsa, voy a hacer que lo lamentes.
—Sé razonable.
—Mi estómago quiere comida.
Levantó la mano.
—Y cuando después tengas un horrible dolor de estómago, recuerda que yo intenté detenerte. —Se volvió hacia Ash que se aseguró de que su trasero estuviera a cubierto. Literalmente—. Si vosotros dos no estuvierais siendo perseguidos por homicidas, mandaría que los echaran.
Retrocedió otro paso.
—No me vas a pegar otra vez, ¿verdad?
—Debería. Si fueras medio metro más bajo, te pondría sobre mis rodillas. —Kim hizo un último sonido de disgusto antes de dejarlos solos otra vez.
Pam sacudió la cabeza buscando la mirada de Ash.
—¿Quieres que te bese la pupita para que no te duela?
—¡Pam! —Saltó Tory.
—Cómo si tú no lo hubieras pensado también. Relajaos los dos, estoy de broma. Dejadme que calme a la enfermerita antes de que os meta en líos con el médico.
Suspiró cuando Pam se hubo marchado.
—Disculpa a mis amigas. La verdad es que intenté adiestrarlas mientras crecíamos, pero obviamente no lo logré.
Rió ante sus palabras. La verdad es que encontraba refrescante la calma que tenía en su compañía. La mayoría de la gente se sentía intimidada o asustada. Sólo los niños parecían indiferentes y lo trataban como a cualquier persona de la calle.
—No pasa nada. Me gustan.
Tory cogió otro trozo de hamburguesa antes de envolverla.
—Será mejor que lo deje antes de que haga daño. Pero está buena. Muchísima gracias por traérmela.
—Hay un sándwich de jamón, pepinillos, patatas fritas y yogur en la bolsa.
—Eres un encanto. De verdad has traído un poco de todo. ¿Seguro no quieres un bocado?
—Estoy bien.
Le tendió la bolsa.
—Vale. ¿Qué tal si te cambio la bolsa por el diario?
Ash dudaba. Puesto que su nombre estaba por todo el diario... Puedo decirle que es otro nombre. Sí. Ella no sabía las letras. Podría funcionar si la convencía de que era algo así como Archon en vez de Acheron.
Quitándose la mochila del hombro, abrió la cremallera y sacó el diario.
—Toma.
Lo abrió por donde lo habían dejado.
—¿Dónde estábamos?
—Ryssa estaba hablando de su hermano en la Atlántida.
Juntó las cejas con confusión.
—¿Ryssa? ¿Cómo sabes que se llama Ryssa?
Se tensó al darse cuenta que su hermana no había escrito su nombre en ninguna parte.
—Mmm... no lo sé. Sólo le he puesto nombre. Me parece más educado que decir: “ Eh, tú, chica antigua.”
Arrugó la nariz.
—Para tu información, odio la palabra “chica”.
—Entonces la borraré de mi vocabulario.
Sonriéndole, le puso la mano en el brazo y se inclinó contra él.
—Eres tan complaciente. ¿Es este?
Le llevó todo un segundo contener el aliento ante la forma tan informal en que le tocaba. Ante lo tentadores y dulces que eran sus labios.
—Sí. —Dijo forzándose a mirar la página.
Ella señaló una línea más debajo de donde estaba leyendo.
—¿Lo echa de menos?
—Sí.
Su dedo fue a la siguiente frase.
—¿Lo habían mandado fuera?
—Aprendes increíblemente rápido.
—Eso solía decir mi padre. Me puso el apodo de Atenea.
Se sorprendió. No se parecía nada a la diosa griega.
—¿Atenea?
—Ya sabes, salió completamente formada de la cabeza de Zeus. Mi padre solía decir que yo hice lo mismo y, al igual que Atenea, le di a mi padre un dolor de cabeza terrible. —Sonrió ampliamente—. Enséñame un poquito de lo que sea y bang, experta instantánea. Pero este idioma es difícil de aprender. Hermoso, pero difícil. ¿Puedes leer un rato y así aprendo la cadencia?
Asintió antes de acceder a la petición.
Escuchaba las inflexiones de su voz, hipnotizada no sólo por lo sexy que era, sino por su inteligencia. Sin poder evitarlo, puso la mano en su mandíbula para sentir cómo trabajaban sus músculos al hablar.
Hizo una pausa ante la ternura de su toque y buscó su mirada.
—No dejes de hablar —le susurró. —Me encanta oír tu acento.
No tenía ni idea de que haría cualquier cosa que quisiera mientras siguiera tocándolo así. Tragó con fuerza antes de seguir leyendo. Soteria, quisiera... quisiera hacerte el amor como un hombre. Sin pasado entre nosotros y sin remordimiento. Vendería mi alma por ello.
Tory le miró ceñuda ante las palabras que parecían venir de su corazón.
—¿Qué has dicho?
—Que eres un diablillo preguntón.
Resopló.
—De eso nada.
—Puede. Pero no lo sabes con certeza ¿verdad?
Le gruñó aunque le encantaba el hecho de que cuando hablaba en inglés el acento era pesado y cadencioso.
—¿Sabes que cuando usas ese acento tuyo, podrías librarte de asesinato? —Bajó las gafas, dobló las patillas y se las guardó en el bolsillo—. Me gusta mirarte a los ojos.
—Eres una mujer muy rara.
Quizás, pero había algo en él que la hacía sentirse cálida y a salvo. Le pasó la yema del pulgar por los labios.
—¿Por qué te escondes del mundo?
—No me escondo de nada.
—Sí que te escondes. La ropa que llevas... es la armadura que utilizas para alejar a todo el mundo. Te gusta parecer peligroso y rebelde. Es como si hubiera una parte de ti que piensa que, si le das a la gente una razón para que no les gustes, no dirán que está bien. Porque tú eres él que decide si les permites que les gustes o no.
Empezó a apartarse pero lo detuvo.
—Seré tu amiga, Ash. Una buena amiga, si me lo permites.
Apartó la vista recordando a Artemisa ofreciéndole su amistad.
—No te ofendas, pero la gente dice eso llena de buenas intenciones. Desafortunadamente cuando se nos pone a prueba, inevitablemente fallamos.
—¿Has fallado alguna vez?
—Sí he fallado. —Su hermana confiaba en él para que la protegiera y dejó que Artemisa se metiera en el medio. Nick había sido lo más cercano a un amigo de verdad y había causado su muerte.
Como amigo, apestaba y no deseaba darle su amistad a nadie.
—Bueno, pues yo no he fallado. —Dijo Tory con firmeza—. Ni una sola vez. Pero la única manera de que lo sepas es confiando en mí. Y puesto que no puedes darme tu confianza, olvidaré que hemos tenido esta conversación. —Volvió a mirar el libro—. ¿Cuál es esta palabra?
Ash dudó al ver su nombre en la escritura de Ryssa. Fue para mentirle, pero la mentira se quedó en la garganta. Quería confiar en ella. Pero no se decidía. Respirando hondo, hizo lo que no había hecho en siglos. Confió.
—Es Acheron.
Lo miró intensamente.
—¿Tu nombre?
—Sí. —Dijo, asegurándose de que no había ninguna emoción en su voz—. Tenía dos hermanos. Acheron y Styxx.
—¿Como los nombres de los ríos de la Tragedia y el Odio? Vaya padres más morbosos.
—Quizás más bien apropiados.
—Creo que eso sería peor. —Volvió la página—. Es tan raro leerlo. Ella se parece a cualquiera que puedas encontrar por la calle. Su preocupación principal es complacer a su padre y echa de menos a su hermano. Tiene las mismas preocupaciones de una mujer moderna, que la tomen en serio. Que la escuchen. —Dejó escapar un suspiro nostálgico—. ¿Puedes imaginarte el mundo en que vivía? Me pregunto qué tipo de ropa usaba. En qué clase de cama dormía...
—Yo imagino que se parecía mucho a ti. Amable y sencilla. Decidida y protectora para aquellos a los que amaba. Y probablemente, de vez en cuando, irritante para sus dos hermanos.
Las palabras la conmovieron.
—¿Eso ves cuando me miras?
—No. Veo a una maníaca homicida que no me puede ver ni en pintura.
Rió.
—¿En serio?
La broma parecía seria.
—Sí, Soteria. Eso es lo que veo cuando te miro.
Entrelazó los dedos con los suyos.
Ash miró sus manos entrelazadas. Era lo más increíble que había visto nunca.
Pam regresó. Esperaba que lo soltara y se estirara incómoda como todo el mundo hacía. Pero no lo hizo. Dejó la mano en la suya.
—¿Nos has librado por lo de la hamburguesa? —Le preguntó.
—De momento estáis a salvo. ¿Qué puedo decir? Súper Pam al rescate.
Ash volvió a ponerse las gafas de sol y Pam se colocó en el otro lado de la cama. Miró las manos y sonrió.
—Me alegro de que os halláis reconciliado.
—Oye, el chico me ha salvado la vida. Eso debe merecer un par de golpes a mi ego.
Pam arqueó ambas cejas.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi mejor amiga?
Tory miró a Ash.
—Morirse tiende a darle perspectiva a unas cuantas cosas.
No tenía ni idea.
—¿Has tenido alguna experiencia cercana a la muerte, Ash? —Preguntó Pam.
—Podría decirse.
Pam resopló.
—¿Qué? ¿También a ti te pescó tu padre cotilleando fuera de casa?
—Sí. Estuve castigado un mes.
Tory miraba a Ash. Había una nota en la voz que le decía que, en esta historia, había mucho más de lo que dejaba entrever. Pero si en privado no le contaba nada, no había manera de que dijera algo frente a Pam.
Su móvil empezó a sonar. Soltándole la mano, se apartó para ver el identificador de llamada.
—Tengo que atenderla. Disculpadme.
Tory lo miró mientras salía al pasillo.
Pam dejó escapar un silbido bajo y apreciativo.
—Bendito sea dios, ese hombre tiene el culo más bonito que he visto. No me extraña que lleve abrigo largo. Deberíamos envolverle de la cabeza a los pies para salvar la cordura humana.
Le dio un manotazo en broma.
—¿Quieres dejarlo ya?
Pam hizo un gesto hacia la puerta.
—Tienes las gafas puestas. ¿No has visto que culo tiene? Y además es gótico. —Dijo haciendo un ronroneo profundo con la garganta.
—Tenemos que enrollarte con alguien pronto. La sobrecarga de hormonas te está comiendo el cerebro.
—Ya lo sé. Qué triste, ¿verdad?
Rió volviendo a mirar a Acheron y se preguntó de qué iba la llamada.

—¿Estás seguro de eso, Urian?
—Completamente, te compensa tener amigos en el lado oscuro. Stryker está mandando exploradores a buscar el diario, incluso mientras hablamos. Quiere quitar del medio a Artemisa y Apolo y absorber sus poderes. También está esperando que haya algo en el diario que te hiera, lo que tiene a tu madre de los nervios y está mandando a sus demonios para buscarlo también. —Urian rió diabólicamente—. Bienvenido al Armagedón, colega. Parece que han empezado sin ti.

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