Aimee estaba en su habitación, empacando todo lo que tenía. Su ropa, sus joyas, sus libros. Pero a diferencia del resto de su familia, ella no iba a esconderse.
Iba a encontrar a Fang y luego ambos iban a escapar de toda esta mierda de una vez y para siempre. De ninguna manera iba a ser parte de los que le dieran la espalda. Él ya había pasado por demasiado.
Un leve toque sonó en su puerta.
—Pase.
Era Dev. Tenía el cabello peinado hacia atrás en una coleta y la manga de su camiseta doblada hacia arriba, dejando el tatuaje del doble arco y flecha extremadamente visible. Como él, siempre había encontrado divertido el tatuaje, aunque estaba segura que irritaba a Artemisa, dado que él no era un Dark Hunter.
Él vaciló en la puerta, sus ojos estaban tristes y preocupados.
—¿Vas a viajar en el SUV con la compañera de Quinn?
Becca estaba embarazada y no podía viajar por sus poderes.
—No. No me voy en la evacuación.
Dev cerró la puerta y se adentró más. Su mirada fue derecho a su maleta abierta.
—¿Qué estás haciendo?
—Me voy, pero no con los demás.
—¿Por qué?
Aimee suspiró mientras doblaba otra camiseta y la guardaba.
—He puesto en peligro a cada uno. Es lo justo que me fuera.
—¿Estás loca?
Eso era cuestión de opiniones y al momento lo más probable es que lo estuviera. Su madre definitivamente diría que sí.
—Debería haberme ido con Fang cuando me lo pidió. Ahora… —se encogió de dolor por los recuerdos de todo lo que había sucedido—. Ya he hecho demasiado daño aquí.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Fui yo quien se opuso a los chacales y causó que ellos nos atacaran. Era yo quien estuvo detrás de Stone todos estos años.
Dev resopló.
—Fui yo quien encerró su lastimero trasero en una jaula y lo amenazó.
—No. Soy la catalizadora. Tú sabes cuán imperdonable es Maman. Debo irme antes que me mate ella misma.
Dev le quitó la camiseta que estaba empacando de las manos y la forzó a levantar la mirada hacia él.
—Tú eres su única hija. Dioses, Aimee, tú sabes lo mucho que aún lloramos las muertes de Bastian y Gilbert… no nos hagas llorar por ti, también. Eres sangre de mi sangre. En lo bueno, en lo malo, en la guerra, en la paz. Eres la única hermana pequeña que tengo y moriría si te pierdo. Maman y Papa aún más.
Lágrimas nublaron sus ojos antes su inusual discurso.
—Tú eres siempre tan rudo. No hay nada que no puedas manejar.
—No en lo que a ti concierne. No me hagas perderte, Aimee. No soy así de fuerte.
Ella lo atrajo a sus brazos y lo sostuvo contra sí.
—Realmente te odio, Dev.
—Sip, lo sé. Yo tampoco puedo aguantarte mucho, cabeza de chorlito.
Riendo a través del llanto, ella retrocedió para enjugarse las lágrimas.
—Dioses… ¿qué se supone que tengo que hacer? Amo a Fang y no sé si es inocente. ¿Qué ocurre si fue él quien asesino a los otros?
—¿En realidad crees que él hizo eso?
—No, no lo creo.
—Entonces, él necesita un amigo en estos momentos. ¿Quieres que te ayude a encontrarlo?
—No lo sé. —Ella suspiró mientras lo pensaba. Fang había sido impredecible las últimas veces que se encontraron. Pero la había visitado aquí recientemente. Su mirada cayó en el pequeño oso de peluche negro en su maleta que había dejado sobre su cama hacía una semana… uno que mantenía su olor, él sabía que ella dormía mejor donde sea mientras tuviera algo de él para abrazar. Aún cuando no la había visto, había estado pensando en ella.
Pero ese acto de gentileza no cambiaba el hecho que él era un poderoso Were Hunter poseído por un demonio.
—Él podría hacerte daño.
Dev le lanzó una ofendida mirada.
—Lo dudo. —Él echó una ojeada a la fotografía de ella con sus hermanos que estaba sobre su tocador antes de volver a hablar—. Sólo para que lo sepas, Papa, Serre, Grieff, Cherif, Remi, Kyle, Quinn, Zar y yo, no nos vamos.
Un estremecimiento la recorrió.
—¿Qué?
—No vamos dejar a Maman aquí desprotegida. Si las cosas se van a la mierda de la manera en que se ve, ella no puede estar sola con los humanos.
—¿Le has dicho eso ya?
—Estaba en camino para informarla cuando me detuve a verte. ¿Quieres venir a ver la fiesta?
—Oh, sí. Esto, definitivamente, no me lo quiero perder. —A Maman no le gustaba que nadie la desobedezca.
Ella lo siguió fuera de su habitación y escaleras abajo hasta el salón donde su madre estaba despidiendo a las mujeres y niños de su familia mientras ellos se iban al condominio de los Peltier en Oregón. Era donde vivían antes de arribar a Nueva Orleáns. Ellos mantenían un lugar ahí y en Niza, Francia, donde sus padres habían nacido. Pero Niza sería un viaje difícil para las mujeres embarazadas, así que Oregón fue la elección.
Alain, Cody y Etienne irían con ellas para vigilarlas y protegerlas.
Cherif, Quinn, Remi, Serre, Kyle, Griffe y Zar estaban al final de las escaleras con los brazos doblados sobre sus pechos. Un frente unido contra el mundo. Nunca habían lucido más imponentes. Los gemelos y los cuatrillizos eran apenas reconocibles el uno del otro, pero Aimee sabía quién era quién. Sutiles diferencias que eran obvias para aquellos que los conocían bien.
El perpetuo desdén de Remi. Los gentiles ojos y optimismo de Quinn. Cherif, quien siempre apoyaba su peso sobre su pierna izquierda, una lesión de la niñez había lastimado su rodilla derecha, así que siempre se apoyaba en su otra pierna. Serre, quien tenía el cabello más fino que Griffe y siempre metía sus manos debajo de sus axilas. Griffe, cuyas uñas, a causa de que siempre estaba desarmando algo, tenían grasa bajo ellas.
Y luego Zar… él era el gemelo de Bastien y a veces era difícil para cualquiera de ellos mirarle sin sentir una puñalada de dolor por la pérdida. Él nunca, en realidad, hablaba sobre Bastien, pero Aimee se preguntaba cuánto más dura para él era la pérdida. Él que veía la cara de su gemelo cada vez que se miraba al espejo.
Los dos habían estado más unidos que ninguno…
Ella no podía soportar pensar en perder otro hermano.
Nunca.
Dev se movió para pararse con ellos mientras Maman besaba las mejillas de sus nietos.
Una vez que se fueron, Maman se volvió hacia los cuatrillizos.
—Estareis seguros, ¿non?
—Oui —dijo Remi—. Pero lo haremos desde aquí.
El rostro de Maman palideció mientras sus ojos se oscurecían de furia.
—¿Qué?
Zar dio un paso adelante.
—Nada de lo que digas o hagas cambiará nuestra opinión. No vamos a dejarte, Maman.
—Ni nosotros tampoco.
Aimee se volvió ante el sonido de la voz de Carson. Él bajaba las escaleras junto con Justin, Jasyn, Max y los Howlers: Angel, Teddy, Tripper, Damien y Colt.
Tripper Diomedes, quien era un león Arcadiann, habló por el grupo.
—Nos diste refugio cuando nadie más lo hizo y nos quedaremos aquí contigo, no importa qué.
—Como yo.
Aimee jadeó cuando escuchó la voz de Wren. Él se apareció no lejos de sus hermanos.
Maman estaba completamente sorprendida cuando lo vio ahí.
—Tú me odias.
Wren se encogió de hombros.
—No eres, definitivamente, mi persona favorita, Lo. Pero tu hija significa mucho para mí, así que no me echaré para atrás y dejaré que su familia sea destruida. Aún cuando piense que todos somos unos estúpidos por pelear por ti.
Maman sacudió su cabeza mientras miraba a su alrededor, a todos ellos.
—¿Entendeis cuántos nos van a atacar? ¿Cuántos enemigos he hecho?
Remi resopló.
—Hemos hecho, dirás. Creo que todos tenemos culpa en este fiasco. Yo, probablemente, más que ninguno.
Angel asintió, concordando.
—Y con eso, yo digo, traigan la lluvia. Estamos aquí y no seremos derrotados.
Un Amén se escuchó de los otros.
Damien mostró una rara sonrisa.
—Santuario, hogar de los Howlers y vagabundos del universo Were.
Asintiendo, Teddy lo palmeó en la espalda.
—Santuario para siempre.
Los ojos de Maman estaban brillantes de lágrimas no derramadas mientras observaba a los hombres que no sólo estaban dispuestos a defender su hogar con sus vidas… estaban dispuestos a defenderla.
—Gracias. Su lealtad no será olvidada.
—Y todo el licor que podamos consumir —dijo Dev—. Definitivamente no queremos hacer esto sobrios.
Eso rompió la tensión mientras ellos reían.
Aimee sacudió la cabeza.
—Sip, pero ustedes tendrán que servirse sus propias bebidas, chicos, porque yo no me ofrezco a hacerlo. Sois demasiados.
Maman hizo lo que sabía hacer mejor. Tomó las riendas.
—Muy bien, mes fils du coeur[1]. Deberemos mantener nuestros horarios y seguir con el negocio como es habitual.
Max dio un paso adelante.
—Yo seré el músculo. No muchos pueden tumbar a un dragón.
—Y asegúrate de hacer rodar el rebaño de humanos —le recordó Remi.
Él inclinó su cabeza.
Maman les sonrió. Gratitud y orgullo brillaban en sus ojos azules.
—Enseñemos a nuestros enemigos e incrédulos que el Santuario se mantendrá no importa lo que ellos digan.
Ella se detuvo junto a Wren.
—Y estabas equivocado sobre mí, tigre. Nunca he considerado a ninguno de aquí como mis juguetes. He dispuesto reglas para todos en un momento u otro. Si amar a mi hijos sobro todo los demás es un crimen en tu mundo, entonces tendrás que colgarme por ese pecado como si no tuviera otra salida.
Wren no habló hasta que ella se hubo ido y Aimee pudo ver que incluso entonces él no confiaba en su madre. Él caminó hacia ella.
—Sólo estoy aquí por ti.
Ella apretó ligeramente su brazo.
—Gracias, Wren.
Él inclinó la cabeza antes de irse.
Cherif dejó escapar un suspiro de alivio.
—Wow, Maman lo tomó mejor de lo que pensé.
Papa rió.
—Ella sabe cuán obstinados son sus hijos y que la sobrepasan en número —se detuvo frente a Aimee—. Tú, por otro lado, tienes que irte.
—No me iré, Papa. Este es mi hogar y ustedes mi familia. No me esconderé mientras todos están en peligro. Hice eso una vez y he tenido que vivir con la cobardía cada día desde entonces. No lo haré de nuevo.
Él acunó su rostro en la palma de su gran mano.
—Ellos entregaron sus vidas por ti, mon ange. No burles su sacrificio.
—No lo hago, pero soy una adulta ahora y me quedaré y lucharé como ellos lo hicieron.
Sus ojos se oscurecieron con tristeza mientras dejaba caer su mano.
—Podría discutir. Sé que tienes suficiente de tu madre en ti que hace imposible ganar.
Ella sonrió.
—Estarías en lo cierto.
Él observó a los demás.
—Muy bien, entonces. Preparémonos para la guerra.
En forma de lobo, Fang yacía al sol, no lejos de donde Anya había muerto. No sabía porqué continuaba regresando aquí. Tal vez era esa parte de él que ansiaba la manera en que las cosas habían sido antes de su muerte.
O quizá era la necesidad interior de alguna conexión con alguien más. Porque en ese momento, se sentía absolutamente solo. Su relación con Vane no era lo que había sido y se había mantenido alejado de Aimee por temor a lastimarla. El demonio se estaba volviendo peor y más violento.
Si alguna cosa le sucediera a Aimee…
—¿Fang?
Levantó la cabeza ante el sonido de la voz de Varyk. El hombre lobo apareció a pocos metros de donde estaba.
¿Qué es lo que quieres? le espetó mentalmente.
—Savitar ha extendido una orden contra ti.
Fang estuvo angustiado ante la orden.
¿Por qué?
—Asesinato.
¿En serio?
Varyk le lanzó una extraña mirada.
—¿No creerás que he venido hasta aquí sólo para bromear?
Por supuesto que no. Varyk no tenía sentido del humor.
Esto es ridículo. No he hecho nada.
—A pesar de eso, Vane ha sido encargado de entregarte o su familia y manada serán masacrados.
Fang saltó sobre sus pies mientras la ira oscurecía su visión. Cómo se atrevía Savitar a amenazar a su familia.
Esto es basura.
—Ya conoces a Savitar.
Sí, lo conocía. Y ahora, quería la garganta del bastardo.
Varyk cruzó los brazos sobre su pecho.
—Y hay más. El Santuario perdió su licencia.
Esa era la última cosa que esperaba escuchar.
¿Qué?
—A causa de las quejas de Blakemore y los chacales que atacaste, Savitar revocó la licencia de Lo por seis meses.
Fang se sintió enfermo. Lo había arruinado todo.
A todos…
—Y acabo de saber algo que tal vez quieras saber.
¿Que Thorn tiene consciencia? Fang no pudo resistir preguntar.
Varyk lo miró secamente.
—No me hagas reír. —Tristemente, Thorn lo hacía más que Varyk—. Encontré algo acerca de los Peltier y los Blakemore.
Se odian unos a otros. Lo sabemos.
—No. Blakemore los culpa de la muerte de su hijo más joven.
Fang se tornó humano mientras esas palabras lo golpeaban.
—¿Qué?
—Sip. Es una enemistad de sangre. Aparentemente, junior rompió las leyes erini de otro santuario y fue expulsado para siempre.
La erini eran leyes de paz establecidas por Savitar. Romper una dejaba al ofensor por su cuenta por toda la eternidad.
—No mucho tiempo después que los Peltier abrieron aquí —continuó Varyk—, junior acudió corriendo a ellos por protección y los osos se rehusaron a admitirlo. Ellos apoyaban las leyes de Savitar y estoy seguro que el hecho de que el junior Blakemore fuera un rufián y un imbécil, y que estuviera siendo perseguido por un grupo al que había provocado, no lo ayudó. Él y sus amiguitos fueron asesinados en el mismo callejón donde Wren fue atacado. Aparentemente es por eso que Stone sigue yendo ahí. Está esperando encontrar a uno de los Peltier en el mismo lugar que su hermano murió para poder retornar el quid pro quo[2].
—Entonces estoy seguro que los Peltier son conscientes de la situación dado que eso debió pasar… ¿qué? ¿Cien años atrás?
—Cerca, y para el aniversario de la muerte de junior, Blakemore planea asesinar a todos los osos y animales ahí y quemar el lugar hasta las cenizas.
Fang apretó los dientes con inaguantable frustración.
—Así que lo que me estás diciendo es que puedo quedarme y proteger a Aimee de un sicótico y mi hermano muere. O puedo salvar a mi hermano y Aimee muere.
—Sip, básicamente, estás jodido.
—¿Qué más es novedad? —Él encontró la mirada de Varyk mientras una ira impotente lo abrasaba—. Necesito saber de qué lado estás en todo esto.
—Blakemore es mi cheque de pago. Nada más que eso.
—Y Aimee es mi vida… si yo te dejo todo lo que tengo, ¿la protegerías por mí?
Varyk resopló ante su oferta mientras su mirada iba de Fang, a su moto y a la mochila que cargaba que contenía todas sus pertenencias dentro.
—¿Qué tienes tú para negociar conmigo?
—Doscientos millones, más algo de cambio.
Varyk se atragantó.
—¿Qué?
Fang se encogió de hombros. El dinero nunca había significado mucho para él. Era tan intangible como la amistad.
—Vane es realmente bueno con las inversiones y yo no gasto mucho. Tú cuida a Aimee y me aseguraré que cada centavo vaya para ti.
—Por esa cantidad de dinero, haría mucho más que sólo cuidar a tu mujer.
Fang resopló.
—No quiero meterme allí. Sólo dame tu palabra. —Él levantó su mochila del piso.
—¿Oye?
Fang se volvió para mirarlo.
La cara de Varyk era estoica, pero su mirada ardía de sinceridad.
—La mantendré a salvo. Puedes contar con ello. Y no tienes que pagarme nada.
Fang inclinó su cabeza en gratitud antes de transportarse desde el pantano hasta el Santuario. La única cosa que había aprendido en los pasados meses era cómo fusionar sus poderes con los del demonio dentro de él y usarlos para su beneficio. Esto le permitía caminar siendo invisible y hacer otras cosas de primer nivel, algunas más sangrientas que otras.
Aún con esos poderes, él evitaba hacer esto. Mayormente porque dolía demasiado ver a Aimee. En vez de eso, se relegaba a sí mismo a visitar su habitación sólo porque así podría sentir su presencia. Respirar en su esencia y recordar las noches cuando estuvieron juntos.
Pero no quería morir sin verla una última vez. No importaba cuánto lo lastimara, tenía que verla.
Como un suspiro susurrante, hizo su camino hasta su habitación. Ella estaba sentada en su cama, sosteniendo la chaqueta de cuero que él había dejado atrás hacía algunas semanas. Con la misma chaqueta que la envolvió el día que se conocieron.
Sus hermosos ojos azules mostraban tanta agonía que su dolor se tallaba en su propio corazón. Él odiaba el tormento que ella le causaba. Más que todo, odiaba el tormento que él le causaba.
—¿Dónde estás Fang? —susurró ella.
Incapaz de soportarlo, él se materializó frente a ella.
Aimee jadeó ante la visión de Fang en su habitación. Él cayó de rodillas y posó su cabeza en su regazo, luego envolvió sus brazos alrededor de su cintura. Con su mano temblando, ella peinó su cabello hacia atrás, asombrada que él finalmente hubiese acudido a ella.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Tenía que verte.
Ella afirmó la mano en su cabello, complaciéndose en su suavidad.
—Tenemos que escapar, Fang. Estoy lista.
—No podemos. Nunca sería feliz sabiendo que le costé la vida a mi hermano, su compañera y su hijo.
—No es justo.
Él retrocedió para mirarla. Aquellos ojos oscuros le cantaban con sinceridad.
—Yo no lo hice, Aimee. Juro que nunca he asesinado a nadie que no me haya atacado primero.
—Lo sé, bebé.
Él asintió.
—Mejor me voy.
Ella sostuvo su mano, evitando que la dejara. Sabía qué iba a hacer. Estaba escrito en su cara.
Él tenía la intención de entregarse y salvar a su hermano.
Cuando él se volvió hacia ella con el ceño fruncido, ella se levantó de la cama y atrajo sus labios a los suyos.
Fang gruñó mientras su beso lo quemaba. Él retorció sus puños en su camiseta, queriendo con una necesidad tan desesperada rasgarla. Pero no podía quedarse, y lo sabía.
—No empieces este fuego, Aimee.
Ella respondió levantándole la camiseta. Sus cálidas manos navegaban por su pecho, poniéndolo tan duro que dolía.
—Todo se está derrumbando, pero la única cosa que no ha cambiado es lo que siento por ti. No quiero pasar otro minuto de arrepentimiento en lo que a ti concierne. —Ella se sacó su propio top.
Fang luchaba por respirar mientras miraba el sujetador azul claro… su favorito en ella.
—¿Estás segura?
—Absolutamente.
Fang la atrajo contra él mientras saqueaba su boca. Nada jamás había sabido más dulce. Y por una vez, no pudo establecer una segunda cosa mejor. Incluso, si ellos fueran compañeros, en este punto, no podría importar. Él estaba por morir y eso la liberaba para encontrar un compañero más apropiado.
Fang se alejó para mirarla.
—¿Cómo lo hacemos?
Ella arqueó una ceja sarcásticamente.
—¿Necesitas instrucciones?
Él rió.
—No, pero no sé lo que hacen los osos.
Ella posó delicadamente una mano en su mejilla.
—Hazme tuya, Fang. Como sea que lo hagas.
Inclinando su cabeza para frotar su nariz en su cuello, extendió sus brazos a su espalda para desabrochar el sujetador y sacarlo. Sus pezones se arrugaron, y él se dirigió a ellos para darles toda la atención que había estado soñando.
Aimee acunó su cabeza hacia ella mientras él jugaba. Una cosa que había aprendido acerca de los lobos, y de Fang en particular, era que les encantaba saborear y lamer. La única cosa en la que él siempre había sido concienzudo.
Y mientras le bajaba la cremallera de sus pantalones y enterraba su mano hacia abajo para acariciarla, ella supo que esa noche no sería la excepción. Su cuerpo temblaba cuando la tocaba. Había pasado tanto tiempo…
¿Cómo lo había él soportado? Ella había pasado noche tras noche, sufriendo por él. Se sentía tan bien ser tocada otra vez.
—Te he extrañado, Fang —le sacó la camisa por la cabeza para poder tocarlo.
Fang sintió sus poderes surgir. Una cosa acerca de sexo y Were Hunters era que eso les daba poderío. Los hacía más fuertes y agudos. Y en ese momento, estaba más vivo de lo que había estado alguna vez antes.
Usando sus poderes, removió sus ropas y se dejó a sí mismo desnudo para su inspección. No es que antes no lo hubiera explorado. Pero había pasado tanto tiempo.
—No he hecho otra cosa que soñar contigo —susurró él, besando la senda alrededor de su boca. Tomó su mano en la suya y la dirigió a su polla. Se tragó un jadeo abruptamente cuando ella lo tocó.
Aimee cayó sobre sus rodillas en frente de él para así poder tomarlo en su boca. Sus rodillas casi colapsan del placer. Y tan bien como se sentía, tenía que detenerla.
—Detente, Aimee.
Ella se retiró con el ceño fruncido.
—Tú haces eso y esto terminará antes de que los dos lo queramos.
Ella rió antes de darle una última lamida que envió estremecimientos todo el camino hasta su columna vertebral. Incluso hizo que sus ojos se pusieran en blanco.
Aimee sonrió ante la mirada en la cara de Fang. A ella le encantaba juguetear y saborearlo. Lo salino de su piel la hacía ansiar más, pero como él, quería por una vez saber exactamente qué se sentía tenerlo dentro de ella.
Él se arrodilló frente a ella. Sobre sus rodillas, enfrentándose uno al otro, la besó de nuevo. Era ardiente y demandante mientras deslizaba su mano hacia abajo, entre ellos, para tocarla. Esto la hizo, incluso, humedecer más mientras palpitaba.
La excitación en su interior se elevó hasta que fue enceguecedora y su cuerpo demandó satisfacción.
—No me hagas esperar, Fang —susurró ella, temerosa de que algo o alguien pudiera interrumpirlos otra vez.
Fang besó el camino de su espalda, creando estremecimientos por todo su cuerpo. Sosteniéndola frente a él, apartó su cabello de su cuello para así poder inhalar su aroma. Cada parte de él ardía así como ansiaba estar dentro de ella.
Había esperado y soñado este momento, nunca pensando que realmente lo tendría. Casi se había convencido que podría vivir sin saborearla otra vez.
Pero habría sido difícil, especialmente dado que las otras hembras habían parado de interesarle. Dejando salir un largo suspiro, él deslizó sus dedos dentro de ella mientras se posicionaba a sí mismo para tomarla. No podía recordar a ninguna otra mujer que hubiera estado tan húmeda por él y nada había sido jamás más estimulante.
Aimee tembló con temor por lo que iba a venir mientras sentía la punta de su polla presionando contra ella. Pero esto era lo que quería más que nada y al final no dolería en la forma en que lo haría para una mujer humana. Él empujó gentilmente sus rodillas para abrirlas, mientras tomaba su mano de nuevo en la suya y la dirigía hacia él.
—Guíame hacia dentro, nena.
Con su ayuda, ella se extendió entre sus cuerpos y con delicadeza lo deslizó dentro de su cuerpo. Mordió sus labios cuando el grueso volumen de él se hundió profundamente en su interior.
Ellos gimieron al unísono.
La cabeza de Aimee dio vueltas mientras él se enterraba hasta la base. Se sentía tan bien tenerlo ahí, sentirse conectada con él de esta forma. Ella estaba compartiendo con él lo que nunca había compartido con nadie más.
Fang tiró de su espalda hacia él, dentro de los brazos, mientras embestía lentamente contra ella. Tomó su peso mientras ponía su mejilla contra la suya y dejaba que su aroma lo embriagara. De toda las veces que había estado con una mujer, ninguna se podía compara con ésta. Ella era tan apretada y cálida. Y a diferencia de una loba, ella no se movía violentamente ni lo arañaba. O mordía.
Aimee era tierna.
Más que todo, ella lo amaba. De todos en el mundo, sólo ella había domado esa parte que nunca había permitido que nadie más viera. Siempre fiero y luchador, sólo con ella encontraba paz. Lo había domado.
Ella se movió y posó una mano en su mejilla. Esa única y gentil acción lo deshizo. No quería morir. Deseaba quedarse aquí, así, por el resto de la eternidad.
Era tan injusto. Sus hermanos estaban emparejados y felices.
¿Por qué no podía estarlo él también?
Pero era consciente de ello. Aún si vivía, su familia nunca lo aceptaría. Ninguna de su gente lo haría. Esto era antinatural.
Y aún así no se sentía de esa manera.
—Tú eres la mejor parte de mí —le susurró al oído mientras embestía y acunaba sus senos.
—Te amo, Fang. —Aimee se inclinó para poder besarlo al tiempo que él deslizaba la mano hacia abajo en el frente de su cuerpo hasta que pudo acariciarla al ritmo de sus estocadas. Ella pudo sentirlo haciéndose más grande dentro de ella. Más grueso.
Ella estaba completamente abierta y expuesta a él de una forma que nunca había estado antes. Podría haber estado avergonzada, pero no lo estaba. Esto parecía tan correcto. Tan perfecto.
Y mientras hacían el amor, se preguntaba cómo sería si ellos no dejaran que el mundo los separara. Si ellos pudieran permanecer juntos y estar así. Todo lo que ella quería era a su lobo.
Ella daría lo que fuera por tener sus hijos. Por darle todo el amor que nadie más le había dado.
Él apresuró sus movimientos, lo cual intensificaba el placer. Su respiración se irregularizó, ella los retomó con los suyos propios hasta que su cuerpo ya no pudo soportarlo más. En una explosión ardiente, ella se corrió.
Fang tuvo que ahogar un aullido mientras se unía a ella en su liberación. Pero era difícil. Él la acercó más a sí mismo y guardó su peso en su cuerpo, sabiendo que debían estar juntos, enlazados por un rato mientras su cuerpo continuaba liberándose dentro de ella. Esta era la parte más difícil de ser un lobo. Cuando ellos se corrían, era un largo proceso y si ellos se separaban antes que él terminara, podría lastimarla. Y en ese momento, sus sentidos estaban tan alertas y fuertes que se sentía como si pudiera derrotar a una manada entera.
Aimee apoyó la cabeza contra su pecho mientras él la sostenía tiernamente.
—No peso mucho, ¿verdad?
—Para nada.
Ella giró su palma para observarla. Como la suya, seguía en blanco.
Las lágrimas picaron en sus ojos.
—¿No somos compañeros?
—No siempre aparece la primera vez. Ya lo sabes.
Cierto, pero por lo que sentía por él… era en realidad decepcionante.
—No te hice daño, ¿verdad?
Ella sonrió ante su pregunta.
—No, bebé, definitivamente no me hiciste daño.
Él envolvió los brazos a su alrededor, haciéndola sentir segura y amada. Ella tocó con el dedo la extraña marca en su hombro de la que se rehusaba hablarle.
Él mordisqueó su mejilla.
—¿Sabes que tus marcas faciales se están mostrando?
—¿Qué?
Él acercó su mano para dibujar el patrón con sus dedos.
—Tus marcas de Centinela se están mostrando.
Ella usó sus poderes para removerlas.
—¿Y ahora?
—Aún están ahí.
Oh, queridos dioses… no tenía idea que aparecerían cuando tuviera sexo. ¿Qué tal si se emparejaba con un oso Katagaria y aparecían?
Eso sería desastroso.
—Lamento no poder esconderlas.
Él besó su mejilla.
—No te disculpes. Yo creo que eres hermosa.
Ella apretó los brazos a su alrededor mientras esas palabras calentaban el centro de su ser.
Fang tembló cuando finalmente fue capaz de retirarse de ella. Odiaba hacerlo, pero no tenía otra opción.
Ella giró en sus brazos para besarlo profundamente.
—¿Puedo ir contigo?
—No —dijo él, su tono muy firme.
—Fang…
Él sacudió su cabeza.
—No, Aimee.
—Quiero estar ahí contigo.
—No puedes.
Ella le gruñó.
—¿Por qué no?
Él apoyó la frente contra su mejilla mientras acunaba su rostro con la mano.
—Porque si te veo ahí, no voy a ser capaz de continuar con ello y no puedo hacerle eso a mi hermano —levantó la mirada hacia ella y el doloroso tormento en sus ojos lo abrasaba—. ¿Lo entiendes? Tengo que hacer esto solo. —Secó sus lágrimas con el dorso de la mano—. Te amo, Aimee.
Esas palabras la enfurecieron.
—¿Y lo dices ahora? ¿Ahora? ¿Qué es lo que pasa contigo?
Él sonrió tiernamente.
—Nunca en mi vida he tenido sentido de puntualidad. Es tarde para empezar ahora.
Ella lo atrajo hacia sí y lo sostuvo fuerte.
—Te amo, Fang. ¡Maldito seas por eso! —Luego se sacó el collar de alrededor del cuello y lo puso en su mano—. Si no puedo estar contigo…
Él lo agarró apretadamente y repitió las palabras que estaban grabadas dentro.
—Donde yo esté siempre estarás. Tu imagen vive en mi corazón.
Ella asintió mientras más palabras fluían.
—Compañero o no compañero, tú eres el único al que siempre amaré.
Él la beso delicadamente antes de dejarla. Si no se iba ahora, se acobardaría completamente.
Porque honestamente, era difícil justificar la felicidad y vida de su hermano rompiendo el corazón de la única mujer que realmente había amado.
Está todo bien, se dijo a sí mismo. Estaría esperando por ella en el otro lado. Un día la vería de nuevo y ahí el demonio no tendría ningún control sobre él. No tendría ningún temor de hacerle daño jamás.
Ella estaría a salvo y no habría nadie que los pudiera separar.
Pero en esta vida, él tenía que hacer lo correcto.
Enfermo del estómago, se vistió y dio un último vistazo a Aimee. Completamente desnuda, ella besó la mano que sostenía el guardapelo.
Él se inclinó para tomar una última inhalación de su cabello así su aroma le daría la fortaleza y lo llevaría hasta la tumba.
—Te amo —susurró él, luego se obligó a marchar.
¡Fang! Jadeó Aimee, sintiéndose desolada sin él. ¿Cómo sería capaz de vivir sabiendo que él realmente se había ido?
Al menos en el pasado había siempre la oportunidad que él volviera a sus cabales y estuviera ahí.
Pero ahora…
Él iba a morir y no había nada que ella pudiera hacer.
¡Ve por él!
La urgencia era tan fuerte. Si sólo pudiera. Pero Fang nunca la perdonaría por eso. ¿Cómo podría? Ella conocía el dolor de vivir sin sus hermanos. La indescriptible agonía de saber que fue ella la razón de que los hubieran capturado y asesinado. Ellos la habían protegido y dado sus vidas para que ella pudiera vivir.
No podría desear ese dolor sobre Fang.
No, sería Vane quien lo sufriría, sabiendo que su felicidad había sido comprada con sangre. La sangre de Fang.
Además, Savitar había dispuesto sus órdenes. Si Fang no se rendía, Savitar lo cazaría. De todas maneras moriría.
Con el corazón roto, Aimee se vistió y se sentó en la cama, tratando de usar sus poderes para verlo.
Savitar no le permitiría ni siquiera esa gracia.
Fang se materializó en el opulento salón donde el Consejo del Omegrión se reunía.
Completamente vacío, la habitación tenía ventanas que estaban abiertas y se podía ver hacia afuera el hermoso mar. Fang cerró sus ojos mientras el suave viento rozaba su piel y despeinaba sus cabellos. La sal del aire era tan dulce como los pájaros que cantaban afuera.
Era un hermoso día para morir.
Deslizó el guardapelo de Aimee en su bolsillo al tiempo que sentía la fisura de poder que ondulaba tras de él.
—Así que viniste solo. —Savitar apareció frente a él, vestido en un traje de buzo negro. Su cabello estaba peinado hacia atrás, fuera de su cara, y aún empapado.
—¿No se suponía que lo haría?
Savitar resopló mientras secaba algunas gotas de agua de su cara.
—No sabía si lo ibas a hacer o no.
—Supongo que estoy lleno de sorpresas.
Él no pareció apreciar el sarcasmo de Fang.
—¿Conoces los cargos contra ti?
—Me dijeron que asesinato.
—Catorce bajas. ¿Cómo te declaras?
Fang se encogió de hombros con una desfachatez que no sentía.
—Presumo que la mayoría de las personas se tiran sobre sus manos y rodillas.
Savitar rió, luego se puso serio.
—Pero no tú.
—Nop. Nunca —entrecerró sus ojos sobre Savitar—. Honestamente, no tengo recuerdos de asesinar a alguien, pero si lo hice, estoy aquí para mi castigo.
Savitar frotó su barbilla con su pulgar.
—Nunca flaqueas, ¿no es verdad?
—No está en mí. Pero espero que cumplas tu palabra y libres a mi familia.
—¿No tienes nada qué decir en tu defensa?
—No realmente.
—Entonces prepárate a morir.
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