Fang echó la cabeza hacia atrás mientras todo su cuerpo latía y ardía, colgado de la rama de un árbol por una delgada cuerda que le cortaba profundamente las muñecas, enviando ríos de sangre por sus antebrazos. La sangre goteaba directamente desde sus codos hasta la turbia agua y aunque no tendría que haber escuchado el sonido de la misma, juró que lo hacía.
Una y otra vez, vio en su mente los acontecimientos que los habían llevado hasta allí y se sintió completamente como la mierda.
—Lo siento tanto, Vane. Juro que no era mi intención matarnos así.
Vane gruñó cuando volvió a caer al tratar de alzarse. Fang podía decir que le dolían los brazos por la tensión de levantar noventa kilos de puro músculo solo con los huesos de sus muñecas.
Fang inspiró profundamente, tratando de ignorar el fuerte dolor de sus muñecas mientras latían y ardían.
—No te preocupes, Fang. Nos sacaré de ésta.
Fang le escuchó, pero realmente no registró las palabras. Se sentía demasiado mal por la situación. Había sido su culpa. La muerte de Anya, su captura. Debería haber sabido que su padre lanzaría algún tipo de mierda.
¿Por qué no lo había visto venir?
Podría haber luchado con más fiereza. Tendría que haber luchado con más fiereza. ¿Cómo pudo dejar que saltaran sobre él tan fácilmente?
Ahora iba a provocar también la muerte de Vane…
¿Cuándo aprendería?
Vane tensó la cuerda afilada que ataba sus manos juntas por encima de su cabeza, atado a la delgada rama de un viejo ciprés mientras colgaba precariamente sobre la parte más oscura, más sucia, del agua del pantano que había visto nunca. No sabía que era peor, la idea de perder las manos, su vida o caer en ese asqueroso y lodoso hueco infestado de caimanes.
Aunque, sinceramente, estaría muerto antes de tocarlo solo por el hedor. Incluso en la oscuridad del bayou de Louisiana, podía ver lo asqueroso y podrido que era.
Había algo seriamente mal en alguien que quisiera vivir aquí en el pantano. Finalmente tenía la confirmación de que el Dark-Hunter, Talon de los Morrigantes, era un idiota de primera clase.
Fang estaba atado a una rama igual de fina en el lado contrario del árbol donde les habían dejado colgados sorprendentemente en medio del gas del pantano, las serpientes, insectos y caimanes.
Con cada movimiento que Vane hacía, la cuerda cortaba la carne de sus muñecas. Si no conseguía soltarse pronto, esa cuerda cortaría de un lado al otro a través de los tendones y huesos, y cercenaría sus manos.
Sería el último error que cometería alguna vez su padre.
Al menos lo sería si Vane pudiera sacar sus culos de ese condenado pantano sin ser comidos.
Ambos estaban en su forma humana, y atrapados por los finos collares plateados de metriazo, que llevaban alrededor del cuello y enviaban impulsos eléctricos. Estos los mantenían en su forma humana. Algo que su padre creyó les debilitaría.
Era cierto en el caso de Fang.
En el de Vane, no.
Aun así, los collares amortiguaban su habilidad para esgrimir la magia y manipular las leyes de la naturaleza. Y eso realmente le cabreaba mucho.
Como Fang, Vane estaba vestido sólo con un par de vaqueros ensangrentados. Por supuesto, nadie esperaba que vivieran. Los collares no podían ser quitados salvo con magia, la cual tampoco podían utilizar mientras los llevaran puestos y aunque por algún milagro se descolgaran del árbol, había ya un numeroso grupo de caimanes que podían oler su sangre. Caimanes que simplemente estaban esperando que cayeran al pantano y hacer de ellos una sabrosa comida lobuna.
—Hombre —dijo Fang irritado—. Fury tenía razón. Nunca deberías confiar en algo que sangra durante cinco días y no se muere. Tendría que haberte escuchado. Me dijiste que Petra era una perra, ¿pero te escuche? No. Y ahora míranos. Juro que si salgo de esta, voy a matarla.
—¡Fang! —chasqueó cuando su hermano siguió maldiciendo mientras Vane trataba de manejar algunos poderes incluso a través de los dolorosos golpes de corriente en su cuello—. Deja el festival de culpa y déjame concentrarme aquí, de lo contrarío vamos a estar colgados de este maldito árbol durante una eternidad.
Fang gruñó mientras también intentaba alzarse, pero tenía incluso menos éxito que Vane. Por alguna razón simplemente no podía conseguir subirse mucho más.
Malditos por esto. Miró a su hermano y suspiró.
—Bien, no eternamente. Creo que sólo tenemos cerca de media hora antes de que las cuerdas cercenen nuestras muñecas. Hablando de mis muñecas, realmente me duelen. ¿Qué tal las tuyas?
Fang hizo una pausa mientras Vane inhalaba profundamente y sintió el diminuto movimiento de la cuerda que descendió aflojada.
También escuchó el crujido de la rama.
A Fang le entró el pánico ante el sonido del crujido y la imagen del caimán que esperaba para tragarlos enteros. Incapaz de ocuparse de ello, reaccionó del único modo que podía. Con palabras.
—Juro que nunca voy a decirte que me muerdas el culo. La próxima vez que me digas algo, voy a escucharte, sobre todo si es sobre una hembra.
Vane gruñó.
—Entonces, ¿podrías empezar a escucharme cuando te digo que te calles?
—Guardo silencio. Solo odio ser humano. Esto absorbe. ¿Cómo lo soportas?
—¡Fang!
—¿Qué?
Vane puso los ojos en blanco. Era inútil. Siempre que su hermano estaba en su forma humana, la única parte de su cuerpo que hacía algo de ejercicio era su boca. ¿Por qué su jauría no había amordazo a Fang antes de colgarles?
—¿Sabes?, si estuviéramos en forma de lobo sólo tendríamos que roer nuestras patas. Claro que si estuviéramos en forma de lobo, las cuerdas no nos sujetarían, entonces…
—Cállate —lo regañó Vane de nuevo.
Fang hizo una mueca mientras seguía intentándolo y levantando las piernas, pero era inútil. Todo su cuerpo estaba entumecido y no podía soportar las agudas y dolorosas puñaladas que provocaba la falta de circulación.
—¿La sensibilidad vuelve alguna vez después de que las manos se entumezcan así? Esto no ocurre cuando somos lobos. ¿Les ocurre a menudo a los humanos?
Vane cerró los ojos asqueado. Así que de esta manera iba a acabar su vida. No en una gloriosa batalla contra un enemigo o su padre. Ni tranquilamente en su sueño.
No, lo último que escucharía sería a Fang jodiendo.
En sentido figurado.
Inclinó la cabeza de modo que pudiera ver a su hermano a través de la oscuridad.
—Sabes, Fang, por un minuto vamos a echar la culpa. Estoy harto de estar aquí colgado por tu maldita bocaza que se decidió a explicar a su último juguete masticable como protegí a la compañera de un Dark-Hunter. Muchas gracias por no saber cuándo demonios cerrarla.
—Sí, bien, ¿cómo podía saber que Petra correría a Markus y le contaría que estabas con Sunshine y que él pensaría que por eso los Daimons nos atacaron? Perra de dos caras. Petra dijo que quería emparejarse conmigo.
—Todas quieren emparejarse contigo, estúpido, es la naturaleza de nuestra raza.
—¡Vete a la mierda!
Vane soltó el aliento aliviado mientras finalmente Fang se calmaba. La rabia de su hermano le daría un alivio cercano a los tres minutos mientras Fang hervía para un regreso más imaginativo y mejor expresado. Sólo pedía que sus huesos le sujetaran durante más tiempo sin separarse.
Enlazando los dedos, Vane alzo las piernas. Más dolor atravesó sus brazos mientras la cuerda cortaba más profundamente su carne. Sólo rezaba porque sus huesos aguantaran un poco más sin separarse.
Más sangre se deslizó por sus antebrazos mientras alzaba las piernas hasta la rama que había sobre su cabeza.
Si sólo pudiera envolverlas… alrededor…
Golpeó ligeramente la madera con el pie descalzo. La corteza contra la que se arrastro su suave empeine estaba fría y quebradiza. Ahueco su tobillo alrededor de la madera.
Solo un poco… un trocito…
Más.
Fang le gruño:
—Eres tan idiota.
Bien, eso en cuanto a la creatividad.
Vane centró su atención en sus propios latidos rápidos y se negó a escuchar los insultos de Fang.
Cabeza abajo, envolvió una pierna alrededor de la rama y soltó el aliento. Vane gruñó aliviado mientras se quitaba la mayor parte del peso de sus muñecas palpitantes, ensangrentadas. Jadeó por ello mientras Fang continuaba con su diatriba sin ser escuchado.
La rama crujió peligrosamente.
Vane contuvo de nuevo el aliento, con miedo a moverse no fuera a ser que eso provocara que la rama se partiera y le enviara en una caída en picado al pantano podrido, de aguas verdes bajo él.
Repentinamente, los caimanes se agitaron en el agua, entonces se fueron rápidamente.
—Oh, mierda —silbó Vane.
Esa no era una buena señal.
Por lo que sabía, solo existían dos cosas que alejaran a los caimanes. Una era que Talon o Acheron los refrenaran. Pero desde que Talon estaba esa noche en French Quarter salvando el mundo y no en el pantano parecía extremadamente improbable. En cuanto a Acheron, no tenía ni idea de adonde había ido.
La otra opción mucho menos atractiva eran los Daimons… aquellos que eran muertos andantes, maldecidos a matar para mantener sus vidas artificialmente alargadas. Lo único de lo que se enorgullecían más de matar que a los humanos era a los Were-Hunter Katagaria. Teniendo en cuenta que las vidas de los Were-Hunter se extendían durante siglos y poseían habilidades mágicas, sus almas podrían mantener a un Daimon diez veces más que un humano promedio.
Incluso más impresionante que eso, una vez que el alma del Were-Hunter era reclamada, sus habilidades mágicas eran absorbidas dentro de los cuerpos de los Daimons quienes podían utilizar esos poderes contra otros.
Era un don especial ser el pequeño deleite de los no muertos.
Solo había una razón por la que los Daimons estarían aquí. Sólo un modo de que pudieran encontrarles a él y a Fang en ese aislado pantano que los Daimons no pisaban sin una razón. Alguien había ofrecido a ambos como sacrificio de modo que los Daimons olvidaran a su jauría Katagaria.
Y no había dudas en su mente sobre quien había hecho esa llamada.
—¡Maldito! —gruñó Vane en la oscuridad, sabiendo que su padre no podía oírle. Pero necesitando desahogarse de algún modo.
—¿Qué te hice? —Preguntó indignado Fang—. Aparte de conseguir de todos modos que te maten.
—Tú no —dijo Vane mientras ponía todo su esfuerzo en conseguir subir su otra pierna de modo que pudiera liberar sus manos.
Algo saltó desde el pantano al árbol por encima de él.
Vane retorció su cuerpo para ver al alto y delgado Daimon que estaba justamente sobre él, recorriéndolo con la mirada con un brillo divertido en sus ojos hambrientos.
Completamente vestido de negro, el Daimon chasqueó la lengua.
—Deberías estar encantado de vernos, lobo. Después de todo, sólo queremos liberarte.
—¡Vete al infierno! —gruñó Vane.
El Daimon se rió.
Fang aulló cuando un Daimon hundió sus colmillos en su hombro. Probó a dar un cabezazo. Fue un asco. Se apiñaron sobre él como si fueran hormigas mientras no tenía forma de detenerles. Trató de patear y morder… cualquier cosa para atacarlos.
Nada funcionó.
Estaba impotente para protegerse.
Estaba impotente para proteger a Vane. Ese conocimiento le dejó totalmente helado. Nunca había conocido ese sentimiento de completo desamparo. Era un luchador. Un soldado.
¿Cómo podía no ser capaz de proteger las cosas que más amaba? Anya se había ido y ahora Vane…
—¡Apartad la mierda de mi! —le gruñó a los Daimons, haciendo su mejor intento para liberarse.
Hundieron los colmillos profundamente, desgarrando su carne. El dolor era insoportable. Tenía la impresión de que le estaban comiendo vivo.
Vane vio como un grupo de diez Daimons descolgaba a Fang del árbol. ¡Maldita sea! Su hermano era un lobo. No sabía cómo luchar contra ellos en forma humana. Al menos no mientras Fang llevara puesto el collar.
Enfurecido, Vane pateó con sus piernas. La rama se rompió al instante, lanzándole directo al agua estancada bajo él. Contuvo el aliento cuando el sabor pútrido, fangoso invadió su cabeza. Intento patalear hacía la superficie, pero no pudo.
No es que eso importara. Alguien le agarró por el pelo y tiró hasta la superficie.
Tan pronto como su cabeza estuvo por encima del agua, un Daimon hundió sus colmillos en el hombro desnudo de Vane. Gruñendo furioso, Vane codeó al Daimon en las costillas y utilizó sus dientes para devolver el mordisco.
El Daimon gritó y le soltó.
—Éste pelea —dijo una hembra mientras se dirigía hacia él—. Nos sostendrá más que el otro.
Vane le pateó las piernas antes de que pudiera alcanzarle. Utilizó el cuerpo de ella como si fuera un trampolín para salir del agua. Como cualquier buen lobo, sus piernas eran lo bastante fuertes como para que le lanzaran desde el agua al tocón de un ciprés cercano.
Su pelo oscuro y mojado colgaba delante de su cara mientras su cuerpo latía por la pelea y la paliza que su jauría le había dado. La luz de la luna centelleó sobre su musculoso cuerpo mojado, mientras se agachaba con una mano sobre el viejo tocón de madera que se delineaba contra el telón de fondo del pantano. La oscura Barba Española colgaba de los árboles y la madera resaltada por la luna llena, escondida en la niebla, reflejando misteriosas hondas negras en las terciopeladas aguas.
Como el animal que era, Vane observó a sus enemigos cerrar filas a su alrededor. No estaba cerca de entregarse a si mismo o a Fang a esos bastardos. Podía no estar muerto, pero estaba igual de maldito que ellos e incluso más enfadado con el destino.
Subiendo las manos hasta la boca, Vane utilizó los dientes para cortar la cuerda que rodeaba sus muñecas y liberar sus manos.
—Pagarás por esto —dijo un Daimon varón mientras se movía hacía él.
Con las manos libres, Vane retrocedió lanzándose desde el tronco cortado hasta el agua. Se tiró a las profundidades turbias del agua hasta que consiguió arrancar un trozo de madera de un árbol caído que estaba allí sepultado. Se impulsó de camino de vuelta hasta la zona donde Fang estaba siendo sujetado.
Salió del agua justo al lado de su hermano para encontrar a diez Daimons diferentes alimentándose de la sangre de Fang.
Pateó una espalda, agarró a otro por el cuello y clavó la estaca improvisada en el corazón del Daimon. La criatura se desintegró al instante.
Los demás se volvieron hacía él.
—Coged número —les gruñó Vane—. Hay lo suficiente de esto para todos.
El Daimon que estaba cerca de él se rió.
—Tus poderes están atados.
—Díselo al director de pompas fúnebres —dijo Vane mientras se lanzaba hacía él. El Daimon saltó hacía atrás, pero no lo bastante lejos. Acostumbrado a luchar contra humanos, el Daimon no tuvo en cuenta que Vane podía saltar diez veces más lejos.
Vane no necesitaba sus poderes psíquicos. Su fuerza animal era suficiente para terminar esto. Apuñaló al Daimon y se giró para enfrentar a los demás mientras el Daimon se evaporaba.
Se apresuraron hacía él, pero no surtió efecto. La mitad del poder de un Daimon era la habilidad para golpear desprevenidamente y hacer que su víctima entrara en pánico.
Eso funcionaría si, como primo de los Daimons, Vane no hubiera sido adiestrado en esa estrategia desde la cuna. No había nada acerca de ellos que le hiciera aterrorizarse.
Todo lo que su táctica hizo fue volverle frió y determinado.
Y, finalmente, eso le haría vencedor.
Vane desgarró a dos más con su estaca mientras Fang permanecía quieto en el agua. Su miedo comenzó a crecer, pero lo forzó a bajar.
Mantenerse tranquilo era el único modo de ganar una pelea.
Uno de los Daimons lo sorprendió con una explosión que le lanzó en espiral a través del agua. Vane chocó contra un tronco cortado y gimió por el dolor que explotó en su espalda.
Por costumbre, golpeó con sus poderes sólo para sentir que el collar se apretaba y le electrocutaba. Maldijo por el nuevo dolor, entonces lo ignoró.
Levantándose, arremetió contra los dos varones que se dirigían hacía su hermano.
—Date ya por vencido —gruñó uno de los Daimons.
—¿Por qué no lo haces tú?
El Daimon se abalanzó. Vane se metió rápidamente bajo el agua y tiró de los pies del Daimon bajo él. Pelearon en el agua hasta que Vane le sorprendió con la estaca en el pecho.
El resto se fue corriendo.
Vane estaba en la oscuridad, escuchándolos salpicar lejos de él. Con el corazón golpeando sus oídos dejó que la furia le consumiera. Echando la cabeza hacia atrás, dejó salir el aullido de su lobo que resonó misteriosamente a través del brumoso bayou.
Inhumano y maligno, era el tipo de sonido que hacía que incluso las sacerdotisas del vudú corrieran en busca de refugio.
Seguro ahora de que los Daimons se habían marchado, Vane peinó su pelo mojado apartándolo de sus ojos mientras hacia el camino hasta Fang, quien aún no se había movido.
Estrangulado por la pena tropezó mientras se movía ciegamente a través del agua con un único pensamiento en mente… que no esté muerto.
Una y otra vez, vio en su mente el cuerpo sin vida de su hermana. Sintió su frialdad contra su piel. No los podía perder a los dos. No podía.
Eso le mataría.
Por primera vez en su vida, deseo oír uno de los estúpidos comentarios de Fang.
Nada.
Las imágenes pasaron como un relámpago por su mente cuando recordó la muerte de su hermana. Un inimaginable dolor se desgarró a través de él. Fang tenía que estar vivo. Tenía que estarlo.
—Por favor, dioses, por favor —respiró al cerrar la distancia entre ellos. No podía perder a su hermano.
Esto no…
Los ojos de Fang estaban abiertos, con la mirada perdida en la luna llena que les habría permitido saltar en el tiempo fuera del pantano si no hubieran llevado ambos los collares.
Tenía heridas abiertas de mordiscos por todo el cuerpo.
Una intensa y profunda pena se desgarró a través de Vane, rompiendo en pedazos su corazón.
—Vamos, Fang, no estés muerto —dijo, rompiéndose su voz cuando se esforzó por no llorar. En cambio, gruñó—. No te mueras sobre mí, tonto.
Tiró de su hermano hacía él y descubrió que Fang no estaba muerto. Aun respiraba y temblaba incontrolablemente. Superficial y abrasiva, el vacío cavernoso de la respiración de Fang fue una sinfonía en los oídos de Vane.
Las lágrimas se revelaron mientras el alivio lo perforaba. Meció cuidadosamente a Fang entre sus brazos.
—Vamos, Fang —dijo con tranquilidad—. Di algo estúpido para mí.
Pero Fang no habló. Sólo yació allí en un completo shock mientras temblaba entre los brazos de Vane.
Al menos estaba vivo.
Por el momento.
Vane rechinó los dientes mientras la cólera lo consumía. Tenía que sacar a su hermano de aquí. Tenía que encontrar un refugio para ambos.
Si semejante lugar existiera.
Con su rabia suelta, hizo lo imposible, desgarro el collar de Fang quitándolo de su garganta con las manos desnudas. Al segundo, Fang se convirtió en lobo.
Aún así, Fang no volvió. No parpadeó o habló.
Vane se tragó el nudo de dolor de la garganta y luchó contra las lágrimas que escocían sus ojos.
—Está bien, hermanito —murmuró al oído de Fang mientras lo recogía de la maloliente agua. El peso del lobo marrón era doloroso, pero a Vane no le importó. Ignoró el dolor de su cuerpo que protestaba al llevar a Fang.
Mientras hubiera un hálito de vida en su cuerpo, nadie volvería a dañar a alguien al que Vane cuidase.
Y llevaría la muerte a quienquiera que alguna vez lo intentara.
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