jueves, 12 de enero de 2012

A parte 42

26 de Septiembre, 9529 A.C.


Estaba sumamente emocionada cuando vi la casa de Estes de nuevo. No mucho había cambiado desde mi última visita. Incluso, el mismo sirviente abrió la puerta. Él parecía sorprendido al vernos a los tres, especialmente a mi padre.
—He venido a recoger a Acheron —anunció mi padre. —Llevadme a él.
Sin una palabra, el sombrío viejo nos llevó por el mismo pasillo que yo había atravesado una vez. Hacia la habitación que había perseguido mis pesadillas y pensamientos.
Mi felicidad murió mientras llegamos a ella y la realidad se estrelló contra mí.
Nada había cambiado.
Nada.
Lo supe desde antes que el sirviente abriera la puerta.
Y cuando se abrió, mis peores temores fueron confirmados con una claridad cristalina.
—¿Qué es esto? —rugió mi padre.
Me cubrí la boca con las manos cuando vi a Acheron en su cama con un hombre y una mujer, todos ellos estaban completamente desnudos y enredados entre las sábanas. Estaba horrorizada por la visión de lo que le estaban haciendo a Acheron. De lo que él les estaba haciendo a ellos.
En toda mi vida, nunca había visto tanta depravación.
El hombre se retiró de Acheron con una feroz maldición.
—¿Qué demonios es esto? —exigió en un tono igualmente imperioso. Se podría decir por su tono que él era un Atlante con riqueza y el poder—. ¿Cómo se atreve a interrumpirnos?
Acheron dio un último y juguetón empujón y lamió el cuerpo de la mujer antes de acostarse sobre su espalda. Él  yacía desvergonzadamente en la cama, sonriendo.
—Príncipe Ydorus —le dijo Acheron al hombre enojado, refiriéndose a mi padre. —Le presento al rey Xerxes de Didymos.
Eso quitó algo de la bravocuneria del príncipe, pero no mucha.
—Déjanos —le exigió mi padre.
Ofendido, el príncipe recuperó sus ropas y a su acompañante e hizo lo que mi padre ordenó.
Acheron se limpio la boca con las sábanas. Su piel, una vez más, tenía esa enferma tonalidad gris. Estaba inclusive más delgado que la última vez que lo había visto en esta habitación, sus rasgos demacrados. Y una vez más estaba adornado con las bandas de oro en su cuello, brazos, muñecas y tobillos.
Lo peor de todo fue que había visto las esferas en su lengua mientras hablaba. Ya no apretaba los dientes como si avergonzara de lo que era. Ahora era como si se enorgulleciera de eso.
—Entonces, ¿Qué le trae por aquí, Majestad? —Preguntó Acheron, su tono burlón y frío— ¿Desea pasar tiempo conmigo, también?
Fue entonces que me di cuenta que el muchacho herido que había salvado se había ido. El hombre en la cama estaba amargado. Enfadado. Desafiante.
Éste no era el muchacho que tímidamente se había escabullido de su habitación para poder sentir el pasto bajo sus pies.
Éste era un hombre que había sido utilizado demasiadas veces. Y quería que el mundo supiera exactamente cuánto lo odiaba él y a todos los que formaba parte de él.
—Levántate —le gruño mi padre—. Cúbrete.
Una esquina de su boca se curvo en una expresión burlona.
—¿Por qué? Las personas pagan quinientas piezas de oro por hora para verme desnudo. Deberíais estar honrado de poder verme gratis.
Padre se acercó a él, lo agarró rudamente por su brazo y lo tiró a la cama.
Acheron cubrió la mano de Padre con la suya y le hizo un sonido de reprobación con la lengua.
—Son mil piezas de oro por hora si quereis golpearme.
Sentí la bilis subir por mi garganta.
Padre golpeó a Acheron tan fuerte que cayó al suelo sobre su desnuda espalda.
Riéndose, Acheron lamió la sangre que había en sus labios antes de limpiarse con la parte posterior de su mano llena de cicatrices.
—Son quince mil por hacerme sangrar.
Mi padre frunció sus labios.
—Eres repugnante.
Con una sonrisa irónica, Acheron giró y elegantemente se puso de pie.
—Cuidado, Padre, realmente podrías herir mis sentimientos. —Caminó alrededor de mi Padre como un orgulloso y acechador león, mirándolo de arriba a abajo—. Oh espera, se me olvidaba. Las putas no tienen sentimientos. No tenemos dignidad que puedas ofender.
—Yo no soy tu padre.
—Sí claro, conozco bien la historia. Me impactó hace años. Tú no eres mi padre y Estes no es mi tío. Salva su reputación si todo el mundo piensa que soy un pobre mendigo que encontró en la calle y dio cobijo. Está bien vender a un mendigo sin hogar, a un pobre bastardo. Pero la aristocracia mira mal a los que venden a sus familiares.
Padre lo golpeó de nuevo.
Acheron reía, sin perturbarse por el hecho de que ahora su nariz sangraba conjuntamente con sus labios.
—Si realmente quieren lastimarme, yo optaría por los látigos. Pero si siguen golpeándome la cara hareis que Estes se enfade realmente. A él no le gusta que nadie marque mi “belleza”.
—Estes está muerto —le gruño mi padre.
Acheron se congeló en su lugar, luego pestañeó como si no pudiera creer lo que había escuchado.
—¿Estes está muerto? —repitió vacíamente.
Mi padre lo miró desdeñosamente.
—Sí. Desearía que fueras tú en su lugar.
Acheron tomó un profundo respiro, el alivio en sus ojos era tangible.
Casi podía oír sus pensamientos en mi cabeza.
Se acabo. Finalmente se acabo.
El obvio alivio de Acheron puso a mi padre furioso.
—¿Cómo te atreves a no tener lagrimas por él? Te cuidó y protegió.
Acheron lo miró secamente.
—Créedme, le he pagado muy bien por su vivienda y cuidado. Cada noche cuando me llevó a su cama. Todos los días cuando me vendió a cualquiera que pagara su precio.
—¡Estás mintiendo!
 —Soy una puta Padre, no un mentiroso.
Padre lo atacó entonces. Golpeó y pateó furiosamente a Acheron quien no se preocupó por luchar o protegerse. No cabía duda de que había sido entrenado para soportar eso también. Corrí hacia Acheron, tratando de protegerlo.
Styxx jaló a Padre hacia atrás.
—Por favor, Padre —le dijo —¡Tranquilízate! La última cosa que necesitas es lastimar a tu corazón. No quiero verte morir como Estes lo hizo.
Acheron yacía en el suelo una vez más. Su rostro cubierto de sangre y moretones, que ya habían comenzado a hincharse.
—No —dijo, apartándome de él. Escupió la sangre de su boca al piso, donde aterrizó en un rojo charco.
—Fuera —le gruñó Padre—. No quiero verte nunca más.
Acheron se rió y le dirigió una mirada a Styxx
—¿Eso va a ser un poco difícil, no crees?
Padre comenzó a acercarse a él una vez más, pero Styxx se interpuso entre ellos.
—¡Guardias! —gritó Styxx.
Aparecieron al instante.
Styxx señaló a Acheron con un movimiento de su barbilla.
—Poned a esta basura en la calle donde pertenece.
Acheron se puso de pie.
—No necesito su ayuda. Puedo salir por la puerta yo solo.
—Necesitas ropa y dinero —le dije.
—No se merece nada —dijo mi padre—. Nada aparte de nuestro desprecio.
La maltratada cara de Acheron estaba completamente estoica.
—Entonces soy rico por efecto de la abundancia de lo que vos me habéis demostrado. —Se detuvo en la puerta para sonreírle insolentemente a nuestro padre por última vez—. Sabes, me tomó mucho tiempo darme cuenta el por qué me odias tanto. —Su mirada se dirigió a Styxx—. ¿Pero claro, no soy yo al que realmente odias, no es así? Lo que realmente desprecias es lo mucho que quieres follar a tu propio hijo.
Mi padre gritó de ira.
Con la cabeza bien alta, Acheron dejó la habitación.
—¿Cómo pudiste? —Le pregunté a Padre—. Te dije hace años lo que Estes estaba haciendo con él y tú lo negaste. ¿Cómo puedes culparlo por esto?
Mi padre me gruñó.
—Estes no hizo esto, Acheron se lo hizo él mismo. Estes me habló sobre la manera en que se exhibía. La forma en que tienta a todos. Es un destructor justo como dijeron en su nacimiento. No descansará hasta que arruine a cada persona que lo rodea.
Estaba consternada. ¿Cómo podía un hombre conocido por su sentido práctico, ser tan ciego y estúpido?
—Es sólo un muchacho confundido, Padre. Necesita una familia.
Como siempre, Padre me ignoro.
Disgustada con él y Styxx, me retire de la habitación, siguiendo a Acheron.
Lo alcancé mientras estaba saliendo de la casa y lo hice detenerse. El tormento y dolor que había en sus ojos de plata me destruyeron. No había vuelta a atrás para él esta vez. Ni siquiera me preguntaba el por qué. Al igual que con todo lo demás, él simplemente aceptaba esto como culpa suya. 
—¿A dónde vas? —Le pregunté.
—¿Importa?
Era importante para a mí. Pero sabía que no iba a responder.
Me quité el manto y lo envolví alrededor de sus hombros para que, al menos, su desnudez quedara cubierta. Levanté la capucha para proteger su cabeza y su belleza, sabiendo que sería una modesta protección del mundo que lo rodeaba.
Él puso su mano sobre la mía, y luego levantó mi mano derecha hacia sus labios ensangrentados y besó mis nudillos.
Sin otra palabra, se giró y se fue.
Me quedé en la puerta observándolo mientras caminaba a través de la atestada calle y me di cuenta de que estaba equivocada, sí tenía dignidad. Caminaba por la calle con el orgulloso porte de un rey. 

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