jueves, 12 de enero de 2012

A parte 40

18 de Mayo, 9529 AC


La mañana era tan fría como temía que fuera. Sola, me escabullí del palacio y me deslicé silenciosamente a través de la ciudad, siguiendo las indicaciones de Catera hasta que encontré su ubicación.
Como había predicho, no había nadie alrededor.
Me dejó entrar a través de la puerta negra, entonces me dirigí rápidamente a través de la casa a una habitación en lo más alejado de la parte de atrás. Mantuve la cabeza y la cara bien cubiertas e hice todo lo posible por no mirar a las pobres almas que pasaban.
Abrió una puerta.
Di un paso vacilante al interior, esperando ver a Acheron. No estaba allí. Sin embargo, oí el agua chapoteando en la habitación situada al otro lado y supe que debía estar bañándose.
El mohoso olor del sexo persistía en la habitación e intenté no mirar hacia la cama recién hecha. Cerré los ojos cuando pensé en Styxx y en la manera en que vivía su vida con comodidad y paz mientras Acheron era forzado a esto.
No podía imaginarme la degradación que Acheron debía sufrir cada día. El dolor.
Entró en la habitación completamente desnudo, secándose el pelo con una toalla. Se quedó parado brevemente cuando captó mi presencia justo al lado del umbral.
—Perdonadme, Mi Señora —dijo con esa sensual y suave voz suya que contenía un matiz de acento atlante. Estaba agradecida de que al menos las esferas no estuvieran recubriendo su lengua—. Pensé que pasaría la noche.
Bajé la capucha.
Reconociéndome instantáneamente, entrecerró su mirada.
—Bueno, si es mi hermana Ryssa. Dime, ¿estás aquí para salvarme o para joderme? Oh espera, lo olvidé. Cuándo me salvaste, me jodiste, ¿no es cierto?
Las lágrimas picaron mis ojos ante su hostil desdén. Pero, ¿quién podía culparlo?
—No tienes que ser tan crudo.
—Discúlpame si mis maneras son deficientes. Siendo una puta, no estoy muy versado en cómo hablar con la gente decente. El único momento en que conversan conmigo es para darme instrucciones sobre cómo joderlas mejor —tiró la toalla sobre la cama y se movió hacia una silla junto a la ventana.
Ignorándome, se sentó y abrió una caja sobre la mesa. Observé en silencio mientras colocaba varias hierbas extrañas y flores en un frasco. Las encendió, entonces cerró la tapa. Cogiendo un pequeño bol de arcilla, lo sostuvo frente a su rostro, cubriéndose la boca y la nariz, e inhaló.
—¿Qué estás haciendo?
Hizo varias inspiraciones antes de alejar el bol de arcilla de su boca.
—Estoy usando Xechnobia —ante mi ceño fruncido, me lo explicó—. Es una droga, Ryssa.
—¿Estás enfermo?
Se rió de eso, entonces inhaló más.
—Es cuestión de opiniones —hizo una pequeña pausa. Un tic empezó en su mandíbula cuando la miró de cerca—. Lo uso de modo que pueda olvidar cuantos pares de manos he tenido sobre mí en un solo día. Me permite dormir en paz.
Había oído tales cosas, pero en mi mundo no existían. No dudé de que fue Estes quien le había enseñado la droga. Quería llorar ante lo que se había convertido el Acheron que solía hornear pan y jugar con Maia.
—Así que, ¿por qué estás aquí, Princesa? —preguntó.
—Quería verte.
—¿Por qué?
—Por que estaba preocupada por ti. Hoy te vi en el mercado y quería ver como te estaba yendo.
Acheron añadió más hierbas a la olla, entonces sopló para dispersar las ascuas alrededor.
—Estoy bien. Ahora puedes volver a casa y dormir hasta tarde y con la conciencia tranquila —el sarcasmo que ridiculizaba su tono me aguijoneó profundamente en el alma.
Sacudí la cabeza cuando las lágrimas se acumularon en mis ojos.
—¿Cómo puedes hacerte esto?
Arqueó una ceja de modo burlón.
—Soy un perro entrenado, Ryssa. Sólo estoy haciendo lo que me entrenaron para hacer.
—Es tan degradante. ¿Cómo puedes haber vuelto a eso?
En sus tempestuosos ojos vi la rabia que me taladraba.
—¿Volver a esto? Por qué, hermana mayor, hablas como si fuese algo malo. Para mí es el paraíso. Sólo tengo que follar a diez o doce personas en una noche, generalmente sólo una a la vez. Por fin se me permite comer en una mesa, no en el suelo o en el regazo de alguien. Nadie me hace rogar por comida o me castiga algunos días al año cuando estoy enfermo y no puedo echar un polvo. Si alguien me hiere o me pega Catera les prohíbe su burdel, Incluso me paga por mi trabajo y tengo un día libre una vez a la semana. Lo mejor de todo, cuando me voy a dormir, me voy solo a la cama. Nunca he estado mejor.
Quería gritar ante el horror que describía. El hecho que supiese que esa era la verdad sólo me hería más.
—¿Y estás contento de vivir de esa manera?
Dejó la olla de arcilla sobre la mesa y me perforó con su mercurial mirada.
—¿Honestamente, que piensas, Princesa?
—Pienso que vales más que eso.
—Bueno, ¿no eres especial por ser capaz de verme como algo más que una puta? Deja que te instruya sobre lo que ve el resto del mundo. Dejé la Atlántida y estuve enfermo durante semanas por las drogas que Estes me había obligado a tragar.
Recordaba bien lo enfermo que había estado cuando lo había secuestrado.
—No tenía nada excepto el himation que me diste. Ni dinero, ni ropa. Nada.
—¿Así que volviste a prostituirte?
—¿Qué elección tenía? Viajé por todas partes intentando encontrar trabajo haciendo otra cosa, pero nadie me daba trabajo. Cuando las personas me ven, sólo quieren una cosa de mí y da la casualidad que soy muy bueno en ello. Dime, Princesa, si Padre te echara mañana, desnuda a las calles, ¿qué harías? ¿Qué sabes hacer?
Alcé la barbilla.
—Podría encontrar algo.
—Te desafío a que lo intentes, Princesa. —indicó hacia la puerta detrás de él—. Adelante. Ni siquiera sé como barrer un suelo. Todo lo que sé es como usar mi cuerpo para complacer a otros. Estaba enfermo y sólo sin ninguna referencia, amigos, familia o dinero. Estaba tan débil por el hambre que incluso un mendigo robó tu himation mientras estaba tendido en el suelo, esperando la muerte e incapaz de evitar que lo robara. Así que no vengas aquí con tus desdeñosos ojos y me mires como si estuviera por debajo de ti. No necesito tu caridad y no necesito tu compasión. Sé exactamente lo que ves cuando me miras.
—¿De verdad?
Se levantó y abrió los brazos, mostrándome su perfecto cuerpo desnudo.
—Lo veo claramente en tu cara. Lo que ves es al patético niño pequeño que besaba los pies de su padre y le rogaba que no le enviara a prostituirse. Ves a la puta que le daba placer a un príncipe y entonces fue echado de su casa.
Sacudí la cabeza negándolo.
—No, Acheron. Lo que veo es un niño pequeño que solía correr hacia mí y preguntarme por que sus padres no lo querían. El mismo pequeño querubín de pelo dorado que perseguía los rayos de sol en mi cuarto y se reía cuando caían en su palma. Tú eres mi hermano y nunca veré nada malo en ti.
La rabia en su cara se intensificó hasta el punto que pensé que quizás me golpeara.
—Márchate.
Cubriéndome la cabeza, me giré y me marché.
Esperé que me detuviera. No lo hizo.
Y con cada paso que daba, lloraba con más intensidad por lo que había descubierto esta mañana. Mi precioso Acheron se había ido y en su lugar estaba un hombre que no quería tener nada que ver conmigo.
La peor parte era que no podía culparle por ello. Era todo tan injusto. Debería estar en sus cámaras reales con sirvientes atentos a su seña y llamada.
En vez de eso estaba encerrado en una pesadilla de la cual ninguno de nosotros podría liberarle. Seguramente esta no sería su vida. Seguramente Acheron significaba más que eso.
¿Más cómo podía negar lo que había visto? Tenía razón. La gente sólo quería una cosa de él. Y a menos que Padre estuviera dispuesto a protegerlo, Catera era mejor que nada.
Mi hermano pequeño era una puta. Era hora de que me diese cuenta de la realidad.

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