jueves, 12 de enero de 2012

A parte 26

26 de Enero, 9528 A.C.

Habían pasado dos semanas desde la última vez que Acheron había visto a Artemisa y cada día que pasaba, se desanimaba aún más. Ella se negaba a responder sus llamadas.
Ni siquiera se molestaba en ir a los juegos. Nada podía aliviar el dolor que había en su interior por querer estar con ella. Todo lo que quería era verla otra vez.
Echando la cabeza hacia atrás, engulló el último trago de vino de la botella de la que había estado bebiendo. Furioso y herido, la lanzó sobre la baranda para dejar que se estrellara contra las rocas de abajo. Alcanzó una nueva botella e intentó sacar el corcho. Estaba demasiado borracho para lograrlo.
—¿Acheron?
Se quedó inmóvil ante el sonido de la única voz que había estado rogando oír.
—¿Artie? —Intentó ponerse en pie, pero en vez de eso cayó de culo al suelo. Alzando la mirada, la vio en las sombras de su habitación.
Ella dio un paso adelante con la cara pálida y contraída. El ojo izquierdo estaba hinchado y tenía una tenue marca rojiza con la huella de la mano de alguien.
La rabia oscureció su mirada.
—¡¿Quién te golpeó?!
Artemisa retrocedió, temerosa del hombre ante ella. Nunca había visto a Acheron borracho, pero cada vez que había visto a Apolo en ese estado, él se volvía violento.
—Yo regresaré…
—No —jadeó él, la voz era un ronco suspiro—, Por favor no te vayas.
Él le tendió la mano.
Su primer instinto fue huir, tragó saliva y se recordó a sí misma que era una diosa. Él era un humano y no podía herirla de ninguna manera. Las piernas la temblaban ligeramente, se estiró lentamente y tomó su mano en las de ella.
Acheron se la llevó a la mejilla y cerró los ojos como si estuviese contento de morir ahora, como si tocarla fuera el placer más grande que pudiera imaginar. Enterró la cara contra su piel e inhaló profundamente.
—Te he extrañado tanto…
Ella también le había extrañado. Todos los días se juraba que no iba a ir a verle, pero hoy…
Después del ataque de Apolo, necesitaba que la abrazara alguien que supiera que no iba a herirla.
—Tienes un aspecto horrible —dijo ella, frunciendo el ceño ante la gruesa y espesa barba que había crecido sobre la cara—. Y hueles mal.
Él se rió ante sus críticas.
—Es culpa tuya que me vea así.
—¿Y eso por qué?
—Pensé que te había perdido.
Esas angustiosas palabras la tocaron tan profundamente que trajeron lágrimas a los ojos. Cayendo de rodillas, sacudió la cabeza ante él.
Antes de que pudiera hablar, él le susurró al oído:
—Te amo, Artie.
La respiración se la quedó atascada en la garganta.
—¿Qué has dicho?
—Te amo. —Se inclinó contra ella y le pasó el brazo alrededor del cuello antes de desplomarse y desmayarse.
Artemisa se sentó allí, sosteniéndole mientras sus palabras resonaban hasta el fondo de su alma. Acheron la amaba…
Bajó la mirada al rostro que todavía era increíblemente guapo a pesar del estado desarreglado. La amaba. Eso acabó por hacerla llorar de una manera en la que no había llorado desde que era una niña. Y odió el hecho de que él pudiera hacerla sentir así. Odió el hecho de que aquellas palabras significaran tanto para ella cuando no deberían significar nada en absoluto.
Pero la verdad era la verdad y no podía negarla.
—Yo también te amo —susurró sabiendo que nunca podría decírselo si estaba despierto. Eso le daría a él, un mortal, demasiado poder sobre ella.
Pero en ese momento, podía decirle la verdad que quería negar con cada parte de sí misma. ¿Cómo podía una diosa estar enamorada de un hombre? ¿Especialmente ella? Se suponía que era inmune a eso. Pero algo en este mortal había entrado en su alma.
Si tan sólo fuera un dios…
No lo era y no era posible que lo fuese. Era humano y no cualquier humano. Era un esclavo. Una puta que había sido brutalmente usado por todos a su alrededor. Se habían burlado de él y se burlarían de ella por estar con él. Contrajo la cara ante la verdad. Había tenido bastantes problemas con su credibilidad en lo que concernía a otros dioses. Si se enteraran de esto, le quitarían sus poderes y la desterrarían al mundo humano.
No podía permitirlo.
Ni siquiera por Acheron. Esto era más de lo que podía dar. Más de lo que podía soportar. Había visto cuán crueles eran los humanos los unos con los otros. Lo último que quería era estar desprotegida en ese mundo a merced de personas que no tenían corazón. Sólo tenía que ver lo que le habían hecho a Acheron. Él ni siquiera podía caminar en público sin que alguien lo hiriese.
Imaginaba lo que la harían si descubrieran que había sido una diosa…
La destrozarían.
Sollozando, lo acercó a ella y se lo llevó de ese estúpido y mezquino mundo.
En su propia cama, pasó la mano sobre él y lo aseó de modo que se viera igual al Acheron que ella amaba. Su pelo estaba suave y limpio, sus mejillas tersas y suaves mientras yacía desnudo sobre el colchón de plumas. Cada músculo de su cuerpo estaba fuertemente esculpido.
Las líneas de su abdomen…
¿Cómo podía alguna mujer no amar un rostro y un cuerpo tan perfectos?
Queriendo estar tan cerca de él como fuese posible, se quitó la ropa y después se tendió en la cama a su lado. Hizo aparecer una sábana para cubrirlos mientras se acurrucaba cerca y escuchaba su respiración.
Mientras él dormía, ella pasó la mano sobre los músculos que cubrían su pecho. Su cuerpo era perfecto. Delgado y adecuadamente musculoso, parecía poderoso incluso estando inconsciente. El calor la recorrió mientras le acariciaba el pezón. Este se arrugó en respuesta ante el toque, haciéndola sonreír.
Y se preguntó si sabría como... Acheron siempre la saboreaba, pero ella nunca se lo había hecho a él. Era tímida respecto a su cuerpo. Pero con él de esta manera, se envalentonó.
Hundiendo la cabeza, llevó la lengua sobre el pico tenso. Hmmm, él sabía realmente bien. Su piel era salada y olía completamente a Acheron. La dolía el cuerpo, se movió despacio sobre su pecho, probando cada centímetro de este.
No fue hasta que alcanzó el estómago que ella se retiró. Él tenía todo el torso sin vello excepto por un pequeño tramo del pelo que iba desde su ombligo hacia abajo hasta la zona más espesa en el centro de su cuerpo. Ella sepultó la mano allí, permitiendo que el vello áspero pasara a través de los dedos. A diferencia de los pelos de su cabeza, éstos eran rizados y cuando pasó la mano por ellos, su pene comenzó a endurecerse.
Artemisa lo tocó con cautela. Estaba fascinada con la parte de él que era tan diferente de su propio cuerpo. Al principio fue capaz de moverlo a voluntad, pero en poco tiempo estuvo tan duro y tieso que todo lo que pudo hacer fue bajar la mano por su longitud y hacer que el pene danzara en respuesta a su toque.
Qué raro...
Igual de extraña era la humedad que goteaba de la punta. Echó un vistazo hacia arriba para asegurarse de que él todavía estaba inconsciente. Confiada, se mordió el labio, luego lentamente avanzó acercándose más. El corazón la golpeaba con temor y curiosidad, bajó la cabeza para probarlo.
Artemisa gimió profundamente en su garganta. No había nada atemorizante respecto a esto. En realidad, nada atemorizante respecto a Acheron en lo más mínimo. Sonriendo, se retiró para ahuecarle en la mano.
Él seguía dormido, inconsciente del hecho de que lo estaba explorando.
Ella se incorporó subiendo por su cuerpo para besar aquellos labios que la habían perseguido estos últimos días en sus sueños. No podía soportarlo más…
—Despierta para mí, Acheron.
Acheron estaba aturdido mientras trataba de enfocar sus pensamientos. Pero todo lo que él podía ver era a Artemisa. Estaba inclinada sobre él con sus verdes ojos abrasándole con su calor.
—Me robas el aliento —susurró él.
Ella sonrió muy dulcemente antes de mordisquearle la barbilla con los dientes.
Él ya estaba duro y doliente debido a la exploración de ella. ¿Era esto un sueño? Tenía tal confusión mental que no lo podía asegurar. Había como una neblina sobre todo.
—Muéstrame tu amor —susurró ella en su oído.
Quería y con ella sobre él de esa manera no podía acordarse de sus objeciones para hacerlo. Giró la cara hacia la suya y la besó profundamente. Él nunca había querido hacer el amor con nadie antes, pero ahora mismo quería estar dentro de ella con una locura tan inesperada que lo desgarró y dejó sin fuerzas.
Con la cabeza dándole vueltas, rodó sobre ella y bajó la cabeza para excitar su seno derecho.
Artemisa jadeó ante la sensación de la lengua acariciándola. El estómago se contraía bruscamente con cada deliciosa lamida. Y para su asombro, de hecho se corrió por esto.
Jadeando, le agarró la cabeza y tembló mientras ola tras ola de placer barrían por ella. No había tenido ni idea de que él pudiera hacer esto.
Él gruñó inesperadamente, antes de comenzar a descender por su cuerpo. Apartó de un codazo sus muslos para contemplarla, con un hambre tan crudo que la provocó un escalofrío.
—Tócame, Acheron. Muéstrame lo que puedes hacer.
Él la recorrió con un largo dedo, haciéndola estremecerse en respuesta. Un instante más tarde enterró la boca contra ella. Ella lanzó un grito cuando su lengua la atormentó. Era insoportablemente placentero.
Y ella quiso más.
Por primera vez, él deslizó un dedo dentro de ella mientras la saboreaba. La intrusión era sorprendente al tiempo que increíblemente placentera. Cuando él deslizó otro dedo dentro, ella se tensó.
—¿Qué haces?
Él encontró su mirada antes de asestarla otro exquisito lametazo.
—Procuro que tu cuerpo esté listo para mí de modo que no te haga daño cuando entre en ti. —Se retiró. —¿Has cambiado de opinión?
Ella sacudió la cabeza.
—Te deseo, Acheron.
La besó a su manera, subiendo despacio por su cuerpo mientras seguía excitándola con la mano.
Artemisa se aferró a él mientras otro orgasmo se derramaba por ella. En el momento en que esto comenzó, Acheron se deslizó profundamente dentro de su cuerpo. Se movió tan rápidamente y con tanta suavidad que en vez de hacerla daño, esto aumentó su orgasmo a un nivel cegador.
Su cabeza se restregó de acá para allá en la almohada mientras trataba de encontrarle sentido a esto. Pero no había ningún sentido en ello. Y cuando Acheron comenzó a empujar despacio y profundamente contra ella, gimió extasiada.
Acheron se perdió en los suspiros complacidos que Artemisa hacía, lo que emparejó sus golpes. Ella lo sujetaba de un modo como nadie jamás lo había hecho antes...
Como si él significara algo para ella.
Las lágrimas punzaban detrás de los ojos mientras se impulsaba aún más profundo en ella. Ya no estaba ebrio, estaba en la gloria. Todo lo que podía ver era su hermoso rostro.
Los ojos de ella se oscurecieron un instante antes de que le apartara el pelo del cuello y hundiera sus dientes en él. En el momento en que lo hizo, ella se corrió otra vez.
La sensación de ella bebiendo de él mientras su cuerpo se aferraba al suyo lo condujo hasta el borde. Incapaz de soportarlo, él también se corrió en una onda cegadora de éxtasis.
Se desplomó encima de ella mientras esta se alimentaba. Entre su orgasmo y la pérdida de sangre, estaba débil y saciado. Ella le hizo rodar sobre su espalda para así poder beber aún más.
En este momento Acheron le habría dado cualquier cosa que le pidiera. Incluso su vida.
Artemisa se retiró cuando con la pierna tocó algo mojado en la cama. Echando un vistazo hacia abajo, vio su sangre mezclada con el semen en el colchón. La realidad de lo que acababa de hacer se precipito sobre ella con una fuerza tan aguda que hizo pedazos toda su felicidad.
Ella ya no era virgen.
Si Apolo o los demás se enteraban...
Estaría arruinada. Ridiculizada. Humillada.
¿Qué había hecho?
Has sido profanada por una puta humana...
Con los parpados medio caídos, Acheron extendió una mano hacia ella. Esta se retiró mientras el corazón se cerraba de golpe dentro de su pecho. Esto era terrible. Horrible. Aterrorizada por lo que le había permitido hacer, abandonó la cama, sintiéndose enferma.
Acheron la siguió.
—¿Artemisa?
—¡No me toques! —gruñó cuando él trató de sujetarla. Ella le dio un empujón.
—¿Te hice daño?
La preocupación de su voz dejó un agujero irregular en el corazón. Pero esto no era nada comparado con la vergüenza y el miedo que sentía.
—Me has arruinado.
En aquel instante le odió por lo que habían hecho. ¿Cómo se atrevió él a hacerla desearlo de esta manera? Hacer que se olvidara de quién era y por qué su virginidad era tan importante.
Dioses queridos, ¿qué había hecho?
Quería matarlo y aún así no podría. ¿Cómo podía odiarlo con tantas ganas y todavía desearlo tan ardientemente?
—¿Por qué me tocaste?
Él pareció asombrado por la pregunta.
—Tú me lo pediste.
—No te pedí que me besaras en mi templo —lo acusó—. Yo nunca había conocido un beso antes. Y entonces tú me tocaste... —le abofeteó con fuerza por la afrenta.
Acheron se tambaleó hacia atrás ante el golpe mientras su mejilla ardía. Antes de que él pudiera recuperarse, Artemisa lo atacó, con bofetadas y puñetazos. Cuando esto no pareció satisfacerla, lo arrojó contra la lejana pared y allí lo mantuvo con sus poderes de diosa.
Yo te protegeré...
Las palabras de ella sonaron en sus oídos cuando él la miró desde arriba, esperando que finalmente lo matara. Sinceramente prefería estar muerto a sentir como el corazón se le astillaba por lo que ella estaba haciendo.
Ella había mentido.
De repente, cayó de golpe en el suelo. Aquella misma fuerza invisible lo derribó y lo sostuvo contra el mármol mientras Artemisa se le acercaba con una mirada fiera.
—Así que colabora. Di en toda tu vida una palabra de esto a una sola alma y te veré aniquilado tan dolorosamente que tus gritos pidiendo clemencia resonarán a lo largo de la eternidad.
Aquellas palabras trajeron lágrimas a los ojos al recordarle a otros tantos que lo habían odiado porque ansiaban estar con él. ¿Cuántos dignatarios y nobles habían venido a él y luego lo habían maldecido al momento siguiente de que les hubiera complacido?
Vivian con el miedo de que una puta arruinara sus preciadas reputaciones. Le habían sacado a patadas de la cama o lo habían tirado al suelo, maldiciéndolo por su propia lujuria como si él hubiera querido esto.
¿Por qué había llegado a pensar por un momento que Artemisa sería algo diferente?
Al final, él era lo que era.
Nada.
—¿Me oyes? —gruñó Artemisa en su cara.
—Te oigo.
—Te arrancaré la lengua.
Él tuvo que obligarse a no reírse ante una amenaza que experimentaba por primera vez. Pero él sabía la verdad. Su lengua tenía más valor que cualquier otra cosa puesto que esta les proporcionó la mayor parte del placer.
—Tu voluntad es mi voluntad, akra.
Ella lo agarró por el pelo y tiró de su cabeza hacia arriba para obligarlo a mirarla.
—Soy la diosa Artemisa.
Y él era Acheron Parthenopaeus. La puta maldita. Esclavo despreciado. Incapaz de ser amado por alguien.
Cuán estúpido había sido al tragarse sus mentiras. Pensar que por un minuto algo como él podría haber tenido alguna vez valor para una diosa.
Artemisa vio el dolor en sus ojos y esto la desgarró el corazón. No quería hacerle esto, pero ¿qué opción tenía? Él estaría muerto en unas décadas, pero su propia vergüenza sería eterna si alguna vez la noticia de esto llegaba a otros dioses.
Los humanos no eran dignos de confianza. Jamás.
—Recuerda que mi ira será legión. —Ella le tiró del pelo como advertencia antes de enviarlo de vuelta a su mundo.
Trastornado, Acheron se sentó en el suelo de su cuarto. Entumecido por el rechazo y el ataque, avanzó lentamente hasta el balcón con vistas al mar y descansó la cabeza contra la baranda de piedra. Oyó las voces de los Atlantes llamándole.
Más que nunca antes estaba tentado a ir. ¿Qué importancia tendría si lo mataban?
Si pudiera estar seguro de que no abusarían más de él, iría a ellos. Pero en lo profundo del corazón estaba el miedo a que ellos sólo lo convocaran para así poder torturarlo también. Inclinando la cabeza, lloró y a medida que caía cada lágrima odió a Artemisa por ello.
Nadie lo había hecho llorar de esta manera en años. No desde el día en que Estes había vendido su virginidad al mejor postor y luego había celebrado una fiesta para que todo el mundo observara la brutal violación que le había causado dolor y hemorragias durante días después. Incluso ahora la risa y las burlas lo perseguían.
Rompo a la puta para el resto de nosotros...
Acheron golpeó el puño contra la piedra, queriendo que el dolor borrara la vergüenza dentro de él. Pero no hubo ningún alivio. Ninguna piedad. Nada podía llevársela.
La puta estaba cansada ahora. Por fin estaba vencido. Y no era por la mano de su maestro o un cliente.
Había sido por la mano de la única persona a quién había amado alguna vez. Derrotado y perdido, Acheron se tumbó en el frío balcón y cerró los ojos, rezando para que la muerte finalmente viniera y terminara con esta pesadilla que era su vida.

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