jueves, 12 de enero de 2012

A parte 16

12 de Noviembre, 9528 A.C.


Acheron estaba sentado en su balcón, dejando que los helados vientos lo enfriaran cuando se dio cuenta de que su hermana estaba en la ventana observándole. Él le hizo un gesto para que entrara.
Los dientes empezaron a castañearle inmediatamente.
—Aquí fuera hace frío.
—Para mí se siente bien. —Él realmente estaba sudando.
Ryssa entrecerró los ojos sospechosamente cuando se acercó a él.
—¿Qué has hecho?
—No he hecho nada. Absolutamente nada. —Apenas tenía fuerza para comer.
Ella sacudió con furia la cabeza.
—Has estado tomando esas drogas otra vez, ¿verdad?
Acheron apartó la mirada.
Ella le agarró la cara y lo obligó a mirarla.
—¿Por qué harías tal cosa?
—No empieces conmigo, Ryssa.
—Acheron, por favor —dijo con voz forzada mientras lo soltaba—, te estás matando a ti mismo.
Lo deseaba. Bajando la mirada, giró la muñeca para ver la perfecta e intachable piel. No había rastro de los cortes que había seccionado su piel y sus venas.
—No puedo suicidarme. Los dioses saben que lo he intentado. No hay vía de escape para mí así que aquí estoy sentado, esperando el momento oportuno hasta que los dioses acaben con mi vida, mientras intento quedarme al margen del camino de todo el mundo.
Ella le cepilló el cabello apartándoselo de los ojos.
—Te ves terrible. ¿Cuándo fue la última vez que te bañaste?
Él la hizo a un lado, enfadado por la pregunta.
—La última vez que me bañé, fui acusado de violación y castrado. No te ofendas, prefiero oler.
Ella sacudió la cabeza.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste?
—No lo sé. —Se rascó las barbudas mejillas—, ¿Cuál es la diferencia? No es como si Padre vaya a dejarme pasar hambre hasta morir. Comeré cuando tenga que hacerlo. Cuando ellos me obliguen.
Lo siguiente que supo, es que Ryssa lo alcanzó y le agarró la oreja y se la pellizcó con fuerza.
—Vas a comer ahora mismo.
—¡Ey! —Chasqueó Acheron, pero ella se negaba a dejarlo ir. Con un determinado agarre, lo sacó de la baranda y lo obligó a seguirla a la habitación. Era bastante más pequeña que él, que era casi el doble de su tamaño y tuvo que luchar para mantener sus frenéticos pasos—. Sabes que soy más grande que tú —le recordó él.
—Sí, pero yo soy más mezquina y loca. —Soltó su mano de un tirón, dándole un último aguijonazo a su lóbulo.
Frunciendo el ceño, se frotó la oreja.
Ella indicó su tocador donde había un plato con fruta, pan y queso esperando.
—Siéntate y come. ¡Ahora!
—Sí, Su Majestad.
Cuando Acheron se estiró por un trozo de queso, captó su reflejo. Los ojos hundidos, teñidos de rojo miraban fijamente a un hombre desaliñado. La barba esta andrajosa, el pelo corto desgreñado. Se veía más como un anciano que como un joven.
Estaba bien, se sentía tan viejo como parecía. Apartando la mirada, se llevó el queso a la boca mientras Ryssa le servía una copa de vino.
Le dejó para caminar a la puerta que conducía al cuarto de la doncella.
—¿Nera? ¿Podrías prepararme un baño en mi habitación? Y encuéntrame una navaja de afeitar.
Acheron no habló mientras comía. Honestamente, estaba hambriento. Las doncellas no le habían traído comida y no se atrevía a ir a buscarla por sí mismo dada la manera en que su padre había reaccionado la última vez que lo encontró cerca de la cocina y el comedor.
Cuando Ryssa regresó, estaba sosteniendo a Apollodorus. El bebé sonrió al momento en que vio a Acheron y se estiró hacia él.
Incapaz de negarse, Acheron lo cogió en sus brazos.
—Saludos, sobrino. ¿Cómo has estado?
Él gorjeó en respuesta.
Acheron levantó la mirada hacia Ryssa quien sostenía paños para un pañal.
—Ha crecido desde la última vez que lo vi.
—Sí, lo ha hecho.
Acheron observó el escaso pelo del bebé.
—También te estás quedando calvo.
Ryssa se rió repentinamente.
—Tú hiciste lo mismo. Todo el pelo negro se te cayó y entonces se te volvió rubio.
Apollodorus se estiró y le tiró de la barba.
Acheron le tendió el bebé a Ryssa.
—Estoy demasiado sucio para sostenerle.
—A él no le importa. Sólo está encantado de ver a su tío otra vez. Te ha extrañado.
Él también lo había extrañado.
Acheron abrazó al bebé más aún mientras mirada a su hermana.
—Esto es injusto, Ryssa. Sabes lo que me ocurrirá si padre siquiera me encuentra aquí. Y si me ve cerca de Apollodorus…
Ella colocó una mano sobre su hombro.
—Lo sé, Acheron.
La puerta se abrió para dejar entrar a las sirvientas que traían una enorme tina de agua caliente. Ryssa cogió al bebé mientras Acheron comía más.
Una vez el baño estuvo listo, lo dejó solo.
Con más entusiasmo del que quería, Acheron se hundió en la humeante agua caliente y suspiró. Había pasado mucho tiempo desde que se había dado un baño y casi había olvidado cómo se sentía. Incluso así, no le importaba el riesgo.
—Te quiero, Ryssa —susurró.
Era la única que realmente se preocupaba por él. Artemisa lo quería como amante, pero era una diosa y el suyo era un amor egoísta… muy parecido al de Estes. Por tanto tiempo como él la complaciera, ella sería amable. Le concedía que ella daba más de lo que Estes había dado jamás, pero todavía tenía límites sobre lo que hacía.
Lo que más lastimaba de Artemisa eran los recuerdos de cómo habían sido en el comienzo. Anhelaba esa inocencia en su pasado. Aquel sentimiento de que él había significado algo para ella…
Intentando no pensar en ello, se estiró por la navaja que finalmente rasuró sus barbudas mejillas. Una vez terminó, se arrastró fuera de la tina y alcanzó sus ropas limpias.
Después de vestirse, llamó a la puerta de la doncella.
—He terminado. Gracias.
Ryssa se unió entonces a él antes de cerrar la puerta de modo que la doncella no pudiera oírles.
—Por favor, no tomes más drogas, Acheron. No me gusta lo que te hacen —la preocupación en sus pálidos ojos azules lo escaldaron.
—Las dejaré.
—¿Lo prometes?
Él asintió.
—Pero sólo por ti.
Ella le sonrió.
—Te ves mucho mejor. Siempre que quieras darte un baño, ven aquí y haré que te preparen uno. —Se alzó sobre las puntas de los pies para abrazarle.
Acheron la apretó, retirándose después. Había permanecido allí ya demasiado tiempo. Ambos sabían era demasiado riesgo para él estar en sus aposentos mientras el resto de la casa estaba despierta.
Entrando a su habitación otra vez, se quedó mirando el arco de Raíz de Morfeo que estaba sobre la mesa.
Tíralo.
No, no podía. Enfermaría otra vez si lo dejaba de golpe. Su existencia era lo bastante miserable sin eso. Haría lo que le había prometido a Ryssa. Se limpiaría de eso.
—¿Acheron?
Se tensó ante la voz de Artemisa. ¿Cómo sabía el preciso momento para venir a verle?
Bien mirado, era una diosa.
—Buenos días, Artie.
Apareció tras de él y le pasó un brazo alrededor de la cintura.
—Mmm, hueles bien.
Era por el baño mezclado con las drogas.
—Acabo de bañarme.
Retrocediendo, frunció el ceño ante él.
—Te ves extraño. ¿Estás enfermo?
—No.
—Entonces ven. Estoy de humor para bailar.
¿Acaso tenía elección? Pero no estaba de humor para desafiarla. Estaba aprendiendo a evitar las palizas y disfrutaba de ello.
Artemisa lo llevó a su templo. Acheron se animó brevemente cuando vio lo que ella había hecho. Había velos por todo el lugar mientras la música tocaba muy bajo. Se había ordenado un pequeño banquete.
La miró con el ceño fruncido.
—¿Qué es esto?
Ella le ofreció una tierna sonrisa.
—Ha pasado algún tiempo desde que estuvimos juntos. Quería que esta fuese una noche especial. ¿Te gusta?
Estaba demasiado sorprendido para pensar.
—¿Hiciste esto por mí?
—Bueno, la verdad es que no organizaría una velada romántica para mi hermano o una de mis koris —fue a la mesa y levantó una cajita—. E hice que Hefesto hiciera esto para ti.
Acheron estaba completamente atónito mientras se quedaba mirando la caja y lo que eso significaba. Aquello estaba tan lejos de su carácter que por un momento se preguntó si alguien le habría golpeado en la cabeza.
—¿Tienes un regalo para mí?
—Bueno, quería algo para reemplazar el anillo. No puedes llevártelo contigo, pero puedes dejarlo aquí y usarlo cuando me visites.
Con curiosidad, abrió la caja para encontrar un par de brazaletes de oro.
Artemisa le apretó el antebrazo.
—Es para tus muñecas siempre que cacemos. Nunca dices nada, pero sé que la cuerda del arco te araña la muñeca cuando disparas. Te protegerán la piel y se asegurarán de que las flechas vuelen siempre en la dirección correcta.
Era un pensamiento tan increíble y le recordaba lo fácil que había sido darle su corazón. ¿Por qué no sería siempre de esta manera?
—Gracias, Artie.
—¿Te hace feliz?
Ella era casi infantil en su esfuerzo por complacerle. Acheron le retiró el pelo de la cara de modo que pudiera besarle la mejilla.
—Me hace más que feliz.
—Bien. Has estado tan triste últimamente y no me gusta cuando estás triste.
¿Entonces por qué hacía cosas que lo molestaban? No lo entendía, pero ella ahora lo estaba intentando. No iba a echarle el pasado en cara.
Le tendió la mano.
—¿Bailamos?
Sonriendo, tomó su mano y le permitió hacerla girar. Su risa llenó sus oídos.
Acheron deseó sentir desesperadamente su alegría. Pero no había nada en él excepto un fugaz sentimiento de alivio de que ella no lo tirara al suelo y saltase sobre él. Por supuesto todavía estaba atontado por los restos de la raíz de Morfeo que había tomado hacía un par de horas. Esta era la parte donde su cuerpo estaba calmado y podía funcionar sin estar caliente o mareado.
Artemisa apoyó la cabeza contra su pecho y suspiró mientras se balanceaban al compás de la música.
Los dioses sabían cuánto deseaba volver a hacerle el amor. Pero estaba asustado por desearlo. Cada vez que bajaba la guardia, ella le hacía daño. Si al menos reconociera ante el mundo que eran amigos. O le permitiera saber que realmente significaba algo para ella.
Tragó saliva deseando que ella reconociera su amistad.
—¿Artie?
—¿Sí?
—¿Pasarías conmigo todo el día de mañana?
Ella sonrió con cara de felicidad.
—Puedo recogerte por la mañana.
—Aquí no. En Didymos.
Se alejó de él.
—No sé, Acheron. Alguien podría vernos.
Siempre acababan igual.
—Puedes tomar otra forma. No tienes que parecer tú.
Ella dejó escapar un suspiro frustrado.
—¿Por qué es tan importante para ti? ¿Por qué no quedarte aquí conmigo?
No lo digas...
 Pero no pudo evitarlo. Las drogas no le dejaban sujetar la lengua.
—Aquí no me siento humano.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
Acheron se alejó de ella indeciso. Parte de él no quería decirle la verdad, pero la otra estaba enferma de ocultárselo.
—Estar aquí hace que me sienta como una mascota. Es como vivir en la casa de mi tío en la Atlántida. No se me permite dejar tu dormitorio a menos que estés conmigo. No puedo salir a fuera sin tú permiso. Es degradante.
—¿Degradante? —Lo miró con los ojos entrecerrados—. Estás en el templo de una diosa del Olimpo. ¿Cómo en nombre de Zeus puedes sentirte degradado por eso?
Tú. Puta. Dado su tono, las palabras eran intercambiables. Se le clavaron igual que un cuchillo atravesándole el corazón.
—Perdóname, akra. No estoy en posición de hacerte peticiones.
Ella curvó el labio.
—Oh, deja ya ese tono lloriqueante. Odio cuando haces eso. Sólo márchate.
Fue inmediatamente lanzado de regreso a su habitación. Echó un vistazo alrededor del simple mobiliario y las oscuras sombras.
—Estoy tan enfermo de todo esto…
Desesperado porque pasara algo cogió la capa y salió del palacio, a la ciudad. No paró hasta que llegó a casa de Merus y Eleni. La luz del hogar parpadeaba tras las persianas cerradas y se los imaginó a los dos dentro, riendo y bromeando.
Una familia.
Conocía la palabra, pero la verdad es que no comprendía el significado. No sabía cómo sería ser recibido en el hogar. Saber que ahí fuera había una persona que moriría por él.
Aquí nunca encontrarás esa sensación.
Acheron recorrió con la vista la calle vacía y recordó el día en que su padre le había echado de la casa de Estes. Había vagado durante meses intentando encontrar un sitio donde descansar. Había intentado encontrar trabajo. Todos se negaron a dárselo. Al menos para cualquier otra cosa que no fuera prostituirse.
Eres tan guapo... Démosle un buen uso a ese cuerpo...
Se estremeció ante los amargos recuerdos que le obsesionaban.
Quiero salir de aquí.
E intentó buscar una salida. Fue de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo y en todas partes era lo mismo. No tenía a dónde ir ni a nadie que le quisiera por más tiempo del que se necesitaba para follarle. La única razón por la que había vuelto había sido el recuerdo de su hermana y el verano en que se sintió como una persona y no como un objeto.
Con el estómago revuelto levantó la vista hasta el palacio sobre la colina que brillaba como una estrella mágica.
Y aún, aquellas voces talantes le susurraban.
Ven con nosotros, Apostolos. Ven a casa...
Acheron se rió con amargura.
—¿Para qué? ¿Para que podáis joderme como todos los demás?
No tenía sitio donde ir. No había liberación para su tormento. La única razón que tenía para seguir viviendo eran las dos únicas personas que no le juzgaban.
Ryssa y Apollodorus. Que los dioses se apiadaran de él si los perdía. Nunca sería capaz de seguir viviendo si ellos abandonaban este mundo sin él.

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