22 de Junio, 9527 A.C.
Mañana Acheron alcanzaría la mayoría de edad. Veintiuno. Debería estar excitado pero las palabras del oráculo le obsesionaban. Más que eso era la expresión en la cara de Maia cuando intentó agarrarle.
—Algo tiene que cambiar. —Dijo con la mirada pesada. Su hermano aún conspiraba para asesinar a su padre y aquí estaba él, sentado sin hacer nada excepto no cruzarse en el camino de nadie, esperando que ni siquiera le vieran.
—¿Acheron?
Volvió la cabeza y se encontró con que Ryssa se le había unido en el balcón. Le miró con los ojos entornados.
—Ya estás con ese tema otra vez, ¿verdad?
—Sólo hoy y mañana. —Admitió quedamente.
—¿Por qué?
Porque Artemisa le había arrancado el corazón y no tenía la fortaleza suficiente para vivir sin él durante los próximos dos días.
Era la vieja pelea entre los dos. Le pedía a la diosa que le reconociera o al menos que fuera a verle el día del aniversario de su nacimiento y ella se reía en su cara. Más aún, estaba cansado de ver todas las celebraciones especiales que se planeaban para el aniversario del nacimiento de Styxx. Celebraciones planeadas por un hombre cuya vida podría terminar pronto a manos del mismo hijo que codiciaba tan fervientemente. Irónico, sí. Pero no dejaba de doler.
—Acheron. —Ryssa cogió su barbilla y le forzó a mirarla—. ¿Me oyes?
—La verdad es que no.
Vio la frustración en sus ojos.
—¿Qué voy a hacer contigo?
—Pégame, como todos.
Le miró colérica.
—No tiene gracia.
Intentaba que no la tuviera. Era un hecho simple de su vida, motivaba a todos los que había a su alrededor a actos de extrema violencia.
Ella movió la cabeza antes de dar un paso atrás.
—Sabes que no dejo que Apollodorus se te acerque cuando estás así.
Esa era la desventaja.
—Lo sé. No sería muy maternal de tu parte. No es que yo sepa mucho de cómo se comportan las madres con sus pequeños. Creo que lo vi una vez en una obra sólo que la madre alimentó a un león con su hijo. Que mal que mi propia madre no fuera tan misericordiosa, ¿verdad?
Ella le recostó la cabeza sobre su hombro y le besó justo detrás de la oreja, enredándole cariñosamente el cabello.
—Tu cabello es más claro que antes. Me parece que me gusta de este largo. ¿Te lo has cortado?
Negó con la cabeza.
—Cualquiera que me corte el cabello quiere dormir conmigo después. Creo que voy a dejar que me crezca hasta los pies o hasta que Padre se enfade lo suficiente como para esquilarme otra vez. Quizás debería ir a hacer otra ofrenda a los dioses. He oído que Atenea tiene una fiesta en unos días.
Ella dejó escapar un suspiro agitado.
—Estás de un humor hoy...
Eran las drogas combinadas con la frustración. Siempre había odiado estar así en la Atlántida. Nunca le había pagado bien su descaro sarcástico. Y le mataba que le llenaran de drogas y después le castigaran por los efectos que las drogas tenían en su mente y su cuerpo.
Artemisa le tenía un extraño amor-odio por esta clase de humor. Unas veces le gustaba y otras le castigaba por ello. El problema era que nunca sabía como se lo tomaría hasta que era demasiado tarde.
Ryssa se retiró con desgana. Su dolor era tangible y no había nada que pudiera hacer para aliviarle. Quería llorar por el peso de su incapacidad para ayudar en lo que a él concernía.
La peor parte era lo que había pasado entre él y Maia, pero no quería contárselo. Pensaba que Maia había sucumbido al mismo impulso de todos los demás. Debía de ser algo relacionado con la pubertad. Antes de la madurez sexual los niños no podían discernirlo. Pero después...
Su pobre Acheron.
Si al menos hubiera alguien que pudiera controlarse ante él.
Yo soy la única.
De ninguna manera se consideraba especial. Pero eso no cambiaba el hecho de que Acheron estaba solo. Siempre había estado solo. Su padre nunca debiera haber permitido que se casara y después del casi asesinato de Styxx, otra vez había guardias apostados en la puerta de Acheron. La poca libertad que tenía se había acabado.
Después de anochecer, Acheron contemplaba la actividad en el patio. Lo que más le llamó la atención fue la larga procesión de heraldos que precedían a la Princesa de Tebas. La nueva novia de Styxx. Se casaban en dos semanas a contar desde mañana.
Esta vez, tenía planeado mantenerse alejado de la mujer de su hermano. Como si comprendieran el peligro, le dolieron las pelotas de repente ante el pensamiento de que le cortaran otra vez.
Encogiéndose, Acheron maldijo a su hermano por la castración. Styxx sabía la verdad sobre lo que había hecho su prometida, pero al cabrón no le importaba.
¿Y qué? ¿Qué significaba su humillación? Lo único que importaba era el precioso Styxx y su dignidad.
Suspirando, volvió a pensar en el oráculo. Akri di diyum.
¿Qué podría significar?
El amo y señor reinará.
Ya reinaba en el dormitorio, ¿qué más quedaba?
Es sólo un oráculo drogado, Acheron, olvídalo. Siempre hablaban en adivinanzas sin significado. Y no había que asombrarse. La ramera había estado más elevada entonces de lo que él lo estaba ahora. Quizás debería empezar a contar sus propias profecías.
Oh espera, ya tenía una…
Artemisa no se acercaría a él ni hoy ni mañana, pero al tercer día saltaría sobre él hasta que estuviera cojeando.
Ves… Profeta. Conocía el futuro incluso mejor de lo que lo hacía el oráculo.
Riéndose amargamente, se deslizó de la barandilla y se dirigió a la cama.
Lo siguiente que supo, era que estaba en el templo de Artemisa, tendido en el suelo a sus pies.
—Una pequeña advertencia sería agradable, Artemisa.
Riéndose, envolvió sus brazos alrededor de sus hombros y le olió el cuello.
—Me estaba sintiendo hambrienta.
Debería haberlo sabido.
—Dijiste que no podrías verme hasta pasado mañana.
Ella le acarició el cuello con las uñas, causándole escalofríos que subían y bajaban por su cuerpo.
—Hubo una pausa así que hice tiempo para ti. Un poco de gratitud podría venirte bien.
Inclinó la cabeza para mirarla con diversión.
—¿No puedes ver la gratitud rezumando de mí?
Le pellizcó la punta de la nariz.
—El sarcasmo no va contigo.
—Aún así hace que me anheles cada vez que lo soy.
Ella sonrió.
—¿Cómo te las arreglas para leerme tan bien?
No era difícil. Adoraba el hecho de que él no estuviese embelesado por ella. El hecho de que sus ojos se dilataran y su respiración se incrementara eran pistas bastante difíciles de perder.
Ella le mordisqueó los labios.
—Te extrañé.
Un agudo jadeo interrumpió su juego.
Acheron se congeló ante el sonido que hizo que Artemisa se levantara del diván rugiendo de rabia. Allí frente a ellos estaba una alta y esbelta mujer con el pelo rojizo. Sus ojos oscuros estaban rodeados de miedo.
—¿Qué estás haciendo aquí, Satara?
—Yo solo… y-y-yo no vi nada, Tía Artemisa. Perdóname.
Artemisa la agarró del pelo y tiró de ella acercándola.
—Mírame —sus colmillos se alargaron y sus ojos eran rojos matizados con naranja—. Dí una sola palabra de lo que has visto aquí y no habrá poder que salve tu vida o tu alma. ¿Lo has entendido?
Satara asintió vigorosamente.
Artemisa la hizo a un lado.
—Márchate y no te atrevas a volver hasta que te convoque.
Ella se desvaneció inmediatamente.
Artemisa se volvió a él con venganza.
—¡Esto es todo culpa tuya!
Por supuesto que lo era.
—Fuiste la única que me trajo aquí.
—¡Silencio! —Lo abofeteó ella.
Acheron gruñó ante el sabor de la sangre en su boca. Quería devolverle el golpe, pero conocía las repercusiones. Él era mortal y ella no. Más aún. Tanto como esa bofetada le dolía mentalmente, él no la trataría así. Nadie debería de sangrar por ternura.
Estaban malditamente seguros que no tendrían que sangrar por amor.
—¿Has terminado? —Preguntó él.
Se volvió entonces sobre él con sus colmillos.
Acheron siseó cuando ella volcó la furia contra Satara sobre él. Sintió dos gotas de sangre cayendo de sus labios, bajando por su pecho. El dolor lo quemaba mientras ella se alimentaba sin pensar en él para nada.
Cuando terminó, lo hizo a un lado.
Débil por la pérdida de sangre, cayó de rodillas.
Ella le agarró del pelo y tiró de él hacia atrás contra ella. Un cuchillo apareció en su mano y ella lo sostuvo ante su corazón.
Acheron encontró su mirada y esperó.
—Mátame, Artie. Acaba con esto.
Sus ojos se oscurecieron hasta el punto de que no estaba seguro si ella acabaría con él, pero justo cuando la daga iba hacia su corazón, ella cambió la dirección y la mandó volando contra la pared. Envolvió los brazos a su alrededor y lo mantuvo cerca de ella mientras sollozaba.
—¿Por qué haces que te desee?
Acheron se rió amargamente.
—No soy el único que lo hace. Créeme.
Si tuviera opción, nadie volvería jamás a desearle otra vez.
Ella lo apartó de sus brazos.
—Sólo vete.
¿Acaso tenía elección?
Al menos esta vez, ella lo había devuelto a su cama. Pero todavía estaba sangrando por su cena. Suspirando, se levantó para atender la herida.
—Tú eres el único hombre que ha estado jamás en su templo… Además de mi padre.
Acheron se giró de golpe para ver a Satara de pie cerca de su cama.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Quiero conocer al hombre que podría hacer que Artemisa lo arriesgara todo.
Aguantó el aliento de puro pánico.
—Nos destruiría a los dos si supiera que estás aquí.
Satara se encogió de hombros despreocupadamente.
—No presta ninguna atención al reino de los humanos. Créeme.
Acheron no se movió mientras ella atravesaba la corta distancia entre ellos.
Frunciendo el ceño le estudió como si fuera una curiosidad deforme.
—Eres hermoso. Quizás yo también arriesgaría mi bienestar por ti. —Alargó la mano para tocarle la cara.
Acheron le cogió la mano.
—Tienes que irte.
—Yo sería una amante más amable de lo que es Artemisa.
Justo lo que necesitaba.
—Mira. —Dijo Satara con firmeza—. Puedo decir por tus ojos que eres un semidios como yo. El hecho de que tu sangre la nutra es la prueba. Te lo juro, no sería tan insensible. Sin mencionar que, con los poderes que tengo, tú y yo podríamos arrebatarle los suyos. Imagínatelo, dos semidioses con el poder de un dios. Seríamos invencibles.
—No hay nada que sea invencible. Siempre hay algún fallo en todo ser, no importa cuán poderoso sea. Una debilidad... Tú reconoces que yo soy la de Artemisa. Alguien sabrá la tuya y averiguaran la mía. Para bien o para mal, le he dado mi palabra y no me volveré atrás.
Ella le sonrió sarcástica como si fuera deficiente mental.
—Entonces eres tonto.
—Me han llamado cosas peores.
Ella sacudió la cabeza.
—¿Y estás contento siendo su perrito faldero?
No lo estaba. ¿Pero qué opciones tenía?
—Te vuelvo a decir que le he dado mi palabra y no soy un mentiroso.
Resopló despectiva.
—Entonces me temo que te he juzgado mal. De cualquier forma, estoy en un dilema. Si ella se entera de esto me matará, sobrina o no sobrina. Pero como a lo que parece, eres un hombre de palabra, ¿tengo tu promesa de que nunca le dirás a Artemisa lo que hemos hablado hoy?
—No me gusta conspirar para que alguien caiga, ni siquiera tú. Dicho esto, si alguna vez vas en contra de Artemisa, entonces le diré lo que has hecho. Mientras ella esté a salvo, tú estás a salvo. Lo juro.
Ella inclinó la cabeza como si estuviera desconcertada por su amenaza.
—¿Harías un trato conmigo para proteger a la misma cerda que pronto podría golpearte con la misma lealtad que tú le muestras a ella?
Acheron se encogió de hombros.
—Estoy protegiendo a mi mejor amiga. Para bien o para mal. Permaneceré de su lado.
Satara sacudió la cabeza.
—Entonces tú y yo tenemos un acuerdo. Sólo espero que la encuentres merecedora de tu lealtad.
Él también. Pero al igual que Satara, de algún modo lo dudaba.
Con un último vistazo, Satara lo dejó.
Acheron se pasó una mano por el pelo mientras intentaba buscarle un sentido a aquello. Así que Artemisa tenía muchas personas que la trataban como su padre. Maldición. ¿Qué tenía el poder que hacía que todos lo codiciaran? ¿Por qué las personas no podían contentarse con lo que tenían? ¿Por qué debían volverse la familia y los amigos los unos contra los otros por algo tan estúpidamente inocuo? Alguna cosa que con el paso del tiempo ya no importaría…
¿Cuándo el amor era demostrado a alguien? ¿Cómo podían dejar que la avaricia y el egoísmo lo echaran todo a perder? No lo comprendía.
El amor era tan puro e inocente cuando se entrega, especialmente cuando se entrega incondicionalmente. ¿Por qué no podían aquellos que lo reciben verlo como el hermoso regalo que era? ¿Por qué tenían que usarlo como una herramienta para dañar al que lo entrega?
Como Artemisa había hecho con él.
Y Styxx con su padre.
Por eso amaba a su sobrino. Apollodorus no pedía nada más que atención y cuando le abrazaba y le daba un beso con babas en la mejilla era puro y gozoso amor. No había subterfugios. No era dar para conseguir algo a cambio.
¿Por qué no podía el mundo ser así?
Y otra vez ¿a quién iba a preguntarle estas cosas? Su propia madre había sido incapaz de mostrar la más mínima compasión hacia él.
El amor, desafortunadamente, era una debilidad desperdiciada en aquellos que no la merecían.
Acheron cogió la botella de vino de encima de la mesa y le quitó el corcho. No había mucho solaz alrededor, pero este poco era infinitamente mejor que nada. Los dioses sabían que no podía encontrar solaz en ningún otro sitio. Quizás debería haber aceptado la oferta de Satara.
Pero, ¿a qué precio? Siempre hay un precio para todo en la vida. Por este conocimiento, casi podría agradecérselo a Estes.
Nada es gratis en este mundo.
Nada.
—¿Acheron?
Se tensó ante el sonido de la voz de Artemisa. No se la veía por ninguna parte. Pero podía sentirla como un susurro en el alma.
Se manifestó detrás de él.
—Lo siento, Acheron. No debería haberte tratado así.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Aún invisible, le acarició el hombro con la nariz.
—Estaba asustada. Y dejé que mi miedo me guiara.
—Eres una diosa.
—Soy una de tantos y no tan poderosa como otros. ¿Sabes lo que le hacen a una diosa cuando le quitan sus poderes? La exilian a la tierra para que viva entre humanos que abusan y se mofan de ella. ¿Es eso lo que quieres hacerme?
¿Y por qué no? Eso era lo que ella quería hacerle.
Desafortunadamente, él no era tan cruel.
—No, sólo quiero lo mejor para ti, Artie. Pero estoy cansado de que tomes todo de mí. No soy un muñeco sin cerebro que puedes azotar cuando estás frustrada.
Se materializó y él pudo ver la sinceridad en aquellos hermosos ojos verdes.
—Lo sé y lo intento. De verdad. Estás siendo impaciente conmigo.
—¿Impaciente?
Ella frunció el ceño.
—No es la palabra adecuada, ¿verdad? No sé por qué las confundo a veces.
Esos momentos, cuando ella se permitía ser vulnerable, eran los que le hacían quererla. Eran los que le permitían quererla.
Cogiendo su cara entre las manos, le dio un tierno beso.
Artemisa suspiró al recorrerla una ola de alivio. Le quería tanto y a pesar de eso estaba tan aterrorizada de lo que significaba amarle. De verdad que no siempre quería herirle. Era la única persona con la que podía ser ella misma. Con los otros dioses tenía que ser feroz y defensiva y con los mortales tenía que ser divina e intolerante.
Acheron era la persona que la hacía permitirse reír. Era el único que la sostenía y la hacía sentir cálida por dentro. Pero el problema era que en cuanto se abría sentía la frialdad del interior de él y sabía que, aunque le era leal, ella no le hacía feliz. Eso era lo que más dolía. El dolor en su interior que ella no podía aliviar la hacía querer arremeter contra él de pura rabia y hacerle daño por no abrirse a ella como ella se abría con él.
¿Por qué no podía sentir lo que ella sentía?
Incluso ahora había reserva en su caricia. Una duda y no entendía por qué.
¿Cómo podría hacer que la amara como cuando se conocieron?
Quería castigarle por no amarla como ella le amaba. Hacerle rogar por su amor. Pero ¿cómo?
Al apartarse, su mirada se fijó en el cuello y se avergonzó de lo que le había hecho mientras se alimentaba. Era algo que Apolo le habría hecho a ella.
—No quería hacerte daño.
Acheron contuvo el aliento ante las palabras que le habían dicho tantas veces. Por una vez, ¿no podría alguien pensarlo antes de hacerle daño?
—Estoy bien. —Pero la verdad era que no lo estaba. Nunca había llevado bien el dolor.
Simplemente se había acostumbrado a él.
Le apartó el pelo de la cara.
—Pareces tan cansado. No debería haber tomado tanta sangre de ti. —Le empujó hacia la cama—. Deberías descansar.
Cierto. No había manera de saber que horrores tendría que afrontar por la mañana. Otra castración o una paliza o solamente los puñetazos emocionales en los que Artemisa era tan buena.
No podía esperar.
—¿Vendrás mañana? —Preguntó de nuevo, desesperado por no estar solo mientras el mundo entero derramaba buenos deseos sobre su hermano gemelo.
Artemisa dudaba. Quería ir, pero Apolo estaría allí para las celebraciones en honor de Styxx. Tenía que tener cuidado. Porque eran dioses y gemelos y él podía sentirla cuando estaban cerca. Si la sentía la buscaría y eso podría costarle la vida a Acheron.
—Sabes que tengo un festival. ¿Cómo podría perdérmelo?
Él apartó la mirada y el dolor que transmitió le partió el corazón.
—Vendré a verte al día siguiente.
Acheron controló sus emociones.
—Te esperaré ansioso entonces.
—¿Estás siendo hosco conmigo?
—No —Estaba dolido—. Espero que tengas un buen festival.
Artemisa le acarició el pelo con la mano.
—¿Pensarás en mí cuando me vaya?
—Siempre lo hago.
Ella se inclinó a besarle la mejilla.
—Siempre hace que me sienta tan especial.
Y ella siempre lo hacía sentirse igual que la mierda. Ella metió el brazo bajo el suyo de manera que pudiera cogerle la mano. Él la sostuvo en su corazón y dejó escapar un suspiro.
Cuando lo hizo, un mal presentimiento lo atravesó. Algo iba a suceder mañana. Podía sentirlo en cada parte de él. Fuese lo que fuese, iba a cambiarlos a él y a Artemisa para siempre.
Akri di diyam.
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