viernes, 20 de enero de 2012

FL cap 6

— ¡Ven aquí, pedazo de…! —Julian dejó caer una retahíla de maldiciones que hubiesen avergonzado hasta a un marinero.
Grace abrió unos ojos como platos. No estaba muy segura de qué le sorprendía más: si el ataque de Julian al desconocido motero o el lenguaje que estaba usando.
Como él no dejaba de darle puñetazos, el tipo empezó a defenderse; pero sus habilidades en la lucha no se aproximaban, ni de lejos, a las de Julian.
Olvidando por completo a Selena, Grace echó a correr hacia ellos con el corazón latiendo desbocado mientras intentaba pensar lo que hacer. No había manera de interponerse entre los dos hombres, teniendo en cuenta que intentaban matarse el uno al otro.
— ¡Julian, detente antes de que le hagas daño! —gritó la chica que les acompañaba.
Grace se detuvo al escucharla, incapaz de moverse.
¿Cómo es que conocía a Julian?
La mujer daba vueltas alrededor de ambos, en un intento de ayudar al motero y estorbar a Julian.
— Cielo, ten cuidado, va a… ¡Ay, eso ha debido doler! —la mujer se encogió en un gesto de dolor, cuando Julian golpeó al tipo en la nariz—. ¡Julian, deja de maltratarle de ese modo! Vas a hacer que se le hinche la nariz. ¡Uf, corazón, agáchate!
El motero no se agachó y Julian le asestó un tremendo puñetazo en la barbilla, que lo hizo tambalearse hacia atrás.
La mirada de Grace pasaba de Julian a la mujer con total incredulidad, anonadada.
¿Cómo era posible que se conociesen?
— ¡Eros, corazón! ¡No! —gritó la chica de nuevo, agitando las manos frenéticamente delante de la cara.
Selena se acercó hasta Grace.
— ¿Éste es el Eros que Julian ha invocado? —le preguntó Grace.
Selena se encogió de hombros.
— Puede ser; pero jamás me habría imaginado a Cupido de motero.
— ¿Dónde está Príapo? —preguntó Julian a Eros, mientras le agarraba para empujarle sobre la barandilla de madera, bajo la cual discurría el río.
— No lo sé —le contestó, forcejeando para apartar las manos de Julian de su camiseta.
— No te atrevas a mentirme —gruñó Julian.
— ¡No lo sé!
Julian le sujetó con la fuerza que otorgan dos mil años de dolor y rabia. Las manos le temblaban mientras le tiraba de la camiseta. Pero aún peores que el deseo de matarle allí mismo, eran las implacables preguntas que resonaban en su cabeza.
¿Por qué nadie había acudido antes a sus llamadas?
¿Por qué lo había traicionado Eros?
¿Por qué lo habían dejado solo para que sufriera?
— ¿Dónde está? —preguntó de nuevo Julian.
— Comiendo, eructando; ¡demonios! No lo sé. Hace una eternidad que no lo veo.
Julian lo apartó de la barandilla de un tirón y lo soltó. Tenía la cara desencajada por la ira.
— Tengo que encontrarlo —dijo entre dientes—. Ahora.
En la mandíbula de Eros comenzó a palpitar un músculo mientras intentaba alisarse las arrugas de la camiseta.
— Bueno, dándome una tunda no vas a llamar su atención.
— Entonces quizás deba matarte —le contestó Julian, acercándose de nuevo a él.
Súbitamente, los otros moteros reaccionaron para detenerlo.
Al acercarse a ellos, Eros se agachó para esquivar el puñetazo de Julian y se interpuso entre éste y sus amigos.
— Dejadle en paz, chicos —les dijo mientras agarraba al más cercano por el brazo y lo empujaba hacia atrás—. No querréis luchar con él. Hacedme caso. Podría sacaros el corazón y hacer que os lo comierais antes de que cayeseis muertos al suelo.
Julian estudió a los hombres con una furiosa mirada que desafiaba a cualquiera de ellos a acercarse. Grace sintió terror ante la ira reflejada en sus ojos. Una ira letal que parecía confirmar las palabras de Eros.
— ¿Estás loco? —preguntó el más alto observando incrédulo a Julian—. No creo que sea capaz de tanto.
Eros se limpió la sangre del labio y sonrió débilmente al mirarse el dedo.
— Sí, bueno. Confiad en mí. Sus puños son como almádenas, y tiene la condenada habilidad de moverse tan rápido que no podréis esquivarlo.
A pesar de sus polvorientos pantalones de cuero negro y la desgarrada camiseta, Eros era increíblemente guapo y no parecía estar agotado, como el resto de sus compañeros. Su apuesto rostro podría ser hermoso si no llevase una perilla castaña rodeada de una barba de tres días, y el corte de pelo al estilo militar.
— Además, no es más que una pequeña riña familiar —continuó Eros, con un extraño brillo en los ojos. Dio unas palmaditas a su amigo en el brazo y soltó una carcajada—. Mi hermano pequeño siempre ha tenido un carácter desagradable.
Grace intercambió una atónita e incrédula mirada con Selena, a la par que ambas se quedaban boquiabiertas por el asombro.
— ¿He escuchado bien? —le preguntó a Selena—. No es posible que sea hermano de Julian. ¿O sí?
— ¿Cómo quieres que lo sepa?
Julian le dijo algo a Eros en griego que hizo que los ojos de Selena se abrieron como platos y que la sonrisa desapareciera del rostro del dios.
— Si no fueses mi hermano, te mataría por eso.
Los ojos de Julian lo fulminaron.
— Si no necesitase tu ayuda, ya estarías muerto.
En lugar de enfadarse, Eros se rió a carcajadas.
— No se te ocurra reírte —le advirtió con enfado la chica—. Es mejor que recuerdes que es de las pocas personas capaz de cumplir esa amenaza.
Eros asintió y se giró para hablar con sus compañeros.
— Marchaos —les dijo—. Nos reuniremos con vosotros más tarde.
— ¿Estás seguro? —preguntó el más alto de los cuatro, mirando con nerviosismo a Julian—- Podemos echarte una mano, si te hace falta.
— No, no pasa nada —dijo moviendo la mano despectivamente—. ¿No recordáis que os dije que tenía que ver a alguien? Mi hermano está un poco cabreado conmigo, pero se le pasará.
Grace se apartó para dejar pasar a los moteros; todos se marcharon, con la excepción de la imponente mujer, que se quedó allí de pie, observando cautelosamente a los dos hombres con los brazos cruzados sobre el generoso pecho cubierto de cuero.  
Totalmente ajeno a ella, a Selena y a la mujer, Eros caminó lentamente alrededor de Julian, dibujando un círculo para poder examinarle atentamente.
— ¿Relacionándote con mortales? —le preguntó Julian, deslizando una mirada igualmente fría y desdeñosa sobre Eros—. Vaya, Cupido… ¿es que se ha congelado el Tártaro[1] desde que me marché?
Eros hizo caso omiso de sus airadas palabras.
— ¡Joder, chico! —exclamó incrédulo—. No has cambiado un ápice. Creía que eras mortal.
— Se suponía que debía serlo pero… —y de nuevo comenzó a soltar improperios, uno tras otro.
Los ojos de Eros comenzaron a brillar, amenazadores.
— Con una boca como ésa, deberías codearte con Ares. ¡Joder, hermanito!, no sabía que pudieras conocer el significado de todo eso.
Julian volvió a agarrar a su hermano por la camiseta, pero antes de poder hacer nada más, la mujer alzó el brazo e hizo un extraño movimiento con la mano.
Julian se quedó inmóvil como una estatua. Por la expresión de su rostro, Grace podía afirmar que no estaba muy contento.
— Déjame, Psique —gruñó.
Grace abrió la boca por la sorpresa. ¿Psique? ¿Sería posible?
— Sólo si prometes no volver a golpearlo —contestó ella—. Sé que no tenéis la mejor de las relaciones, pero respeta el hecho de que me guste su cara tal y como está, y que no soporte que le des un solo puñetazo más.
— Li-bé-ra-me —volvió a decir Julian, recalcando cada sílaba.
— Es mejor que lo hagas, Psique —le dijo Eros—. Está siendo amable contigo, pero puede librarse de ti mucho más fácilmente que yo, gracias a mami. Y si lo hace, acabarás herida.
Psique bajó el brazo.
Julian liberó a su hermano.
— No te encuentro para nada gracioso, Cupido. Nada de esto me resulta gracioso. Y ahora, dime dónde está Príapo.
— ¡Maldita sea! No lo sé. Lo último que supe de él es que estaba viviendo en el sur de Francia.
A Grace le zumbaban los oídos ante la información que estaba descubriendo. No podía dejar de mirar a Cupido y a Psique. ¿Sería posible? ¿Podrían ser verdaderamente Cupido y Psique?
¿Y serían familia de Julian? ¿Sería posible tal cosa?
De nuevo supuso que sería tan lógico como la imagen de dos mujeres borrachas conjurando a un esclavo sexual griego, que estaba encerrado en un viejo libro.
Captó la mirada ávida y encantada de Selena.
— ¿Quién es Príapo? —le preguntó Grace.
— Un dios fálico de la fertilidad que siempre se ha representado totalmente empalmado —le susurró.
— ¿Y para qué lo necesita Julian?
Su amiga se encogió de hombros.
— ¿Porque quizás fue él quien le maldijo? Pero entonces aquí habría algo muy divertido: Príapo es hermano de Eros, por tanto, si Eros es hermano de Julian, hay bastantes posibilidades de que éste y Príapo también lo sean.
¿Condenado a una eternidad como esclavo por su propio hermano?
El simple pensamiento la ponía enferma.
— Llámalo —le dijo Julian con tono amenazador a Eros.
— Llámalo tú. Yo estoy fuera de juego para él.
— ¿Fuera de juego?
Cupido le respondió en griego.
Con la mente totalmente embotada por todo lo que estaba sucediendo, Grace decidió interrumpirlos y ver si conseguía algunas respuestas.
— Perdóname pero, ¿qué está pasando aquí? —le preguntó a Julian—. ¿Por qué le has golpeado?
Él la miró con regocijo.
— Porque me apetecía mucho.
— Muy bonito —le dijo Cupido lentamente a Julian, sin ni siquiera mirar a Grace—. No me ves desde hace… ¿cuánto?, ¿dos mil años? Y en lugar de darme un abrazo fraternal y amistoso, acabo aporreado. —Cupido sonrió jocoso a Psique—. Y mami se pregunta por qué no me relaciono más con mis hermanos…
— No estoy de humor para aguantar tus sarcasmos, Cupido —le advirtió Julian entre dientes.
Cupido resopló.
— ¿Es que no vas a dejar de llamarme por ese nauseabundo nombre? Jamás he podido soportarlo, y no puedo creer que te guste, dado lo mucho que odiabas a los romanos.
Julian le dedicó una fría sonrisa.
— Lo utilizo porque sé lo mucho que lo odias, Cupido.
Cupido apretó los dientes y Grace notó que se contuvo a duras penas para no abalanzarse sobre Julian.
— Dime, ¿me llamaste tan sólo para zurrarme? ¿O hay algún otro motivo, más productivo, que explique mi presencia?
— Para serte sincero, no pensaba que te molestaras en venir, puesto que me has ignorado las últimas tres mil veces que te llamé.
— Porque sabía que ibas a pegarme —dijo Cupido señalándose la mejilla hinchada—; y lo has hecho.
— Y entonces, ¿por qué has acudido esta vez? —inquirió Julian.
— Para serte sincero —contestó, repitiendo las palabras de Julian—, asumía que estabas muerto y que me llamaba un simple mortal cuya voz era muy similar a la tuya.
Grace observó cómo las emociones abandonaban a Julian. Como si las hirientes palabras de Cupido hubiesen matado algo en su interior. A él también parecieron afectarlo, ya que se veía más calmado.
— Mira —le dijo a Julian—, sé que me culpas de lo que pasó, pero no tuve nada que ver con lo que le sucedió a Penélope. No tenía forma de saber lo que Príapo iba a hacer al descubrirlo todo.
Julian hizo un gesto de dolor, como si Cupido lo hubiese abofeteado. Una agonía arrolladora se reflejó en sus ojos y en su rostro. Grace no tenía ni idea de quién era la tal Penélope, pero parecía bastante obvio que había significado mucho para Julian.
— ¿Ah, no? —le preguntó Julian con la voz ronca.
— Te lo juro, hermanito —contestó Cupido en voz baja. Lanzó una rápida mirada a Psique y de nuevo se centró en Julian—. Nunca tuve la intención de hacerle daño, y jamás quise traicionarte.
— Ya —dijo él con una sonrisa burlona—. ¿Y esperas que me lo crea? Te conozco demasiado bien, Cupido. Te encanta causar estragos en las vidas de los mortales.
— Pero no lo hizo contigo, Julian —le dijo Psique con voz lastimera—. Si no le crees a él, confía en mí. Nadie quiso que Penélope muriera de esa manera. Tu madre aún llora sus muertes.
La furiosa mirada de Julian se endureció aún más.
— ¿Cómo soportas hablar de ella? Afrodita estaba tan celosa de ti que intentó casarte con un hombre horrible, y después casi te mató para evitar que te casaras con Cupido. Para ser la diosa del Amor, no tiene mucho para los demás, todo lo malgasta en ella misma.
Psique apartó la mirada.
— No hables así de ella —le espetó Cupido—. Es nuestra madre y se merece nuestro respeto.
La siniestra ira que reflejó el rostro de Julian habría aterrorizado al mismísimo diablo, y Cupido se encogió al verla.
— No te atrevas jamás a defenderla delante de mí.
Fue entonces cuando Cupido notó la presencia de Grace y de Selena. Las miró dos veces, sorprendido, como si acabasen de aparecer de repente en mitad del grupo.
— ¿Quiénes son?
— Amigas —contestó Julian, para sorpresa de Grace.
El rostro de Cupido adoptó una expresión dura y fría.
— Tú no tienes amigas.
Julian no respondió, pero la tirante mueca que torció sus labios afectó profundamente a Grace.
Aparentemente inconsciente de la dureza de sus palabras, Cupido se acercó indolentemente hasta Psique.
— Aún no me has dicho por qué es tan importante para ti echarle el guante a Príapo.
La mandíbula de Julian se tensó.
— Porque me maldijo a pasar la eternidad como un esclavo, y no puedo escapar. Quiero tenerlo delante el tiempo suficiente para empezar a arrancarle partes del cuerpo que no puedan volver a crecerle.
Cupido perdió el color del rostro.
— Tío, ya le echó pelotas si hizo eso. Mami le hubiese matado de haberse enterado.
— ¿En serio crees que voy a creerme que Príapo me hizo esto sin que ella se enterase? No soy tan estúpido, Eros. A esa mujer no le interesa nada lo que pueda ocurrirme.
Cupido negó con la cabeza.
— No empieces con eso. Cuando te ofrecí sus regalos me dijiste que me los metiera por mi orificio trasero. ¿Te acuerdas?
— ¿Por qué lo haría? —preguntó Julian con sarcasmo—. Zeus me expulsó del Olimpo horas después de mi nacimiento, y Afrodita jamás se molestó en discutir la decisión. Sólo os acercabais a mí para torturarme de algún modo. —Julian miró a Cupido con furia asesina—. Cuando a un perro se le golpea con frecuencia, acaba volviéndose agresivo.
— Vale, lo admito. Algunos de nosotros podríamos haber sido un poco más condescendientes contigo, pero…
— Nada de peros, Cupido. No hicisteis nada por mí, ni una puñetera vez. Especialmente ella.
— Eso no es cierto. Mami jamás superó que le dieses la espalda. Eras su favorito.
Julian resopló.
— ¿Y por eso he estado atrapado en un libro los últimos dos mil años?
Grace sufría por él. ¿Cómo podía Cupido escucharlo tan tranquilo, sin ni siquiera pensar en usar sus poderes para liberar a su hermano de un destino peor que la muerte? No era de extrañar que Julian les maldijera. Súbitamente, Julian cogió una daga del cinturón de Cupido y se hizo un profundo corte en la muñeca.
Ella jadeó horrorizada, pero antes de poder abrir la boca, la herida se cerró sin haber derramado una sola gota de sangre.
Cupido abrió los ojos de par en par.
— ¡Qué cabrón! —jadeó—. Ésa es una de las dagas de Hefesto.
— Ya lo sé —le respondió Julian mientras le devolvía el arma—. Hasta tú puedes morir si te hieren con una de éstas, pero yo no. Hasta ahí llega la maldición de Príapo.
Grace contempló el horror en los ojos de Cupido al ser consciente de la magnitud de lo ocurrido.
— Sabía que te odiaba, pero jamás pensé que caería tan bajo. Tío, ¿en qué estaba pensando?
— No me importa lo que pensara, sólo quiero librarme de esto.
Cupido asintió. Por primera vez, Grace vio simpatía y preocupación en su mirada.
— Muy bien, hermanito. Paso por paso. No te vayas muy lejos mientras voy a buscar a mami y veo lo que tiene que decir al respecto.
— Si me quiere tanto como dices, ¿por qué no la llamas para que venga aquí y hablo directamente con ella?
Cupido le miró pensativamente.
— Porque la última vez que mencioné tu nombre, estuvo llorando durante un siglo. Le hiciste mucho daño.
Aunque la apariencia de Julian seguía siendo rígida y distante, Grace sospechaba que, en el fondo, debía haber sufrido tanto como su madre.
Si no más.
— Lo consultaré con ella y volveré en un momento —le dijo mientras pasaba un brazo alrededor de los hombros de Psique—. ¿De acuerdo?
Julian alargó el brazo, cogió el colgante que Cupido llevaba al cuello y tiró de él con fuerza.
— De este modo me aseguro de que regreses.
Cupido se frotó el cuello; parecía bastante malhumorado.
— Ten mucho cuidado. Ese arco puede ser muy peligroso si cae en las manos equivocadas.
— No temas. Recuerdo muy bien cómo duele.
Ambos intercambiaron una mirada cargada de significado.
— Hasta ahora —se despidió Cupido dando una palmada, y junto con Psique, se desvaneció entre los vapores de una neblina dorada.
Grace retrocedió un paso, con la mente en ebullición. No podía acabar de creerse lo que había presenciado.
— Debo estar soñando —murmuró—. O eso, o he visto demasiados episodios de Xena.
Permaneció muy quieta mientras se esforzaba por digerir todo lo que había visto y oído.
— No puede haber sido real. Debe ser algún tipo de alucinación.
Julian suspiró con cansancio.
— Me gustaría poder creerlo.
— ¡Dios Santo!, ¡ése era Cupido! —exclamó Selena extasiada—. Cupido. El real. Ese querubín tan mono que tiene poder sobre los corazones.
Julian resopló.
— Cupido es cualquier cosa menos «mono». Y con respecto a los corazones, se encarga de destrozarlos.
— Pero hace que la gente se enamore.
— No —le contestó, apretando con más fuerza el colgante entre sus dedos—. Lo que él ofrece es una ilusión. Ningún poder celestial puede conseguir que un humano ame a otro. El amor proviene del corazón —confesó con una nota apesadumbrada en la voz.
Grace buscó su mirada.
— Hablas como si lo supieras de primera mano.
— Lo sé.
Grace sentía su dolor como si fuese el de ella. Alargó el brazo para tocarle suavemente el brazo.
— ¿Eso fue lo que le ocurrió a Penélope? —le preguntó en voz baja.
Julian apartó la mirada de Grace, pero ella captó el sufrimiento que se reflejó en sus ojos.
— ¿Hay algún lugar donde pueda cortarme el pelo? —preguntó inesperadamente.
— ¿Qué? —respondió Grace, consciente de que había cambiado el tema para, de ese modo, no tener que contestar a su pregunta—. ¿Por qué?
— No quiero tener nada que me recuerde a ellos —el dolor y el odio que se veían en su rostro eran tangibles.
De mala gana, Grace asintió.
— Hay un lugar en el Brewery.
— Por favor, llévame.
Y Grace lo hizo. Abrió la marcha de vuelta al centro comercial, hasta llegar al salón de belleza.
Nadie dijo una palabra hasta que estuvo sentado en la silla con la estilista detrás.
— ¿Está seguro de que quiere cortárselo? —preguntó la chica, pasando las manos con una caricia reverente entre los largos y dorados mechones—. Le aseguro que es magnífico. La mayoría de los hombres están espantosos con el pelo largo, pero a usted le sienta de maravilla, ¡lo tiene tan saludable y suave! Me encantaría saber qué usa para acondicionarlo.
El rostro de Julian permaneció impasible.
— Córtelo.
La chica, una diminuta morena, miró por encima de su hombro buscando a Grace.
— ¿Sabe? Si tuviese esto en mi cama todas las noches y pudiese acariciarlo, no me gustaría nada que quisiese estropearlo.
Grace sonrió. Si la chica supiera…
— Es su pelo.
— Está bien —contestó con un suspiro resignado. Lo cortó justo por encima de los hombros.
— Más corto —dijo Julian mientras la chica se alejaba.
La estilista pareció sorprendida.
— ¿Está seguro?
Julian asintió con la cabeza.
Grace observó en silencio cómo la chica le cortaba el pelo dejándoselo con un estilo que recordaba al David de Miguel Ángel, con los rizos alborotados enmarcándole el rostro.
Estaba más deslumbrante que antes, si es que eso era posible.
— ¿Qué tal? —le preguntó la chica finalmente.
— Está bien —le respondió él—. Gracias.
Grace pagó el corte y le dio una propina a la chica. Miró a Julian y sonrió.
— Ahora pareces de esta época.
Él volvió la cabeza con un gesto rápido, como si ella le hubiese dado un bofetón.
— ¿Te he ofendido? —le preguntó Grace, preocupada por la posibilidad de haberle hecho daño inadvertidamente. Eso era lo último que Julian necesitaba.
— No.
Pero Grace lo intuía. Algo relacionado con su comentario le había herido. Profundamente.
— Entonces —dijo Selena pensativamente, mientras se unían a la multitud que atestaba el Brewery—, ¿eres hijo de Afrodita?
Él la miró de reojo, furioso.
— No soy hijo de nadie. Mi madre me abandonó, mi padre me repudió y crecí en un campo de batalla espartano, bajo el puño de cualquiera que anduviese cerca.
Sus palabras desgarraron el corazón de Grace. No era de extrañar que fuese tan duro. Tan fuerte.
La asaltó una inquietud: ¿lo habría abrazado alguien con cariño alguna vez? Sólo una vez, sin que él tuviese que complacer a ese alguien primero.
Julian encabezaba la marcha y Grace observaba su andar sinuoso. Parecía un depredador esbelto y letal. Llevaba los pulgares metidos en los bolsillos delanteros de los vaqueros, y caminaba totalmente ajeno a las mujeres que suspiraban y babeaban a su paso.
Intentó imaginarse a Julian con la apariencia que habría tenido llevando su armadura de batalla. Dada su arrogancia y su modo de moverse, debía haber sido un fiero luchador.
— Selena —llamó a su amiga en voz baja—. ¿No leí en la facultad que los espartanos golpeaban a sus hijos todos los días, para comprobar el grado de dolor que podían soportar?
Julian le contestó en su lugar.
— Sí. Y una vez al año, hacían una competición en busca del chico que aguantase la paliza más dura sin llorar.
— Un gran número de ellos moría por la brutalidad de las competiciones —añadió Selena—. Bien durante la paliza o por las posteriores heridas.
Grace lo recordó todo de repente. Sus palabras acerca de ser entrenado en Esparta y su odio por los griegos.
Selena miró con tristeza a Grace antes de dirigirse a Julian.
— Siendo el hijo de una diosa, supongo que aguantarías más de una paliza.
— Sí, las soportaba —dijo llanamente, con la voz carente de emociones.
Grace nunca tuvo más deseos de abrazar a otro ser humano como en ese momento. Quería sostener a Julian entre sus brazos. Pero sabía que a él no le agradaría.
— Bueno —comentó Selena, y por su mirada, Grace supo que intentaba alegrar el ambiente—, tengo un poco de hambre. ¿Por qué no pillamos unas hamburguesas en el Hard Rock?
Julian frunció el ceño hasta formar una profunda V.
— ¿Por qué tengo constantemente la impresión de que habláis en otro idioma? ¿Qué es «pillar una hamburguesa en el Hard Rock»?
Grace soltó una carcajada.
— El Hard Rock es un restaurante.
Julian pareció horrorizado.
— ¿Coméis en un sitio cuyo nombre anuncia que la comida es más dura que una roca[2]?
Grace se rió aún más. ¿Por qué nunca se había percatado de eso?
— Es muy bueno, en serio, ya verás.
Salieron del Brewery y atravesaron el estacionamiento en dirección al Hard Rock Café.
Afortunadamente, no tuvieron que esperar demasiado antes de que la camarera les buscase una mesa.
— ¡Oye! —dijo un chico cuando se acercaban a la mujer—. Nosotros llegamos antes.
La camarera le lanzó una mirada glacial.
Su mesa aún no está preparada —y se volvió hacia Julian con ojitos tiernos—. Si es tan amable de seguirme…
La chica abrió la marcha contoneando las caderas, como si no tuviese otra cosa que hacer.
Grace miró a Selena aguantando la risa, y le indicó con un gesto que mirara a la chica.
— No se lo tengas en cuenta —le contestó su amiga—. Nos ha colado por delante de diez personas.
La camarera les llevó hasta una mesa en la parte trasera.
— Aquí se puede sentar —dijo mientras rozaba ligeramente el brazo de Julian—, y yo me encargo de que su comida no tarde mucho.
— ¿Y nosotras somos invisibles? —preguntó Grace cuando la chica se alejó.
— Empiezo a creer que sí —respondió Selena, sentándose en el banco situado cara a la pared.
Grace se sentó enfrente, con el muro a su espalda. Como era de esperar, Julian ocupó un sitio a su lado.
Ella le ofreció el menú.
— No puedo leer esto —le dijo antes de devolvérselo.
— ¡Ah! —exclamó Grace, avergonzada por no haberlo pensando antes—. Supongo que no enseñaban a leer a los soldados de la antigüedad.
Julian se pasó una mano por la barbilla y pareció adoptar una actitud malhumorada ante el comentario.
— En realidad sí lo hacían. El problema es que me enseñaron a leer griego clásico, latín, sánscrito, jeroglíficos egipcios y otras lenguas que hace mucho que desaparecieron. Usando tus propias palabras, este menú está en griego para mí.
Grace se encogió.
— No vas a dejar de recordarme que escuchaste todo lo que dije antes de que aparecieras, ¿verdad?
— Me temo que no.
Apoyó el brazo en la mesa y, en ese momento, Selena apartó la vista del menú y le miró la mano. Entonces jadeó.
— ¿Eso es lo que yo creo? —preguntó mientras le alzaba la mano.
Para sorpresa de Grace, él permitió que le agarrara la mano y que mirara el anillo.
— Grace, ¿has visto esto?
Ella se incorporó en el asiento para poder verlo más de cerca.
— No, la verdad. He estado un tanto distraída.
Un tanto distraída, sí, claro. Eso es como decir que el Everest es un adoquín.
Aún bajo la tenue luz del local, el oro emitía luminosos destellos. La parte superior era plana y tenía grabada una espada rodeada de hojas de laurel, e incrustadas entre las hojas, había unas piedras preciosas que parecían ser diamantes y esmeraldas.
— Es hermoso —dijo Grace.
— Es un jodido anillo de general, ¿cierto? —preguntó Selena—. No eras un simple soldado de a pie. ¡Eras un puto general!
Julian asintió sobriamente.
— El término es equivalente.
Selena soltó el aire totalmente anonadada.
— Grace, ¡no tienes ni idea! Julian tuvo que ser alguien realmente relevante en su tiempo para tener este anillo. No se lo daban a cualquiera —y movió la cabeza—. Estoy muy impresionada.
— No lo estés —le contestó Julian.
Por primera vez en años, Grace envidió la licenciatura en Historia Antigua de su amiga. Lanie sabía mucho más acerca de Julian y de su mundo de lo que ella jamás podría averiguar.
Pero no parecía necesitar ese grado de conocimiento para entender lo doloroso que debía haber sido para él pasar de ser un general que ordenaba a un ejército, a un esclavo gobernado por las mujeres.
— Apuesto a que eras un magnífico general —dijo Grace.
Julian la miró, captando la sinceridad con la que había pronunciado sus palabras. Por alguna inescrutable razón, su cumplido le reconfortó.
— Hice lo que pude.
— Apuesto a que les diste una patada en el culo a unos cuantos ejércitos —continuó ella.
Él sonrió. No había pensado en sus victorias desde hacía siglos.
— Pateé a unos cuantos romanos, sí.
Grace se rió ante el uso del vocabulario.
— Aprendes rápido.
— ¡Oye! —exclamó Selena, interrumpiéndolos—. ¿Puedo echarle un vistazo al arco de Cupido?
— ¡Sí! —exclamó Grace—. ¿Podemos?
Julian lo sacó de su bolsillo y lo dejó sobre la mesa.
— Con cuidado —advirtió a Selena mientras alargaba el brazo—. La flecha dorada está cargada. Un pinchacito y te enamorarás de la primera persona que veas.
Ella retiró la mano.
Grace cogió el tenedor y con él arrastró el arco hasta tenerlo cerca.
— ¿Se supone que debe ser tan pequeño?
Julian sonrió.
— ¿Es que nunca has oído esa frase que dice: «El tamaño no importa»?
Grace puso los ojos en blanco.
— No quiero ni escucharla de un hombre que la tiene tan grande como tú.
— ¡Grace! —jadeó Selena—. Jamás te había oído hablar así.
— He sido extremadamente comedida, considerando todo lo que vosotros me habéis dicho estos últimos días.
Julian acarició el pelo que le caía sobre los hombros. Esta vez, Grace no se retiró. Estaba haciendo progresos.
— Entonces, dime cómo usa Cupido esto —le dijo ella. Julian dejó que sus dedos acariciaran los sedosos mechones de su pelo. Brillaban aun con la escasa luz del restaurante. Deseaba tanto sentir ese pelo extendiéndose sobre su pecho desnudo… Enterrar su rostro en él y dejar que le acariciara las mejillas.
Con la mirada ensombrecida, imaginó cómo se sentiría al tener el cuerpo de Grace rodeándolo. Y el sonido de su respiración junto al oído.
— ¿Julian? —preguntó ella, sacándolo de su ensoñación—. ¿Cómo lo utiliza Cupido?
— Puede adoptar un tamaño semejante al del arco, o puede hacer que el arma se haga más grande. Depende del momento.
— ¿En serio? —preguntó Selena—. No lo sabía.
La camarera llegó corriendo y colocó la bandeja sobre la mesa, mientras devoraba con los ojos a Julian como si fuese el especial del día.
Muy discretamente, Julian recogió el arco de encima de la mesa y lo devolvió a su bolsillo.
— Siento mucho haberle hecho esperar. Si hubiese sabido que no iban a atenderle de inmediato, yo misma le habría tomado nota nada más sentarse.
Grace le dirigió a la chica una mirada ceñuda. ¡Joder!, ¿es que Julian no podía tener cinco minutos de tranquilidad, sin que una mujer se le ofreciera abiertamente?
¿Y eso no te incluye a ti?
Se quedó helada ante el giro de sus pensamientos. Ella se comportaba exactamente igual que las demás, mirándole el culo y babeando ante su cuerpo. Era un milagro que él soportara su presencia.
Hundiéndose en el asiento, se prometió a sí misma que no lo trataría de aquel modo. Julian no era un trozo de carne. Era una persona, y merecía ser tratado con respeto y dignidad.
Pidió el menú para los tres, y cuando la camarera regresó con las bebidas, trajo una bandeja de alitas de pollo al estilo Búfalo.
— Nosotros no hemos pedido esto —apuntó Selena.
— ¡Oh, ya lo sé! —respondió la chica, sonriendo a Julian—. Hay mucho trabajo en la cocina y tardaremos un poco más en poder servirle la comida. Pensé que debería estar hambriento y por eso le traje las alitas. Pero si no le gustan, puedo traer cualquier otra cosa; la casa invita, no se preocupe. ¿Preferiría otra cosa?
¡Puaj! El doble sentido era tan obvio que a Grace le entraron ganas de arrancarle de raíz el pelo cobrizo.
— Está bien así, gracias —le dijo Julian.
— ¡Ay, Dios mío!, ¿puede hablar un poco más? —le pidió la chica, a punto de desmayarse—. ¡Oh, por favor, diga mi nombre! Me llamo Mary.
— Gracias, Mary.
— ¡Ooooh! —exclamó la camarera—. Se me ha puesto la piel de gallina —y con una última mirada a Julian, cargada de deseo, se alejó de ellos.
— No puedo creerlo —comentó Grace—. ¿Las mujeres siempre se comportan así contigo?
— Sí —contestó él con la ira reflejada en la voz—. Por eso odio mostrarme en lugares públicos.
— No dejes que te moleste —le dijo Selena, mientras cogía una alita de pollo—. Definitivamente, tu presencia resulta muy útil. De hecho, propongo que lo saquemos más a menudo.
Grace dejó escapar un bufido.
— Sí, bueno; si esa criatura anota su nombre y su número de teléfono en la cuenta antes de dárnosla, tendré que darle un bofetón.
Selena estalló en carcajadas.
Antes de que Grace pudiese preguntar cualquier otra cosa, Cupido entró sin prisas en el restaurante, y se acercó hasta ellos.
Tenía un ligero moratón en el lado izquierdo de la cara, donde Julian lo había golpeado. Intentó mostrarse indiferente, pero aun así, Grace percibió la tensión en su interior, como si estuviese preparado para huir en un momento dado. Arqueó una ceja ante el pelo corto de Julian, pero no dijo ni una palabra mientras tomaba asiento junto a Selena.
— ¿Y bien? —preguntó Julian.
Cupido suspiró profundamente.
— ¿Quieres que primero te dé las malas noticias o prefieres las pésimas?
— Veamos… ¿qué tal si hacemos que mi día sea más memorable? Comienza con las pésimas y sigue con las malas para intentar mejorar el ambiente.
Cupido asintió.
— De acuerdo. En el peor de los casos, la maldición jamás se podrá romper.
Julian se tomó la noticia mejor que Grace; apenas si hizo un gesto de aprobación.
Grace miró a Cupido con los ojos entornados.
— ¿Cómo puedes hacerle esto? ¡Dios Santo!, mis padres habrían removido cielo y tierra para ayudarme, y tú te limitas a sentarte sin ni siquiera decirle lo siento. ¿Qué clase de hermano eres?
— Grace —la amonestó Julian—. No le retes. No sabemos qué consecuencias puede traer.
— Eso es cierto mort…
— Tócala —le interrumpió Julian— y utilizaré la daga que llevas en el cinturón para sacarte el corazón.
Cupido se movió para alejarse de él.
— Por cierto, te olvidaste algunos detalles jugosos cuando me contaste tu historia.
Julian le miró furioso, con los ojos entrecerrados.
— ¿Como qué?
— Como el hecho de que te acostaras con una de las sacerdotisas vírgenes de Príapo. Tío, ¿en qué estabas pensando? Ni siquiera te preocupaste de quitarle la túnica mientras la tomabas. No eras tan estúpido como para hacer eso, ¿se puede saber qué te ocurrió?
— Por si se te ha olvidado, estaba muy enfadado con él en aquel momento —dijo con amargura.
— Entonces deberías haber buscado a una de las seguidoras de mami. Para eso están.
— Ella no fue la que mató a mi esposa. Fue Príapo.
Grace estuvo a punto de sufrir un infarto al escucharle. ¿Estaba hablando en serio?
Cupido ignoró la abierta hostilidad de Julian.
— Bueno, Príapo aún está un poco sensible con respecto al tema. Parece que lo ve como el último de tus insultos.
— ¡Ah, ya entiendo! —gruñó Julian—. El hermano mayor está enfadado conmigo por haberme atrevido a tomar a una de sus vírgenes consagradas, ¿es que esperaba que me sentara tan tranquilo y dejara que él matara a mi familia a su antojo? —La ira que destilaba su voz hizo que a Grace se le erizara el vello de la nuca—. ¿Te molestaste en preguntarle a Príapo por qué fue tras ellos?
Cupido se pasó una mano por los ojos y dejó escapar un suspiro entrecortado.
— Claro, ¿recuerdas que perseguiste a Livio y lo derrotaste en Conjara? Pues él pidió que se vengara su muerte, justo antes de que le cortaras la cabeza.
— Estábamos en guerra.
— Ya sabes lo mucho que siempre te ha odiado Príapo. Estaba buscando una excusa para poder lanzarse sobre ti sin temor a sufrir represalias; y se la diste tú mismo.
Grace observó a Julian, cuyo rostro era una máscara inexpresiva.
— ¿Le has dicho a Príapo que quiero verlo? —le preguntó.
— ¿Estás loco? ¡Maldición! Claro que no. Mencioné tu nombre y estuvo a punto de estallar de furia. Dijo que podías pudrirte en el Tártaro durante toda la eternidad. Créeme, no te gustaría estar cerca de él.
— ¡Ja! ¡Me encantaría!
Cupido asintió.
— Vale, pero si lo matas, tendrás que vértelas con Zeus, Tesífone y Némesis.
— ¿Y crees que me asustan?
— Ya sé que no, pero no quiero verte morir de ese modo. Y si no fueses tan terco como una mula, al menos durante tres segundos, tú mismo te darías cuenta. ¡Venga ya! ¿De verdad quieres desencadenar la ira del gran jefe?
Por la expresión de Julian, Grace hubiera dicho que le daba exactamente igual.
— Pero —continuó Cupido—, mami señaló que existe un modo de acabar con la maldición.
Grace contuvo la respiración mientras la esperanza revoloteaba en los ojos de Julian. Ambos esperaron a que Cupido se explicara.
En lugar de seguir, él se dedicó a observar el interior del sombrío local.
— ¿Crees que esta gente se come esta mier…?
Julian chasqueó los dedos delante de los ojos de su hermano.
— ¿Qué hago para romper la maldición?
Cupido se arrellanó en el asiento.
— Ya sabes que todo en el universo es cíclico. Todo lo que comienza tiene un final. Puesto que fue Alexandria la que originó la maldición, debes ser convocado por otra mujer dedicada a Alejandro. Una que también necesite algo de ti. Debes hacer un sacrificio por ella y… —entonces, estalló en carcajadas.
Hasta que Julian se estiró por encima de la mesa y le agarró por la camiseta.
— ¿Y…?
Él le dio un empellón para que le soltara y adoptó una actitud seria.
— Bueno… —continuó mirando a Grace y a Selena—. ¿Nos disculpáis un momento?
— Soy una sexóloga —le dijo Grace—. Nada de lo que digas podrá sorprenderme.
— Y yo no pienso levantarme de esta mesa hasta que escuche los jugosos cotilleos —confesó Selena.
— De acuerdo entonces —convino Cupido, mientras miraba de nuevo a Julian—. Cuando la mujer consagrada a Alejandro te invoque, no podrás meter tu cucharita en su jarrita de mermelada hasta el último día. Será entonces cuando debáis uniros carnalmente antes de la medianoche, y te encargarás de no separar vuestros cuerpos hasta el amanecer. Si sales de ella en cualquier momento, por cualquier motivo, regresarás de inmediato al libro y la maldición seguirá vigente.
Julian maldijo y miró hacia otro lado.
— Exactamente —le contestó su hermano—. Sabes lo fuerte que es la maldición de Príapo. No hay una puñetera forma de que aguantes treinta días sin tirarte a tu invocadora.
— Ése no es el problema —dijo Julian entre dientes—. El problema radica en encontrar a una mujer consagrada a Alejandro que me invoque.
Con el corazón latiendo desenfrenado a causa de los nervios, Grace se incorporó en el asiento.
— ¿Qué significa lo de «una mujer consagrada a Alejandro»?
Cupido encogió los hombros.
— Que tiene que llevar el nombre de Alejandro.
— ¿Como apellido? —preguntó ella.
— Sí.
Grace alzó los ojos y buscó la mirada apesadumbrada de Julian.
— Julian, mi nombre completo es Grace Alexander.


[1] Tártaro: En la mitología griega el Averno, el infierno. (N. de la T.)
[2] Hard Rock significa roca dura. (N. de la T)

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