jueves, 12 de enero de 2012

A cap 7

Ash se detuvo mientras entraba en la casa para encontrar a tres mujeres alineadas… cantando… dios querido, cualquier cosa menos eso.
"Fergilicious."
Todo lo que necesitaba era a Simi aquí y que desentonara con ellas, era su canción favorita y se había pasado la mayor parte del año anterior maldiciendo a quienquiera que hubiese sido lo suficientemente tonto para enseñarle esa canción a una demonio hormonalmente adolescente. ¿La peor parte? Simi quería que la llamara Similicious.
Si, como si eso fuera a pasar. Antes, se convertiría en un modelo de ropa interior para Calvin Klein.
—Vamos, Ash —lo llamó Kim—. Únete.
La miró con el horror llenando su alma.
—Oh, infiernos, no. No hay suficiente cerveza en el mundo que me haga cantar “I’ll put your boy in rock, rock”. 
Las mujeres rieron fuertemente, Kim cayó en el sofá mientras Pam y Tory se carcajeaban.
—¿Así que encontraste algo? —Preguntó Tory después de que finalmente se calmara.
—Un faro roto en un coche al otro lado de la calle y dos farolas apagadas —Ash cogió el móvil de Tory y lo mantuvo lejos de ella—. Realmente necesito que llames a tu gente y les preguntes si encontraron otro diario.
Tory le lanzó una mirada socarrona.
—Créeme, si hubieran encontrado algo tan monumental me lo habrían dicho inmediatamente.
—¿Incluso si lo hubieran hecho justo antes de que los arrestaran?
—Entonces lo tendría el gobierno.
—Tory, por favor, no es gracioso. Tengo un mal presentimiento.
Cuando cogía el teléfono de sus manos, comenzó a sonar. Por el tono y el aspecto de su cara, podía decirse que sabía quién era antes de contestar.
—Hey Bruce, qué… —su voz se fue apagando mientras su rostro perdía color.
Ash puso las manos sobre sus hombros para calmarla.
—Oh, Dios mío. No…
Intercambió una mirada confundida con Pam hasta que escuchó el otro extremo de la conversación.
—Fue espantoso, Tory. Acabábamos de ser liberados hacía tal vez una hora, cuando recibí la llamada de que había sido atacado, al igual que Nikolas caminó a casa y que estaba en cirugía.
—¿Qué dicen los médicos?
—No saben. No se ve bien. Pero lo que fue más atemorizante es que los tipos que lo persiguieron, registraron la mochila y bolsillos… como si buscaran algo en particular. No cogieron nada de dinero ni su reloj. Nada… Harry dijo que le hicieron preguntas mientras lo golpeaban, pero dado que su griego no es fluido no pudo entender nada de lo que querían. Le siguieron sacando la mierda hasta que perdió la conciencia.
Tory le echó un vistazo a Acheron, sospechando acerca de todos sus “presentimientos”.  Eran tan infaliblemente acertados que se preguntó si no podría ser parte de ellos.
—Por casualidad, ¿ninguno encontró otro diario durante la excavación?
—Temprano por la mañana, justo antes de que la policía llegara, tropezamos con el depósito de objetos más importante.
—¿Pero había ahí otro diario?
—No estaba tan bien preservado como el que tienes, pero sí, había otro libro y escucha esto… no estaba húmedo. Había sido sellado en un contenedor hermético dentro de un cofre de madera incrustado con oro. Parecía como si alguien lo hubiera escondido ahí por miedo o algo así.
—¿Dónde está ahora?
—No lo sé. Lo último que supe fue que Dimitri lo tenía.
—Necesito que encuentres a Dimitri y me traigas ese libro.
—¿Por qué? No es como si alguien pudiera leerlo.
—Sí, pueden.
—¿Quiénes?
Miró a Ash y deseó poder ver sus ojos, que mantenía ocultos del mundo.
—Un hombre aquí en los Estados Unidos.
— ¿Estás segura?
—Sí. Fue quien me dijo que probablemente había más de ellos por encontrar y fue el quien os sacó de la cárcel. Ahora escucha, mi casa fue allanada y parecía que buscaban algo, chicos, realmente debéis ser cuidadosos y mantenerme informada sobre Harry y Niko.
—Lo haré, Doc.
Cerró el teléfono y miró hacia esos lentes de sol oscuros que, sospechaba, escondían mucho más que el color de sus ojos.
—¿Qué está pasando, Ash?
Frotó el pulgar sobre el labio inferior.
—Encontraste una pieza crucial de la historia y hay facciones que están dispuestas a matar por ello.
No, tenía que ser más que eso. Tenía que serlo.
—Mira, esto no es la Momia. No es como si el diario de una chica adolescente pudiera resucitar a los muertos o algo. Es sólo la historia de su inocua vida. ¿Qué en la tierra podría haber sabido una niña antigua que mereciera matar a alguien?
Se burló de ella.
—¿Me estás haciendo a mí esa pregunta? Las personas se matan las unas a las otras por un par de zapatos o por vestir la misma chaqueta.
Pam asintió.
—Tiene un punto ahí.
—Todavía no lo comprendo. No lo hago.
Ash negó con la cabeza.
—Hay un montón de cosas acerca del mundo, y de la gente en particular, que no entiendo —y considerando el hecho de que era un dios-de-once-mil-años-de-edad, eso casi lo decía todo.
Miró a Tory, deseando poder confiar en ella lo suficiente para decirle por qué ese libro era tan importante, pero todo lo que sabía era que la razón por la que no podía ver su futuro era porque terminaría siendo la que lo destruyera a él o al mundo.
Soy el Heraldo. Sólo yo puedo traer el Telikos.
O tal vez no… Su profecía era traerlo. Por enseñarla a traducir su lengua materna,  podía haberlo puesto en movimiento. Si sólo hubiera sabido acerca del segundo diario. Todo parecía tan inofensivo, una manera de enmendar el haber avergonzado a la nieta de un viejo amigo. Ahora parecía ser un desastre.
Sintiéndose de repente enfermo, se sentó en el brazo del sofá. ¿Qué había hecho?
—¿Estás bien? —Le preguntó Tory—. Te pusiste muy pálido de repente.
No, no estaba bien. Se sentía enfermo del estómago por el pensamiento de lo que podía haber hecho inadvertidamente. Igual que como con Nick Gautier. En el calor del enfado, había maldecido a su mejor amigo para matarse a sí mismo. Desafortunadamente, Artemisa había traído a Nick de entre los muertos y creado una situación asquerosa  para Ash. Ahora su mejor amigo quería matarlo en venganza.
Sé cuidadoso con lo que dices incluso de paso. Tu palabra es ley. La advertencia de su madre sonó en sus oídos y ahora que lo pensaba, había estado desconcertantemente silenciosa durante la semana pasada.
¿Matera? la llamó con su mente.
¿Apóstolos? Estaba agradecido por su rápida respuesta. Por ésta, sabía que no se estaba escondiendo de él por temor a hacerlo enfadar.
¿Qué está pasando con el descubrimiento de la Atlántida?
Nada. Humanos estúpidos. Incluso cuando les digo cómo abrir el sello de mi prisión, no pueden seguir la más simple de las instrucciones. ¿Dónde hay un Atlante cuando lo necesito?
Muertos, por cortesía tuya, Mamá.
Oh, no me lo recuerdes… ¿Necesitas algo, m’gios? Has estado muy callado últimamente.
He estado ocupado y tengo un problema. Alguien ha encontrado uno de los diarios de Ryssa. ¿Sabes dónde está?
Se detuvo antes de contestar, vacilante.
Sí.
¿Y?
No respondió.
¿Matera?
¿Sí?
Su voz sonaba afilada por la impaciencia.
No juegues éste juego conmigo. Necesito saber dónde está. Ahora.
Soy tu madre, no uses ese tono conmigo.
Suavizó su voz antes de hablar de nuevo.
Por favor, Matera, ¿dónde está el diario?
No puedo decirte.
—¡Y un cuerno, Matera, contéstame! —Ash saltó del sofá con ira sólo para darse cuenta de que las tres mujeres lo miraban fijamente con curiosidad.
Pam se aclaró la garganta.
—¿Alguna idea de lo que acaba de decir?
Tory frunció el ceño.
—Um... no realmente.
—Wow —dijo Kim con una risa ligera—, algo Griego que la princesa Griega no puede entender. Estoy impresionada.
Pam arqueó una ceja.
—Deben ser las voces en su cabeza a las que está respondiendo. Sólo espero que no le estén diciendo que nos asesine.
Ash sintió el calor escaldando sus mejillas.
—Ooo —gorjeó Pam—. Que mono. Me encanta la manera en que sus mejillas se colorean de rojo cuando lo avergonzamos.
—También lo hacen cuando está enfadado o sudando—dijo Tory, comiendo un trozo de fría pizza.
—¿En serio? —preguntó Pam—. Tengo que decir que eso lo hace incluso más ardiente en mi opinión.
Ash les gruñó.
—Mujeres, por favor, ¿podrían no discutir eso mientras estoy delante?
Pam alzó su otra ceja.
—¿Estás de vuelta con nosotras o todavía estás hablando con la gente en tu cabeza? —buscó en su bolsillo y sacó unos auriculares Bluetooh—. Sabes que te digo… Hijo de Sam. Porqué no te los pones así tendré algo de paz mental y podré pretender al menos que estás al teléfono con alguien más y no recibiendo órdenes de perros o algo.
Ash se rió de su verdad poco entusiasta.
—Está bien, sólo estaba pensando cuantas cosas desastrosas podrían haber pasado si Tory hubiera estado aquí cuando la casa fue allanada.
Las mujeres intercambiaron miradas de duda.
Pam ojeó hacia la puerta.
—Sabes, Tory, tiene un punto. Que con los otros siendo atracados…
—Tal vez no deberías permanecer aquí —añadió Kim—. ¿Por qué no vienes y te quedas con nosotras?
Tory agitó su cabeza.
—No puedo poneros en peligro chicas y no quiero vivir con temor. Puedo cargar a Henry y cuidarme a mí misma.
—¿Henry? —preguntó Ash con curiosidad.
Kim respondió.
—Su niñera Beretta.
Estaba sorprendido de que Tory tuviera un arma. No parecía de ese tipo.
—¿Puedes usar esa cosa?
Pam rió mientras gesticulaba hacia Tory que parecía extremadamente modesta mientras comía más pizza.
—Mírala. Parece tan inofensiva y dócil, pero por dentro es una leona. Tory es una adicta a la adrenalina de las que probablemente nunca has visto… cualquier cosa desde submarinismo a alta profundidad. Infiernos, hasta salta de aviones perfectamente bien sólo por diversión.
Ash estaba sorprendido e impresionado.
—¿En serio?
Tory se encogió de hombros.
—Me gusta vivir peligrosamente.
—No —dijo Pam, con voz llena de orgullo por su amiga—, vive sin miedo.
Él inclinó su cabeza con respeto.
—La valentía es un rasgo muy deseable en cualquier ser humano. La estupidez, no. Estaré contigo hasta que esto se calme —la declaración lo sorprendió, pero de nuevo tenía sentido. Su equipo le conseguiría el diario y si se mantenía cerca, sería el primero en encontrarlo. Después podría destruirlo antes de que alguien más tuviera oportunidad de leerlo.
Eso esperaba.
Pam enganchó su brazo en el de Tory.
—Yo aceptaría su oferta. Has estado en nuestra casa antes, lo que significa que sabes sobre Kim y su problema de “ropa interior en el suelo”
—¡Esa no es mi ropa interior! Es la tuya.
Pam alejó su ira agitando la mano.
—No vamos a discutir sobre las pequeñas cosas de la vida, como quien posee la ropa interior. El punto es, me he colgado del tipo grande. Es mucho más intimidante que nosotras.
—También más mono —sonrió Kim abiertamente—. Si rechaza la oferta, ¿puedo pedir protección? Creo que tengo un vecino que me está echando mal de ojo. Me podría lastimar, ¿sabes?
Ash rió.
—No lo sé… ese problema tuyo de la ropa interior…
Pam prorrumpió en risas.
Kim hizo un mohín.
—Como si nunca lo hubieras hecho.
De hecho no. No llevaba ropa interior para tirar al suelo. Pero las mujeres no necesitaban saber eso.
—Cambiando de tema nuevamente. ¿Has tenido noticias de Dimitri sobre el diario?
—Todavía no.
—¿Está en Grecia? —Preguntó Ash.
Tory asintió.
—Ok —Ash balanceó la mochila sobre su hombro—. Odio dejaros, chicas, pero tengo que ir a mi casa a coger algunas ropas. Teneis el número de mi móvil. Sólo con ver una simple sombra fuera de la ventana, me llamáis y estaré de vuelta. Sólo vivo a unas cuantas calles.
Tory sonrió.
—Estaremos bien.
Ash lo esperaba. Dirigiéndose hacia la puerta, las dejó y salió a la calle. Tan pronto como estuvo seguro de que nadie podía verlo, se destelló hacia Grecia fuera de la puerta de la casa de Augustus Tsigas.
El padre de Gus había sido escudero, uno de los sirvientes humanos que ayudan a los Dark-Hunters. Como un adulto, Gus había ido a trabajar para el gobierno Griego, ayudando así no sólo a Ash, sino también a otros Dark-Hunters Griegos cuando lo necesitaban.
Golpeó ligeramente la puerta a fin de no asustar a la esposa de Gus, Olympia, que no tenía ni idea sobre el mundo paranormal en el que su marido estaba involucrado. Sin mencionar el hecho de que aquí eran las dos de la madrugada.
Escuchó pasos al otro lado de la puerta antes de que se encendiera una luz.
Gus abrió la puerta con un ceño en la cara.
—Es mejor que sea importante, Acheron.
—¿Te despertaría por cualquier otra razón?
—Sí.
Ash rió por su displicencia cuando ambos sabían que nunca molestaría a Gus innecesariamente.
—Esto es importante. ¿Recuerdas al grupo de personas a las que ayudaste?
—¿Los arqueólogos?
—Sí. Había uno llamado Dimitri. Necesito su dirección.
Gus lo observó extremadamente irritado.
—Pensé que eras omnisciente. ¿No puedes obtenerla tu mismo?
—Vengo con ciertas restricciones y, desafortunadamente, Dimitri es una de esas excepciones.
Restregándose los ojos, Gus bostezó.
—Entra y te la conseguiré en un tiempo récord.
—¿Gus? ¿Hay algún problema?
Ash cerró la puerta al mismo tiempo que Olympia entraba a la habitación. Diminuta y menuda, tenía largo cabello negro y grandes ojos cafés.
—Lo siento, te desperté.
Ella sonrió mientras lo miraba.
—Está bien, Acheron. Sé que probablemente ustedes dos necesitan que los deje a solas. Volveré a la cama.
—Buenas noches —siguió a Gus hacia su oficina—. Por cierto, es un niño.
Gus sonrió orgullosamente.
—Gracias por hacérmelo saber.
—No hay problema —esperó silenciosamente mientras Gus se registraba en su cuenta de trabajo en el ordenador.
Después de que Gus anotara la dirección, se la entregó a Ash.
—Espero que esto ayude.
—Lo hace. Gracias.
Agradeciendo que al menos una persona hubiera sido de ayuda, Ash se destelló desde la casa de Gus al departamento de Dimitri al otro lado de la ciudad. Tomó una respiración profunda tratando de pensar en la mejor manera de manejarlo. O podía teletransportarse dentro de la casa y buscarlo mientras el hombre dormía o podía despertarlo y preguntarle donde estaba…
Mejor encontrarlo mientras dormía.
Ash entró al pequeño y desordenado apartamento y se detuvo. Al principio pensó que Dimitri estaba dormido en la cama, pero no escuchó latidos de corazón. Acercándose, vio al hombre que yacía muerto, boca abajo sobre un charco de sangre.
—Esto no es bueno —suspiró, mirando alrededor el caos que alguien había dejado atrás cuando destrozó el lugar durante la búsqueda.
Ash respiró hondo y cerró los ojos, esperando que esta vez sus poderes funcionaran. Justo como debían hacerlo en casa de Tory, vio todo con una repentina claridad cristalina.
Tres hombres grandes vestidos de negro habían atacado a Dimitri, queriendo el libro. Dimitri había peleado y no les había dicho nada, aun mientras lo torturaban.
Su lealtad hacia Tory había terminado con un disparo silencioso hacía dos horas.
Ash se arrodilló junto al cuerpo y cerró los ojos del hombre.
—Descansa en paz, hermano. Los que te hicieron esto pagarán. Lo prometo.
Los hombres se habían marchado frustrados después de destruir el piso. Pero si ellos no tenían el diario, ¿quién lo tenía?
—¿Matera?
¿Vas a gritarme de nuevo, Apóstolos?
Lo siento. Una oleada de culpa lo atravesó mientras lamentaba haber sido grosero con ella. En toda su vida, su madre y  Simi habían sido las únicas que realmente lo habían amado. Por eso, odiaba perder la paciencia con ellas. No quise descargar mi enfado sobre ti, pero ¿podrías por favor contestarme una pregunta?
El libro no está aquí, pratio. Dimitri se lo dio a alguien más.
¿Quién?
Una imagen de su madre apareció ante él. Sus remolinantes ojos plateados ostentaban tristeza y pesar.
—Daría mi vida por ti y lo sabes. Pero no puedo responder esa pregunta. Su existencia está atada fuertemente a la tuya propia. También eres padre. Sabes que no siempre puedes darles a tus hijos lo que quieren. Lo siento, Apóstolos.
Quería tan urgentemente tomar su mano en la suya. Sentir su contacto, sólo una vez en su vida.
—Entiendo. No me gusta, pero entiendo.
Ella respiró hondo antes de hablar de nuevo con una voz que estaba llena de convicción.
—Sé lo que Savitar te dijo. Pero está equivocado acerca de esos resultados. No dejaré que nadie te asesine. No de nuevo. Si alguien se acerca a ti, partiré los reinos y desataré mi ejército para tu protección. Soy una diosa de la destrucción y no me importa lo que le pase a éste mundo de hombres. Eres la única cosa que amo, y mataré a lo que sea y a quienquiera si tengo que hacerlo para salvar tu vida.
Eso no era demasiado tranquilizador. Honestamente, preferiría estar muerto que sufrir más humillaciones. Pero su amor y devoción lo significaban todo para él.
—Te amo, Matera.
—Entonces libérame.
Negó con su cabeza a la única petición que nunca podría realizar. Y eso le rompía el corazón.
—Destruirás el mundo si lo hago.
Para su crédito, no se molestó en mentirle. Omitía cosas y guardaba secretos vitales tales como la existencia de su hija y el hecho de que si bien Simi era la última de la línea de Xiamara y la última de los Carontes en el reino humano, no era el último Caronte que quedaba vivo, pero su madre nunca había mentido completamente.
Su madre tragó.
—En cólera, juré matar a Artemisa y a Apolo por lo que te hicieron si alguna vez era liberada de Kalosis de nuevo. Ambos sabemos que si fallo en mantener mi palabra, perecería. Así que tienes razón. No tendría elección, excepto el fin del mundo, en mi liberación.
—Y no tengo elección excepto mantenerte ahí.
Negó con la cabeza.
—Nunca entenderé como puedes producirme tanto orgullo y dolor al mismo tiempo. No coincido con tu lealtad a la raza que te traicionó… no, ellos hicieron algo peor que eso, te torturaron y abusaron de ti de una forma que no merece compasión ni indulgencia. Pero respeto tus convicciones incluso si chocan violentamente con las mías. Ninguna madre podría estar más orgullosa de su hijo, Apóstolos. Ve a encontrar tu libro y que sepas que estoy aquí para ayudarte de cualquier forma que pueda.
Levantó su mano hacia ella de manera que pudiera poner la suya contra la de él. Era lo más cerca que podían estar de tocarse. Parte de él quería liberarla a cualquier precio.
Pero habiendo sufrido de la manera en que lo había hecho, no podría vivir sabiendo que había lastimado a alguien más. A no ser que al menos lo merecieran.
—Ve con mi amor, Apóstolos. Haz que ambos estemos orgullosos.
Desvaneciéndose de vuelta a Nueva Orleáns, se detuvo en el balcón de su apartamento en el 622 en Pirates Alley, que miraba hacia el patio de la Catedral de St. Louis. Estaba oscuro, pero podía oír la música vagando desde la Casa Old Absinthe, así como también las risas y los parloteos de la gente en la calle. Había Daimons en el callejón acechando víctimas, pero antes de que se pudiera incluso preocuparse por eso, llegó Janice. Observó al Dark-Hunter Trinitense seguirlos hacia Royal Street donde sabía que acabaría con ellos.
Esta noche tenía mayores preocupaciones que los Daimons buscando víctimas. Alguien tenía uno de los diarios de Ryssa que nunca debía haberse escrito. Podría volver en el tiempo y cogerlo, pero no sabía cómo alteraría el presente. Qué cambios podía provocar. Podría funcionar bien.
O la tierra podría terminar.
Se apoyó contra la verja, considerando sus opciones. ¿Acaso había sembrado su propia destrucción? Le había dado a Tory una llave que parecía inofensiva y ahora era la mayor amenaza que podía imaginar.
Protege a la chica, Apóstolos. Mantenla a salvo…
Inclinó la cabeza hacia la voz de su madre dentro de su cabeza.
—¿Qué estás diciendo, Matera?
No debería decirte esto, pero la supervivencia del mundo depende de ella. Mantenla a salvo.
Ash rió mientras era golpeado por una línea del programa de TV, “Heroes”. Salva a la animadora. Salva al mundo.
—¿Por qué me lo estás diciendo? —preguntó.
Porque te amo. Ahora vete.
Ash vaciló, pero al final del día sabría la verdad. Su madre nunca le hubiera dicho eso a menos que fuera realmente importante.
Bien, él protegería Soteria.
Y se protegería a sí mismo.

—¿Qué estás haciendo, Apollymi?
Apollymi se giró lejos de su fuente para encontrar a Savitar parado en su jardín mirándola enojado.
—Fuera de aquí, bastardo.
Se negó a moverse.
—No le deberías haber dicho eso.
Levantó la barbilla en desafío al Chthonian. Con todo su poder, no estaba a su altura y él lo sabía.
—¿Quién eres tú para decirme que debería o no hacer?
Sus ojos destellaron del lavanda al plateado y entonces se volvieron de un vibrante azul oscuro.
—Estás forzando al destino.
Le gruñó.
—Estoy protegiendo a mi hijo. Si eso es un crimen, entonces castígame. O espera, ya estoy siendo castigada por protegerlo. Que así sea.
Savitar estrechó los ojos.
—Esto no es un juego.
—No, no lo es. No juego. Nunca lo he hecho —comenzó a pasarlo, pero la cogió del brazo y la detuvo.
—No tenía porque contener los poderes de los dioses que destruiste en la Atlántida de la manera en que lo hice cuando te volviste hecha una furia contra ellos. Pero si no fuera por mi, los otros Chthonians te habrían matado.
Apollymi se negó a ser intimidada por él o por cualquier otro.
—¿Y qué? ¿Quieres que te de las gracias? —liberó el brazo de su agarre—. Las únicas gracias que te debo es por ayudar a Apóstolos a aprender a manejar sus poderes. Por eso, siempre estaré muy agradecida contigo. Pero es lo más lejos que mi gratitud llega. Si de verdad piensas que te temo o a esos otros dioses mortales con los que estás, piénsalo de nuevo. En éste universo, sólo la fuente primaria supera mis poderes. No hay nada que yo tema.
Su expresión se volvió fría, brutal.
—No es verdad. Temes perder a tu hijo y mientras temas eso, eres controlable como el resto de nosotros.
Odiaba el hecho de que estuviera en lo cierto.
—No me presiones, Savitar.
—Y no me presiones a mí. Podrás ser una diosa por nacimiento, pero soy más que un simple Chthonian y lo sabes. He sobrevivido a un infierno que ni siquiera puedes imaginar y sus fuegos forjaron una coraza de hierro dentro de mí. Quieres una batalla, toma tu espada. Pero antes recuerda el número de dioses que ha intentado matarme y ha fallado.
Lo reprendió con un ceño acalorado.
—En respuesta, harías bien en recordar que no sólo destruí a mi panteón entero, sino a mi propia familia para proteger a mi hijo. No te metas en mi camino, o tendremos que averiguar de una vez y por todas quién de nosotros empuña la espada más poderosa.
Savitar quería estrangularla por su obstinación. Pero siempre había sido de esa manera. Terca desde el centro de su ser.
—Bien, pero ten en cuenta lo que pasó la última vez que intentaste protegerlo. El sufrimiento que tu interferencia le causó a Apóstolos. ¿De verdad es lo que quieres?
Sus ojos rompieron en llanto y se odio a sí mismo por causarle tal dolor.
—Maldito.
Se burló.
—He estado maldito desde antes. Deja al destino desarrollarse como debería, Apollymi. Te pido que te quedes fuera de esto. Por nuestra paz.
Sus lágrimas de cristal resplandecieron como diamantes en sus oscuras pestañas rubias.
—Mantenlo vivo por mí, Savitar. De otra manera sabes lo que pasará.
Inclinó la cabeza.
—Haré todo lo que pueda, pero por otro lado, ambos sabemos que sólo Apóstolos puede forjar el destino que queremos para él.
Porque si Acheron fastidiaba esto, no estaría solo en su sufrimiento.
El mundo completo sería destruido.

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