jueves, 12 de enero de 2012

A cap 3

Tres días más tarde cuando atravesaba caminando el campus hacia su despacho, Tory estaba lo bastante encolerizada como para escupir clavos de hierro. Qué atrevimiento por parte del doctor Alexander, darle su diario a ese... ese...
Un día ella iba a pensar en una palabra que describiría adecuadamente la particular especie de rastrero, del arroyo, repugnante, … infame, de Acheron.
—¿Doctora Kafieri?
Se dio la vuelta para ver a Kyle Peltier, uno de sus estudiantes, corriendo hacia ella. Era el típico estudiante de penúltimo año, con el pelo rubio y una cara dulce. Acababa de trasladarse de otra facultad este semestre y era uno de sus mejores alumnos.
—¿Sí?
—Un amigo mío me pidió que le diera esto. —Él la ofreció una caja envuelta en papel de embalar.
Ella contempló el inesperado regalo.
—No entiendo.
—Yo tampoco, pero cuando él pide un favor, haces el favor sin preguntar por qué.
Tory frunció el ceño ante sus crípticas palabras mientras cogía la caja. De inmediato Kyle se fue corriendo antes de que ella pudiera preguntarle algo más.
—Bien eso fue interesante. —La caja era pesada. La sacudió, pero no podía imaginarse que era lo que podría contener.
Con su suerte actual, una bomba.
Apartando el pensamiento, se dirigió hacia su pequeño despacho, agarró una taza de café y luego empezó a abrirla, lo cual era más fácil decir que hacer. Parecía que el obsequiante la había sellado herméticamente precintándola con cinta adhesiva.
—¡Odio cuándo la gente hace esto!
Finalmente, después de no menos de cinco minutos, fue capaz de separar la tapa de la caja y liberarla de un tirón. Al abrirla, se quedó helada. Esta contenía un martillo, un manojo de hojas de olivo, una nota atada a una solitaria rosa roja, y una bolsa de cuero del mismo tamaño que un pequeño libro. Con el corazón palpitando, levantó la bolsa de cuero marrón y la abrió para encontrar su diario.
Una sonrisa curvó sus labios. Así que el pequeño monstruo había hecho lo que debía. Entonces fue capaz de reírse por lo del martillo y «las ramas» de olivo que él había puesto dentro. Sacó su nota y la abrió para encontrar una hermosa letra masculina.

No soy realmente el idiota que piensas que soy. El diario es de una mujer joven en una aislada parte de Grecia y documenta su vida durante aproximadamente dieciocho meses. Es una lectura más o menos aburrida, pero si quieres más detalles, llámame. 555-602-1938.
Eirini,
Ash

Eirini, paz en griego. Tory sacudió la cabeza. No el idiota, pensó, sí de acuerdo. Pero era una especie de gesto dulce y le había devuelto su diario.
Con una rosa.
Sosteniéndola en alto, inhaló la dulce fragancia y sopesó si quería o no poner los ojos de nuevo en el troll.

Con los brazos cruzados sobre el pecho, Urian miró ceñudo a Ash, mientras Ash se sentaba en su trono en Katoteros y tocaba la guitarra. Casi tan alto como Ash, Urian tenía el pelo largo de color rubio platino y lo llevaba recogido en una coleta. Antiguo Daimon, Urian había sido salvado por Ash después de que el padre de Urian le cortara brutalmente la garganta. Y al igual que su padre, Urian tenía una personalidad sumamente mordaz de la cual estaba más que orgulloso.
Sin ningún deseo de tratar con el inestable mal humor de Urian o justificarse a sí mismo, Ash ignoró al hombre mientras continuaba cantando «Push» de los Matchbox Twenty en voz baja.
Simi estaba acostada boca abajo, viendo la QVC mientras devoraba un cubo de palomitas de maíz con sabor a barbacoa. Estaba vestida con medias negras y una falda de tela escocesa corta con una camisa de corte campesino rosa y negra y un corsé.
Urian se desplazó hacia donde estaba Alexion manteniendo las distancias desde un lado, también mirando fijamente a Ash, como si Ash fuera un experimento científico que hubiera salido seriamente mal. Durante miles de años, Alexion había sido la única persona que Ash permitió en su casa aparte de Simi. Por supuesto esto fue por la profundidad de la culpa, ya que Alexion había sido Ias, uno de los primeros Dark-Hunters que creó Artemisa. Ash había logrado devolverlo a una casi fantasmal existencia usando su sangre para impedir que Ias fuese una Sombra.
Muy mal Savitar por no haberle explicado aquellos poderes a Ash antes. Esto le hubiera ahorrado tanto a Ias como a él un montón de sufrimiento. Pero al menos Ias no estaba en constante dolor y miseria.
—¿Qué le pasa al jefe? —le preguntó Urian.
Alexion se encogió de hombros.
—No lo sé. Anoche llegó con un libro, se fue a su cuarto a leerlo, supongo, y luego salió de aquí esta mañana y ha estado tocando... esas canciones desde entonces.
Esas canciones eran baladas, las cuales Acheron nunca tocaba. Godsmak, Sex Pistols, TSOL, Judas Priest, pero no...
—¿Eso es... —Urian se encogió físicamente antes de escupir el nombre— Julio Iglesias?
—Enrique.
Urian puso cara de espanto.
—Ni siquiera sabía que él conocía alguna mierda melosa. Queridos dioses... ¿está enfermo?
—No lo sé. En nueve mil años, nunca lo he visto de esta manera antes.
Urian se estremeció.
—Comienzo a estar asustado. Esto tiene que ser una señal del Apocalipsis. Si empieza con Air Supply[1], digo que nos acerquemos sigilosamente a él, lo llevamos a rastras a fuera y le sacamos a golpes la mierda.
—Te lo permitiré y que los demonios lo hagan. Personalmente me gusta demasiado mi estado semivivo como para ponerlo en peligro.
Ash levantó la vista y los traspasó a ambos con una malévola mirada encendida.
—¿Vosotras dos chicas no tenéis nada mejor que hacer como quitaros las pelusas de los dedos de los pies?
Urian sonrió abiertamente.
—La verdad es que no.
Ash gruñó por lo bajo una advertencia, pero antes de que realmente pudiera amenazarlos, su teléfono sonó. Reclinando la cabeza hacia atrás, suspiró frustrado. El maldito teléfono siempre se disparaba. Esta vez mejor que no fuera Artemisa para echar un polvo con él o iría por ella y…
Sus pensamientos se dispersaron cuando vio un prefijo local de Nueva Orleáns. No reconoció el número y no registró un nombre. Qué extraño. Con un movimiento seco abrió la tapa y contestó.
—¿Está Ash?
—¿Soteria?
La garganta de Tory se quedó seca ante el modo en que él dijo su nombre. Puesto que ella era griega, nunca había pensado realmente que el griego fuera una lengua bonita, pero cuando él lo hablaba...
Apenas podía formar un pensamiento coherente.
—Um, Tory. Llámame Tory.
—Ah, no lo sabía. ¿Puedo hacer algo por ti?
Sí cariño, desnúdate y...
Ella sacudió la cabeza. Nunca tenía pensamientos como estos y no sabía por qué los tenía ahora, cuando tenía asuntos que discutir con alguien a quien detestaba absolutamente.
—Ah, sí, yo me preguntaba sobre el diario. ¿Hay alguna posibilidad de que pudieras reunirte conmigo más tarde y contarme más sobre él?
—¿A qué hora?
Agradecida de que no la colgara después de que ella le había tirado un martillo, sonrió.
—Estaré en casa en aproximadamente una hora.
—Allí estaré. —Él colgó.
No fue hasta que Tory colgó el teléfono que se dio cuenta de algo. No le había dicho donde vivía.
—Oh Dios mío, él es un acosador.
Su teléfono sonó.
Ella lo contestó para encontrar a Ash allí con aquella hipnótica voz profunda:
—Sólo es que me di cuenta de que no tengo tu dirección.
Riéndose, ella movió la cabeza ante su imaginación hiperactiva.
—No soy difícil de encontrar. Estoy en el 982 de St. Anne bajando por el Quarter.
—Nos veremos más tarde, pues.
La arcaica manera en que él lo dijo, hizo que un temblor recorriera descendiendo su columna. Al colgar el teléfono, no pudo menos que sonreír y ni siquiera sabía por qué.
Él es un gilipollas. Un completo y total imbécil.
Que le había enviado una rosa y que parecía saber leer una lengua que nadie más podía. Una lengua que ella desesperadamente necesitaba entender. Esto era trabajo. No era una cita. Podría soportar su insistente arrogancia el tiempo suficiente para conseguir lo que necesitaba y luego ella iba a tirarlo de culo.

Ash vaciló mientras se teletrasportaba unas cuantas casas más abajo de la de Tory. Como la dueña, ésta combinaba con el resto de las casas de la calle. Realmente no tenía nada destacable, a pesar de eso era sencillamente hermosa. Pintada de un rosa muy pálido, y decorada con un blanco envejecido, era una vuelta al siglo de las típicas shotgun rowhouse[2] de Nueva Orleáns. Las persianas estaban herméticamente cerradas y cuando intentó mirar al interior para encontrarla, no vio nada.
Nada.
Probablemente deberías salir corriendo.
Pero, ¿por qué? Todo lo que esto significaba era que serían amigos de alguna clase. Esta no era la primera vez que le sucedía.
Chorradas. Aun cuando estabas destinado a tener amistad con alguien captaste breves visiones de ellos.
Con ella no había nada...
Esto realmente lo asustaba y aún así se encontró acercándose a la puerta y llamando.
Escuchó lo que sonó como a algo tropezándose dentro, seguido de un murmullo bajo:
—¡Miérda!
Él se aguantó una sonrisa ante la obvia tribulación de ella. Hubo más revoltijo antes de que abriera la puerta.
Su cabello castaño hoy caía suelto. Grueso, brillante y ondulado, aquel pelo incitaba a ser tocado... no, incitaba a un hombre a sepultar la cara en él e inhalar en ella. ¿Cómo podía haber pensado alguna vez que era corriente? No le extraña, ella lo había llevado recogido la otra noche. Por no mencionar, que esto hacía que pareciera mucho más joven que cuando lo llevaba suelto en torno a la cara. Sus mejillas estaban ruborizadas, lo que hacía que sus agudos e inteligentes ojos resplandecieran.
Y aquellos labios...
Carnosos y llenos, fueron hechos para una noche llena de besos.
Pero la mejor parte eran sus gafas que estaban siempre ligerísimamente torcidas. Como si ella lo percibiera, las enderezó y se apartó de los ojos un mechón de pelo descolocado.
—Lo siento. Tengo dificultades técnicas para atravesar una habitación sin chocar con algo. Gracias a Dios mi torpeza está sólo limitada a la tierra. Probablemente me mataría buceando si fuera así de penosa bajo el agua.
—No hay problema. —Ash se agachó para esquivar el dintel de la puerta al entrar.
Los ojos de Tory se abrieron de par en par cuando lo observó entrar en la sala de estar. A pesar de que sabía que su casa no era grande, su presencia en ella parecía encogerla reduciéndola a la nada. Él literalmente llenaba el cuarto con su dominante presencia.
—Eres extravagantemente alto, ¿verdad?
Él arqueó una ceja negra por encima del borde de aquellas gafas de sol que parecían estar permanentemente pegadas a su cabeza.
—Para ser una mujer que quiere mi ayuda estás siempre dispuesta a insultarme. ¿Acaso yo debería hacer que esto resultara tan indoloro como fuera posible y marcharme ahora antes de que el idiota comience a agonizar dolorosamente aguijoneado por tus cosas una vez más?
Ella cerró la puerta.
—Te diría que siento todo esto, pero tienes que admitir que eras un estúpido. ¿Qué harías si alguien te hubiera hecho esto a ti?
Ash no contestó. Eso dependía de si hubiera sido antes o después de que su divinidad hubiera sido desbloqueada. Antes de que él la hubiera recibido. Ahora... oh ellos lo lamentarían por toda la eternidad.
Él exploró la pequeña casa que estaba atestada con objetos antiguos de Grecia y Roma, así como toneladas de fotos enmarcadas de sus ruinas. Entonces vio el pequeño cubo de basura con el que ella había tropezado. El contenido estaba todavía en mitad del suelo. Ella era un desastre andante lo que él encontró curiosamente encantador.
—Interesante lugar tienes aquí.
—Sí, adoro las cosas viejas.
Una onda de diversión le atravesó cuando él consideró su propia edad.
—¿Cómo de viejo?
—Ah, cuanto más viejo mejor. Tú nunca podrás ser lo bastante viejo en lo que a mi concierne.
Entonces ella debería adorar el suelo que él pisaba.
—¿Puedo ofrecerte algo de beber? —preguntó ella, empujando hacia arriba las gafas por su nariz.
—¿Tienes una cerveza?
Ella frunció el ceño.
—¿No es un poco temprano para eso?
—¿Vino?
Poniendo los ojos en blanco, ella hizo un sonido de supremo disgusto.
—Te juro que eres igual que un chico de una fraternidad. ¿Eres lo suficientemente mayor para beber?
El insulto lo divirtió.
—Sí. Confía en mí, soy mucho más mayor de lo que parezco.
—Ya he oído eso antes. Te pediría el carné de identidad, pero probablemente sea una falsificación.
A decir verdad lo era, pero sólo porque nadie creería jamás su verdadera fecha de nacimiento y si lo hicieran, tratarían de encerrarlo en una jaula para estudiar su longevidad.
—¿No te apetece alguna otra cosa? ¿Té? ¿Café?
Ash negó con la cabeza.
—Estoy bien, de verdad. No quiero más insultos. Me gustaría experimentar tres minutos enteros en tu presencia antes de que te lances sobre mí otra vez... y realmente deberíamos asegurarnos de que el instrumental está guardado bajo llave. —Se retiró la manga de su chaqueta para mirar su reloj—. Déjame poner en marcha el cronómetro...
Ella abrió la boca para responder, pero él alzó la mano.
—Espera. Nos quedan dos minutos y cincuenta y cinco segundos.
—No soy tan mala.
—Síp... no estás dentro de mis zapatos.
Ella bajó la mirada a sus enormes pies que tenían que ser de una talla cuarenta y siete o cuarenta y ocho, si es que se hacían tales cosas.
—Y a juzgar por el enorme tamaño, no creo que haya muchas personas que puedan.
Él chasqueó la lengua.
—Casi lo logramos a treinta segundos sin un insulto. Creo que precisamente batimos un nuevo record.
Ella odiaba el hecho de que fuera realmente encantador. Peor, estaba cautivándola.
—Bien, me comportaré. Si no te importa seguirme, la cocina está en la parte de atrás.
Ash se ajustó la mochila sobre el hombro antes de seguirla por la casa. Cuando se acercaron a la cocina se detuvo ante uno de los cuadros en la pared. Se trataba de una foto familiar con Tory de pie mirando al frente y en el centro, pero había tres personas en ella que él conocía íntimamente.
Geary, Arikos y Theodoros Kafieri.
No le extrañaba que no pudiera ver sus pensamientos o futuro.
—¿Es esta tu familia?
Ella echó un vistazo atrás.
—Sí. Mi papou es el que está junto a mí.
Theo. Ash sonrió ante su viejo amigo. Theo tan sólo tenía siete años cuando fue cegado durante la Segunda Guerra Mundial en un ataque contra su pueblo que había aniquilado a toda su familia. Ash fue quién había traído al niño a América donde pudiera comenzar una nueva vida y estar seguro. Había estado cuidando de Theo desde entonces.
Entonces no era que Tory tuviera algo que ver con él, era el hecho de que estaba ligada a Theo y a Arik el cual estaba casado con Geary. Arik había sido una vez un dios griego del sueño. Aquellas conexiones con Tory explicaban mucho.
Ash se relajó inmediatamente.
—Se ve que tienes una gran familia.
Ella sonrió.
—La típica griega. Hay un millón de parientes, pero por otro lado con un nombre como Acheron, estoy segura de que sabes de qué va esto. —Ella irguió su cabeza como si recordara algo—. ¿Sabes qué? mi abuelo tiene un amigo muy querido que se llama Acheron.
—¿De verdad?
—Sí, Se conocieron en Grecia y vinieron a América juntos. Pero eso fue hace mucho tiempo. —Ella volvió a la cocina y abrió un cajón que contenía pequeños paquetes marrones de café y té. Sacando uno, puso en marcha su cafetera Flavia, luego señaló la mesa de la cocina donde tenía un montón de libros, mapas y notas desordenadas.
Ash se dirigió hacia ello y se quedó impresionado. Ella era una mujer muy ocupada.
—Pilla una silla —dijo ella, sacando su taza antes de abrir la puerta de la nevera.
Ash abrió los ojos pasmado ante la visión de un frigorífico sumamente organizado. Las baldas estaban llenas con envases de plástico de color claro apilados ordenadamente que tenían etiquetas blancas con sus contenidos cuidadosamente catalogados.
—Te has hecho con bastantes Rubbermaid[3] aquí ¿eh?
—Tengo un pequeño problema con el Trastorno-Obsesivo-Compulsivo. Ni caso. —Ella agarró un contenedor de la sección B. Seriamente.
—Esto está realmente más allá de un ligero TOC. Tienes un problema serio, ¿no es así?
—Cállate, siéntate y lee.
A excepción de su demonio Simi, nadie desde su renacimiento como dios había sido tan desdeñoso nunca con él.
—¿Por favor?
—¿Necesitas alguna cosa?
Él alzó una ceja.
—Se cortés conmigo, Señora. Soy dueña del Mundo, Ahora Haz Lo que Te Digo patético Plebeyo.
Ella se burló de él.
—No me pegas como la clase de tipo que recibe órdenes de todos modos.
—Sí, pero un simple por favor llega lejos. Soy yo el que está haciendo el favor aquí.
Ella puso su envase de baklava en la mesa.
—Muy bien. Por favor siéntate, cállate y lee.
Ash levantó las manos en un acto de rendición. Francamente debería estar horrorizado por su trato hacia él y aún así estaba extrañamente divertido por ella. Encogiéndose de hombros se quitó la mochila, se sentó y se acercó el diario de Ryssa.
—¿Qué quieres saber?
—Tú afirmas que puedes leerlo. Léelo.
Tory bebió a sorbos su café mientras lo miraba y notó que sus largas piernas apenas cabían debajo de la mesa.
Él lo abrió por una página cualquiera y luego comenzó a hablar en lo que tuvo que ser la pronunciación más hermosa y fluida del griego antiguo que ella había oído alguna vez. Ella sólo podría reconocer palabras al azar, pero la facilidad con la cual él leía y las inflexiones de su voz la llevaron a creer que él realmente podría estar diciendo la verdad sobre que era conocedor de las palabras.
—¿Podrías intentarlo en inglés?
Él ni siquiera hizo una pausa.
—Hoy está lloviendo. No sé por qué el sonido de esto me molesta tanto, pero siempre lo hace. Antes de que comenzara la tormenta, fui a ver a Styxx al atrio cubierto. Él estaba con Padre como de costumbre y los dos practicaban tácticas de guerra. Hasta las once, Styxx se muestra como una gran promesa para ser un líder y el guerrero de gran renombre. No podía estar más orgullosa de mi hermano. Su cabello rubio se le ha puesto claro este verano ya que ha pasado tanto tiempo al aire libre. Traté de llegar a él…
—Para —interrumpió ella—. Realmente estás traduciendo esto, ¿verdad?
A él pareció dejarle perplejo su pregunta.
—¿No es eso lo que querías?
Tory ni siquiera supo que responder a su pregunta. Sí, esto era lo que había querido más que nada. Pero nadie conocía esta lengua.
Excepto un gótico, un alcohólico chico de fraternidad punky con un clavo en la nariz... y un cuerpo hecho para el pecado.
¿Cómo demonios era posible?
—¿Dónde aprendiste griego? —preguntó.
—En Grecia.
Ella no podía aceptarlo.
—No, griego antiguo. ¿Quién te lo enseñó?
—Crecí con él.
—Mientes. Sé que estás mintiendo. Nadie en este planeta habla el griego antiguo del modo en que tú lo haces. He consultado a expertos de todo el mundo y ni uno de ellos podría hacer lo que tú acabas de hacer.
Él se encogió de hombros despreocupadamente como si la inquietud de ella no fuera nada.
—¿Qué quieres que te diga?
Sacudió la cabeza, no muy segura de sí misma.
—Quiero que me digas como es que sabes griego antiguo de esta manera.
—Mi familia lo hablaba y lo aprendí desde la cuna. En muchos sentidos; esta era mi lengua natal.
Lo habría llamado mentiroso, si no fuera por el hecho de que sus propios padres habían seguido ese sistema con ella. Aún así, no podía hacer lo que él había hecho. Era simplemente asombroso.
—Cuéntame sobre tu acento cuando hablas. No es un acento griego típico.
Él la contestó en el griego impecable.
—Nací en un lugar llamado Kalosis. Es tan pequeño que no está en un mapa. Es una isla provincial y mi acento es una mezcla del de mi madre y el antiguo Ateniense.
—¿Cuándo viniste a los Estados Unidos?
—Después de mi veintiún cumpleaños.
—¿Y con todo hablas el inglés como un nativo?
Él cambió de vuelta a su corriente inglés americano.
—Soy excepcionalmente bueno con los idiomas. En cuanto a mi acento natal, viene y va según mi humor y la palabra que esté diciendo.
Semejantes sencillas explicaciones la hicieron de repente sentirse como Torquemada durante la Inquisición.
—Perdóname, Acheron. Verdaderamente me doy cuenta como de regañona debo sonar mientras tú estás intentado ayudarme —soltó un suspiro cansado—. Tú y yo hemos tenido un comienzo realmente malo, ¿verdad?
Él se encogió de hombros.
—He tenido muchos peores durante mi vida.
Ella apreció su gentileza.
—Sí pero apostaría que no de alguien a quien tratabas de ayudar.
Ash tuvo que disimular una risa sarcástica ante eso. Si tan sólo ella supiera...
Ella le sonrió y extrañamente todo pareció ser perdonado.
—Otra vez, siento que te ataqué. Es sólo que la Atlántida ha sido toda mi vida. No puedes ni imaginarte lo importante que la historia y mi investigación son para mí.
Probablemente tan importante como mantenerla oculta lo era para él.
—Mira, fui un imbécil en Nashville. Lo admito y me disculpo completamente por ello. Normalmente no avergüenzo a la gente de esa manera. Es sólo que por circunstancias sé que la Atlántida es sólo un mito. Tú encontraste algunos objetos realmente interesantes, pero eso es todo lo que son. Está claro para mí que eres una erudita brillante y sincera y puedo apreciar la dedicación. Sin embargo pierdes un tiempo valioso en un tópico sujeto a discusión.
Ella entornó los ojos.
—¿Cómo sabes que es un mito?
—¿Cómo sabes que no lo es?
Ella se inclinó hacia adelante, tan cerca que quedaron casi nariz con nariz.
—Porque el hombre que trajo a mi abuelo cuando era un niño le contó historias de la Atlántida y la isla antigua de Didymos para entretenerlo y apartar su mente de las graves quemaduras que había recibido de los Nazis. Mi papou dijo que el modo en que ese hombre describió la Atlántida y sus maravillas era como si él hubiera vivido allí. El hombre describió exactamente los mismos edificios que he encontrado sepultados en el Egeo.
Ash se quedó frío cuando ella azuzó recuerdos que él había enterrado. ¿Por qué le había contado a Theo aquellas historias?
Porque él había sido un niño aterrorizado y Ash había querido consolarlo. Tranquilizarle. Maldita sea. ¿Cómo podría él haber sabido que aquel único acto volvería para explotarle en la cara sesenta años más tarde?
—Pero lo más importante es esto. —Ella metió la mano en la caja de madera que estaba en la mesa y sacó una moneda que él no había visto desde que se la había puesto en la mano diminuta de Theo cuando había dejado al muchacho con una familia adoptiva en Nueva York con la promesa de que volvería para visitarlo. Ésta poseía la imagen de la madre de Ash por una cara y su símbolo del sol por la otra.
Joder.
Tory dio un toquecito a la moneda.
—La escritura en un lado es algo que nunca había visto en ninguna parte hasta nuestro descubrimiento el verano pasado. En la otra cara, es griego y aunque no lo entiendo todo, puedo distinguir el nombre Apollymi. Ahora, dime que esto no es de la Atlántida.
—No es de la Atlántida —dijo él con su voz sonando hueca a sus propios oídos. Esto realmente había estado en su bolsillo—. Podría ser cualquier cosa. Podría incluso no ser una moneda. Podría ser un collar. Tal vez ella era la esposa de alguien. —O su madre.
—Nunca dije que esto fuera una moneda. Por aquel entonces no tenían dinero, ¿verdad? —Su mirada lo perforó—. Tú sabes la verdad, ¿cierto?
Ash hizo que su teléfono sonara.
—Mantén ese pensamiento. —Él fingió contestarlo y se levantó mientras intentaba pensar en una respuesta plausible.
Maldita fuera por ser tan rápida.
Tory observó como Ash salía del cuarto para atender la llamada. Él volvió unos minutos más tarde.
—Me tengo que ir.
—Pero no puedes. Tengo más preguntas para ti.
Él parecía frustrado por algo.
—De veras que no tengo tiempo para contestarlas.
—¿Puedes volver?
Él negó con la cabeza.
—Lo dudo. Viajo mucho por trabajo y no estaré en la ciudad mucho tiempo. —Agarró la mochila del suelo y se dirigió hacia la parte delantera.
Ella lo siguió.
—Puedo pagarte por tu tiempo.
—No se trata de dinero.
Ella tiró de él deteniéndole.
—Por favor, Acheron... por favor.
Ash quiso apartarla de un empujón y asustarla. Al dios en él no le gustaba ser acribillado a preguntas.
El hombre en él quería probar aquellos labios que le incitaban a un beso.
—No puedo, Tory. —No puedo... Su decisión se asentó, suavemente quitó la mano de ella del brazo y se marchó.
Tory quiso gritar mientras lo veía bajar la escalera delantera de su casa que le conducía a la calle. Él giró a la derecha y se dirigió hacia Bourbon Street.
Tenía que haber algún modo de conseguir que la ayudara. Él era el único que podía leer aquel libro y con esa total convicción en su interior, no iba a aceptar un no por respuesta.
Al final del día, ella era una Kafieri y nadie decía no a un Kafieri.
—Puedes correr de mí todo que quieras, señor Parthenopaeus, pero no serás capaz de esconderte. Me darás lo que quiero. —Iba a asegurarse de ello.


[1] Air Supply, grupo de música pop, que destaca por sus baladas y canciones románticas realmente melosas (N.T.)
[2] Shotgun rowhouse, estilo de casa que se popularizo después de la guerra civil en EEUU (1861-65) hasta aproximadamente los años 20, se caracteriza por ser una edificación estrecha, que presenta una ubicación en línea y se adosan la unas a las otras, en Nueva Orleáns puede tener hasta 3 alturas. (N.T.)
[3] Rubbermaid, marca dedicada a los envases de plástico similar a Tuperware, Cuver, etc. 

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