Instantáneamente Tory receló de la desconocida mujer y sus motivos.
—¿Por qué me ayudaría la hija de Apolo a lastimar a su tía?
Satara torció los labios en una seductora, todavía impresionante sonrisa. Era como si a regañadientes le mostrara algún tipo de respeto a Tory.
—Eres una pequeña humana inteligente. La mayoría no conocen nuestra mitología. Pero eso no es aquí o allí, ¿verdad? Déjame decirte que al igual que tú soy una amiga de Acheron. Estoy cansada de verlo lastimado.
Conociendo a Ash tan bien como lo conocía, ella sabía que Satara nunca obtendría esa pieza de él. Lo cual quería decir que la mujer estaba en guerra con Artemisa y ahora está intentando enfrentarla contra su propia tía. Sí, eso realmente provocaba que Tory no confiara en ella… ni un poco.
—Extraño que nunca te mencionara. —Tory empezó a alejarse.
Satara saltó hacia delante y la agarró dolorosamente por una muñeca.
—Dame el diario de Ryssa si quieres vivir.
Mordiéndole la mano, Tory se giró apartándose y corrió hacia el bar. Simi estaba cruzando la habitación, siseando hacia Satara que se desvaneció en el momento en que vio a la demonio.
—Esa es la sobrina de la susodicha diosa-vaca. A la Simi tampoco le gusta ella.
Concordando con ella, Tory se frotó la muñeca. ¿Qué pasaba en ese libro que todavía no hubiese leído? Tenía que contener más de lo que ella había visto.
—Simi, coge tu helado y ven conmigo arriba. Creo que tú y yo necesitamos hacer algo de investigación.
Cuando se dirigieron arriba, Tory consideró llamar a su prima Geary, pero decidió no hacerlo dado cuan reservado era Ash. Él se las había ingeniado para asegurarse que nadie conociera sus asuntos y desde que le había prometido que podía confiar en ella, no haría nada para violar ese juramento.
Pero era tan difícil…
Una vez que Simi se acomodó con ella en la pequeña habitación, sacó una libreta de notas y un bolígrafo y atacó su lectura con una renovada energía. Aunque para ser honesta era más fácil decirlo que hacerlo. Cada vez que Ryssa escribía sobre Ash, le rompía el corazón. El abuso y crueldad sin sentido era inimaginable y cuando vio lo que le habían hecho durante la festividad de Artemisa quiso sangre por ello.
No le sorprendía que Simi odiase a la diosa de la manera en que lo hacía.
¿Cómo podía Artemisa haber dado la espalda a Ash y dejarlo allí para que sufriera? La verdad, no entendía por qué tenía la necesidad de salvar el pellejo de Artemisa. Pero de nuevo a Tory no le importaba lo que otras personas pensaran de ella. Nunca le había importado. Sí, se habían burlado de ella en la escuela por ser demasiado inteligente, por tener tripita y ser demasiado alta y escuálida. Su pelo era rizado, había tenido aparatos dentales y gafas tan gruesas que habían acabado con todo un ejército de hombres de plástico.
Pero entonces recordaba claramente el día que había llegado a casa llorándole a su padre con las palabras que Shelly Thornton la había soltado en la escuela.
—Tu padre es un cuentista del que todo el mundo se ríe, tu madre es una idiota y tú eres una patética griega que nunca ha tenido novio fuera del que has creado en tu cabeza y vistes igual que si la encontrarás en un contenedor. —Si eso no había sido bastante, todas las niñas que temían lo que Shelly pudiera decirles se habían reído de ella. Entonces se habían unido para atacar sus ropas.
La peor parte fue, que Tory había adorado ese vestido. Había sido uno que le había hecho Tía Del con su encaje griego y una luminosa y sedosa tela púrpura que habían encontrado en la tienda que Tory siempre había adorado.
Su corazón había sido astillado ese día por su crueldad hasta que su padre la puso sobre sus rodillas y la besó haciendo a un lado sus lágrimas.
—Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu permiso, Tory. No se lo permitas. Date cuenta que son sus propias inseguridades las que hacen que te ataquen a ti y a otros. Son tan infelices consigo mismos que la única manera en la que pueden sentirse mejor es haciendo a todo el mundo tan infeliz como lo son ellos. No dejes que esas personas te roben tu día, bebé. Mantén la cabeza en alto y date cuenta que tú tienes la única cosa que ellos nunca podrán quitarte.
—¿El qué, Papá?
—Mi amor. El amor de tu madre y el amor de tu familia y verdaderos amigos. Tu propio auto-respeto y sentido del propósito. Mírame, Torimou, la gente se ríe de mí todo el tiempo y dice que estoy persiguiendo arco iris. Dijeron que George Lucas era un tonto por hacer Star War; solían llamarle incluso la Locura de Lucas. ¿Los escuchó? No. Y si los hubiera escuchado tu película favorita no se habría hecho y piensa en cuantas personas nunca habrían oído la frase “Que la Fuerza te Acompañe”.
Él le había apartado el pelo de las húmedas mejillas.
—Quiero que siempre mantengas la cabeza alta y sigas tus sueños a donde te lleven. Ni siquiera escuches a la gente que te lastima o te hace llorar. Escucha a tu corazón y serás mejor que ellos. Nadie consigue salir adelante lastimando a otros. La única paz real que cualquiera puede tener es la única que viene sin eso. Vive tu vida en tus propios términos y haz de ella una vida feliz. Siempre. Eso es lo que importa, Torimou.
No siempre fue fácil escuchar aquellas sabias palabras y la triste verdad era que nunca había llevado otra vez su vestido púrpura, o incluso el color púrpura. Pero con el tiempo, había aprendido a importarle menos y menos lo que otras personas pensaran de ella de modo que pudiera labrarse su propio camino en el mundo. La única cosa que no podía aceptar era que se burlaran de su amado padre y su tío.
El mundo podía reírse de ella si lo deseaba, pero no permitiría que nadie se burlara de aquellos a los que amaba.
Pero cuando leía las inseguridades de Artemisa, ella se dio cuenta de cuanta suerte había tenido de tener a su padre. La pobre Artemisa no había tenido a nadie que la amara de esa manera…
Tory se volvió a mirar a Simi quien estaba viendo QVC. Estaba tendida de espaldas con la cabeza colgando por el borde de la cama mientras lo veía boca abajo.
De acuerdo…
—¿Simi?
—La demonio la miró con curiosidad.
—¿Crees que Artemisa está triste?
—Yo creo que ella sólo está amargada.
—Sí, pero las personas no se amargan sin más. Tiene que haber una razón para ello.
Simi dejó escapar un melancólico suspiro.
—Bueno, akri dice que la diosa-vaca no tiene a nadie que la ame y que por eso tenemos que ser amables con ella. ¿Pero sabes que dice la Simi a eso? Hay una razón para la que no tenga a nadie que la quiera. Ella es cruel.
Deducción simple, casi cómica, con pocas palabras. Y la hacía preguntarse si Ash hubiese sido reconocido como un príncipe si su relación hubiese sido diferente.
Pero el punto no era realmente sugerente. Y a medida que las horas pasaban, Tory aprendía mucho más acerca de la antigua Grecia, la Atlántida y Acheron de lo que siquiera había soñado posible.
Aimee les trajo comida y en algún momento alrededor de la media noche, Simi se durmió sobre el suelo con los pies levantados en noventa grados contra la pared.
Sacudiendo la cabeza ante la extraña posición, Tory sacó una de las mantas de la cama y se la puso por encima. Justo cuando arropaba ésta alrededor de Simi, una pequeña fisura atravesó el aire.
Insegura de que lo causó, Tory miró a su derecha para encontrar a Ash de pie fuera del cuarto de baño con un brazo apoyado contra la pared. Su cara pálida, parecía estar sufriendo un profundo dolor. Pero lo que más la sorprendió era el hecho de que su pelo era rubio y llevaba un largo abrigo. Sólo la camiseta de manga larga había sido dejada intacta.
—¿Ash? —susurró ella.
Él no respondió.
Preocupada, acortó la distancia entre ellos y vio que él estaba sudando abundantemente.
—¿Bebé, qué ocurre?
Él la miró con el ceño fruncido.
—No sabía a dónde ir. Yo… no quiero estar solo.
—¿Necesitas acostarte?
Con la mirada vacía, asintió.
Tory esperó a que se moviera. Cuando no lo hizo su preocupación se triplicó.
—¿Ash?
—Necesito un minuto.
Ella se quedó allí esperando. Después de una larga pausa, él se empujó alejándose de la pared y se dirigió a la cama. Sólo había dado un simple paso cuando cayó de rodillas. Sin pensar, ella se estiró para tocarle la espalda.
Él siseó y reculó como si intentara arrastrarse para apartarse de ella. Retirando la mano, ella jadeó al ver la sangre que cubría su palma.
Se arrodilló a su lado.
—¿Qué puedo hacer?
Con la respiración resquebrajada, apretó los dientes como si luchase con una intolerable agonía.
—Mis poderes son inestables. Siento demasiado dolor para dirigirlos adecuadamente.
—De acuerdo. Puedes apoyarte sobre mí y te llevaré a la cama. —Ella se levantó y le tendió las manos.
Ash no podía hablar cuando la vio allí alargándole su extendida mano. No debería estar aquí y lo sabía. Aún así eso era lo que hacía que la buscase cuando nunca habría buscado a nadie. Ella no lo lastimaría o se burlaría de él. Ella lo ayudaría. La única persona a la que le permitía atenderle cuando estaba enfermo era Liza. Pero ni siquiera Liza lo había visto cuando estaba así de vulnerable.
Y condenadamente seguro que no quería que Alexion o Urian lo supieran.
Tomando su mano, la permitió tirar de él. Apretó los dientes cuando otra ola de dolor rasgó a través de él. Ella se pasó su brazo sobre los hombros y colocó cuidadosamente una mano alrededor de sus caderas donde no estaba tan lastimado.
Juntos, caminaron hasta la cama y le ayudó a tenderse boca abajo.
—No se lo digas a Simi –susurró él—. No quiero que se enfade.
Tory asintió cuando lo vio desmayarse. Rabiosa y dolida por lo que le habían hecho, cortó con mucho cuidado la camiseta de su espalda. Y con cada pulgada de ensangrentada piel que descubría, su furia enmudeció ante la horrible mutilación. Eso era increíble.
No le importaba cuando lo había amado Artemisa. Si tuviese a la puta ahora mismo aquí, ¡le arrancaría cada mechón de pelo rojo de su egoísta cabeza!
—Esto va a terminarse —le susurró—. De una manera u otra, Ash, voy a encontrar una manera de poner a esa diosa en su lugar.
Ash se despertó con la extraña sensación de algo frío sobre la espalda. Por un momento, pensó que estaba en el templo de Artemisa hasta que abrió los ojos y vio a Tory en una silla a pocos pasos de él, leyendo. Todo lo inundó de nuevo y cuando tomó una profunda respiración, el dolor en su espalda le recordó cuan real había sido su visita con Artemisa.
Tory puso inmediatamente el libro a un lado.
—Intenta no moverte.
—Créeme, lo estoy haciendo.
Ella se arrodilló en el suelo frente a él.
—Te puse uno de los ungüentos de mi tía Del en la espalda. Es aloe, pepinos y tomates mezclados con Vaselina y lanolina. Sé que suena asqueroso, pero es realmente bueno para las picaduras, cortes y quemaduras.
—Gracias.
Ella sonrió cuando descansó la mejilla sobre la mano que tenía sobre el colchón.
—Tuve que cubrirte con una sábana y le dije a Simi que estabas durmiendo. Ella bajó a comer así que no tiene idea de que estás herido. Nadie la tiene.
Él tomó su mano en la suya y le besó los dedos.
—Gracias.
—De nada, dulzura.
Él atesoró esa palabra cariñosa. Más que nada, la atesoró a ella.
Ella inclinó la cabeza mientras jugaba con sus dedos.
—¿No puedes usar tus poderes de dios para curarte?
—Podría, pero prometí no hacerlo.
—¿Por qué?
Porque soy un idiota. No, lo había hecho para protegerla y si este era el precio por su seguridad, que así fuera.
—Prefiero no decirlo.
Ella le palmeó la mano.
—Entonces seguiré encubriéndote con Simi, quien estuvo durmiendo cuando te atendí la espalda. Y hablando de eso, finalmente creo que encontré a alguien que come incluso más que yo. Geary estaría impresionada.
¿Cómo lo hacía? Él estaba tendido allí con la espalda en carne viva y ella estaba ignorándolo alegremente y tratándolo como si se estuviera recobrando de nada más que un común resfriado. ¿Cómo podía ser capaz de tomarse las cosas con tal tranquilidad y no hacerle sentir raro por ello?
—¿No vas a preguntarme nada más que eso?
Ella negó con la cabeza.
—Confío en ti, Ash. Completamente —levantó el libro—. Tú me confiaste ya muchos de tus secretos. Si quieres mantener unos pocos para ti, lo entiendo y no te presionaré.
—Eres demasiado buena para ser real.
Ella sonrió.
—No realmente. Recuerda, soy la única que te ha intentado dar con un martillo.
Él se rió, entonces se encogió ante el dolor.
Ella se encogió en simpatía antes de apartarle el pelo de la mejilla.
—¿Hay algo que pueda hacer por ti?
Hazme humano, igual que tú… Pero ese era un pensamiento estúpido.
—Por favor, no le digas a nadie que estoy así. Estaré mejor en un par de horas. Sólo necesito descansar un poco más.
Ella le frotó la mandíbula con la yema del pulgar.
—Dalo por hecho. De paso, tu mochila está justo aquí —le tomó la mano y le dirigió a donde estaba puesta en el suelo junto a la cama—. No la he tocado excepto para ponerla ahí.
—Gracias.
—No hay problema —se levantó lentamente—. ¿Tienes hambre o sed?
Estaba hambriento, pero no había nada allí que pudiera saciarle.
—Estoy bien.
Tory inclinó la cabeza cuando él cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro. Incluso con su mejilla arañada y la herida en su labio, él todavía era uno de los hombres más guapos que había visto. El hecho de que tuviera algún interés en ella la asombraba. Honestamente, ella no era Artemisa. La diosa era atónitamente hermosa.
¿Qué humano podía comparársele?
Aún así Ash estaba aquí con ella. Había confiado en ella cuando no confiaba en nadie. Sólo eso ya tocaba su corazón. Y cuanto más leía sobre su pasado, más deseaba poder arroparle con los brazos y sostenerle hasta que los malos recuerdos se desvanecieran.
Bajó la mirada al diario en su mano. Había tanta tristeza en él. No sólo por Acheron, sino también por su hermana Ryssa. Ryssa había intentado ayudarle por todos los medios mientras Apolo había sido tan cruel como Artemisa lo había sido con Ash.
A pesar de que estaba fascinada por la historia y los vislumbres de la vida cotidiana que había visto a través de las palabras de Ryssa, ya había leído bastante. El pasado de Ash era trágico y decía mucho de él que pudiera tener algo de compasión después de todo.
Estaba espiando sobre él.
Poniendo el diario en su mochila, se aseguró de que estaba completamente cerrada antes de bajar las escaleras para echar un ojo a Simi.
Ash sintió la ausencia de Tory igual que un dolor en su alma. Había algo en su presencia que le levantaba el ánimo y le hacía feliz con sólo estar cerca de ella, lo cual, dado lo dolorido que estaba, decía mucho.
Debes dejarla ir.
Él le había comprado un indulto de las represalias de Artemisa, ¿Pero por cuánto tiempo? Cuando más se quedase con Tory, mayor sería el peligro para ella. Por no mencionar que Artemisa no era la única con la que tenía que tratar.
Stryker mataría a Tory en un instante y lo más seguro era que Nick ya le hubiera hablado al señor de los Daimons sobre ella. Era una humana que no podía encajar en su mundo de ferocidad. De seres que no la mantendrían a salvo de nadie o nada.
Pero el mero pensamiento de no verla era suficiente para ponerlo de rodillas. ¿Por qué no podía tener algo para sí mismo?
No vales nada puta. No te mereces nada excepto desprecio y ridículo.
¿Cómo podía alguien amarlo?
Simi estaba ciega a sus faltas por que la había criado él. La había protegido. Su madre lo amaba, pero otra vez, era parte del lazo madre-hijo. Y Katra…
Ellos todavía se estaban conociendo el uno al otro.
—Basta —se gruñó a sí mismo. No era un niño. No era la misma patética criatura quien rogaba a su padre por una piedad que nunca había tenido con él.
Él era un dios.
Ella era humana.
Era así de simple y así de imposible. Él había sobrevivido solo durante once mil años. En comparación, ella era un embrión. ¿Qué sabía ella acerca de la vida? ¿Cómo sobrevivir en el mundo que él conocía?
Eso tendría que acabar. Era lo bastante Viejo para saberlo. No había manera de un final feliz para él. Se había vendido a sí mismo a Artemisa cuando no había sido más que un niño y de aquello no había manera de salir. Su existencia era demasiado complicada. Una vez que se curara, acabaría con esto y la apartaría de su camino. Eso era lo mejor para todos.
Tory se rió cuando vio a Simi poner salsa barbacoa sobre su helado. Más que eso, estaba agradecida de que ella no tuviera que comérselo, incluso si aún Simi continuaba tentando su “endeble” papila gustativa. Mejor eso que el dolor de estómago que tendría seguramente después la demonio.
Estaba a punto de bromear con Simi sobre ello, cuando una repentina ráfaga de aire la rodeó.
Sin estar segura de que era esa sensación, se detuvo a media frase y vio el color esfumarse de la cara de Aimee mientras ella contemplaba con horror lo que había a espaldas de Tory.
Dev y Katherine se adelantaron a toda prisa.
Tory se volvió para ver allí a un grupo de hombres extremadamente guapos. El líder tenía los ojos negros como el espacio… e igual de basto y vacío.
El se rió ante el clan de osos antes de agarrarla y que todo se volviera oscuridad.
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