Dev contuvo el aliento al mirar a Sam correr para alcanzar a Aello. Sabía que era una luchadora feroz, pero esto era sin duda el despliegue de habilidades más impresionante que había presenciado.
La primera prueba era un pozo abierto que lanzaba flechas en ráfagas de forma arbitraria y que no seguía ningún tipo de patrón. Aello lo atravesó en una carrera mortal. Se lanzó al aire y voló al otro lado mientras varias flechas la rozaban, pero ninguna le provocó un daño real.
A salvo en el otro lado, se quitó las sangrientas manchas de su piel y siguió adelante.
Sam se tomó un segundo para pasarse el arco por la cabeza y hombro para que quedara en diagonal a la espalda. Arrojando la lanza al otro lado donde se enterró en el suelo, corrió por el borde y saltó dando una voltereta hacia atrás para atrapar cuatro de las flechas que el agujero disparó antes de aterrizar en el lejano borde, enfrentándole, justo al lado de la lanza. De una sola vez, ella le guiñó el ojo, puso las flechas que atrapó en el vacío carcaj en la espalda, y sacó la lanza del suelo. Con una gracia que los dioses envidiarían, se giró y corrió al siguiente obstáculo.
—Diablos —Fang respiró impresionado.
Dev sonrió mientras una ola de feroz deseo posesivo le atravesaba.
—Ésa es mi chica.
Ethon se burló de los dos.
–Confíen en mí. No han visto ni una mierda de lo que puede hacer. Eso fue un juego de niños.
Algo que demostró bien en el siguiente desafío.
Allí, ellas tenían que lanzarse desde un pequeño trampolín hecho de musgo y, aterrizar en postes individuales que sobresalían del suelo y que eran apenas tan grandes como sus pies. En realidad, tenían que estar de puntillas para encajar. El único problema, que los postes no eran estables y en el momento en que su peso golpeaba la punta temblaban, necesitando un magnífico equilibrio para evitar caer y estrellarse en las filosas rocas alineadas en el suelo.
Como si eso no fuera lo suficientemente difícil, Aello la atacó apenas estuvo en uno, usando la lanza como bastón. Sam, con su propio bastón en la mano, contrarrestó los rápidos golpes. Estos se sucedían tan rápidamente que Dev los escuchaba más que verlos. Sam empujó hacia atrás a Aello, luego se movió para golpearla con la punta de la lanza.
Aello saltó hacia otro poste y renovó el asalto.
Sam la siguió y entre las dos crearon un aterrador ballet de habilidades letales mientras se movían peligrosamente luchando como monstruos.
El corazón de Dev palpitaba de temor por ella. Un estornudo… un mínimo error de cálculo y podía caer sobre las rocas de abajo y matarse.
Aello la golpeó en los pies, por lo que Sam necesitó saltar de un poste a otro. Uno cayó al suelo, rompiéndose en pedazos cuando las rocas se elevaron literalmente para devorarlo.
Sin pensarlo, él dio un paso al frente, intentando ayudarla.
La manticore delante de él se encabritó y le obligó a retroceder.
–Ayúdala, Oso, y pierde.
Y todos ellos morirían…
Pero era difícil quedarse sentado y observar mientras lo arriesgaba todo por ellos.
Sam descargó un violento golpe en el costado de Aello. La Amazona se tambaleó y justo cuando Dev estaba seguro que caería, ella se tiró al suelo en la parte segura. Allí, corrió hacia los postes de Sam y usó su lanza para empezar a derribarlos antes de que pudiera alcanzarlos.
Maldiciendo, Sam corrió tan rápido como pudo manteniendo el equilibrio. Cuando Aello derribó el último, Sam la atrapó con el pie y literalmente la montó para aterrizar a su lado.
Con un grito de furia, Aello intentó apuñalarla. Sam le atrapó la muñeca y le dio un cabezazo, haciéndola retroceder y le cortó el cuello. La Amazona se apartó a duras penas antes de balancearse alrededor con una herida que Sam reconoció como propia. Luego levantó la pierna y pateó la espalda de Aello.
Reconociendo que Sam era mejor luchadora y espadachina, Aello le lanzó una daga y corrió al próximo obstáculo.
Sam atrapó la daga automáticamente y se movió para lanzársela. Dev la vio detenerse antes de lanzarla. Mucha gente no tendría la integridad para hacer eso, especialmente dada la forma en que Aello había estado haciendo trampas.
Pero Sam era mejor que eso. Rehusó ese golpe bajo y él no pudo estar más orgulloso de ella.
Vamos, bebé…
El siguiente obstáculo las tuvo escalando una gruesa parra dentro de un bosquecillo de árboles que debían atravesar. El único problema era que los árboles eran finos y que alguna especie de ave prehistórica que parecía un cruce entre pterodáctilo y águila las atacaba.
Sam le recordó a una gacela mientras saltaba entre los árboles con un paso seguro que un sátiro envidiaría. Cuando el ave bajó en picado hacia ella, se arrodilló y sacó una flecha del carcaj. Con puntería perfecta, lanzó la flecha que se incrustó en el lugar donde el ala del ave se conectaba con su cuerpo. No era una herida mortal, pero forzaba al ave a aterrizar y dejarla en paz.
Aello se detuvo a mirar boquiabierta el disparo. Pero tan pronto como Sam estuvo en pie, regresó a la competición. A diferencia de Sam, ella cortaba y apuñalaba a las aves para abrirse camino.
El desafío final era alcanzar el estuche del cinturón.
Sam dudó.
¿Qué estaba esperando? Sería la primera si tan sólo corriera directa a él.
Pero Sam se quedó atrás. Y cuando colocó la parte de atrás de la lanza en el suelo y se desintegró instantáneamente, entendió por qué. Era arena roja. Llamada así por las vidas que se perdieron por su causa. A diferencia de las arenas movedizas, las cuales rara vez eran profundas o ineludibles, la arena roja había sido creada por Hades para mantener a los condenados penando en el Tártaro. En el altamente improbable caso de que alguno de ellos escapara, la arena se aseguraría de que no llegaran muy lejos. Era como un ácido que carcomía cualquier cosa. Viva. Muerta.
O en el medio.
Todo lo que dejaba era tu sangre. De ahí el nombre, arenas rojas.
Aello rió.
—¿Te das por vencida?
—Nunca —Sam ahuecó las manos alrededor de la boca y realizó una extraña llamada de ave. Era en pulsos de a tres y seguido por un silbido.
Aello copió el sonido.
Dev intercambió un ceño fruncido con Scorpio y Fang. Ethon sin embargo estaba sonriendo burlonamente.
—¿Qué están haciendo? —le preguntó al Espartano.
—Están llamando al sarpaktiko pouli de Ares.
Dev puso los ojos en blanco ante una palabra que ni siquiera podía pronunciar.
—Tío, eso es griego para todos nosotros. ¿Has notado que hay una razón por la cual la gente no elige el griego?
Ethon se burló.
—Sólo porque nunca intentaron hablar galés. Confíen en mí, no tenemos comparación con ellos. —Luego regresó al tema importante—. Son las aves de guerra de Ares y eran especiales para la nación Amazona —movió la barbilla hacia las mujeres—. Las Amazonas solían mantenerlas como mascotas.
Dev miró hacia atrás y estaba lo suficientemente seguro de que había una bandada de gigantes aves negras que se dirigían hacia ellos. Sí… eso sería como tener a Nessie en una piscina con agua. ¿Cómo en el nombre de dios pudieron domesticar alguna vez algo más grande que un camión?
Fang tragó el aliento de repente.
—Eso no puede ser bueno. Ni siquiera tendrán que masticarnos antes de tragarnos. Y tengo que decirte que ser lobo en pedacitos apesta —deslizó una mirada sobre Ethon—. Te apuesto que Dark‑Hunter entrecortado es masticable igual.
Ethon le empujó.
Ignorándoles, Dev se preparó para la guerra mientras las aves descendían en picado. Manticores o no, si esas cosas iban por Sam, él iba a por ellas.
Sam tomó el collar de huesos que tenía alrededor del cuello. Se lo colocó en la boca y sopló con fuerza en un claro patrón.
Una de las aves graznó, eludió y se deslizó por el viento. Sam mantuvo la mano en alto como si estuviera llamando a un viejo amigo. La inmensa ave aterrizó en el suelo al lado. Se inclinó hacia delante, rozando su pico contra la mejilla de ella.
Sam se paró enfrente y le dio una ligera palmadita.
Era difícil de perder el destello de respeto en los ojos de Aello mientras observaba a Sam subirse en la espalda del ave. El pájaro se encrespó apenas antes de que se acostumbrara al peso extraño de Sam.
—¡Ya! —gritó Sam, poniéndolo a volar. El ave desplegando las alas, se lanzó al cielo con una velocidad que hizo que el estómago de Dev se tensara. No sabía cómo permanecía en la espalda, pero se las arreglaba bien.
Aello copió el gesto. Desenvainando la espada, fue tras Sam.
Fang dejó salir un bajo silbido.
—¿Alguien sabía que las Amazonas podían montar un pájaro gigante?
Ethon le dirigió una mirada de obvio.
—Aquellos de nosotros que luchábamos contra ellas, sí, lo sabíamos. ¿Cómo crees que seguían pateándonos el trasero?
—Porque sois unos mariquitas. Todos saben eso.
Ethon fue a por Fang, pero Scorpio le atrapó.
—Estaba bromeando, Ethon. Ten un poco de sentido del humor —especialmente cuando el sentido del humor de Fang era tan parecido al de Ethon que deberían ser parientes.
Ethon le gruñó a Fang antes de retirarse.
Dev permaneció concentrado en la lucha en el cielo. Era algo increíble de ver. Aello atacaba y Sam contraatacaba mientras hacían círculos en el aire sobre el pedestal. Cómo podían permanecer sobre la espalda de las aves y luchar estaba más allá de él, especialmente cuando ninguna tenía una silla de montar ni bridas. Guiaban sus monturas con las rodillas y las sostenían con una mano.
Dev bajó la mirada hacia los manticores. Aún quería ayudarla, pero sabía que era mejor no intentarlo. Se veían muy ansiosos por matar.
Aello giró en círculos, luego bajó en picado a por Sam. En una maniobra que Dev consideró imposible, Sam se retorció con el ave y fue derecha, paralela al suelo, permitiendo que el golpe fallara completamente.
Sin embargo, eso superó el alcance de Aello y la desequilibró. Con un agudo grito, se deslizó del lomo del pájaro y fue cayendo al suelo.
Sam giró bruscamente el ave y se dirigió hacia ella. Plegando sus alas muy cerca del cuerpo, el pájaro parecía un torpedo negro moviéndose a través del cielo. Cortaron el aire, tratando de atrapar a Aello antes de que golpeara contra el suelo. Justo cuando Dev estaba seguro de que Aello sería una mancha en la tierra, Sam la agarró de la muñeca y empujó a la Amazona sobre el lomo del ave, tendida sobre su estómago, frente a ella. Sam guió el ave a la orilla, luego dejó a Aello en un lugar seguro antes de dirigirse de regreso al pedestal.
En un principio, Dev pensó que Aello llamaría a otra ave para ir tras ella.
No lo hizo.
Observaron como Sam guiaba al ave hacia el pedestal y golpeó la caja de cristal que protegía el cinturón. Aterrizó sobre la arena, se hizo pedazos y luego se disolvió. Las cobras sisearon y retrocedieron en protesta por haber sido molestadas. Sam con diligencia se sostuvo en el aire sobre ellas, fuera de su alcance. Usando la punta de la lanza, cuidadosamente enganchó el cinturón y luego lo levantó, tomándose el trabajo de desprenderse de las cobras que intentaban agarrarse. Varias de las serpientes se lanzaban hacia ella y al ave desde el pedestal. Sam hizo retroceder al ave así las cobras fallaban y caían al suelo. Eran rápidamente devoradas por la arena.
Un minuto después, la arena vomitaba sus huesos los cuales se disolvían en un rojo charco.
Dev hizo una mueca ante el desastre sangriento.
Sam lo ignoró mientras se colocaba el cinturón en el regazo, luego giró el pájaro de regreso a ellos. Voló sobre la cabeza de Aello para aterrizar justo frente a él.
Su sonrisa era amplia mientras desmontaba y sostenía el cinturón de su abuela en alto. Dev no podía estar más orgulloso por su triunfo.
Aello llegó corriendo a su espalda.
Antes de que pudiera advertirle, Sam se giró, lista para luchar.
Pero esa no era la intención. Aello patinó al detenerse, luego se dejó caer sobre una rodilla frente a Sam. Golpeándose el hombro izquierdo con el puño derecho, inclinó la cabeza con reverencia.
—Mi reina.
Sam se congeló ante un título al que no había respondido en siglos y que le pareció raro oírlo. Y eso junto a la competencia que había ganado le despertó recuerdos vívidos, buenos y malos, de un tiempo y un lugar que nunca tuvo de nuevo. Un pasado que quemaba dentro de ella.
En un tiempo, había vivido para competencias como esta. La habían vigorizado. Habían probado su honor y sus habilidades como guerrera. Qué importante habían sido para ella entonces.
Ahora sabía que cosas como esa, aunque no eran ineludibles, no eran las cosas más importantes de la vida.
Familia. Amigos.
Amor.
Esas eran las razones por las cuales la gente necesitaba luchar. Mantenerse firme hasta que los nudillos sangraran. Todo lo demás era sólo glaseado y a pesar de que tenía buen sabor, no llenaba y no podía mantener a una persona.
Una sola vida era un infierno en sí misma.
Dev se acercó por detrás y envolvió los brazos en los hombros de ella. Ella tembló mientras emociones extrañas se extendían atravesándola. Él era su presente, y en este momento, lo necesitó para que la mantuviera en la realidad. Todo lo que quería era sentirlo ahí, a su lado para siempre.
Esto era lo que le importaba.
Él hociqueó su cabello antes de darle un casto beso en la mejilla que la prendió fuego.
—Estuviste increíble.
Lo gracioso era que ella no se había sentido de esa forma. Hizo lo que tenía que hacer. Nada más ni nada menos.
Aello la miró.
—¿Por qué me salvaste?
¿Cómo podía no hacerlo? ¿Cómo podía permitir que una mujer como Aello muriera de manera tan horrible por algo tan insignificante?
—Somos hermanas. ¿Por qué permitiría que mi familia muriera por una diferencia de opiniones?
Aún cuando su propia hermana la había matado por algo que al final equivalió a nada más que restos de comida.
Aello tomó su mano y la besó.
—Realmente honras a la Reina Hipólita y es con honor que te llevas el cinturón. Que tengas una larga y feliz vida.
Si la pobre mujer tan solo supiera…
No queriendo deshonrar sus deseos de corazón, Sam inclinó la cabeza hacia Aello antes de girarse a mirar a Dev.
—¿Alguien sabe cómo salir de aquí?
Aello se levantó.
—Debéis volar con las aves lo más al sur posible. Una vez allí, cuando la tierra se divida, dejad que os lleve a casa. Pero debéis mantener vuestros pensamientos enfocados hacia dónde deseáis ir o iréis a la deriva.
Ethon se burló.
—¿Quién dijo que eso sea malo? Oí que el sur de Francia es increíble en esta época del año.
Fang le dirigió una mirada arqueada.
—También es de día allí. ¿Puedes decir Krispy Kritter?
—Bueno, lo es —Ethon se encogió de hombros—. Bien. Llévate toda la diversión de mis sueños. Bastardo.
Sam llamó a las aves necesarias para todos ellos. Una vez montados, ella tomó el vuelo. Algo que no era tan intuitivo para los hombres. Fang fue el primero en resbalarse. Luego Scorpio.
Dev se mantuvo en su asiento…
A duras penas.
Ethon se sostuvo, pero sólo porque era bajo y tenía las piernas trabadas como si fuera un niño pequeño aterrorizado.
Riendo, Sam giró para volver.
—¿Tienen estos bichos manual de instrucciones? —preguntó Fang.
—Desafortunadamente no. Sólo haz lo que Ethon está haciendo. Envuélvete alrededor y ellos volarán solos.
La expresión de Fang estaba llena de duda.
—¿Qué pasa si se asusta?
—Estarás jodido —dijo Sam en un tono seco—. Realmente. Ruega para que eso no suceda.
Fang le bufó antes de empujarse y subir al lomo del ave. Antes de montar, Scorpio usó su látigo como brida. Su pájaro luchó durante varios minutos, luego se calmó al aceptarlo.
Le mostró, enseñando los colmillos, una sonrisa creída a ella.
—Presumido —comentó Ethon despectivamente.
Riendo, Sam se dirigió al sur con los hombres siguiéndola detrás. No les llevó mucho tiempo llegar al borde. Había una neblina roja alrededor tan fina que podían ver el punto de Nueva Orleans donde habían estado.
Más oscuro ahora en el lado humano del velo, la neblina lo hizo parecer como en infrarrojos.
Sam espoleó su ave hacia abajo para desmontar. Los hombres rápidamente la siguieron mientras se ajustaba el cinturón de la espada de su abuela alrededor de la cintura.
Ethon se golpeó el muslo con los dedos impacientemente.
—¿Por qué será que cuando quieres que te trague la tierra por completo, decides dejar de intentarlo?
Fang suspiró.
—Fíjate en el Síndrome Pot.
—Sí.
Sam les ignoró cuando oyó algo extraño al fondo. Las aves chillaron y saltaron, luego se fueron volando abruptamente.
Dev encontró su mirada.
—No puede ser una buena señal.
No, no lo era.
Sam miró alrededor mientras intentaba descubrir el origen de ese sonido… sonido que se acercaba sin parar.
—Oh. Mi. Dios.
Ella miró a Ethon quien estaba mirando fijamente al cielo, a su derecha. Siguiendo su mirada, ella jadeó.
—Es el ataque de los monos voladores.
Aunque estos no eran esos pequeños y buenos monos gris azulados de El Mago del Oz que estaban vestidos con adorables sombreros y chaquetas. Estos eran enormes con colmillos que hacían que los de ella parecieran de plástico como los que usan en Halloween. Con piel coriácea gris oscura, sus ojos eran amarillos y sus colas como cuchillas afiladas.
Todos sacaron sus armas mientras los monos con aliento de fuego atacaron.
Ethon esquivó a uno que intentaba atacarlo, luego giró y le cortó el ala.
—Sabes, hay ciertas cosas que tú nunca esperas enfrentar hasta en este trabajo. Un primate volador que lanza fuego por la nariz es una de ellas.
Scorpio gruñó.
—Sí, pero ¿estos son primates cercopithecoid o platyrrhine?
Ethon fulminó con la mirada.
—Saca tu cabeza del Discovery Channel y ataca.
—Por lo menos no están tirándose pedos llameantes que apestarían en más de un sentido —Fang esquivó un mono sólo para tener a otro atacándole.
Sam lanzó el cuchillo, atrapando al mono entre los omoplatos antes de que pudiera morder a Fang. Chillando, cayó al suelo.
Ese ataque pareció accionar algo feroz que llamó a más refuerzos.
El estómago golpeó el suelo. Sí, los hombres estaban peleando como demonios y ocupándose de lo suyo, pero estaba por volverse feo. El cielo encima de ellos se oscureció con la llegada de una ola de primates recién llegados.
Estamos muertos…
Justo cuando ese pensamiento le cruzó la mente, el suelo debajo de ellos tembló. Ella comenzó a resbalarse.
—¡Pensad en casa! —gritó Fang como recordatorio.
Dev se abrazó a ella justo cuando el suelo de debajo se abrió y se hundió hacia abajo. Sam se abrazó a él con todo lo que tenía, agradecida de que estuviera con ella. Se concentró en el cuarto de él en el Santuario.
Un minuto ellos estaban cayendo en picado y al siguiente…
Estaban desnudos en la cama de Dev.
Una sonrisa malvada se burló de ella.
—¿Estabas pensando lo mismo que yo o mis pensamientos son así de intensos?
Calor explotó en las mejillas. Honestamente, era exactamente lo que ella tenía en mente. Riendo, ella comenzó a besarle sólo para que su cuerpo se desvaneciera hacia la forma fantasmal.
Dev maldijo de rabia.
—Voy a matar a Thorn.
—Diría que no hay problema, pero en este momento, estoy contigo al cien por cien —ella rodó sobre la espalda y miró fijamente el techo—. Es tan injusto.
Dev se moría por besarla. Pero primero tenía que regresarla a su forma corpórea.
—Déjame llevar el cinturón a Fang y luego a Thorn. Te veré en breve —deslizó la hambrienta mirada sobre su cuerpo—. Y te quiero justo en esa posición diez minutos después de que regresemos.
Ella se rió.
—Sí, señor.
Dev se levantó de la cama y se vistió con unos vaqueros y una camisa antes de ir a buscar a Fang. Sacó el teléfono y llamó a Ethon.
—¿Lograste regresar? —le preguntó Ethon.
—Sí. ¿Dónde estás?
—No preguntes. Es demasiado embarazoso. Me dirijo al Santuario apenas termine de limpiarme.
No es que eso no le trajera a la mente de Dev distintos tipos de imágenes.
—Exactamente, ¿dónde estás, otra vez?
—Te pedí que no preguntaras. Porque no te lo voy a decir. Capullo. —Ethon colgó.
Dev llamó a Scorpio.
—Estoy en el bar. ¿Dónde estás tú?
Dev estaba impresionado.
—Estoy en la casa Peltier. ¿Está Fang contigo?
—No.
Fang salió de su dormitorio y movió la barbilla hacia la puerta de Dev.
—Parece que tuviste los mismos pensamientos que yo.
Dios, esperaba que no. La idea de Fang con su hermana lo descomponía. No es que fuera lo suficientemente estúpido para pensar que ellos no tenían sexo, sólo que no podía manejar mentalmente el concepto de su hermanita con ningún hombre.
Sal de mi cabeza…
—Llévame con Thorn —Dev colgó a Scorpio.
Fang le colocó el brazo sobre el hombro y le teletransportó del pasillo a la puerta de la oficina de Thorn.
Esta vez cuando Shara atendió, su expresión era de incredulidad.
—No estáis muertos.
—Aún no.
Shara se retiró y abrió la puerta para permitirles entrar a la habitación, la cual parecía sobrenaturalmente fría dado el hecho de que el fuego ardía en la chimenea con aún más intensidad que la vez anterior.
Thorn estaba de pie, esperándoles. Aún impecablemente vestido y acicalado, sus manos estrechadas detrás de la espalda. Miró hacia el reloj que todavía estaba haciendo tic-tac.
La mandíbula de Dev se cayó cuando miró la hora. No. No podía ser… un minuto más y hubiesen perdido el plazo de tiempo.
—¿Qué truco es ese? Aún no han pasado veinticuatro horas.
Thorn arqueó una perfecta ceja con la expresión más arrogante y desdeñosa que Dev hubiese visto.
—¿Oh? ¿Me olvidé decirles lo del tiempo? Viaja distinto del otro lado. Perdiste un día completo aquí mientras jugueteabas con algunos de mis amigos.
La ira erupcionó dentro de él.
—¡Bastardo!
Los ojos de Thorn brillaron con un rojo vibrante.
—No me presiones, Oso. Tienes tu cinturón y has ganado. Por ahora. Toma tu premio y agradece que no haya cambiado las reglas sobre ti —cambió su atención a Fang—. Llévale a casa.
De repente, Fang y él estaban en una pequeña habitación donde Sam estaba caminando de un lado al otro. La visión de ella allí… a salvo y en su forma corpórea de nuevo.
Esos sentimientos le sacudieron tan fuerte que estaba asombrado de que las piernas no le temblaran. Era ahora que estaba con ella que le golpeó cuánto había esperado que Thorn la mantuviera a salvo a pesar de todo lo que ellos hicieran.
Pero ahora que estaba con él de nuevo…
El rostro de ella se iluminó de una forma en la que nadie lo había hecho antes y sacó sus emociones fuera. Si pudiera tener cualquier cosa del universo, sería el que ella siempre le mirara de esa manera. Era obvio que estaba tan contenta de verle como él. Ella corrió y se lanzó a sus brazos.
Atrapándola en el salto, Dev se tambaleó hacia atrás mientras la mantenía cerca e inhalaba la esencia de su suave pelo. El cálido aroma floral le hizo ponerse duro y dolorido. Era todo lo que podía hacer para no tomarla ahí y ahora mismo con Fang observándoles.
Pero nunca la avergonzaría.
Sam sabía que no debería estar haciendo esto. Especialmente después de todo lo que Thorn le había contado sobre el futuro de Dev si ellos permanecían juntos.
Tenía que dejarle ir.
Aunque ahora mismo, sólo quería sentirlo cerca. Que sus brazos le calmasen los miedos e incertidumbres. Dioses, se había olvidado lo bien que se sentía el abrazarle así.
—¿Estás bien, bebé? —él respiró en su oreja.
Ella rió con su profunda y preciosa voz que le envió escalofríos.
—Sí.
Fue justo ahí cuando se dio cuenta cómo se había envuelto en su cuerpo. Las piernas estaban alrededor de su cintura y él soportaba completamente el peso. Calor ardió en el rostro ante lo que había hecho instintivamente, especialmente cuando fue consciente del bulto considerable debajo de sus vaqueros que estaba presionando contra ella y la estaba haciendo humedecer.
Fang carraspeó.
—¿Creo que es seguro decir que está contenta de verte, huh, Oso?
Dev le dio un beso rápido en la mejilla mientras ella desenvolvía las piernas y se deslizó al suelo frente a él aunque esa era la última cosa que quería hacer.
—No me importa en lo más mínimo. Es agradable sentirse bienvenido.
Fang carraspeó.
—Especialmente después de lo que acabamos de pasar… ¿Todos conservan todos los dedos de la mano y de los pies?
Sam sostuvo en alto ambas manos y movió los dedos.
—Creo que sí.
—Bien. —Fang hizo un ademán con el hombro hacia la puerta—. Vámonos todos a casa antes de que Thorn cambie de opinión y decida quedarse con nosotros aquí donde el tiempo aparentemente no tiene sentido para nadie más que para él.
Sam no podía estar más de acuerdo. Como Fang, no estaría en lo más mínimo sorprendida si Thorn los detuviera.
O enviará otra partida de monos voladores tras ellos, sólo para joderlos y reírse tontamente.
Dev se tomó un minuto para asegurarse el cinturón de su abuela alrededor de la cintura. Sam le miró. Originalmente diseñado para sujetar una espada, se parecía a cualquier otro cinturón grueso con relieves. Ella tenía una espada en casa que se conservaba en la vaina correspondiente que debería colgar del cinturón. Sin esa pieza, nadie podría adivinar que tuviera verdadera importancia ‑que era el preciado cinturón de la nación Amazona por el cual Hércules había cruzado el mar para reclamar a una princesa extranjera. Sin importar el saber qué, era algo que la gente mataría por poseer.
Incluyendo su propia hermana.
—¿Estás lista? —le preguntó Dev.
Asintió aunque no era del todo cierto. Su encuentro previo con Thorn había sido breve, pero traumatizante. Era un hijo de puta que daba miedo. Y su advertencia sobre Dev permanecía alta y clara en la mente. Si permanecía con él, él moriría.
Y no podía ser responsable de su muerte. No después de haber matado a Ioel.
Dev le sostuvo la mano mientras Fang les llevaba no al Santuario ni al Club Charonte como esperó, sino a una habitación que no había visto nunca. Todas las ventanas tenían los postigos cerrados y había una enorme cama al estilo de las Plantaciones en el cuarto con un edredón de seda azul con un diseño anticuado sobre ella.
Miró a Fang con el ceño fruncido.
—¿Dónde estamos?
Antes de que pudiera responder, Nick Gautier se materializó frente a ellos. La tenue luz arrojaba una sombra maligna sobre su rostro. Sus bigotes se estaban espesando, como si hubiera pasado días sin afeitarse, y sus ojos tenían un brillo malvado al mirarlos.
—Bienvenida a mi pesadilla, Princesa.
Por la mirada en el rostro de Dev podía decir que él tampoco esperaba estar ahí más que ella.
Miró a Fang con el ceño fruncido.
—¿Por qué nos trajiste aquí?
Fang se encogió de hombros.
–Es lo que Ash me pidió que hiciera cuando hablé con él antes de ir en tu búsqueda. Resolví que el señor Omnisciente sabía mejor que nadie como mantener a la gente a salvo ‑esas palabras fueron interrumpidas por Nick con una burla grosera por la cual Fang no se detuvo‑ así que no discutí —inclinó la cabeza hacia Dev y ella—. Ahora si me disculpáis, tengo una señora Osa a quien no veo desde hace un día y no quiero que me patee el trasero por haberla dejado plantada.
Se fue antes de que nadie pudiera decir otra palabra.
En el silencio que siguió, Sam se sintió incómoda de repente. Era verdad que no había sido el verdadero Nick quien había intentado secuestrarla del Santuario, pero aún así.
Había un aura de pura maldad alrededor de este hombre que le puso los pelos de punta. Cada vez que Nick la miraba, tenía el presentimiento de que la estaba midiendo para una bolsa para cadáveres y hacía que se le congelara la sangre.
—Relájate —le dijo Nick en un tono suave como si sintiera su inquietud—. No quiero tu sangre. Dado que hay un pícaro demonio detrás de ti, Ash y yo decidimos que este sería el mejor lugar para esconderte donde la menor cantidad de vidas serán amenazadas —gesticuló hacia la habitación—. Siéntense en su casa. Todo ha sido desinfectado así que no debería provocarte pesadillas o imágenes al tacto —algo de lo que Nick sabía desde que ella le había contado cuando comenzó a protegerle. Qué irónico que ahora las cosas se habían invertido—. Si necesitan algo, hay un intercomunicador en la pared —hizo un ademán hacia la unidad que estaba justo en el interior de la puerta—. Llamad y responderé. Y… —señaló la mesilla de noche—. Ash envió tu móvil para que no estuvieras sin él. Hay un mensaje de Chi quien ha estado preocupada por ti y enojada con los muchachos porque no la invitaron para el rescate. No les envidio. A Ethon en especial le prometió una gran paliza en el trasero.
Sam frunció el ceño. Nick no se veía bien. Cuando ella le conoció por primera vez en su misión meses atrás, él estaba bien peinado y guapísimo ‑excepto por la marca del arco y la flecha sobre el rostro. Ahora se veía pálido y exhausto. Agitado. Como si algo le tuviera fuertemente agarrado y no pudiera respirar debido al dolor.
Si no fuera por el hecho de que los Dark‑Hunters no pueden enfermarse, pensaría que estaba por caer enfermo.
—¿Estás bien?
—Yo siempre estoy bien —el tono amargo negó las palabras.
Sam quería tocarle y ver cuál era la verdad, pero su alarma interna le advirtió que no deseaba ver al tipo de demonio que había clavado sus garras en él. Cuando miras fijamente en la oscuridad, a veces te devuelve la mirada…
Y esas imágenes reflejadas eran a menudo las más terroríficas y amenazantes.
Nick se detuvo en la entrada para mirarles.
—Por cierto, debo advertiros. Es casi mediodía aquí y Stryker está organizando su ataque para llevarte a Kalosis. No sé cuándo está planeado dar el golpe pero estoy seguro que será antes de que oscurezca dado que estarás en desventaja en la luz. Mi casa está técnicamente protegida, sin embargo los poderes de Stryker son tales que no sé si funcionará con él.
Sam estrechó la mirada peligrosamente mientras las sospechas sobre él crecían.
—¿Cómo sabes qué es lo que planea Striker?
Cuando Nick respondió, no lo hizo con la boca. Ella escuchó su voz alta y clara en la cabeza. “De la misma manera que sé que amas a Dev, niñita. Y si es así, mándalo a casa antes del anochecer. De otra forma él no sobrevivirá”.
Y con eso salió de la habitación y cerró la puerta sin tocarla.
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