21 de octubre de 2008
El Partenón
Nashville, Tennessee
Martes, 6:30 p.m.
Acheron se teletransportó a la habitación principal donde se encontraba la estatua de Atenea, cubierta en oro. Debido a la conferencia que iba a iniciar en unos minutos en otra parte del Partenón, la zona de la estatua había sido cerrada.
Probablemente debería obedecer las reglas, pero ¿por qué? Era una de las pocas ventajas que tenía por ser un dios.
Moldes de los mármoles del Partenón original se encontraban ubicados en las cavidades que delimitaban las paredes en ambos lados. A pesar de que el interior del Partenón no era exactamente igual al de la antigua Grecia, le encantaba venir aquí. Algo acerca de este lugar lo confortaba. Y cada vez que estaba en Nashville, se aseguraba de visitarlo.
Se trasladó al centro de la habitación para poder ver la versión del artista de la diosa Atenea. No se veía nada como ella. Con cabello negro y pálido, Atenea era frágil en apariencia como sorprendente. Pero su apariencia era definitivamente engañosa. Como diosa de la guerra, podía dar un puñetazo tan fuerte como cualquier hombre.
—Acheron… —dijo la estatua, cobrando vida ante él—. Dime qué es lo que buscas.
Él puso los ojos en blanco.
—Una noche lejos de ti, Artemisa. Como si no lo supieras.
Ella salió de la estatua para pararse frente a él en su estatura normal.
—Oh, no eres divertido.
—Sí, claro. Lo siento. La broma esa, la de la estatua perdió su humor once mil años atrás. No se ha hecho más atractiva con el tiempo.
Cruzando los brazos sobre el pecho, le hizo un mohín.
—Tú siempre mamas toda la diversión.
Ash dejo surgir un lento e impaciente suspiro.
—Chupas, Artemisa. La frase es “chupas toda la diversión”.
—Mamado, chupado. Da igual.
Se burló de ella mientras caminaba hacia los moldes que estaban contra la pared.
—No, no lo es. Tómalo de alguien con un íntimo conocimiento de ambos.
Giró el rostro hacia él.
—Odio cuando eres tan crudo.
Y era exactamente por lo que lo hacía. Lamentablemente, toda la crudeza del mundo no era suficiente para alejarla de él.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó sobre el hombro.
—¿Por qué estás tú aquí? —le dijo siguiendo sus pasos.
Una vez más, se alejó de su acosadora menos predilecta.
—Hay un arqueólogo que piensa que encontró la Atlántida. Sentí curiosidad así que, aquí estoy.
Sus ojos se iluminaron.
—Oh, esto lo tengo que ver. Me encanta cuando vas a la vernacular.
—Yugular —le corrigió apretando los dientes. Era una pena que no compartiera su entusiasmo. Odiaba quitarle credibilidad a alguien, o peor aún, avergonzarlo públicamente.
Pero lo último que necesitaba era que el mundo encontrara la Atlántida y expusiera lo que él había sido en ella. Por primera vez en su existencia había personas que lo miraban con respeto y le permitían dignidad.
Si algún día se enteraban…
Prefería morir de nuevo. No, mejor una mancha en el ego del profesor que en el suyo. Si bien tenía momentos de altruismo, éste no era el caso. Nadie lo iba a exponer de nuevo.
Artemisa pestañeó en feliz expectación.
—¿Dónde va a ser esta conferencia?
—En la sala al final de pasillo.
Ella desapareció.
Acheron sacudió la cabeza. Se tomó unos minutos para caminar en torno a la exposición y sonreír ante la interpretación del mundo moderno sobre el pasado. ¿Cómo podía la humanidad ser tan extrañamente astuta, y al mismo tiempo tan densa? Sus percepciones pasaban de ser infaliblemente precisas a francamente ridículas.
¿Por otra parte, no todas las criaturas sufrían del mismo dilema?
—¿Doctora Kafieri?
Soteria miró a la docente que la estaba observando con expresión perpleja. Oh, por favor, no me digas que estaba hablándome en voz alta otra vez. Por la cara de la mujer ya sabía la respuesta y odiaba haber sido descubierta... otra vez.
—¿Sí?
—Tienes una buena cantidad de personas allí afuera. ¿Sólo quería saber si necesitas un poco de agua para tu presentación?
Sus intestinos se anudaron ante estas palabras. Yeesh. Ella odiaba las multitudes y hablar en público. Si no fuera por el hecho de que necesitaban el financiamiento de nuevos equipos en Grecia, nunca habría aceptado esto.
—Sí, por favor, pero asegúrese de que sea con taparosca. Siempre derramo las bebidas cuando no la tienen.
La mujer dio media vuelta y se fue. Tory miró hacia abajo, a las notas que estaba revisando, pero las palabras de la mujer rondaban en su mente.
Bastante gente. ¿Qué oxímoron[1] para una mujer que odiaba las multitudes? Con la garganta hecha un nudo, fue a espiar la habitación.
Sip, era definitivamente una multitud. Al menos sesenta personas estaban allí. Se sentía enferma.
Mientras comenzaba a retirarse hacia las sombras, la puerta se abrió y entró un hombre que le quitó el aliento.
Increíblemente alto, ingresó a la habitación como si le perteneciera. No, no ingresó, se deslizó dentro de ella como un seductor depredador. Cada mujer en la habitación giró a observarlo. No podían evitarlo. Era como un imán para los ojos.
Su largo cabello negro tenía un mechón de un brillante rojo en el frente que enmarcaba un rostro increíblemente guapo que sería hermoso si no tuviera esa aura tan dura. También le hacía querer saber exactamente como lucían sus ojos, pero ya que llevaba un par de gafas de sol Oakley opacas y negras, no podía saberlo. Vestido con un largo abrigo negro, usaba un sudadera gris oscura que se abrió para mostrar una camiseta de los Misfits. El pantalón negro estaba metido en un par de botas Doc Martens color cereza oscuro con cráneos y huesos cruzados subiendo a cada lado.
Ignorando a las mujeres que lo observaban, retiró una mochila de cuero negro de uno de sus amplios hombros y la puso en el suelo frente a él en un sitio muy aislado antes de sentarse. El cuero estaba tan desgastado como el de su abrigo y la mochila estaba marcada con un símbolo blanco de la anarquía y el símbolo de un sol atravesado por tres rayos.
No sabía que tenían esas largas piernas que se estiraban delante de él que hacían acelerar sus latidos cardíacos, pero lo hacían. Se veía tan masculino sentado ahí de esa manera. Con sus grandes manos cubiertas por guantes negros sin dedos, deslizó las mangas de su chaqueta hasta los antebrazos, y luego se apoyó en la silla, completamente a gusto.
Ella capturó la visión de un tatuaje de dragón rojo y negro en el brazo izquierdo. También tenía una pequeña pieza de plata perforando el orificio nasal derecho, así como un pequeño aro de plata en la oreja izquierda.
Tomó aliento profundamente y apoyó un brazo sobre el respaldo de la silla. Demonios, el hombre se movía como el agua. Lenta, elegante, y sin embargo, daba la impresión de que en cualquier momento podía entrar en acción y derribar a cualquier persona que lo amenazara.
Definitivamente...
—¿Doctora Kafieri?
No fue sino hasta la tercera vez que su nombre se repitió que notó que la docente había regresado.
—Lo siento. Estaba teniendo un poco de pánico escénico. —Y un largo minuto lleno de lujuriosas fantasías sobre sí misma envuelta alrededor del señor Gótico.
—Oh, está bien. —La mujer le entregó el agua.
Tory no estaba tan segura. Las multitudes la aterrorizaban y a diferencia del hombre Gótico de afuera, odiaba sobresalir. Trataría de imaginárselo en ropa interior, pero eso era aún más perturbador ya que todo lo que hacía era ponerla caliente y aún más nerviosa...
Tenía que ser el único hombre vivo que podría verse intimidante en calzoncillos.
Dios, ¿y si toda esa masiva sexualidad era mentira?
Obligándose a sí misma a poner fin a esos pensamientos, verificó el reloj y vio que era casi hora de empezar.
Tragó fuertemente.
Observó a la multitud para ver una alta, extremadamente voluptuosa pelirroja aproximarse al hombre Gótico. La mujer era tan hermosa como el hombre, pero no parecía el tipo de mujer que normalmente se asociaría con él. Mientras él vestía de negro, con ropa gótica, ella vestía desde un traje completamente blanco, hasta delicados zapatos Jimmy Choo. Inmaculadamente ataviada, la mujer le recordaba a una modelo de pasarela. Y cuando se sentó al costado del hombre Gótico, él en realidad le hizo muecas de desagrado a pesar de que ella estaba sonriendo y ofreciéndole algo de la bebida que trajo con ella.
La mujer le habló y él giró la cabeza para responder con un rudo.
—Jódete.
Se veía completamente desolada por su frialdad. Tory apretó los dientes. Era evidente que se conocían y mientras la mujer estaba enamorada del hombre, él no podía estar menos interesado.
Típico idiota. Tory odiaba juzgar a las personas, pero había visto a los de su tipo una y otra vez en las clases que dictaba e incluso cometió el error de creerse enamorada de uno de ellos una vez. Usuarios que se aprovechaban de la mujer que los amaba. No dudaba que la pelirroja había comprado cada pieza de las costosas ropas que tan orgullosamente él usaba.
Pero la relación no era su problema. Sólo esperaba que la mujer tomara conciencia y abandonara al imbécil ese.
—Voy a presentarte.
Tory saltó al sonido de la voz del doctor Allen mientras pasaba frente a ella. Con poco más de cincuenta, era delgado y muy en forma, con cabello gris y un pequeño bigote. Había sido el profesor que la invitó a hablar de la Atlántida como parte de la serie del Partenón sobre civilizaciones clásicas. Ahora, si pudiera utilizar eso para ayudar a financiar su próxima excavación, habría matado dos pájaros con una presentación.
Sólo no me dejes caer y tartamudear...
Se santiguó tres veces, escupió e hizo una rápida plegaria.
—Sé que muchos de ustedes están familiarizados con el nombre Kafieri y la incertidumbre acerca de lo que el padre y tío de Soteria clamaban haber descubierto. Sin embargo, con toda seguridad, la doctora Kafieri ha tomado su beca muy en serio y he de decir que sus descubrimientos me han impresionado tanto que quise traerla aquí. Por no mencionar, que al ser una de las pocas personas en recibir su doctorado a los veinte años demuestra exactamente su nivel de compromiso. Todavía no he conocido a nadie que pueda refutar sus teorías o su dedicación en el campo de estudios antiguos. Ahora, si todos ustedes me ayudan le daremos la bienvenida a la doctora Kafieri.
Ash retuvo su aplauso mientras esperó a ver a la profesora que estaba a punto de rostizar.
—¡Demonios!
La vergonzosa palabra no sería audible para nadie más que Artemisa y él, pero la tensión en la voz provocó una oleada de piedad en él. Arqueó la ceja cuando oyó documentos siendo empujados unos contra otros como si se le hubieran caído al presentador.
Un instante después, ella surgió de la puerta detrás del podio. Muy alta y delgada, era muy bonita con cabello marrón y liso que había recogido en un severo moño. Un par de pequeñas y redondas gafas con montura de bronce cubrían sus profundos e intrigantes ojos marrones. El traje color beige a cuadros hacía muy poco para destacar su cuerpo y era evidente que no estaba cómoda usándolo. De hecho, se veía muy fastidiada.
Ella ubicó los documentos en el podio y se aclaró la garganta antes ofrecerle a todos una avergonzada y encantadora sonrisa que estaba seguro la había sacado de muchos problemas mientras crecía.
—Sé que no se acostumbra a abrir un discurso con una disculpa, pero se me cayeron los papeles camino aquí, así que si pudieran aguardar un momento mientras los ordeno lo apreciaría mucho.
Ash escondió su sonrisa.
El doctor Allen parecía perturbado, pero asintió amablemente.
—Tómese su tiempo.
Y ella lo hizo.
La gente alrededor de él estaba empezando a agitarse por la demora mientras ella trataba de ordenar su discurso.
El doctor Allen se inclinó hacia delante.
—¿No están numeradas?
Su rostro se tornó de un brillante rojo.
—No, me olvidé de hacerlo.
Varias personas en la audiencia se rieron mientras un par de ellos maldecía.
—Lo siento —dijo, mirando hacia delante mientras alineaba las páginas—. Realmente lo siento mucho. Permítanme retroceder y volver a empezar.
Con una última y nostálgica mirada abandonó el discurso, hizo clic en una foto en el retroproyector que mostró una imagen del Partenón de Grecia.
—Muchos de ustedes saben que encontrar la Atlántida era la obsesión de toda la vida de mi padre y tío, ambos dieron sus vidas por esta búsqueda, al igual que mi madre. Y como ellos, he hecho mi misión en la vida resolver este misterio. Desde que estaba en pañales, mi familia ha estado excavando en Grecia, tratando de encontrar la verdadera ubicación de la Atlántida. En 1995, mi prima la doctora Megeara Kafieri encontró lo que creo que es el sitio correcto y aunque ella abandonó la búsqueda, Yo nunca lo hice. El pasado verano fui finalmente capaz de encontrar la prueba definitiva de que la Atlántida es real y que la investigación de Megeara finalmente la descubrió.
Ash puso los ojos en blanco ante el reclamo que tantos habían hecho. Si tuviera un centavo por cada vez, hubiera sido incluso más rico de lo que era.
Soteria pulsó el botón y cambió de foto a una que le hizo sentarse derecho en la silla mientras la reconocía. Era un busto roto de su madre, Apollymi. Y sólo había un lugar en el cual la buena doctora lo podría haber encontrado.
La Atlántida.
Ella empujó las gafas sobre la nariz con el nudillo.
—Éste es uno de los muchos artefactos que mi equipo y yo hemos rescatado desde el fondo del mar Egeo. —Utilizó un puntero láser rojo para mostrar la escritura Atlante en la parte inferior que detallaba el nombre de su madre—. He estado buscando a alguien que pueda traducir lo que parece ser una forma temprana de escritura griega. Sin embargo, nadie ha sido capaz de descifrar las palabras o incluso todas las letras. Es como si este alfabeto tuviera caracteres que están desaparecidos del griego tradicional.
Artemisa lo golpeó en el brazo.
—Parece que estás roto, Acheron.
—Atrapado —le corrigió soltando lentamente el aliento.
—Lo que sea —le dijo Artemisa enfadada.
Soteria miró a su audiencia, y a continuación, centró su atención en el doctor Allen.
—Porque nadie puede leer esto o inclusive identificar todas las antiguas letras, estoy convencida de que es Atlante. Después de todo, si la Atlántida se encontraba en el mar Egeo, como mi familia y yo creemos, es posible su idioma tuviera una base griega o quizás es su idioma el que forma lo que hoy conocemos como griego. La ubicación de la isla tendría que ser en el centro de donde los marineros griegos comercializaban, haciéndola una potencia a tener en cuenta y permitiéndole darle forma a la cultura, las tradiciones y el idioma de la antigua Grecia.
Hizo clic a la siguiente foto que mostraba un fragmento de pared del palacio real Atlante.
—Este es un edificio que yo he descubierto...
—¿No vas a decir algo? —le susurró Artemisa.
Ash no pudo. Estaba demasiado aturdido mientras observaba imágenes que no había visto en más de once mil años. ¿Cómo pudo esta joven mujer encontrarlas?
¿Cómo es posible que él no lo supiera?
Otra vez, había una respuesta fácil. Maldita fuera su madre. Habría sabido que estaban perforando el sitio de la isla, pero en lugar de dejárselo a él, se había sentado esperando que uno de los arqueólogos la liberara de su cautiverio.
—Mi compañero piensa que es de un templo —continuó Soteria—, pero dada su ubicación estoy convencida de que era un edificio gubernamental. Se puede ver aquí, que hay más de la escritura que vimos en el busto, pero de nuevo no puedo descifrarla. —Cambió a otra fotografía submarina de columnas—. Ahora, éste es un sitio hermano que encontramos, que creemos que es una isla griega que negociaba frecuentemente con la Atlántida. Encontré un trozo de piedra con el nombre Didymos grabado en ella.
Ash no podía respirar. Lo había encontrado. Queridos dioses, la mujer había encontrado Didymos...
Pasó a otra foto que literalmente lo hizo empezar a sudar frío.
—Éste es un diario que descubrimos en unas ruinas de Didymos de lo que parecía ser un palacio real. Un diario encuadernado —repitió excitadamente—. Sé lo que todos ustedes están pensando, que no encuadernaban libros en este período de tiempo. Ni siquiera deberían haber tenido papel. Pero una vez más, tenemos la misma escritura y fecha en ella que muestra que son anteriores a todo lo que alguna vez se encontró en Grecia. Lo que tenemos aquí es el Santo Grial de la Atlántida. Lo sé con cada parte de mí ser. Estos dos sitios son importantes el uno para el otro y el sitio principal es, de hecho, la Atlántida.
—¿Acheron? —Artemisa lo golpeó de nuevo.
No podía hablar mientras observaba uno de los cuidadosamente confeccionados diarios de Ryssa, su escritura estaba tan clara como si hubiera sido escrito ayer. Esta página no documentaba nada en particular, pero lo que más miedo le daba era ¿qué otra cosa podría contener? y, a diferencia de los otros escritos, era griego. No había mucha gente en el mundo que podría traducirlo. Pero había suficientes como para arruinar su vida si lo hicieran y contuviera algo incriminatorio.
—Oh esto es aburrido —dijo Artemisa enojada—. Me voy de aquí —se levantó y se fue.
La siguiente imagen era un busto con una cabeza aplastada. Había sido uno de los muchos que había en Didymos, se habían colocado en línea a lo largo de la calle y era una imagen de su hermano gemelo Styxx. Ash casi se cayó de su asiento.
Era hora de detener esto antes que ella lo expusiera.
Se obligó a sí mismo a parecer despreocupado aunque por dentro estaba aterrorizado y enojado.
—¿Cómo sabe que la fecha del carbono del diario no está contaminado?
Tory miró a la calmada voz masculina que era tan profunda que reclamaba atención. Le llevó un segundo darse cuenta a quién le pertenecía.
Al idiota señor gótico.
Empujando las gafas sobre el puente de la nariz en un hábito nervioso, se aclaró la garganta.
—Fuimos meticulosos en ello.
Le lanzó una sonrisa burlona que la molestó en serio.
—¿Cuán meticulosos? O sea, enfrentémoslo, eres una arqueóloga con una agenda que tiene como principal meta demostrar que tu padre y tu tío no eran unos cazadores de tesoros con cabezas huecas. Todos sabemos cómo los datos pueden ser manipulados. ¿Cuál es la fecha del Diario?
Ella se encogió ante la pregunta. Miente Tory, miente. Pero no estaba en ella hacerlo.
—Pues algunas de las pruebas iniciales mostraron una fecha mucho más antigua.
—¿Cuánto más antigua?
—El primer siglo antes de cristo.
Una fina ceja se arqueó sobre el borde de las gafas de sol negras, burlándose de ella.
—¿Primer siglo antes de cristo?
—Es aún demasiado pronto para un libro y sin embargo, tenemos un libro —dijo ella con firmeza, regresando a la imagen del diario—. Tenemos fuertes pruebas empíricas que nadie puede refutar.
En realidad la hizo callar.
—No, doctora Kafieri, lo que tenemos es una arqueóloga con una agenda preconcebida buscando impresionarnos para que financiemos otra de sus vacaciones en el Mediterráneo. ¿No es correcto?
Varias personas del público se rieron.
Tory sentía la ira aumentar por las acusaciones.
—¡Soy una estudiosa seria! Incluso si ignoras el diario, mira las otras piezas de evidencia.
Se burló de ella.
—¿El busto de una mujer? ¿Un edificio? ¿Algunos fragmentos de cerámica? Grecia está llena de eso.
—Pero la escritura…
—Sólo porque usted no pueda leerlo no significa que no pueda ser leído por alguien más. Puede ser simplemente un dialecto provincial indocumentado.
—Tiene razón —dijo un hombre en la primera fila.
Un hombre detrás del pene Gótico rió.
—Su padre era un loco.
—No era nada en comparación con su tío. Tiene que ser de familia.
Tory apretó el puntero con la mano, queriendo lanzárselo al idiota que había comenzado esta sesión de ridiculización. Peor aún, sentía el pinchazo de lágrimas detrás de los ojos. Nunca había llorado en público, pero claro nunca antes había sido tan humillada.
Decidida a tener éxito, colocó la siguiente foto y se aclaró la garganta.
—Este…
—Es una pequeña estatua del hogar de Artemisa —dijo el idiota gótico en un tono sarcástico que podía jurar resonó en todo el edificio. — ¿Dónde lo encontró? ¿En un giousouroum[2] en Atenas?
La risa sonó.
—Gracias por desperdiciar mi tiempo, doctor Allen. —El hombre mayor en la primera fila se levantó y se retiró.
Tory entró en pánico por la forma en que la multitud se volvía contra ella. Por la mirada de disgusto en la cara del doctor Allen.
—¡Espere! Tengo más. —Pasó a una imagen de un collar Atlante que tenía el símbolo de un sol. —Esta es la primera vez que hemos visto algo tan estilizado.
El estúpido Gótico sostuvo un komboloi que tenía exactamente la misma imagen.
—Yo compré el mío en una tienda en Delphi hace tres años.
La risa sonó mientras el resto de las personas en la habitación se levantaban y se marchaban.
Tory se quedó allí en completa vergüenza y rabia.
—Cualquier comisión que fue lo suficiente tonta para aprobar su tesis debería estar avergonzada.
El doctor Allen sacudió su cabeza antes de retirarse, también. Tory apretó las páginas tan fuerte que le sorprendió que los bordes no se convirtieran en diamantes.
El hombre gótico se levantó y recogió la mochila del piso. Bajó trotando las escaleras hacia ella.
—Mira, realmente lo siento.
—Jódete —le gruñó, utilizando la misma frase que le había dicho a la otra mujer.
Ella empezó a salir, luego se detuvo, se giró y lo recorrió con una mordaz mirada que era sólo una pequeña parte del odio que sentía en cada molécula de su ser por este hombre.
—Tú vándalo idiota. ¿Qué fue esto para ti? ¿Un juego? Es el trabajo de mi vida lo que acabas de arruinar ¿Y para qué? ¿Mierdas y bromas? ¿O no fue nada más que una broma de fraternidad? Por favor, dime que no arruinaste mi integridad para obtener algún tipo de puntos de bebida. Esto es algo en lo que he estado trabajando desde antes que nacieras. Cómo te atreves a burlarte de mí. Le ruego a Dios que algún día alguien te degrade de esta manera para que sepas por primera vez en tu engreída y pomposa vida, como se siente la humillación.
Ash iba a responderle hasta que se dio cuenta de algo.
No podía escuchar sus pensamientos, tampoco podía ver su futuro. Era una pizarra en blanco para él.
—¡Mejor ruega que yo nunca te vea caminando por la calle mientras esté conduciendo mi coche! —giró airadamente y se retiró furiosa.
Ni siquiera sabía a dónde iba. Todo acerca de ella estaba completamente en blanco para él. Todo.
—¿Qué demonios pasaba?
No queriendo contemplar incluso lo que podía significar, Ash se teletransportó a la habitación de su condominio en Nueva Orleáns. No le gustaba no estar en control o estar ciego sobre cualquier cosa.
Hasta que descubriera lo que estaba pasando, retirarse era la mejor respuesta.
Tory tiró los papeles en un cubo de basura de camino a la salida. No fue sino hasta que llego a su automóvil que finalmente dejo caer las lágrimas.
Las risas aún sonaban en sus oídos. Su prima Megeara había tenido razón, debería haber dejado la Atlántida en paz.
Pero sus padres habían dado la vida en su búsqueda. A diferencia de Geary, ella no iba a detenerse hasta restablecer el honor y la dignidad al nombre de su familia.
Definitivamente hiciste un buen trabajo esta noche.
Abrió la puerta del coche de alquiler y arrojó su bolso adentro.
—¡Tú maldito, payaso, estúpido chico de fraternidad! —gritó, deseando haberle sacado el pendiente de la nariz y obligarlo a comérselo.
Disgustada, tiró el teléfono y encendió el coche. Llamó a su mejor amiga, Pam Gardner, mientras salía del estacionamiento por el Parque Centenario y se dirigía a la habitación del hotel.
—¿Cómo te fue?
Tory se secó las lágrimas cuando se detuvo en una luz.
—¡Horrible! Nunca he estado más avergonzada en mi vida.
—Dime que no se te cayeron otra vez las páginas.
Se avergonzó sobre lo bien que su amiga la conocía, las dos habían sido mejores amigas desde que se conocieron en el deli de su tío en Nueva York cuando eran muy pequeñas.
—Sí, pero no es nada comparado con esto.
—¿Qué?
Se metió en el tráfico mientras gruñía.
—Había este... este... ni siquiera puedo pensar en una palabra lo suficientemente fuerte como para describir lo que era, estaba allí, e hizo que todos se burlaran de mí
—Oh no, Tory. —Podía sentir las lágrimas en la voz de Pam por ella—. ¿En serio?
—¿Sueno como si estuviera bromeando?
—No, suenas realmente enojada.
Y lo estaba. Dios, ¡Cómo deseaba encontrárselo caminando de vuelta a su dormitorio para poder cortarlo en pedacitos!
—No puedo creer esta noche. Se suponía que iba a ser aplaudida y en lugar de eso, estoy arruinada. Le juro a Dios que está en el cielo que si alguna vez veo a ese hombre otra vez, voy a cometer asesinato.
—Bueno, si necesitas ayuda para mover el cuerpo, ya sabes donde vivimos Kim y yo.
Sonrió por sus amigas. Siempre podía contar con ellas en cualquier crisis. Kim y Pam eran la prueba viviente de que, si bien un buen amigo podía sacarte bajo fianza de prisión, un mejor amigo estaría en la cárcel junto a ti.
—Gracias.
—En cualquier momento, dulzura. ¿Así que cuando vuelves?
—Regresaré a Nueva Orleáns mañana. —No podía esperar a estar en casa otra vez donde todo era familiar.
—Pero mira el lado positivo, Tory. Quién quiera que sea el cabeza de pene ese, nunca tendrás que preocuparse por verlo aquí.
Eso era verdad. Mañana estaría en casa y nunca tendría que ver a ese idiota de nuevo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario