viernes, 6 de enero de 2012

BRM cap 14

—¿Qué estás haciendo?
Aimee saltó ante el inesperado tono enfadado de Dev saliendo desde la oscuridad del corredor, mientras estaba tratando de escabullirse sin ser vista. ¿Por qué no hizo sus necesidades fuera en lugar de hacerlo en el baño como cualquier ser humano?
Eso te enseñará.
—Maldición, Deveraux Alexander Aubert Peltier ¡Juro que voy a ponerte una campana si no dejas de andar sigilosamente sin hacer ningún ruido! ¿Qué haces? ¿Esperas hasta que me haya ido de mi habitación para abalanzarte sobre mí como un gato con un ratón?
Estrechando su fija mirada en ella, cruzó los brazos sobre el pecho en una ruda postura.
—Tú sólo te enfadas conmigo cuando te atrapo haciendo algo que no debes. Entonces, ¿en qué andas?
Trató de  no mostrarse culpable, pero era difícil.
—No estoy haciendo nada.
Él le dirigió una mirada que decía que la conocía mejor que eso.
—Entonces, ¿por qué no estás trabajando esta noche?
—No me sentía bien.
Posó una mirada fija es sus zapatillas blancas.
—¿Eso es por lo que estás vestida para salir?
Y lo hubiera hecho si él no se hubiera entrometido.
—No dije que fuera a salir.
Él bufó.
—No me trates como a un idiota, Aim. Te conozco mejor que eso. Algo pasa. Está pasando desde hace semanas con tus extrañas desapariciones. ¿Qué es?
Dejó salir un irritado soplido. Tenía razón. Durante semanas, había estado buscando en vano a los Daimons. Esos pequeños roedores eran buenos escondiéndose.
—No me creerías si tratara de explicártelo.
—Ponme a prueba.
No digas una palabra. Ella vio venir ese “choque de trenes” y sin embargo, no había forma de prevenirlo. Si no contestaba, la regañaría hasta que lo hiciera.
O peor, la seguiría. El oso podía ser terriblemente fastidioso de cualquier manera.
Por lo tanto, sin opción, optó por la verdad.
—Bien, voy a cazar Daimons.
Él exclamó riendo.
—Y yo soy una gorda hada voladora.
—Fantástico… Campanita. Ahora, si me disculpas.
La agarró del brazo para mantenerla a su lado.
—¿Hablas en serio?
—Como Maman sobre cerrar con llave la puerta trasera.
Sacudió su cabeza en total incredulidad.
—¿Por qué, en nombre del Olimpo, irías a cazar Daimons?
Ella echó un vistazo a la puerta que daba a la habitación de Fang y supo que no podía decepcionarlo.
—Porque si no lo hago, Fang morirá.
Él resopló.
—¿Estás drogada?
—No.
Vamos, Aim, admítelo. Aquí hay una enorme cantidad de drogas involucradas. Tiene que haberlas.
Ella se sacudió su agarre.
—Tengo que irme.
Él la agarró de nuevo.
—No lo creo. La última vez que me fijé, no éramos Dark-Hunters, y tú no tenías ningún motivo para perseguir a un Daimon.
Y otra vez, ella se zafó de él.
—¿Qué es lo que se supone que debo hacer, Dev? Vane fue expulsado de aquí esta mañana, y tiene las manos llenas con su manada siguiéndole el rastro y la humana a la que está ahora protegiendo. Lo último que necesita es saber que Fang está lejos de estar a salvo. Esos demonios están tratando de matarlo en otro reino. No es exactamente algo en lo que él se pueda enfocar en este momento.
—Aimee…
—Deveraux —dijo bruscamente, imitando su tono siniestro—. Sabes que no puedo sólo alejarme.
—¿Por qué no?
—Fang me salvó la vida. Ahora está siendo amenazado y pidió mi ayuda. Sabes lo que pasará si los Daimons se quedan con su alma. Tarde o temprano, esta morirá y él quedará atrapado sin vida, sin alma y sin amigos o familia, eso es algo que no le deseo ni a mi peor enemigo, no importa que sea un lobo el que salvó mi vida y la tuya. Sólo tengo un tiempo limitado para salvarlo.
Dev gruño alto a través de su garganta.
Nosotros sólo tenemos un tiempo limitado.
—¿Nosotros?
Le dirigió una mirada severa.
—No esperas, realmente, que me aparte a un lado y deje que arriesgues tu vida, ¿no? Si tú estás dentro, yo también lo estoy.
Aimee lo abrazó.
—Eres el mejor.
—No. Soy el peor. Maman me agarrará por mi culo sin esfuerzo, si alguna vez se entera de esto. Juro a los dioses, debo ser el más tonto idiota en el planeta  para alistarme en esto.
—No. Eres el mejor hermano que haya nacido y yo estaré en deuda contigo para siempre.
—Oh, qué bien —dijo con exagerada felicidad—. Justo lo que siempre he querido —soltó un cansado suspiro antes de refunfuñar—. Entonces, ¿qué vamos a hacer?
—Bien, los Daimons los atacaron en el pantano. Eso significa que ellos están aquí, en Nueva Orleáns… en alguna parte. Yo digo que empecemos dando con sus usuales lugares predilectos hasta que los encontremos y destruyamos sus despreciables escondites.
—¿Y cómo sabremos dónde encontrarlos?
—Yo lo sabré. Los he visto.
Él puso otra cara de totalmente exagerada excitación.
—¿Y cómo los encontraremos entonces, Wendy?
Lo odiaba cuando se refería a ella como el personaje de Peter Pan. Pero ignoró su burla.
—Fang me los mostró. Ahora empecemos.
La detuvo de nuevo. Ahora su cara estaba mortalmente seria y era todo atención.
—Te los mostró, ¿cómo?
—En un sueño.
Eso resultó como un globo de plomo. Sus ojos  le lanzaron llamas.
—¿Debería prohibirte entrar a su habitación?
Ella giró sus ojos ante su extrema sobreprotección, la cual estaba altamente fuera de lugar mientras Fang estuviera en coma.
—No seas ridículo, y necesitamos continuar. O, de otra manera, me voy sola.
Él le frunció sus labios en una feroz mueca.
—Bien, oso cabeza de cerdo.

Fang siseó en cuanto la cuchilla del demonio cortó a través de su costado y salió por su espalda.
Enfurecido, agarró la lanza y la mantuvo en su costado con una mano mientras saltó con un ascendente golpe de su espada que abrió el pecho del demonio.
Gritando, éste murió a sus pies.
Su costado palpitaba, Fang se tambaleó hacía atrás, jadeando por el dolor al sacar el arma con una violenta torsión a través de su tejido, y luego la arrojó  al suelo. Sudor y sangre lo cubrían, un frío viento congelaba su piel y esa agua sucia cubría sus piernas. Estaba tan cansado de este lugar, de pelear cada minuto por su supervivencia. Parte de él estaba listo para yacer y dejar que lo tuvieran, pero la otra…
No sabía cómo rendirse y entregarse.
Secándose el sudor del ceño, bajó la espada con la que había tenido otra matanza y escuchó los vientos aullantes que azotaban a su alrededor. Su cuerpo entero se estremeció por el frío y la agonía de sus heridas. La tormenta hacía difícil darse cuenta si los Recolectores o demonios estaban cerca y eso era la peor parte de todo.
En dos oportunidades, Misery apareció ante él con su equipo detrás de ella y mientras que lo hizo lo mejor que pudo, todavía tenía que matar a esa pequeña zorra.
Si sólo pudiera encontrar a Vane y hacerle saber lo que estaba pasando. Vane sería un aliado vital, pero su hermano no le creería. Seguía pensando que era un sueño o que se estaba volviendo loco cada vez que oía la voz de Fang.
Maldito seas, Vane.
Sólo Aimee había respondido a su llamada. Sólo ella había creído que el infierno en el que se encontraba encerrado era real.
Aimee…
Se dejo caer a los pies de un árbol negro para descansar mientras una imagen de su dulce cara pasaba por su mente. El juró que todavía podía olerla, sentir la suavidad de su piel. Y allí en la oscuridad, encontró un confort momentáneo en esos pensamientos.
¿Sería capaz de sostenerla de nuevo?
Dioses, tener cinco minutos en los que nada lo estuviera cazando, que no estuviera peleando para así poder sostenerla cerca y dejar que su cuerpo lo aliviase.
Un chillido sonó sobre su cabeza.
Fang se presionó más cerca del árbol en cuanto reconoció la llamada del Reaper. Ellos eran demonios con garras y alas que desgarrarían a cualquier criatura que encontraran. No había ningún lugar seguro aquí en este mundo. Todos eran depredadores.
A veces incluso el follaje.
Pero estos árboles larguiruchos habían probado ser seguros. Sólo ellos le dieron refugio aquí.
—Por lo menos estoy aprendiendo a pelear como un humano.
Se sintió enfermo a pesar de que así era, se había vuelto totalmente competente en este sentido a través de los meses que había pasado aquí.
¿O eran años?
Estaba teniendo dificultades en juzgar el tiempo. Pero podía escuchar cosas provenientes del otro lado. Sabía que Vane estaba emparejado y escuchó las veces en que su hermano lo había maldecido por ser tan egoísta al no despertar.
Como si él quisiera estar aquí.
Solamente Aimee había continuado susurrándole palabras de confort. Tómate tu tiempo, Fang. Duerme bien. Cuando nada más podía alcanzarlo, él sintió sus gentiles manos sobre su piel.
Y esa amabilidad lo mantuvo y lo había hecho débil al añorar un mundo que no estaba seguro que alguna vez pudiera volver a alcanzar.
Fang alzó la cabeza al oír el acercamiento del Reaper. Echando un vistazo, trató de buscar un mejor lugar para esconderse.
Allí. A su izquierda había una cueva.
Se dirigió hacia ella, esperando que no hubiera nada peor dentro aguardando para atacar. Pero en cuanto alcanzó la abertura, un puñal blanco y afilado le dio justo en medio del pecho. El dolor era tan severo que se deslizó rápidamente al suelo donde intentó levantarse de nuevo.
No podía. La agonía era paralizante.
El Reaper se centró en él.
Fang maldijo. Trató de agarrar su espada, pero otro puñal lo alcanzó y lo clavó al suelo.
Incapaz de aguantar, gritó y al hacerlo, sintió una sacudida dentro. Calor y fiereza se extendieron como lava.
Eran sus poderes.
Jadeando, lanzó sus manos en dirección al Reaper y arrojó una explosión directo a él. El demonio chilló al ser frito en el lugar.
Fang lanzó un grito victorioso al darse cuenta de lo que acababa de suceder.
Aimee acababa de matar a uno de los Daimons y liberó una parte de su alma. A pesar de que todavía no estaba completo, al menos tenía algo mejor que sólo sus propias manos con las que protegerse. Esto se lo debía todo a ella.
—Qué muchacha. ¡Bebé, podría besarte!
Mantuvo sus manos en alto y vio el resplandor de sus poderes emanando de la punta de sus dedos. Realizó un lanzamiento con sus manos y explotó los tres árboles, a los pies de los cuales había estado pocos minutos antes.
Se convirtieron en llamas.
Apretó su mano en un puño, había una cosa más que se estaba muriendo por probar.
Fang cerró sus ojos y trató de cambiar de forma, así podría ser un lobo de nuevo.
No ocurrió nada.
—Maldición.
Seguía siendo humano.
Está bien. Al menos había recuperado parte de sus poderes y en este momento eso lo valía todo para él.
—Así que tienes una ayudante…
Giró en redondo para encontrarse a Misery allí. ¿Cómo demonios podía hacer eso? Era como si tuviera un faro sobre él.
Instintivamente, le lanzó una explosión. Ella rodó alejándose de ésta y contraatacó con una de las suyas.
Fang giró, distanciándose antes de que lo golpeara y se inclinó para recuperar su espada. Lanzó una estocada a sus pies, pero ella era rápida como el viento.
Fang arremetió contra ella.
—¡No la toques!
Riéndose, ella se desvaneció antes de que pudiera hacer contacto.
Aulló con frustración.
—¡Perra! Vuelve aquí.
Pero sabía que no serviría de nada. Misery no lo escuchaba a él.
—Aimee —susurró—. Por favor, cuida tus espaldas.

—¡Aimee!
Aimee maldijo cuando Dev la agarró por la espalda.
—¿Qué?
El apuntó al pedazo faltante de acera a sus pies.
—Estabas a punto de tropezar.
—Bien, no tienes por qué gritarme. ¡Sh!
Su corazón estaba latiendo violentamente por el susto que le había dado. Aquí estaban ellos,  cazando Daimons y ¿él estaba preocupado porque se tropezara con un pedazo de baldosa?
El oso estaba loco y tenía un sentido de prioridades atrofiado.
Él le lanzó una sonrisa burlona.
—Gritarte es lo segundo mejor que hago.
Ella bufó.
—Te preguntaría qué es lo primero, pero no creo que quiera saberlo. Un chulo, eso eres. Estoy segura de que involucra mujeres de alguna manera.
Él se rió conduciéndola por una calle lateral.
—No estoy seguro de que vayamos a encontrar más de tus amigos Daimons esta noche. Parece que ellos están gordos, felices y escondidos.
Odiaba admitirlo, pero probablemente tuviera razón. Estuvieron buscando durante horas.
—Tuvimos suerte de atrapar a uno de los que buscábamos. No hay rastro de dónde están los otros.
—¿Cuántos estamos buscando, de cualquier modo?
—Nueve. Bueno, ahora ocho.
Se quedó boquiabierto ante el número.
—¿Ocho? ¿Estás loca? ¿Nueve? ¿Cómo te propones que encontremos a nueve Daimons desconocidos?
Ella se encogió de hombros.
—Siempre podríamos invitarlos al Santuario y matarlos en la parte trasera.
Él volvió los ojos.
—Te has vuelto loca, ¿no?
—Bien, estoy aquí fuera contigo. Eso lo dice todo.
Dejó salir un largo y sufrido suspiro como si ella lo estuviera torturando.
—Y pensar que podría estar en la puerta ahora mismo, chequeando largas piernas y minifaldas.
Ella, con su cabeza, le indicó la calle.
—No dejes que te retenga.
La cara de Dev se tornó pálida al mirar tras ella.
Aimee giró su cabeza para ver qué estaba observando, luego se congeló al ver las sombras saliendo de las paredes. Estos no eran Daimons.
Eran demonios.
E iban a por ellos.

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